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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

28
Abr
2017
Violada una bebé de cuatro meses
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niñoencuna

“Una menor de 15 años fue degollada y una niña de tres años murió tras haber sido violada y torturada. Un par de hermanos fueron asesinados por su padre. El sábado, un soldado violó a una bebé de cuatro meses”. Estas escalofriantes noticias las ofrecía un periódico de gran tirada el pasado miércoles, 26 de abril. Era solo un pequeño párrafo de una noticia que hablaba de más de cuatro mil niños atendidos por violación en 2017 en un país sudamericano.

Quiero ser prudente, porque los medios cuentan lo que le interesa, buscando siempre atraer lectores, e informan del modo que mejor se ajusta a su ideología. Es muy difícil encontrar informaciones precisas, neutrales, objetivas. Y quiero ser prudente porque la manera de informar no se ajusta a lo posible. Cierto, es posible violar a una niña de tres años, pero seguro que al hacerlo la consecuencia inmediata es la muerte de la menor. Pero violar a una bebé de cuatro meses resulta prácticamente imposible. Lo que seguramente quiere decir la noticia es que la bebé fue maltratada, manoseada y violentada.

Estos datos, desgraciadamente, son sólo una muestra de las muchas barbaridades y maldades que se cometen en este mundo contra los menores. Si hubiera que hacer un concurso de maldades incalificables habría muchas que se disputarían el primer puesto. La protección de la infancia es una obligación de toda persona con un mínimo de dignidad. Uno se pregunta hasta dónde es capaz de llegar la maldad humana. Hay cosas que a mí me resultan incomprensibles y no sé cómo calificar. Pero sí sé que cualquiera que sepa de hechos similares tiene la obligación humana y cristiana de denunciarlos y, por supuesto, de evitarlos en la medida en que pueda hacerlo.

En este mundo el bien y el mal libran un permanente combate. Hay muchas obras buenas que pasan desapercibidas. Y muchas obras malas que no se conocen. Cuando se conocen, algunas superan todo lo imaginable. O al menos lo que es capaz de imaginar y soportar una persona decente. Estoy convencido de que el bien supera con creces al mal, aunque a veces parezca lo contrario. Porque el mal hace mucho ruido y el bien, la mayoría de las veces, es silencioso.

Acabo con una nota esperanzadora. Hace una semana, el padre de un niño autista le escribió estas palabras el día de su cumpleaños: “Hoy hace 5 años que luchaste por venir al mundo, 5 años más tarde sigues luchando para que este mundo te entienda y te acepte, pero nunca estarás solo, tu papá siempre estará ahí luchando por ti y contigo, feliz cumpleaños hijo!!!”

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25
Abr
2017
Encarnación es todo el universo
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encarnacion

La ley de la Encarnación, que encuentra en Jesús de Nazaret su momento más álgido, es aplicable a toda la realidad. Porque Dios está presente en todo lo creado por medio de su Espíritu. Sin esta presencia las cosas volverían a la nada. El himno de Laudes del viernes de la primera semana lo expresa poéticamente: “Hombre quisiste hacerme, no desnuda / inmaterialidad de pensamiento. / Soy una encarnación diminutiva; / el arte, resplandor que toma cuerpo: / la palabra es la carne de la idea: / ¡encarnación es todo el universo! / ¡Y el que puso esta ley en nuestra nada / hizo carne su verbo!

Por medio de su Espíritu, el Dios trascendente, el que no puede ser limitado por nada ni por nadie, está presente en toda la realidad. Dios es el lugar por encima de todos los lugares, pero al mismo tiempo en toda la realidad hay una huella divina. Dios está en todas partes, aunque nada lo aprisiona. Si estuviera en un lugar concreto, sería limitado. No está en un lugar concreto y, sin embargo, él es la realidad que sostiene toda realidad. Dios lo engloba todo. El está en las cosas y las cosas están en él: “en él vivimos, nos movemos y existimos” (Hech 17,28); Dios “lo trasciende todo, lo penetra todo y lo invade todo” (Ef 4,6).

La presencia de Dios es de una índole distinta a la nuestra. El es Espíritu, espiritu personal. Por eso no puede circunscribirse a un lugar concreto, pudiendo al mismo tiempo estar en todo lugar. De alguna manera eso también ocurre con la persona humana: gracias a que somos seres espirituales, podemos trascender el lugar y el tiempo en el que estamos. Yo no estoy sólo donde se encuentra mi cuerpo. Por ser espiritual, vivo con un horizonte ampliado; mi ser espiritual me permite estar aquí y en otro lugar al mismo tiempo; y estar en comunión profunda con la persona amada por muy distante que esté corporal y físicamente de mí.

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22
Abr
2017
Pascua, ¿alegría del mundo?
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florsobreagua

“Con esta efusión de gozo pascual el mundo entero se desborda de alegría”, dicen los prefacios del tiempo de Pascua. La frase da para muchas reflexiones. Para empezar, es una frase dirigida a los creyentes, a los que participan en la celebración eucarística.  El mundo que debe desbordar de alegría es el mundo creyente, la asamblea de los fieles. Aún con esta restricción la frase necesita alguna explicación. Porque también los creyentes, a la salida de la celebración, nos encontramos con muchas cruces. Algunas afectan directamente a los que creen en el misterio pascual. Por ejemplo, el vergonzoso destrozo de las instalaciones del Colegio de los Hermanos de La Salle en Mérida (Venezuela), ocurrido este pasado jueves. Esos hermanos viven la alegría en el dolor.

La alegría es un don mesiánico, que Jesús promete a los suyos en un contexto humano de tristeza: “lloraréis y os lamentaréis, estaréis tristes, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo. Se alegrará vuestro corazón, y vuestra alegría nadie os la podrá quitar” (Jn 16,20-22). La alegría que Jesús promete es muy distinta de las alegrías que el mundo ofrece. Porque esta alegría no nace de la búsqueda egoísta del propio placer, sino de contemplar con gratitud y sin envidia el bien de los demás. Solo el que trabaja por el bien de los demás, trabaja por su propia felicidad. Algo de eso dice el poeta bengalí Rabindranath Tagore: “Dormía y soñaba que la vida era alegría, desperté y vi que la vida era servicio, serví y vi que el servicio era alegría”.

El anuncio de la Pascua debería despertar mucha alegría. Primero, porque en ella se recapitulan las mejores esperanzas de los humanos. Y luego porque la fe pascual nos empuja a “buscar los bienes de arriba, no los de la tierra”, tal como dice la carta a los Colosenses (3,1-2). Los bienes de arriba son bienes de este mundo. Un bien de arriba es dar de comer al hambriento. O consolar al triste. Cierto, en ocasiones el bien que hacemos no tiene reconocimiento. Pero eso no tiene que hundirnos. Amar gratuitamente es saber que los otros pueden decepcionarnos y entristecernos, pero nunca deprimirnos. Como dice un buen amigo: “Tenemos que aprender a sentirnos cómodos con nuestras incomodidades”.

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19
Abr
2017
¿Vender la resurrección? ¡Creer en la resurrección!
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cieloabierto

El año pasado publiqué un post titulado: “la resurrección, un producto mal vendido”. A mi entender, ese venderlo tan mal lo hacía todavía más creíble. Este año me parece importante insistir en que la resurrección de Cristo no es un milagro destinado a justificar la fe, sino un milagro objeto de fe. Quizás por eso no sea fácil “venderla”. Porque más que presentar pruebas, lo que hay que hacer es anunciarla como una gran esperanza. Quiénes acojan el anuncio comprenderán su sentido y su valor. Quienes no lo acojan seguirán “ciegos”, porque los ojos de la carne no pueden ver a Jesús resucitado. Solo pueden verlo “los ojos de la fe”.

La resurrección no es histórica en el mismo sentido en que lo es la muerte de Jesús, pero tiene repercusiones históricas. Algo extraordinario debió ocurrir para que se desencadenase la fe pascual. Y ese algo extraordinario es confesado como la resurrección de Jesús. Tomás de Aquino es bien consciente de las dificultades que se plantean para creer en la resurrección de Cristo. Eso hace que su fe sea más meritoria, más adulta y más madura. Pero también ofrece una serie de argumentos a favor de la resurrección. Refiriéndose a estos argumentos afirma: “aunque cada uno de los argumentos en particular no fuese suficiente para probar la resurrección de Cristo, sin embargo, tomados todos conjuntamente declaran de modo perfecto su resurrección, sobre todo por el testimonio de la Escritura, las palabras de los ángeles, y la afirmación de Cristo confirmada con milagros”.

Esta convergencia de probabilidades a la que se refiere Tomás de Aquino podría completarse con otros signos o huellas. Por ejemplo: las mujeres como primeros testigos, la tumba vacía, los encuentros “misteriosos” con los Apóstoles, su cambio radical y su compromiso después de Pascua, su martirio por defender esa verdad; y el nacimiento y vivo crecimiento de la Iglesia primitiva. La convergencia de tales signos hace posible presentar la resurrección como explicación plausible de ese “algo” extraordinario que desencadenó la fe pascual. Sin olvidar nunca lo que no estamos ante pruebas irrefutables, sino ante un anuncio creíble, que solo puede aceptarse con fe en el Dios vivo que interviene en la historia de Jesús.

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15
Abr
2017
Resurrección: ¿final feliz? ¡Comienzo provocador!
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aperturacielo

La resurrección de Jesús no es el final feliz de una historia. Con la resurrección todo continúa. O mejor, todo comienza de nuevo. Así se comprende que los apóstoles que “despiden” a Jesús de esta tierra, reciban este reproche: “¿qué hacéis ahí mirando al cielo?” (Hech 1,11). No hay nada que contemplar. Solo nubes. De lo que se trata es de volver a Jerusalén y comenzar la misión, anunciar que Jesús ha resucitado, que vive y permanece, por medio de su Espíritu, entre los suyos. No se trata solo de que su causa continúa. Precisamente porque está vivo puede ponerse al frente de la causa.

Un anuncio como este no debió resultar nada fácil. En el fondo era un anuncio peligroso. Resulta llamativo –y esta es una prueba muy directa de la importancia y seriedad del artículo de fe en la resurrección de Cristo- que los apóstoles hayan sido ridiculizados y perseguidos por anunciar esa fe. Pablo, hablando de la resurrección de Cristo ante el rey Agripa, fue brutalmente interrumpido por el gobernador Festo, que le dijo: “Estas loco, Pablo; las muchas letras te hacen perder la cabeza” (Hech 26,24). Predicando esta misma fe, “Pedro y los apóstoles” provocaron “la rabia” del Sanedrín, hasta el punto de que “trataban de matarlos” (Hech 5,27-33.40.41).

Jugarse la vida por algo, es prueba evidente de la importancia que tiene para uno. Y también es prueba de que una fe así no puede ser algo inocuo o privado. A este respecto sería bueno que los cristianos de hoy nos planteásemos la pregunta por la calidad de una fe en la resurrección que no transforme la vida y en la que la vida no esté en juego.

Este anuncio peligroso llena de esperanza la vida de los seguidores de Jesús. Una esperanza que nos moviliza, y nos hace tomar partido, el partido de la vida, el mismo que tomó Jesús a favor del bien y en contra del mal, a favor de los oprimidos y en contra de los opresores, a favor de los pobres y los humildes y en contra de los ponen su confianza en el dinero y su único objetivo es conseguir más del que ya tienen. Una esperanza que nos mueve a derribar barreras de muerte (las que se construyen entre Estados Unidos y México y las que se construyen en la frontera de Ceuta y Melilla) y levantar puentes de vida. La esperanza que despierta la resurrección de Jesús solo se mantiene en aquellos cuya vida está movida por el mismo Espíritu de Jesús.

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11
Abr
2017
Matar el odio
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cruzentinieblas

El cuarto evangelio pone en boca de Jesús estas acertadas palabras: “me han odiado sin motivo” (Jn 15,25). Jesús mismo, según este evangelio, explica la razón de este odio sin motivo: “haber hecho obras que no ha hecho ningún otro”. En efecto: cuando uno solo hace el bien, rechazarle parece el triunfo de la sin razón. El odio, como el amor, es ciego, pero de diferente manera: mientras el amor disculpa sin límites porque “no toma en cuenta el mal” (1 Cor 13,5), el odio, viendo las buenas obras, es incapaz de ver el más mínimo bien.

Si alguien tiene motivos para odiar es precisamente el que es odiado sin motivo. Pues bien, Jesús nunca devuelve mal por mal, al ser insultado no respondía con insultos, al padecer no amenazaba (1 Pe 2,22). Para que esto fuera posible “dio en sí mismo muerte al odio” (Ef 2,16). Solo así es posible parar el odio: cuando uno lo mata en sí mismo. O mejor aún, cuando uno no lo deja entrar en su vida. Para no dejarlo entrar, Jesús llevaba puesta la coraza del amor (cf. Ef 6,14-16). Como el odio no estaba en su vida, era imposible que odiase. De Jesús sólo sale amor.

Dar muerte al odio, llevar puesta la coraza del amor: evidentemente se trata de metáforas, pero son muy significativas, porque responden a una actitud determinante de la vida de Jesús. En él resplandecía el Amor del Padre que invadía su vida. Así se explica que en la muerte de Jesús resplandezca una gran luz, que contrasta todavía más frente a la gran oscuridad que envuelve a los que le matan. Este modo de morir tiene como resultado la paz, porque al no haber ningún asomo de odio, puede derribar todos los muros que separan a los pueblos (Ef 2,14).

Desgraciadamente, Jesús sigue siendo crucificado en tantas personas que llevan su imagen. ¿Cómo explicar a los crucificados de la tierra que solo si matan en sí mismos el odio será posible la paz? Más difícil aún: ¿cómo explicar a los crucificadores el sin motivo de lo que hacen? La pasión de Cristo continúa. Sospecho que continuará mientras haya seres humanos sobre la tierra. La cuestión entonces es: ¿de qué lado me pongo yo?, ¿con quién quiero identificarme, con los que odian sin motivo o con los que matan en sí mismos el odio?

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8
Abr
2017
¿Estatuto canónico para los seguidores de Lefebvre?
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hojassecas

Hay gestos, por parte de la Santa Sede, que parecen anunciar la concesión de un estatuto canónico dentro de la Iglesia para los seguidores de Monseñor Lefebvre. Durante el año de la misericordia se concedió a los sacerdotes de la fraternidad san Pío X poder celebrar válida y lícitamente el sacramento de la reconciliación. Hace pocos días el Papa Francisco ha abierto la posibilidad de que estos sacerdotes puedan presidir el matrimonio de fieles que siguen la actividad pastoral de la Fraternidad. Para ser exactos estas concesiones se hacen a aquellos que reconocen a Bernard Fellay como su superior. Otros grupos, sobre todo los que siguen a Richard Williamson, siguen al margen de la gran Iglesia y son manifestación de la división que hay entre los seguidores de Lefebre.

El Papa es coherente con su política “incluyente”: en la Iglesia hay sitio para todos. Para todos los que están dispuestos a respetar y reconocer las legítimas diferencias, carismas y modalidades de seguir a Cristo y de vivir eclesialmente. Por parte de los seguidores de Fellay, el hecho de acoger favorablemente estas concesiones implica, al menos implícitamente, el reconocimiento de la autoridad del Obispo de Roma.

Uno de los más serios problemas que plantea la integración y reconocimiento eclesial de los lefebrvrianos es la aceptación del Concilio Vaticano II. Parece que Monseñor Fellay estaría dispuesto a reconocer que el Concilio Vaticano II debe entenderse en el contexto de la gran tradición de la Iglesia. Se trata de un reconocimiento muy genérico y global, porque el problema no es el principio sino las aplicaciones y repercusiones concretas. Siempre se puede decir que en las aplicaciones, repercusiones y lecturas doctrinales ha habido y hay en la Iglesia un pluralismo de facto, reconocido por el mismo Magisterio.

La visión de los lefebrianos no es muy distinta de la que tienen otros grupos católicos que nunca han roto con Roma y siempre se han declarado “mas católicos que ninguno”. Las críticas que, por parte de los representantes de estos grupos, está recibiendo el Papa Francisco no son muy distintas de las que recibe por parte de monseñor Fellay y los que se sitúan a su lado.

Si estos gestos terminan en la creación de una prelatura personal o un ordinariato, se supone que el Ordinario de tal estructura jurídica tendrá que ser nombrado por la Santa Sede o, al menos, si hay derecho de propuesta, ser aceptado por la Santa Sede. Ahí es donde, poco a poco, la Sede de Roma podrá modular las actitudes del grupo, ir poco a poco encauzando sus posturas y controlar sus movimientos. Quizás esta aprobación, si se da, sorprenda a muchos, pero es posible que tenga efectos positivos, aunque sean retardados.

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6
Abr
2017
Getsemaní: tentación y transfiguración
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coloruno

El relato de las tentaciones de Jesús y el de su transfiguración no hay que entenderlos como dos momentos puntuales en la vida de Jesús, sino como dos experiencias que le acompañaron a lo largo de toda su vida. Las tentaciones encuentran su momento culminante en la cruz: “que baje ahora de la cruz, y creeremos en él; ¿no decía que era Hijo de Dios? Pues que lo salve Dios, si tanto lo quiere”. Y la transfiguración alcanza su momento cumbre en la resurrección.

A lo largo de su vida Jesús tuvo que afrontar una seria tentación, que afectaba al meollo mismo de su mesianismo: ¿cómo realizar la misión mesiánica, por medio del poder, del prestigio y de la ostentación, como propone el tentador; o por medio del amor, más acorde con la voluntad de Dios? El primer camino es muy eficaz, pero no conforme con los caminos de Dios. El segundo, el del amor desarmado, corre el riesgo de que la misión fracase. Jesús escoge el camino de Dios, aún a riesgo de acabar crucificado. También a lo largo de su vida, Jesús tuvo momentos de transfiguración. Cuando oraba sentía la cercanía y el consuelo de Dios. En muchas ocasiones comprobó la fuerza sanadora de su palabra, la alegría que producía su predicación, o tuvo intensa experiencia del Espíritu que le habitaba.

El momento de la tentación y el de la transfiguración se encuentran unidos en la dramática oración en el huerto de Getsemaní. En este momento de debilidad física y psicológica, en este momento de angustia suprema: “Padre, aparta de mi este cáliz”; cuando el tentador lo tenía más fácil para vencer, Jesús se apoya con más fuerza que nunca en Dios: “Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Entonces aparece la transfiguración: “se le apareció un ángel del cielo que le confortaba”. Un ángel, signo de la presencia de Dios en la vida de una persona. Dios se hizo presente a Jesús. ¿Cómo? Eso no lo dice el evangelista. Lo que dice es que experimentó el consuelo, la fuerza, la cercanía, el amor de Dios en aquel dramático momento. La tentación se convierte en transfiguración.

Jesús, en eso y en todo, nos precede. También nosotros, los cristianos, tenemos en nuestra vida momentos de fuerte tentación. Y momentos de transfiguración, momentos en los que la cercanía de Dios se hace más palpable. Esos últimos no son para quedarnos en ellos (como pretendían los discípulos que acompañaban a Jesús en el relato de la transfiguración), sino para guardarlos y dar testimonio en el momento oportuno. La montaña de la transfiguración debe dejarse, bajar al día a día de la vida. Y en la batalla diaria y en la tentación, recordar que Dios nunca abandona a los que le son fieles.

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2
Abr
2017
El malentendido forma parte de la vida de Jesús
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piedrasola

Los evangelistas relatan la vida de Jesús con los ojos de la fe, desde el presupuesto de que Dios lo ha resucitado y está vivo para siempre. La interpretación de Jesús como “Señor”, Mesías y enviado del Padre, no es arbitraria. El Jesús histórico se prestaba a esa interpretación. Pero esta interpretación no era evidente ni la única posible. Jesús fue un personaje complejo y problemático, y su vida se prestaba a distintas interpretaciones: mientras unos decían que actuaba movido por el poder de Satanás, otros decían que era el poder de Dios el que le conducía.

Lo que dicen de Jesús sus enemigos tiene un interés enorme para la fe, pues confirma como en negativo el “dato real” que hay detrás de la interpretación creyente. Dicho de otra manera, la ambigüedad, el malentendido forma parte de la historia de Jesús. La lectura que de la vida de Jesús hacen sus enemigos no es resultado de su mala voluntad. Probablemente tenían serios motivos para considerarlo un impostor. Un ejemplo muy llamativo lo tenemos en el primero de los evangelios. Marcos (3,21-22) coloca en una misma escena la impresión que Jesús causaba no solo entre sus enemigos, sino incluso entre sus parientes más cercanos. Unos y otros ofrecen una misma lectura negativa: mientras sus parientes (¡su madre y sus hermanos!) decían que estaba loco, los escribas decían que estaba poseído por el demonio. Estas cosas no se dicen de cualquiera, de alguien que resulta indiferente, o que no llama la atención.

Es igualmente llamativo que Jesús fuera crucificado entre dos “malhechores”. Es preferible esta traducción  a la de “ladrones”, puesto que no se trataba de criminales corrientes, sino de hombres que se habían alzado contra el poder de Roma. También Barrabás era uno de esos malhechores. Y entre su círculo más cercano estaba un tal Simón “el zelota”. Algo había en Jesús que permitía interpretarlo como un peligro para el poder imperial. Un poeta que canta la belleza de los lirios del campo o de los pájaros del cielo no termina de esta manera.

Algunas pretensiones de Jesús dan mucho que pensar: se atribuye el poder de perdonar pecados y, sobre todo, se iguala a Dios mismo. Sus amigos vieron ahí un signo de su “autoridad”. Pero lo que unos interpretaban como autoridad, podía también interpretase como presunción, atrevimiento, irresponsabilidad u osadía. Pero, ¿quién se ha creído que es, cómo se atreve?, pensaban sus enemigos (cf. Mc 14,60-64). En suma, si la misma vida de Jesús se prestaba a interpretaciones tan distintas era porque “algo” había que hacía posible estas llamativas interpretaciones. De ahí que la interpretación de sus enemigos resulta sumamente interesante para la fe cristiana, porque confirma el dato histórico y real en el que se basaron sus amigos para interpretar que en Jesús quién actuaba realmente era Dios mismo.

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28
Mar
2017
La emigración ya no es pacífica
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viñeta

Hoy muchas personas se ven obligadas a dejar su tierra, bien porque en su tierra no hay pan, o porque no hay libertad. En suma, porque en la tierra en la que están no se puede vivir: hay guerra, hambre, opresión, catástrofes. Y esta gente que deja su tierra no es bien recibida en casi ningún otro lugar. La emigración ha dejado de ser pacífica. Los cristianos también miramos a los inmigrantes con recelo. Ya no vemos en la emigración un signo de las llamadas de Dios, el signo de un Dios que nos invita a todos a dejar la tierra para ir a otra tierra. Una viñeta de Agustín de la Torre lo expresa con realismo y crueldad. Un grupo de emigrantes están frente a las vallas de alambre que les impedirán entrar en Europa, y se dicen ingenuamente unos a otros: “tenemos mucha suerte, porque vamos a llegar a países cristianos, en el año de la misericordia”. El año de la misericordia ha sido el año en el que mayor número de personas han encontrado en el mar mediterráneo su propia tumba.

No cabe duda de que lo anterior es ideología, o sea, un conjunto de ideas que deberían encontrarse en todo ser humano y, por supuesto, en todo religioso, que tenga un mínimo de dignidad. Cierto, con las ideologías no se arreglan los problemas. Pero ellas orientan hacia un tipo de soluciones. Las soluciones tienen que ser políticas, o sea, ser reguladas por los responsables del bien de la sociedad. Lo malo es que hoy prevalece la ideología contraria, que nos conduce a adoptar políticas inhumanas y egoístas. La ideología que hoy prevalece es la del “no tuísmo” (non-tuism es una expresión del economista británico Philip H. Wicksteed que he aprendido de Bernardo Pérez Andreo). No tuísmo es el egoísmo. Tuísmo sería el amor al prójimo. Pero el no tuísmo es más que egoísmo: es negación del otro. El otro ha dejado de importar.

Esto va contra la naturaleza y contra la imagen de Dios con la que está marcado constitutivamente el ser humano. Porque lo natural  y lo normal es amar, acoger, respetar. Lo normal es que si tú tienes comida y el otro no tiene, repartas tu comida con el otro. Pero la ideología predominante dice que es preferible que la comida que a ti te sobra se pudra antes de repartirla con el necesitado. Y así nos va. Y ahí está la raíz del terrorismo, de las guerras, de las enemistades entre los pueblos, de las desconfianzas mutuas. Esta ideología del “no tuísmo” termina siendo no solo la negación del otro, sino un peligro de muerte para el que la práctica. Si no nos alejamos de ella vamos hacia el abismo.

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