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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

20
Dic
2010

El mito de la ciencia moderna

4 comentarios

El diálogo con la ciencia es enriquecedor para la teología y, en algunos casos, incluso imprescindible. ¿A qué me refiero, pues, cuando titulo “el mito de la ciencia moderna”? No se trata de que la ciencia sea un mito, sino de que en la comprensión que muchos se hacen de ella hay un mito: el de que nadie se atreve a criticar esta ciencia que tantos descubrimientos innegables ha hecho y tanto nos ha hecho avanzar en el conocimiento de las cosas. Lo hemos relativizado todo: desde lo que pensaban los sumerios hasta lo que dijo Jesucristo; pero no nuestra ciencia.

La ciencia moderna es una estupenda creación del espíritu humano. Con ella hemos conseguido lo que ninguna otra civilización ha logrado. Pero ella no agota todo el campo del saber y, menos aún, todo el campo de lo humano. Si conocer es algo así como establecer una comunión vital con lo real, el más importante conocimiento será el de uno mismo y el del prójimo. Este conocimiento comporta alegría porque nos ayuda a amarnos mejor. Y a amar mejor al prójimo conocido. La ciencia moderna no es conocimiento en este sentido. Todas las personas no pueden ser científicas. Todas, en cambio, están llamadas a conocer la realidad. Y la realidades fundamentales son dos: la de uno mismo (el famoso “conócete a ti mismo” inscrito en el templo de Delfos), y un conocimiento que no puede dar la ciencia moderna: “esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo”.

Por otra parte, la ciencia se ha convertido en privilegio de pocos. Los éxitos de la ciencia y de la técnica, su hija predilecta, han hecho pensar a muchos que este privilegio es lo más valioso. De hecho las carreras científicas son las mejor cotizadas y las que más dinero dan. Si el conocer es fundamental para el ser humano, pero este se convierte en especialidad para pocos, estamos implantando, incluso sin darnos cuenta, un factor de competencia y división. Todos los problemas de la educación están aquí incluidos. ¿No hablamos de colegios y universidades elitistas, no hemos hecho nuestro el concepto de excelencia, no estamos provocando una carrera por el primer puesto, dejando así claro quienes son los segundos, los no valiosos de la sociedad? ¿No está ahí una de las causas del complejo que se detecta en muchos curas y profesores de religión y, en general, en muchos creyentes?

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1
Bernardo
20 de Diciembre de 2010 a las 09:49

Como de costumbre, vuelves a dar en la diana. La ciencia moderna, no la ciencia en sí misma, es un mito y casi el peor de todos, porque es un mito que se impone como CIENCIA. No hay posibilidad de respuesta. Si lo dice la ciencia, todos a callar. Es más, para muchos es objeto de fe. Cuántos me dicen: "es que yo creo lo que dice la ciencia, no la religión". Y no se dan cuenta que están poniendo la cuestión en el terreno de la fe. Cuando la ciencia dice algo lo hace desde su método y en función de su objeto. Su saber, que no su creer, está siempre en construcción, no está terminado. En el mismo momento que se afirma la definitividad de un hecho científico se está haciendo metafísica y no ciencia.

2
Juanjo
20 de Diciembre de 2010 a las 12:31

Ciencia y religión son las dos grandes visiones del mundo más importantes. Ambas constituyen formas de acercamiento a la realidad, es decir, formas de conocimiento con distintas peculiaridades

La eterna cuestión que se plantea es si son entre si compatibles o incompatibles.

Siempre me ha impactado el comienzo de la FR (Fides et ratio) “La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”

Establecer claramente la naturaleza y los límites de estos dos tipos de conocimiento es fundamental para poder establecer correctamente la relación entre ambos.

Tengo personalmente, la suerte de tener una formación “científica” “racional” que me permite tener una visión del mundo “técnica” (por decirlo de alguna manera) pero que comprendo se queda incompleta (le falta la otra ala) para comprender el Todo. Lo otro que no se explica con la ciencia, la Trascendencia. Eso me toca buscarlo y aprenderlo a mí.

3
JM Valderas
20 de Diciembre de 2010 a las 15:28

Querido Martín: pocas cosas hay que añadir a tu post de hoy contra el error del cientificismo, salvo alguna sugerencia complementaria. La ciencia como lugar teológico , en primer lugar, así reconocido por el propio Cano. En cuanto tal debiera servir para la labor evangelizadora, apologética principalmente, Tal lo entendió santo Tomás en su comentario al De Trinitate de Boecio. Y en esa línea hemos de entender el trabajo ingente desarrollado por Juan Pablo II (encíclicas, alocuciones a la Academia Pontificia de Ciencias) y Benedicto XVI (reuniones estivales de Castegandolfo).´Abundan las iniciativas de universidades (con un programa común las romanas de ciencia y fe) y existe una copiosa bibliografía desde los clásicos de Ian Barbour sobre las cuatros clases de relaciones: compatibilidad, incompatibilidad, neutralidad, etc.) También hay revistas de innegable valor (como Theology and Science). Y centros donde se imparten conferencias y publicaciones como el caso de la Universidad de Navarran o Comillas. Cierto es que, para no descubrir el mediterráneo ni disparatar simplemente se necesita una base científica y filosófica rigurosa. Como en otras cosas, los amateurismos son peligrosos. Aunque suscriptor de determinadas publicaciones, periódicas o no, sobre el tema, echo a faltar una estructuración teológica seria sobre la ciencia como lugar teológico. Muchas veces lo discutí con mi añorado y ¿malogrado? Mariano Artigas, hermano mayor en muchos afanes y cuya bibliografía permíteme que recomiende vivamente en tu post. Un abarazo.

4
Desiderio
21 de Diciembre de 2010 a las 00:50

Yo destacaría tu definición de conocer como comunión vital con lo real, comunión en la que de alguna manera el sujeto se implica en el conocimiento, una especie —si no te malinterpreto— de conocimiento orgánico del mundo, en el que se aúnan el conocimiento personal y el conocimiento de la realidad. Hoy en día para nada es así. Lo que prima es el conocimiento científico, objetivo, aséptico, de lo real. Yo, que soy de formación científica, he echado de menos un apoyo humanista en mis estudios. Pero el caso es que, en esta sociedad tecnológica parece que la formación se reduce a lo que puede ser utilizado para optimizar los recursos. Y creo que efectivamente el ser humano se queda cojo; y eso que es una limitación, una deficiencia, es por otro lado peligroso, pues personas con gran capacidad tecnológica pero con escasa formación humana pueden convertirse en verdaderos zombis ambulantes, y pueden hacer de forma más o menos consciente mucho daño a la sociedad. ¿Nos preocupa que los jóvenes se conviertan en personas, o simplemente que aprendan a realizar ciertas funciones y sean útiles a la sociedad? Tristemente creo que es lo segundo. Entiendo por ello que desde muy pequeños se debería introducir a los chavales en la dinámica del autoconocimiento, de la reflexión interior, del crecimiento personal…

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