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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

7
Feb
2020
Dar gracias en un mundo de derechos
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florebalncas

En este mundo todos nos creemos con derechos: derecho al trabajo, a una buena vivienda, a ganar un sueldo justo, derecho sobre mi cuerpo y derecho al asilo. Esta mentalidad del “derecho” nos impide ver la realidad. Y la realidad es que todo lo que tenemos es gratis. San Pablo se preguntaba: “¿qué tienes que no hayas recibido?” Y seguía preguntando: “y si lo has recibido, ¿a qué gloriarte cual si no lo hubieras recibido?” (1 Cor 4,7). Bien pensado, todo lo que tenemos es un don, empezando por el don fundamental de la vida. La vida no nos la hemos ganado, no la hemos conseguido con nuestras fuerzas o nuestro trabajo, nos la hemos encontrado. O sea, alguien nos la ha regalado. Para los creyentes, la vida es un regalo de Dios. Para los no creyentes, la vida es un regalo de la naturaleza. Aceptado el regalo de la vida, podemos afirmar que todo lo que ella comporta es también un regalo. De ahí que la buena actitud ante la vida regalada es la acción de gracias.

Dar gracias implica dos cosas: una, reconocer mi verdad de persona limitada, que tiene muchas necesidades y carencias que no puede resolver con sus propios medios. Esa es mi verdad. Precisamente porque no puedo resolver con mis fuerzas muchas de mis necesidades, busco quién pueda ayudarme. Si encuentro esa ayuda, lo lógico es reconocer que lo que tengo, lo tengo gracias a otros; y por tanto, lo correcto es darle las gracias, tener un gesto hacia esa persona que me ha ayudado. Dar gracias es reconocer mis limitaciones y reconocer la bondad del que me ayuda a superarlas.

Toda vida humana debería estar marcada por la gratitud. Por su parte, la vida cristiana, debería convertirse es una “eucaristía”, o sea, en una acción de gracias. Porque el cristiano reconoce que todos los bienes tienen su fuente última en Dios, que nos los hace llegar a través de la naturaleza o a través de los hermanos, o a través de nuestra propia inteligencia, que es, como todo lo que tenemos, regalo de Dios. Si vivimos agradecidos, si nuestra vida es una acción de gracias, entonces será también una vida humilde. Humilde no es humillado. Humilde es el que es consciente de su verdad. Y al ser consciente de su verdad, tiene su vida bien orientada.

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3
Feb
2020
Santos sin altar
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santossinaltar

“Los santos sin altar” es el título de un libro que ha publicado el sacerdote valenciano Emili Marín. Me lo ha regalado con mucha ilusión. El libro está dedicado al dominico Juan Bosch, experto en sectas y ecumenismo. Se trata de un homenaje a 12 figuras recientes de nuestra Iglesia, que probablemente nunca serán canonizadas, pero que también pueden ser presentadas como modelos de santidad (entre otras el sacerdote Antoni Llidó, asesinado por el régimen de Pinochet, el cardenal Tarancón o el obispo Rafael Sanus). Ellos y muchos otros son buenos modelos de como ser cristianos en situaciones sociales, eclesiales y políticas difíciles.

La santidad es algo propio de todo cristiano. Y a Dios se le encuentra en todas partes, en el templo y en la calle, en la oración y en el cuidado del necesitado, en la liturgia y en el combate por la justicia, en la predicación y en la manifestación en favor de los derechos de las personas. Decir que sólo en la primera parte de estos binomios hay santidad es reductivo y falso. Otra cosa es que la mayoría de los santos canonizados se encuentren en la primera parte de los binomios. Pero los canonizados son una minoría entre los santos. Para empezar, todo bautizado es santo y está llamado a la santidad. Los cristianos somos santos que caminamos hacia la santidad. Somos y caminamos hacia lo que somos. Todos. Somos de Dios y caminamos hacia Dios, el único santo.

Son más los santos sin altar que los santos con altar. Bien se podría decir, a propósito de los santos con altar, que no están todos los que son. No me atrevo a añadir que no son todos los que están, pero sí a decir que, entre los que están, no todos suscitan la misma devoción. Eso de la devoción depende de la sintonía, de la simpatía que suscita en cada uno la persona propuesta como modelo de santidad. Por eso, cada uno tiene los santos de su devoción. Los de mi devoción no son ni mejores ni peores, son más bien aquellos con los que me siento más identificado. En el fondo, la devoción me retrata.

Eso de que la devoción me retrata no tiene nada de malo, pero es una advertencia contra los enaltecimientos y las descalificaciones. A lo mejor, o a lo peor, los que no me gustan no son tan malos, y los que me gustan no son tan buenos, si no para mí, al menos para otros. Hablar de santos de mi devoción es como decir que las cosas tienen el color del cristal con el que uno las mira.

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30
Ene
2020
Dejar a tu siervo irse en paz
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presentaciónseñor

El dos de febrero la Iglesia celebra la fiesta de la presentación del Señor, conocida popularmente como fiesta de la Candelaria. Los padres de Jesús, queriendo cumplir estrictamente con la ley de Israel, llevan al niño al templo para consagrarlo a Dios. Sorprendentemente, en vez de ser recibidos por los sacerdotes, son acogidos por dos extraños personajes. Uno de ellos, tomando al niño en brazos, bendice a Dios y confiesa que el niño es el Salvador y la luz de los pueblos. Junto con esa confesión, Simeón exclama: “ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz”. En otras palabras: ya puedo morirme tranquilo.

He conocido a una persona que, tras haber vivido un acontecimiento importante (una madre que, tras haber luchado toda su vida por sacar adelante a un hijo o una hija, comprueba con inmensa alegría, que el hijo ha encontrado por fin el buen camino), ha exclamado: “ya puedo morir en paz”. El motivo se puede resumir así: Porque eso que tanto me había preocupado o tanto había anhelado ha quedado resuelto o cumplido. Por eso mi vida se siente colmada; ya no necesito nada más. El anciano Simeón da una razón más seria aún para justificar eso de que puede irse en paz: “porque mis ojos han visto a tu Salvador”. En otras palabras: cuando uno ha encontrado al Salvador, ya no necesita nada más, su vida ha quedado colmada, llena de sentido. Por eso puede morir en paz, porque el verdadero Salvador salva de la muerte, de todas las muertes.

La vida humana tiene sus momentos de alegría y de esperanza; también tiene preocupaciones y sinsabores. Todos buscamos ser felices, pero la felicidad siempre se nos escapa. ¿Habrá algún camino que conduzca a la felicidad, alguna esperanza de salvación, algún encuentro que permita exclamar: ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz? Esa es la gran pregunta que, de una u otra forma, todos nos hacemos. Ahí se resumen todas nuestras búsquedas. En las puertas del templo de Jerusalén había una pareja de ancianos que se pasaron la vida esperando al Salvador. Esos ancianos comprendieron que la salvación venía de fuera. No es encerrándonos en nosotros mismos como encontraremos la salvación.

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27
Ene
2020
Tomás de Aquino, buscador de la verdad
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Aquinas

“En la doctrina de Santo Tomás la Iglesia reconoce la expresión particularmente elevada, completa y fiel de su Magisterio y del sensus fidei de todo el pueblo de Dios”. Esta afirmación de Pablo VI es probablemente el mejor elogio que puede hacerse de un teólogo. Elogio tanto más significativo cuanto que santo Tomás no fue precisamente un teólogo conservador y sumiso, sino un teólogo libre, abierto al diálogo con las mejores aportaciones culturales y científicas de su tiempo. Esta apertura y esta libertad que le caracterizan tienen el mejor de los fundamentos: la Verdad. Toda la pretensión de Tomás de Aquino es la búsqueda de la verdad. Evidentemente, para Santo Tomás la Verdad por excelencia es Dios, pero él es bien consciente de que nuestro acercamiento a la Verdad es humano, por eso siempre es limitado, insuficiente y costoso.

Precisamente porque es un acercamiento humano, en la búsqueda de la verdad Santo Tomás se deja acompañar por todos aquellos que pueden ayudarle, convencido de que en todas partes hay huellas de la verdad, y convencido también de que la verdad, la diga quién la diga, procede del Espíritu Santo. Para él, nadie hay tan malo que no tenga algo bueno, y nadie tan falso que no posea parte de verdad. Hasta del diablo puede afirmarse.

Estaba convencido de que “hasta los pensadores equivocados eran dignos de nuestra gratitud y estima, pues ellos también han ayudado al descubrimiento de la verdad”. Y escribe, comentando a Aristóteles: “lo mismo que en un tribunal, para que el juez pueda juzgar, debe haber oído las dos partes contendientes, así también el pensador cristiano debe escuchar a todos los pensadores en sus investigaciones opuestas a fin de tener más datos para su juicio”. El investigador debe escuchar todas las posiciones, por muy opuestas que sean. Ha de comenzar por dudar, convencido de que hay algo de razón en cada uno de los opuestos. En el momento de aceptar o rechazar una opinión, dirá, “no hay que dejarse llevar del sentimiento, es decir, del amor o del odio hacia quien la propone, sino por la certeza de la verdad. Hay que amar a uno y a otro, tanto a aquél cuya opinión aceptamos, como a aquél cuya opinión rechazamos, convencidos de que ambos se aplicaron a la búsqueda de la verdad, y en esto son colaboradores nuestros”.

Cierto, la obra de Santo Tomás, como toda obra humana, tiene sus límites. Algunas de sus afirmaciones están condicionadas por el momento histórico, político, cultural y eclesial de la época. Y en este contexto hay que situarlas. Situadas en su contexto, algunas afirmaciones o posiciones de Sto. Tomás son un gran avance con respeto a la teología de su tiempo. Situar los textos en su contexto histórico es un principio hermenéutico fundamental para entender a cualquier autor. También la Escritura debe estudiarse y entenderse desde esa perspectiva histórica.

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23
Ene
2020
Domingo de la Palabra de Dios
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librobiblia

Por una iniciativa del Papa Francisco, el próximo domingo toda la Iglesia está invitada a celebrar el “domingo de la Palabra de Dios”. En realidad, el contacto con la Escritura es una tarea permanente de todo cristiano. Por eso, el día dedicado a la Biblia, aclara el Papa, no ha de ser “una vez al año”. Todos los días del año deben ser, para el cristiano, días de encuentro con la Palabra. El “domingo de la Palabra” es un recordatorio de esta necesidad.

Cada uno de los contenidos de la carta del Papa merecerían otra carta. La carta apostólica puede ser una ocasión para que en las parroquias se organicen ciclos de formación o de conferencias sobre los distintos aspectos que el Papa toca brevemente: la necesidad de la Escritura para conocer a Cristo; el valor ecuménico de la Sagrada Escritura; la homilía, que tiene como misión acercar la belleza de Palabra de Dios a los fieles: por eso la homilía no se puede improvisar, ni alargar desmedidamente, ni resultar pedante, ni tocar temas extraños.

Toda la Escritura, y no sólo una parte de ella, habla de Cristo. Y toda ha sido escrita para nuestra salvación. Por tanto, una lectura de la Escritura que no tenga en cuenta esa finalidad, y no digamos que la oscurezca, no es una lectura “cristiana”. Así se comprende que la Escritura es inseparable de la Eucaristía y de todos los sacramentos (también el de la reconciliación, como me dedico a recordar de vez en cuando, porque muchos lo olvidan). No hay sacramento sin Escritura. Eso aparece claro en la doble mesa inseparable de la Eucaristía, la mesa de la Palabra de Dios y la del Cuerpo de Cristo.

Se comprende así la necesidad de buenos lectores. La lectura de la Escritura es un ministerio que no puede confiarse a cualquiera. Y la base mínima de este ministerio es leer bien, con la debida entonación, de forma que los oyentes entiendan lo que se lee. Para eso, el buen lector debe preparar la lectura, casi saberla de memoria y, por supuesto, entender lo que allí se dice. Porque si no lo entiende, no lo proclamará bien.

El Papa, recordando al Vaticano II, hace una serie de interesantes consideraciones sobre la relación entre Palabra de Dios y lenguaje humano, con sus condicionamientos históricos y culturales. Las lecturas fundamentalistas olvidan esos condicionamientos y confunden fidelidad con literalismo. Pero la Escritura tiene capacidad de adaptación a los distintos momentos y de responder a las distintas necesidades del Pueblo de Dios.

Otra interpelación que procede de la Sagrada Escritura se refiere a la caridad. La Palabra de Dios nos señala el amor misericordioso del Padre que pide a sus hijos que vivan en la caridad. La comprensión de la Escritura se manifiesta en el cambio de vida que provoca su escucha. Y, como suele ser habitual en este tipo de documentos, al final hay una alusión a la Virgen María. Ella fue dichosa no tanto porque en ella la Palabra se hizo carne, sino porque supo escuchar la Palabra de Dios y guardarla.

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20
Ene
2020
La calle de la alegría
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callealegría

El contrapunto a la calle de la amargura sería la calle de la alegría, nombre que también encontramos en muchas ciudades españolas. En Valladolid había una calle en la que dejaban de flagelar a los condenados a ser azotados por las calles. Ello producía júbilo y algazara y de ahí vino el nombre de la calle. Esta es una calle de la buena alegría. Hay otras alegrías que quizás no sean tan buenas. Es el caso de la que da nombre a la película: “la calle de la alegría”. Se trata de una calle de una ciudad japonesa, donde estaba la “casa que vende la felicidad”, a saber, un burdel. Posiblemente esa no es una buena alegría. A veces, en vez de alegría, lo que abunda en las personas que trabajan en esos lugares, es la amargura. Y los que acuden allí en busca de una supuesta felicidad, van precisamente porque no son felices, o viven amargados, o se sienten solos. Todos buscamos la felicidad, pero hay caminos que conducen al vacío, aunque prometan felicidad.

Bien podría decirse que todas las calles por las que pasaba Jesús se convertían en calles de la alegría, aunque estuvieran plagadas de personas desilusionadas o amargadas. En tiempos de Jesús había mucha pobreza, la gente se sentía oprimida políticamente (por la presencia del ejercito romano y por los malos gobiernos locales), había también muchas enfermedades, algunas incurables en aquel tiempo, como la lepra. Pues bien, por allí donde Jesús pasaba, anunciado la buena noticia del Reino de Dios, curando las enfermedades y levantando el ánimo de los oprimidos, la gente recuperaba la esperanza, la ilusión, la alegría, las ganas de vivir. Se sentían nacer de nuevo. La presencia de Jesús convertía las calles de la amargura en calles de la alegría.

En esta sociedad nuestra, donde también nos encontramos con personas necesitadas y oprimidas, nuestra tarea como cristianos es hacer presente la alegría de Cristo. Allí donde arrancamos una sonrisa, decimos una palabra de consuelo, damos pan al hambriento o vestido al desnudo, allí dónde suscitamos esperanza, el Espíritu Santo se hace presente. Quizás los destinatarios de nuestra acción benéfica no sepan o incluso no les interese saber quién es el autor de su alegría, pero nosotros, cristianos que la hemos provocado, sí lo sabemos. Y eso es lo que importa: ser consciente de lo que uno hace, aunque el que reciba el bien que yo he suscitado no sepa de mis motivos o razones para hacerlo.

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16
Ene
2020
La calle de la amargura
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Me trae o me lleva por la calle de la amargura es una expresión que utilizamos en España para decir que algo o alguien nos causa dificultades. En numerosas ciudades españoles se puede encontrar esa calle. Hay distintas explicaciones del motivo de esta denominación. Una muy probable es que, por esa calle, en Madrid, pasaban los condenados a muerte, desde la cárcel hasta lo que hoy es la plaza Mayor, para ser ajusticiados públicamente. Se trata de una calle que no trae buenos recuerdos.

En Jerusalén hay una calle que tiene un nombre equivalente: la vía o calle dolorosa, por la que, según la tradición, el Señor Jesús paso con su cruz a cuestas camino del Calvario (cuyo lugar se encuentra en la Basílica del santo sepulcro). También esta calle trae malos recuerdos que, sólo desde la fe en la resurrección, pueden considerarse cargados de esperanza.

Para muchas personas hoy todas las calles son calles de amargura. En nuestras ciudades es posible encontrar personas que duermen en la calle. Son gente que no disponen de un lugar acogedor en el que vivir y en el que pasar la noche. Cuando nos encontramos con estas personas, normalmente pasamos de largo, unas veces pensando que no podemos hacer nada para remediar su situación, otras veces sin pensar en nada, con una serena indiferencia. Es un asunto que no nos concierne y, a veces, hasta nos molesta. Recordando la vía dolorosa por la que transitó Jesús de Nazaret, podemos plantearnos la gran pregunta de como convertir lo que para esas personas es una calle de la amargura en una calle de la esperanza.

Un ejemplo, quizás sencillo, de respuesta a esta pregunta: en Valencia, “Caritas” dispone de albergues de baja exigencia para acoger a este tipo de personas.

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12
Ene
2020
Calles con nombres evocadores
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La calle es un lugar de tránsito. Todas tienen un nombre. Muchos se refieren a personajes que han tenido una influencia social, política o religiosa. Otros nombres de calles describen accidentes geográficos: ancha, larga, estrecha, empinada. Hay nombres que evocan situaciones favorables o desfavorables, e incluso actitudes directamente religiosas. Es posible hablar, por ejemplo, de calle de la amargura o de calle de la alegría. En mi ciudad natal, como seguramente en muchas otras, se encuentra la calle alegría y la calle amargura, pero también la calle de la fe, la de la esperanza y la del amor.

En línea con estas connotaciones éticas y religiosas, la calle podría ser un símbolo del encuentro, del paso hacia el otro, del camino que me lleva al otro para conocerle, saludarle, ayudarle, desearle bien. En la calle hay personas muy distintas, pero en ella cabemos todos, debemos hacernos sitio unos a otros. Más que un lugar de tránsito para ir de un sitio a otro, la calle podría ser, sobre todo, lugar para ir hacia el otro, lugar para el encuentro, y convertirse así en camino para dar y buscar amor. En la medida en que se conviertan en espacios para el encuentro y el amor, en esa misma medida el Reino de Dios se hace presente en nuestras calles.

Hablando de calles con connotaciones éticas o nombres religiosos, ofrezco una idea para los profesores de religión o para los catequistas: invitar a sus alumnos a buscar, en su ciudad, denominaciones de calles que sean evocativas de sentimientos religiosos o éticos. Y suscitar en ellos la curiosidad de conocer lo que estos nombres significan o el motivo por el que han recibido esa denominación. Es un ejercicio en el que confluyen religión, cultura, y conocimiento de la propia ciudad.

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8
Ene
2020
Ángeles: algunas consideraciones
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angel

La existencia de los ángeles es doctrina eclesial. Esta verdad podría iluminar una cuestión que, a veces, se plantea cuando en ambientes cristianos se habla de la posibilidad de vida inteligente extraterrestre, a saber: ¿estos posibles seres inteligentes de otras galaxias necesitan redención o habría que aceptar otras economías de salvación para ellos? La existencia de los ángeles nos indica que la humana no es la única posibilidad de vida inteligente. Y nos indica que es posible que haya vidas inteligentes que no se hayan rebelado contra Dios, aunque en el caso improbable de que hubiera indicios serios de la existencia de tales seres, desde el punto de vista de la teología sería necesario determinar cuál es su relación con el Logos encarnado en Jesús de Nazaret. Los ángeles nos abren perspectivas de vida inteligente limitada e imperfecta (porque sólo Dios es perfecto) más allá de la humana. Y nos invitan a ser humildes, no creyéndonos los únicos seres inteligentes del universo.

Por otra parte, el ángel es signo de la presencia de Dios en la vida de una persona, desde una de estas dos perspectivas: Dios tiene un mensaje para esta persona, o Dios manifiesta que cuida de esa persona. Cuando se afirma que “el ángel del Señor anunció a María”, se está diciendo: Dios tenía algo que comunicar a María y se hizo presente en su vida. ¿De qué modo? Eso ya no lo dice la Escritura, aunque, en demasiadas ocasiones, sea lo que interesa a nuestra curiosidad. Pero este interés denota la preferencia por cuestiones secundarias, que desgraciadamente olvidan la principal. El ángel, además, es signo del cuidado que Dios tiene por cada uno de nosotros. Hablar de “ángel de la guarda” es un modo de decir que Dios cuida de cada persona de forma permanente, con un cariño inmenso.

El artista dominico Miguel Iribertegui sugiere que "los ángeles representan una antropología escatológica: ni hombre ni mujer, eternamente joven, eternamente bello”. Jesús hablando del matrimonio utilizó parecidas ideas: los que sean hallado dignos de la resurrección no se casarán, serán como ángeles. El encuentro con Dios potenciará todas las dimensiones de nuestra existencia, pero las relaciones entre los seres humanos no serán como en este mundo. Nuestros encuentros se realizarán en un nivel que irá más allá de lo biológico, nos relacionaremos en el nivel más profundo y auténtico de nuestra personalidad.

Finalmente, hablando de los ángeles, recuerdo haber leído en Kierkegaard esta idea: “¡ángeles, ángeles! ¡Algunos dicen que no existen! Bien, pues compórtate tú como un ángel y así habrá ya un ángel en este mundo”. Los ángeles nos invitan a vivir angélicamente, o sea, divinamente. O sea: haciendo que nuestra vida está en consonancia con el Evangelio de Jesús.

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4
Ene
2020
Orfeo mejor que Ulises
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ulises

El Papa Francisco, en su exhortación apostólica Christus vivit (nº 223) compara el mito de Ulises con el de Orfeo: “Ulises, para no rendirse al canto de las sirenas, que seducían a los marineros y los hacían estrellarse contra las rocas, se ató al árbol de la nave y tapó las orejas de sus compañeros de viaje. En cambio, Orfeo, para contrastar el canto de las sirenas, hizo otra cosa: entonó una melodía más hermosa, que encantó a las sirenas”.

Hoy son muchas las sirenas que nos distraen de la búsqueda del bien y de la verdad. Ante estas sirenas, ante las descalificaciones de la fe católica, es posible taparse los oídos, no querer escuchar los argumentos que se levantan contra la fe, o responder con malos modos. En cierto modo es lo que hizo Ulises: para defenderse de los malos encantos de las sirenas, y no teniendo modo de responderles, prefirió no escuchar para así salvar su vida. Pero también es posible responder de otro modo ante los ataques a la fe: escuchar con atención lo que el otro tiene que decir y ofrecerle argumentos mejores en defensa de la fe. Es lo que hizo Orfeo: en vez de dejarse encantar por los cantos de las sirenas, encontró una mejor melodía, y las encantadas fueron las malas sirenas.

Los cristianos tenemos que estar preparados para justificar y defender nuestra fe frente a aquellos que la descalifican. Estos argumentos quizás no convenzan a quienes nos critican, pero al menos deben convencernos a nosotros. De este modo, si no convencemos al otro, al menos reforzaremos nuestra fe. Porque el cristiano tiene buenas razones para creer. Y los argumentos en pro de la existencia de Dios son tanto o más sólidos que los argumentos en contra de su existencia. Es posible decir que el mundo es el resultado de un proceso azaroso. Pero es tan serio o más decir que la existencia de la realidad y de la vida tiene una razón; y que de los puros procesos materiales no puede surgir vida inteligente. Por tanto, postular una razón explicativa de la existencia de la materia y de la vida es muy razonable. El creyente cree que esta razón última que todo lo explica es un ser trascendente, que no puede menos que ser personal e inteligente.

Frente a los argumentos descalificatorios de la fe no basta responder con oración, y menos con insultos. Se necesitan otros argumentos. Encontrar argumentos requiere formación y estudio. El estudio humaniza y ofrece sabiduría, sirve (como dice el Papa) “para hacerse preguntas, para no ser anestesiado por la banalidad, para buscar sentido a la vida”. El mejor modo de hacer frente a los desafíos de la ciencia y de la cultura, no es descalificando a la ciencia y a la cultura, sino “con el testimonio de una fe viva y adulta, educada (eso es la teología, una fe adulta educada) para poder percibir con lucidez las dificultades y poderlas vencer” (Gaudium et Spes, 21).

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