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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

28
Nov
2019
Voces que claman y piden respuestas
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cuevaenroca

La queja debe ser consustancial al ser humano. Seguramente porque siempre busca remedios a sus limitaciones y necesidades. Y busca remedios porque piensa que sus males tienen solución. El problema aparece cuando esos remedios que busca no están en sus manos, aunque quizás sí estén en las manos de otros. Entonces, la queja, que es una petición, puede desembocar en el vacío, bien porque nadie la escucha, bien porque quienes la escuchan no pueden o, lo que es peor, no quieren responder.

Las voces que claman piden respuestas. Hay clamores, reclamaciones, que tienen sus razones y son muy sensatas. El problema aparece cuando estas razones o no son comprendidas, o son mal interpretadas, o no convencen a quienes tienen capacidad de respuesta. Cuando quién tiene buenas razones no encuentra respuestas, puede levantar aún más la voz o, peor aún, acompañar el reclamo con acciones violentas. En cualquier caso, una reclamación no satisfecha es el embrión de un posible enfrentamiento.

Ocurre también que las voces que claman pueden provenir de distintos lugares o personas y reclamar cosas diferentes. De nuevo aquí tenemos otra posible causa de enfrentamiento. Los emigrantes piden pan. Pero quienes escuchan la petición pueden pedir guardar para sí el pan que ellos se han ganado. Es evidente que, al menos, de entrada, los que llegan aún no han ganado nada. Esos que no han ganado nada puede clamar para que se les den los medios para ganarlo. Siempre es posible contra argumentar que no hay medios suficientes para todos.

Los emigrantes piden hospitalidad. Pero el que ocupa una casa tiene buenas razones para considerar que es sólo suya, y además que el espacio de la casa es limitado y que apenas cabe él y su familia; y, por tanto, buenas razones para reclamar que le entreguen una casa más amplia. Todos tenemos buenas razones, pero si además tenemos buen corazón, los que pretendemos conservar para nosotros solos nuestra casa, nos moveremos para reclamar a las autoridades espacios de acogida, que no son propiedad de las autoridades, sino de todos los buenos ciudadanos que los sufragan con sus impuestos.

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24
Nov
2019
¿Hay alguna gracia en la desgracia?
2 comentarios

solsobreagua02

No es cuestión de edulcorar las situaciones de desgracia y de no salvación en las que viven muchas personas. Ante estas situaciones, lo más urgente es ayudar, hacer lo que está en nuestra mano para remediar la desgracia propia y ajena. Dicho esto, que es lo fundamental, es posible preguntarse si podemos encontrar algo de gracia en la desgracia. Para empezar, es bueno notar que no existe una desgracia absoluta. Eso hace posible realizar una experiencia de gracia en un contexto de desgracia. Esta experiencia toma la forma de una negación, de una protesta. En el corazón mismo de la desgracia, la gracia despunta en forma de rechazo del mal y de deseo y anhelo del bien. El sentimiento de la desgracia es ya una gracia. Ni el árbol, ni el enfermo terminal, ni el inconsciente saben de su desgracia. El consciente de su enfermedad está en camino de curación. La conciencia de vivir en una situación con la que no estamos de acuerdo es comienzo de salud. Esta conciencia se traduce en rechazo de la miseria y engendra anhelo de solidaridad y superación.

Somos conscientes de la desgracia porque la referimos a una situación agraciada. La experiencia del sufrimiento injusto presupone una vaga conciencia de lo que puede significar positivamente la justicia y la integridad humana. Así, una experiencia negativa puede resultar productiva debido al sentido positivo que implícita, difusa y anticipadamente se capta en ella. Al menos en forma de anhelo, la gracia se da en la desgracia. Si en la desgracia desaparece el anhelo de gracia esto significa que la desgracia nos ha adormecido, anestesiado o anulado. Cuando uno se convence de que ya no hay nada que hacer se resigna y deja de luchar.

Las protestas que surgen del fondo del mal son una reacción de la vida. En las peores situaciones surgen gritos que anhelan liberación. Estos gritos son una llamada, que clama no sólo al cielo, sino también a la tierra, a la solidaridad y generosidad de los que los oyen. Así, pues, en la desgracia el creyente puede experimentar la salvación, al menos como llamada. El mal nos llama a luchar contra él, nos exige una disposición para eliminarlo. El creyente puede y debe apelar a Dios en esta tarea, pues nuestro Dios de vida y todas sus disposiciones están orientadas a la vida. Además, en el rechazo del mal, el creyente toma conciencia de un horizonte de plenitud al que apunta ese rechazo. Algunos autores han notado que el dolor nos permite tomar conciencia de nosotros mismos y llegar hasta el descubrimiento de Dios.

Al hablar de gracia no debemos olvidarnos de la desgracia. Pero al hablar de desgracia no podemos prescindir del horizonte de la gracia. No hay separación absoluta. Gracia y desgracia van unidas. Toda persona experimenta ambas situaciones, la una con la otra, la una en la otra.

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20
Nov
2019
Cristo, hecho pecado, hecho serpiente
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serpienteencruz

El libro del Génesis se refiere a una extraña serpiente que no solo habla, sino que además es muy astuta (Gn 3,1). Tanto que es capaz de engañar y seducir al ser humano para que rompa con Dios, que le había regalado la vida y le había colocado en un jardín maravilloso en el que se encontraban todo tipo de bienes. En el libro del Génesis esta serpiente es la personificación del mal.

Sin embargo, en la Biblia, el simbolismo de la serpiente tiene connotaciones mucho más positivas y favorables para el ser humano. En el libro de los Números se habla de unas serpientes malignas que mordían al pueblo, pero inmediatamente después se ofrece el remedio para este mal en otra serpiente de bronce que Moisés puso sobre un mástil, para que “todo el que haya sido mordido y la mire, viva” (Num 21,8).

De ambos simbolismos se hace eco el Nuevo Testamento. El cuarto evangelio relaciona esta serpiente que Moisés elevó en el desierto con la cruz salvadora en la que tiene que ser elevado el Hijo del hombre (Jn 3,14). Y este mismo evangelio se refiere de forma alusiva, pero clara, a la serpiente mentirosa de los orígenes, identificándola con el diablo (Jn 8,44), identificación que ya sin tapujo alguno se encuentra en el último libro del Nuevo Testamento (Ap 12,9).

La serpiente, símbolo del pecado, es una serpiente que mata. Pero, paradójicamente, una serpiente salva. Este el Misterio de Cristo. San Pablo, hablando de este Misterio, dice que Jesús se vació de sí mismo, se humilló para salvarnos. Y utiliza una expresión fuerte y sorprendente para referirse al modo como Cristo nos salva: “se hizo pecado” (2 Cor 5,21). A la luz del simbolismo de la serpiente, podríamos decir: se hizo serpiente. Jesús, el Hijo del hombre, se hace pecado “para que nosotros viniésemos a ser justicia de Dios en él” (2 Cor 5,21). Se hace pecado, asume nuestra realidad, para salvarnos. Así se comprende el texto del cuarto evangelio: el Hijo del hombre, como una serpiente, hecha pecado, “es levantado para que todo el que crea tenga por él vida eterna” (Jn 3,14-15).

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16
Nov
2019
Palabras para despertar
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campanasllamada

Hay palabras que resultan chocantes. A veces, estas palabras no están dichas con mala intención. No pretenden ofender, en todo caso pretenden provocar, pero provocar en el buen sentido, en el de llamar la atención para así facilitar la reflexión. Digo esto porque ante un post titulado: “nacer de Dios: recibir el esperma divino”, una amable comentarista escribió: “Extraño comentario por brusco y creo que innecesario”. Quizás la palabra esperma le pareció excesivamente gráfica y provocativa. Pero esa es la palabra que emplea la primera carta de Juan, para hablar de los “nacidos de Dios”. El autor de la carta, empleando esa palabra, quiere expresar la fuerza, el realismo, la grandeza del amor de Dios que nos acoge como hijos. No se trata de entenderla literalmente, sino de entenderla precisamente como lo que es: una palabra chocante, que quiere hacernos caer en la cuenta de lo mucho que Dios nos ama.

Hay palabras, puestas en boca de Jesús, que resultan igualmente chocantes y provocativas. Pienso en esa que transmite el evangelio de Lucas (14,25): para ser discípulo de Jesús hay que odiar al padre, a la madre, a los hermanos, a los hijos y hasta la propia vida. Aquí la palabra “odiar” pretende despertar nuestra atención, y provocar nuestra reflexión. Si la traducimos por “preferir”, edulcoramos el sentido del texto original y, lo que es peor, le hacemos perder su fuerza provocativa. Porque decir que Dios debe ser más amado que el padre y la madre, hasta puede parecer normal y no provocar ningún escándalo. Lo que escandaliza es el término “odiar”. ¿Cómo va a odiar uno su propia vida? ¿Cómo va a odiar a su madre o a sus hijos, cuando el mismo Jesús nos pide que amemos a nuestros enemigos?

El término “odiar” buscar despertarnos de nuestras medianías y hacernos caer en la cuenta de la radicalidad del seguimiento de Cristo. Las relaciones humanas pueden medirse cuantitativamente; pero las relaciones con Dios no son cuantitativas, sino cualitativas. La cuestión es: ¿quién puede solucionarte la vida definitivamente, en quién puedes confiar incondicionalmente? En tu madre, no. Porque ella es limitada y, por eso, un día se morirá. Esperarlo todo, insisto: todo, de una persona limitada, es una empresa destinada al fracaso. Sólo de Dios puedes esperarlo todo, sólo en Dios puedes confiar con seguridad absoluta.

Una vez que tienes claro dónde puedes fundamentar tu vida con absoluta certeza, entonces todo lo demás, espontáneamente, pasa a segundo plano, y se convierte en inútil y en motivo de “odio” o de rechazo, porque los valores y pretensiones que tiene todo lo que no es Dios son rechazables si nos apartan de él. Y si no nos apartan, entonces son buenos, pero con una bondad relativa. Si hay que aplicar eso al amor a los hijos o a los padres, habría que decir: El que ama a Dios sobre todas las cosas, ama a sus padres y a sus hijos por Dios y en Dios. Y eso no es mistificación. Eso es amar del mejor modo posible.

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12
Nov
2019
La vocación no es un tener
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vocacion

La palabra “vocación” procede del latín y quiere decir “llamada”. La gente asocia eso de la vocación con monjas, curas y frailes y, veces, les preguntan: ¿tienes vocación? Si se trata de una llamada, entonces la vocación no puede ser un tener; en todo caso, será una respuesta. Y si es llamada tampoco es sólo propia de frailes, monjas o curas. El matrimonio es una buena vocación. Importa notar que, para el cristiano, detrás de todas las llamadas está Dios, que nos llama por medio de los hermanos, de la historia, de la vida. Un buen cristiano, que quiere casarse, debería pensar: “Dios, a través de mi novia -o de mi novio- me llama a que me case con ella o con él”. Dios me ha regalado a esta chica o a este chico para que haga con ella o con él un proyecto de vida y de amor.

Cuando se trata de vocaciones a la vida religiosa o sacerdotal, el tener no es el verbo que define este estado de vida o este ministerio. Uno no se hace monja o fraile, o sacerdote, ni tiene vocación. A uno le llaman para ser religioso, religiosa o sacerdote. Eso es la vocación: me llama Dios. ¿Y cómo llama Dios? Por teléfono seguro que no, aunque algunos, a veces, se imaginan que desayunan con él todas las mañanas. Desconfía de esos que tienen tales imaginaciones. Dios habla de muchas maneras: habla a través de los acontecimientos, habla cuando conoces a una monja o un fraile que te atrae, quizás por su entrega al estudio, a la predicación, a la oración, vida que parece aburrida, pero en realidad es alegre y divertida. Esta vida se convierte entonces en pro-vocación. ¡Son importantes las pro-vocaciones! También Dios habla cuando rezas o cuando necesitas un espacio de silencio para pensar lo que vas a hacer con tu vida.

A través de los acontecimientos de tu historia, de las personas que conoces, a través de tus silencios meditativos y orantes, quizás Dios te está diciendo: tú podrías ser una buena monja o un buen sacerdote. ¿Y cómo sé yo que Dios me dice eso? Garantías no hay. Pero te lo dice cuando te lo preguntas. El mero hecho de preguntártelo es ya una llamada de Dios. Te lo dice cuando te apasiona el Evangelio y te apasiona dar a conocer a otros esa estupenda noticia. Te lo dice cuando sientes de deseos de fraternidad y quieres construir una comunidad de hermanas y hermanos que será la más maravillosa del mundo en tu imaginación, pero luego, en la realidad, tendrás que construirla cada día, con sus momentos de esfuerzo y también sus alegrías y delicias. Porque es una delicia vivir con los hermanos. Tendría gracia que Dios te llamase por medio de este escrito.

No tienes vocación. La vocación no es tener, es responder. Es decir: Aquí estoy Señor, porque me has llamado, me has seducido, y me he dejado seducir. Naturalmente, no hay buena seducción si uno no se deja seducir. Porque la vocación es una cuestión de amores. Y solo la entienden los que entienden de amores.

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8
Nov
2019
San Martín de Tours
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martíndetours

Martín de Tours es uno de los santos más populares de Europa. Centenares de pueblos e iglesias (también en España) evocan su nombre. Son innumerables las vidrieras, imágenes y esculturas que representan la escena en la que un Martín, oficial del ejército, con 18 años y siendo todavía catecúmeno, com­parte su capa con un pobre desnudo, el único vestido que llevaba, puesto que el resto de sus vestidos ya los había repartido con otros pobres.

Además de esta famosa escena, hay otra menos conocida, pero no menos significativa: siendo ya obispo, y yendo ha­cia la Iglesia, se encontró en pleno invierno con un pobre semidesnudo que le pedía un vestido. Martín ordenó al archidiácono que le vistiera inmediatamente, mientras él entraba en la sacristía. Como el archidiácono tardaba, el pobre, llorando y aterido de frío, entró en la sacristía y se quejó al obispo. Martín, entonces, le entregó la túnica que llevaba bajo el alba con la que iba a celebrar la Misa. Cuando el archidiácono avisó al obispo de que era hora de salir para la celebración, éste le dijo que no salía a la Iglesia hasta que el pobre estuviese vestido. Efectivamente, aunque el archidiácono lo ignorase, Martín se había convertido en ese pobre, que no llevaba ninguna ropa debajo de la vestidura litúrgica. Muy disgustado, el archidiácono fue a comprar un vestido vulgar, que se lo entregó al obispo, diciendo: “he aquí el vestido, pero el po­bre ya no está”. Martín le hizo salir, se vistió y salió a celebrar la eucaristía.

La bondad y caridad de Martín se manifestó abundantemente a lo largo de su existencia. Siendo obispo empleó toda su influencia ante los poderosos para defender a los dé­biles y, cuando fue necesario, no dudó en enfrentarse con los grandes de este mundo. Así, por ejem­plo, mientras los otros obispos ensalzaban las glorias y victorias del emperador Má­ximo, Martín era el único que mantenía la dignidad episcopal exigiendo al empera­dor un trato adecuado para los pobres, negándose a participar en los banquetes que organizaba. Ante este mismo emperador, Martín interce­dió para que no se vertiera la sangre de los priscilianos, tal como pretendían otros obispos, arriesgándose a ser considerado él mismo como hereje. Y logró del empera­dor la promesa de que no les mataría, aunque una vez alejado Martín del palacio im­perial de Tréveris, el emperador no cumplió su palabra.

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4
Nov
2019
Fortaleza: el bien contra viento y marea
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fortaleza

Hay una virtud muy humana, que la teología y la catequesis insertan en la lista de las virtudes cardinales: la fortaleza. De las cuatro virtudes cardinales (prudencia, justicia, fortaleza y templanza), la fortaleza quizás sea la menos nombrada. Y, sin embargo, es muy necesaria. Aquí la fuerza no se refiere a la capacidad de dañar a otro, sino a la capacidad de mantenerse firme en lo que uno considera bueno, a pesar de las muchas tentaciones u oposiciones que pueda encontrar. Quienes manifiestan mejor la fortaleza son los mártires, que se mantuvieron firmes en su fe, incluso a costa de su vida. Los mártires no amaron tanto su vida que temieran la muerte (Ap 12,11), porque sabían que el amor de Dios vale más que la vida (Sal 62,4), un amor capaz de vencer a la muerte. Pero la fortaleza es necesaria en cualquier situación, no sólo cuando está en juego el bien de la vida, sino todo bien.

La fortaleza es la actitud, la disposición que nos mueve a buscar el bien, a pesar de los muchos obstáculos que parecen oponerse a esta búsqueda. La fortaleza es la resistencia que oponemos al mal, la capacidad de vencer las tentaciones que nos incitan a apartarnos del buen camino. Todos estamos sometidos a múltiples solicitaciones. No todas son buenas. Incluso las solicitaciones malas parece que tienen más capacidad de arrastre, porque prometen un placer fácil y rápido. En realidad, estas malas solicitaciones son engañosas, ocultan el mal del que son portadoras. Para resistirlas y mantenerse en el camino del bien hace falta hacerse “fuerza”, pero no una fuerza contra otros, sino una fuerza para sostenernos a nosotros en el bien.

La virtud de la fortaleza nos recuerda la situación ambigua de este mundo, en el que conviven juntos el bien y el mal. Esta situación está bien reflejada en la parábola del trigo y la cizaña, que crecen juntos. Según la parábola, el dueño del campo no permite a los suyos que arranquen la cizaña, no sea que se descuiden o se sobrepasen y arranquen también el trigo. ¿Sería posible esta otra lectura: el dueño del campo pretende dar tiempo a la cizaña para que se convierta en trigo bueno? El dueño del campo tiene mucha paciencia. La virtud de la fortaleza, en los cristianos, es también la virtud de la paciencia y de la confianza en que, a pesar de las apariencias, siempre es posible que el mal sea transformado. La fortaleza está muy vinculada a la paciencia. A veces, las cosas van lentas. La virtud de la fortaleza nos mantiene en pie a pesar de la lentitud de las transformaciones.

Ofrezco esta definición de la fortaleza: la disposición a hacer y buscar el bien contra viento y marea. Esta disposición está animada y sostenida por la esperanza de que el bien siempre es más fuerte que el mal, porque el bien, lo haga quién lo haga, procede, en última instancia, del Espíritu Santo.

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31
Oct
2019
La muerte, camino de vida
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fielesdifuntos

La investigación científica, la reflexión y la búsqueda humana, es un esfuerzo por conocer lo que es, lo que hay, la verdad, la realidad. A veces, lo que hay, la verdad, está velada por las apariencias. De ahí que los buscadores de la verdad, en muchas ocasiones, se plantean la pregunta de si “lo que aparece” es exactamente “lo que es”. Desde posiciones filosóficas se ha planteado la pregunta de si la muerte es lo que parece o es lo desconocido. La teología tiene una respuesta que, sin negar lo que aparece con la muerte, afirma que podría ser un camino para el encuentro definitivo con Dios. Desde esta perspectiva, la muerte podría ser considerada no sólo un momento doloroso, sino que podría ser también motivo de esperanza. Visto así, la muerte podría ser un deseo, tanto más fuerte cuanto más unida está la persona a Dios.

A la luz de lo dicho, se podría comprender la necesidad de morir que tiene todo ser humano, no sólo por razones biológicas, sino por razones que podemos calificar de teológicas. La muerte es algo natural, es la consecuencia del nacer y del vivir. Mejor dicho, del vivir limitadamente, como es todo vivir en este mundo. La muerte es consecuencia de la finitud y de la caducidad a la que está sometido todo lo creado, todo lo que no es Dios. De haber inmortalidad o victoria sobre la muerte, sólo es posible por participación en la vida de Dios. Ahora bien, a la luz de la fe cristiana, esto tan humanamente natural podría ser también un camino para el encuentro definitivo con Dios. Un camino para el cielo.

Si la vida eterna, si el cielo, si el vivir con Dios plenamente implica “dejar”, “salir” de este mundo, de este universo, de este tiempo, me parece evidente que no se sale de este mundo con un avión ni sobre una nube. El único modo de salir de este mundo es dejándolo, o sea, muriendo. Por tanto, la muerte es el único camino posible para entrar en el cielo.

Pero si estamos convencidos de que la muerte es el camino para el cielo, entonces no muere (ni vive) de la misma manera el que se lo cree o el que no se lo cree. Y entre los que se lo creen, no mueren (ni viven) de la misma manera los que más aman a Dios. Para los que aman a Dios, la muerte, lejos de ser una tragedia, puede ser hasta un intenso deseo, en línea con lo que dice San Pablo: quiero morirme, y estar con Cristo, porque morir es, con mucho, lo mejor. Sin pecado, unidos totalmente a Dios, convencidos sin ninguna fisura de su amor, la muerte se “vive” de otra manera, no sólo con tristeza, sino también con esperanza y paz, y hasta con alegría.

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27
Oct
2019
Sínodo amazónico: documento matizado que abre perspectivas
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payuna

El Sínodo sobre la Amazonia ha finalizado sus trabajos. El resultado es un documento valiente y muy matizado, en el que se abordan muchos de los problemas humanos y cristianos que afectan a las personas y comunidades eclesiales de aquella vasta región. Dos de los temas que más titulares de prensa han provocado han sido la ordenación de varones casados y la posibilidad del diaconado femenino. Pero el Sínodo ha sido mucho mas que eso. Reducirlo a estos dos temas es injusto y parcial. Yo les invito a que lean directamente el documento final.

No hagan caso de titulares de prensa, de síntesis fáciles, de frases llamativas. Lean directamente el documento. Y, una vez leído, esperen con paz y un poco de paciencia, la exhortación apostólica post-sinodal que, probablemente, saldrá antes de Navidad. El Sínodo trata de una Iglesia en salida misionera y con rostro amazónico. Normal: eso es la Iglesia en todos los lugares del mundo, una iglesia misionera que quiere vivir encarnada en la cultura de cada pueblo.

Como sospecho que muchos están interesados en los dos temas llamativos y hasta polémicos, digo una cosa sobre cada uno de ellos. El Sínodo pide, con fuerza y claridad, que se fomenten los ministerios eclesiales tanto en varones como en mujeres. Y que, en ausencia de sacerdote, el Obispo pueda encargar el cuidado pastoral de la comunidad a una persona no sacerdote, con un mandato oficial y con un determinado acto ritual. Normal, eso ya era posible. También pide ampliar los espacios para una presencia femenina más visible en las instancias de gobierno de la Iglesia. Y que sea creado el ministerio instituido de “la mujer dirigente de la comunidad”.

¿Qué dice exactamente del diaconado femenino? Pues que el tema ha sido tratado y que se enviarán las reflexiones habidas en el Sínodo a la comisión creada, hace ya un tiempo, para el estudio de esta cuestión. Y añade lapidariamente: “esperamos sus resultados”, los de la comisión, claro. Normal, lo que ocurre es que ahora hay una petición muy solemne a esta comisión para que ofrezca sus “resultados”.

El Sínodo insiste en la necesidad e importancia del diaconado permanente conferido a varones casados. Normal, es lo que se viene haciendo en toda la Iglesia, allí donde es necesario. Insiste en la necesidad de la formación teológica de estos diáconos. ¿Alguna cosa sobre la ordenación de varones casados? Una referencia muy matizada: dado que todas las comunidades tienen derecho a la Eucaristía, allí donde haya dificultades para acceder a ella, se propone a “la autoridad competente” que establezca criterios y disposiciones para ordenar sacerdotes a alguno de esos diáconos permanentes, evidentemente después de recibir la formación adecuada. No está mal, es una propuesta que la autoridad competente tendrá que valorar.

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24
Oct
2019
Diaconado y ministerios eclesiales
3 comentarios

arbolagua

Hay dos temas que, al parecer, se han tratado, con toda libertad, en el Sínodo sobre la Amazonía: la ordenación de varones casados y ancianos, de probada virtud; y la posibilidad de conferir el diaconado a las mujeres. No sé si sobre estos asuntos terminará habiendo algún tipo de votación. En cualquier caso, habrá que esperar la decisión que tome el Papa, porque el Sínodo es consultivo, no decisivo. Parece, por las noticias que están llegado, que el tema del diaconado femenino está descartado y no se va a presentar a votación.

No cabe duda de que las mujeres, sobre todo las consagradas, han sido y son las principales animadoras de la fe de las comunidades cristianas en muchos lugares de misión. A mi modo de ver, sería bueno potenciar y valorar los distintos ministerios eclesiales que pueden ejercer tanto varones como mujeres. Y en elevar (si es que se puede hablar así) a rango de ministerio lo que ya están haciendo muchas religiosas. Un cristiano, mujer o varón, si cuenta con las debidas autorizaciones y está teológicamente preparado, puede hacer prácticamente todo lo que hace un diácono: proclamar y explicar la Palabra de Dios, animar la fe de una comunidad, presidir celebraciones de la Palabra, dar la comunión, bautizar, asistir como testigo cualificado al sacramento del matrimonio (recuérdese que los ministros del matrimonio son los contrayentes), presidir unas exequias, animar y dirigir la solidaridad y ayuda mutua entre los miembros de la comunidad, dirigir espiritualmente, escuchar y aconsejar.

Todo lo enumerado en el párrafo anterior lo puede hacer un cristiano. Si, además, lo hace como “enviado” por la Iglesia y recibe un ministerio adecuado, lo que hace tiene el aval oficial de la Iglesia y lo hace en nombre de la Iglesia. ¿Qué más puede hacer un diácono?

Habría que mejorar la inculturación de la fe, potenciar los ministerios laicales, preparar a catequistas laicos que sepan expresarse en las lenguas indígenas, valorar las celebraciones de la Palabra con comunión incluida, algo así como lo que se hace el viernes santo: una solemne celebración, con liturgia de la Palabra, oraciones litúrgicas y comunión sacramental. Eso lo puede presidir un diacono casado e incluso un laico autorizado. Por lo demás, los problemas humanos de los indígenas y el drama del destrozo ambiental, no se soluciona con ministros ordenados, sino con políticas adecuadas. En esta tarea inmensa las comunidades cristianas deben sentirse apoyadas y acompañadas por la Iglesia y sus representantes.

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