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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

13
Mar
2020
Tiempo de virus, momento de rezar
9 comentarios

cruzmoderna

Estoy de acuerdo con el Arzobispo de Valencia: es un momento para orar. Todos los momentos son buenos para rezar. Orar es cobrar conciencia de que toda nuestra vida, con sus preocupaciones, inquietudes y necesidades, está en manos de Dios. Por eso, en la oración explicitamos aquellas preocupaciones del momento presente. Y en estos momentos, la preocupación dominante de muchos creyentes (y no creyentes) se llama “coronavirus”. Por eso, es bueno, es necesario orar por los infectados, por sus familias, por las autoridades sanitarias y, en general, por todos aquellos que pueden colaborar a frenar esta pandemia.

San Pablo exhortaba a los cristianos a “orad continuamente”, en todo tiempo y momento, en los buenos y en los malos. Es verdad, lo humanos somos así de egoístas, y nos acordamos de Dios cuando las cosas van mal. Pero más vale acordarse de Dios en la necesidad, confiando en su bondad y misericordia, que maldecirle y protestar. La pandemia no viene de Dios, viene de la naturaleza finita y, quizás de la libertad humana. Y la actuación de Dios para que desaparezca el virus pasa a través de la mediación humana, de la medicina, de las precauciones que debemos tomar, del mutuo cuidado que debemos darnos.

¿Hay que ver en este desgraciado acontecimiento algún signo divino? Es mejor no entrar en este juego. Dios siempre quiere nuestro bien. La voluntad de Dios en esta pandemia, que es una más de las muchas desgracias naturales que a lo largo de la historia han asolado a la humanidad, es clara: debemos cuidar de los enfermos y cuidarnos a nosotros, solidarizarnos con los más afectados, tomar las medidas adecuadas para no contaminarnos y no contaminar. No es tiempo de fundamentalismos baratos ni de discusiones sobre si la comunión en la lengua es más santa que la comunión en la mano. Eso son cosas nuestras. A Dios lo único que le importa es que respetemos al prójimo y nos amemos los unos a los otros.

Quizás sea un buen momento para recordar que todos somos solidarios, que dependemos los unos de los otros; el otro depende de mí y yo dependo del otro. Eso que ahora parece muy claro, es la ley del universo: todo está relacionado; lo que daña a uno, daña a todos; lo que perjudica a la naturaleza, perjudica al ser humano; lo que hacemos o dejamos de hacer tiene repercusiones. Evitemos, pues, las repercusiones malas y favorezcamos las buenas.

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11
Mar
2020
Estructuras de gracia
0 comentarios

ramo

A la luz de lo dicho en el post sobre las estructuras de pecado, resulta de suma importancia crear estructuras de gracia y de misericordia. Muchas santas y santos han creado tales estructuras, que han tenido un alcance más allá de su vida. Si una persona promueve comedores sociales o residencias sanitarias de bajo coste para personas con pocos recursos, está creando estructuras de gracia, que pueden incitar a otros a seguir su ejemplo. Las estructuras de gracia, como las de pecado, pueden reforzarse, multiplicarse e ir más allá de lo que quizás imaginaron sus primeros promotores.

No debemos minusvalorar la importancia de las estructuras, porque ellas pueden tener mayor influencia que las acciones individuales en promover el bien y evitar el mal. Otro ejemplo, podría ser el caso del aborto. Es cierto que hoy hay estructuras legislativas y sociales que parecen favorecerlo. Pues bien, la contrapartida no es solo la condena de tales estructuras, sino la creación de otras que ayuden a las mujeres que se encuentran en situaciones de extrema dificultad. Las ayudas individuales pueden no ser suficientes. Sin duda, son más eficaces las ayudas estructurales, la creación de redes de ayuda a las mujeres y de acogida segura de los niños.

Las peores perversiones son las que se esconden bajo capa de piedad. Estas perversiones se han dado siempre, aunque sólo últimamente, debido a la nueva sensibilidad social y a la difusión universal de la información, se hayan conocido más allá del lugar y espacio concreto donde ocurrieron. Las barreras religiosas son las más difíciles de atravesar. Por eso es bueno que hoy los responsables de las instituciones religiosas, además de condenar lo condenable, creen fondos de solidaridad efectiva con las víctimas y comités que funcionen “de oficio” para prevenir todos los casos inaceptables. Y, por supuesto, para buscar la verdad, porque cuando el río anda revuelto aparecen pescadores que quieren pescar donde no hay.

Hoy se ha ampliado la gama de calificaciones del pecado: crímenes contra la humanidad, pecado estructural, pecado ecológico, pecados que claman al cielo, pecado colectivo, pecado cibernético. Más allá de las palabras, de lo que se trata siempre es de identificar todo aquello que puede conducir al bien y apartarnos del mal. La situación de desarrollo y progreso a la que hoy hemos llegado ha creado nuevas posibilidades para el pecado. Eso no se soluciona con lamentos ni negando los bienes que también han aportado el progreso, la técnica, la medicina, internet y los medios de comunicación. Se soluciona introduciendo en ellos elementos de gracia. Por eso, el anuncio del Evangelio es más urgente y necesario que nunca.

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7
Mar
2020
Restricciones por el virus, oportunidad cuaresmal
8 comentarios

luzvigilante

Desde distintas instancias eclesiales se están ofreciendo orientaciones para evitar le expansión del coronavirus que, desgraciadamente, está afectando a muchas personas en todo el mundo. Fundamentalmente estas cuatro: 1) retirar el agua bendita de las pilas de entrada en las Iglesias; 2) ofrecer en la eucaristía “otro gesto” de paz distinto al habitual; por ejemplo en vez de darse la mano, una mirada o una sonrisa; 3) que las personas que distribuyen la comunión se laven las manos antes y después de este momento; 4) que en las muestras de devoción y afecto hacia las imágenes, tan propias de este tiempo de cuaresma, se evite el contacto físico, y la devoción se exprese, por ejemplo, con una inclinación o reverencia.

Yo añadiría una observación más: que allí donde se tenga la costumbre de comulgar bajo las dos especies, se haga por “intinción”, o sea, mojando el pan consagrado con el vino. De esta forma se evita que los fieles beban del cáliz en el que otros han bebido previamente.

Estas restricciones en las celebraciones eclesiales no deberían molestar a nadie. Incluso podrían ser una ocasión (impuesta por las circunstancias, pero conscientemente asumida) para ir más allá de las expresiones sensibles, a las que tan apegados estamos los humanos, como los besos a las imágenes, o los besos y abrazos de paz, y dar paso en esta cuaresma a una mayor interioridad en nuestras vivencias religiosas. Profundizar en el misterio, mas allá de los signos sensibles.

El virus es una desgracia que debemos combatir, pero las restricciones eclesiales pueden ser ocasión de revisar si nuestra relación con Dios, a veces, depende demasiado de las expresiones sensibles, de gustos artísticos o de costumbres (legítimas, sin duda) propias de un grupo o de un lugar. Una persona amiga, lectora de este blog, me hace al respecto una buena reflexión: uno de los efectos colaterales del virus podría ser un tiempo de gracia en forma de “desierto” o “desnudez” de lo sensible.

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3
Mar
2020
Estructuras de pecado
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caoscosmico

Cuando en círculos cristianos hablamos de gracia y pecado solemos pensar en actos y situaciones personales. Sin embargo, el concepto de gracia y el de pecado pueden también aplicarse a las estructuras. El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 408) advierte de “la influencia negativa que ejercen sobre las personas las situaciones comunitarias y las estructuras sociales que son fruto de los pecados de los hombres”. El Catecismo no utiliza la expresión “pecado estructural”, pero habla de estructuras que son fruto de los pecados de los individuos.

Lo que hacen algunos individuos termina convirtiéndose en una estructura dañina cuya influencia va más allá de lo individual. Esa estructura hay que calificarla de “pecado estructural”. Esa expresión la utilizaron las Conferencias Episcopales de Medellín y Puebla. Por su parte, Juan Pablo II, en su encíclica Sollicitudo rei socialis, habló de “mecanismos perversos” que condicionan nuestro mundo, cuyas causas no son únicamente económicas y políticas, sino también morales. Juan Pablo II calificó a estas causas morales de “estructuras de pecado”. Sin duda, los individuos influyen, para bien y para mal, en lo económico y lo político. Pero también, sin que nos demos cuenta, lo económico y lo político influyen en la conducta, muchas veces negativa, de los individuos.

Según el Papa, tales estructuras crean en las personas e instituciones obstáculos que favorecen el mal e impiden el bien, difíciles de superar. Más aún, estas estructuras introducen “en el mundo condicionamientos y obstáculos que van mucho más allá de las acciones y de la breve vida del individuo que las ha provocado”. La dinámica de estas estructuras se impone, aún en contra de la voluntad de las personas. ¿Cómo vencer a tales estructuras? De la influencia del pecado estructural solo es posible escapar cuando alguien introduce actitudes que crean estructuras de gracia, de bondad y misericordia, que también influyen en la conducta de los demás y van más allá de la vida del individuo que las ha provocado.

Cuando de la teoría pasamos a los ejemplos, se corre el riesgo de quedarse en los ejemplos y criticar sus debilidades, olvidando lo fundamental. ¿Las instituciones financieras, que invierten en compra de armas y de drogas, son estructuras de pecado? Ahí, sin querer, el inversor o ahorrador está condicionado por una situación perversa que, en parte, no controla ni conoce. ¿Las vallas, o las políticas que consiguen que el mar Mediterráneo se llene de frágiles pateras, que impiden la entrada de inmigrantes, son estructuras de pecado? La ambición política, la búsqueda del poder a toda costa -pecado individual- puede terminar creando estructuras corruptas, sobre todo cuando el cumplir lo prometido a los electores pasa a segundo plano. ¿Quién controla el poder, una vez alcanzado?

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28
Feb
2020
Dios es Padre, pero no como mi padre
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candelabro02

Jesús nos reveló que Dios es Padre. Decir que Dios es Padre no es algo evidente. Incluso pudiera resultar chocante para la razón. Puestos a decir algo de Dios, la razón dice que es un poderoso señor que reclama respeto, sumisión y obediencia. Lo lógico es decir que Dios es Señor, y a los señores, ya se sabe, hay que obedecerlos. Es posible que haya señores buenos y comprensivos, pero siguen siendo señores; incluso con esos buenos señores hay que guardar las distancias oportunas.

Jesús dejó claro que Dios es Padre y que estamos invitados a establecer con él una relación filial, o sea, una relación de cercanía, confianza y familiaridad, hasta el punto de que podemos tutearle, establecer con él relaciones de igual a igual, como hacen los buenos hijos con los buenos padres. Dicho esto, también hay que dejar claro que la paternidad de Dios es “otra cosa” muy distinta de las paternidades humanas. Dios es padre, pero no como ningún padre de la tierra, por muy bueno que sea. Hay una palabra de Jesús que ayuda a aclararlo: “si vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que se las pidan” (Mt 7,11).

Si una idea así se le hubiera ocurrido a un pensador, sacerdote, filósofo, seguramente hubiera comparado a Dios con el mejor padre de la tierra. Pero no es esa la comparación que Jesús hace. Porque comparar a Dios con realidades o personas buenas, apetecibles y admirables, corre el riesgo de que pensemos que Dios es algo parecido, un poco mejor, pero parecido a ellas. Y así nos quedamos no sólo con una pobre idea de Dios, sino con una falsa idea de Dios, pues Dios supera infinitamente todo lo que de él podamos decir.

La comparación que hace Jesús con los padres malos de la tierra evita que identifiquemos o comparemos a Dios con un padre terrestre. La paternidad de Dios está en otro nivel, en un nivel incomparable. Esa referencia al padre malo de la tierra evita identificar a Dios con un padre terrestre, porque comparado con Dios, todo lo terrestre es “malo”, entiéndase: imperfecto. Solo Dios es bueno, sólo él es perfecto. Por eso, Dios siempre es “cuanto más”, un cuánto más que nos remite a las alturas del infinito, pero que, al mismo tiempo, nos indica que estamos bien orientados. Al decir que Dios es Padre vamos bien encaminados, estamos diciendo, en nuestros limitados términos humanos, algo que es verdad. Pero siendo conscientes de que esta verdad supera todo lo que podamos imaginar. Por eso, la realización de esta verdad en Dios requiere dejar claro que, por mucho que digamos o pensemos, Dios es “cuánto más”.

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24
Feb
2020
Cuando digo Dios
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cuandodigodios

Cuando digo Dios lo digo todo y, sin embargo, no digo nada. Lo digo todo, porque Dios es el Todo y todo es por él. Todo tiene en él su origen, todo se sostiene gracias a él, todo tiende hacia él. En él todo se recapitula. Y, sin embargo, no digo nada, porque lo que digo es paja, insignificante, no se parece en nada a lo que él es. Si cuando digo Dios alguien entiende algo, es porque no he hablado bien de Dios. Esta es la situación paradójica del decir Dios. El abismo del misterio divino excede toda teología, todo dogma, toda letra de la Escritura.

Aunque sea paja, cuando yo digo Dios digo, en primer lugar, Padre. Pero no como ninguno de los padres de este mundo. Incomparable con cualquier padre y con el que todos los padres, para ser tales, deberían compararse. Y digo Padre porque Jesús me lo enseñó a decir. “Sabed que el Señor es Dios, que él nos hizo y somos suyos”, dice el Salmo 99. El nos hizo, pero no como hace el director de un laboratorio. Nos hace por amor. No por necesidad. Somos suyos: pero no como las cosas tienen un propietario. Somos suyos con una relación de filiación. Como el hijo es del Padre. Pero también el padre es del hijo. Es nuestro Dios porque es nuestro Padre. Así se explica que el primer mandamiento no diga: adorarás al Señor tu Dios, sino: amarás al Señor tu Dios. El señorío va detrás del amor, detrás de la paternidad. Decir Padre es recordar que antes de ser Señor es Amor.

Cuando digo Dios digo también Hijo. Porque en el rostro de Jesús he encontrado la mejor traducción humana de lo que es Dios. Y como él llamaba a Dios su Padre, entiendo que traduce humanamente lo divino porque él es Hijo. Pues un Padre se refleja en el Hijo. Y el Hijo se parece al Padre no en lo físico, sino en el talante, en el modo de ser.

Cuando digo Dios digo, finalmente, Espíritu. Porque creo que este Dios incomprensible e inaccesible, este Dios del que nada decimos cuando decimos algo, no sólo se ha reflejado humanamente en Jesús de Nazaret, sino que es también próximo, cercano, más íntimo que mi propia intimidad. Y porque es tan íntimo, tan unido a mi espíritu como sólo puede hacerlo otro Espíritu, por eso es posible experimentarlo, vivirlo, sentirse unido a él con la unidad del Amor.

Cuando digo Dios, muchos me hablan de la Iglesia. Lo comprendo. Pero ¡qué triste confusión! Pues sólo Dios es santo. La Iglesia es de Dios, pero no es Dios y, además, es pecadora. Más aún, la Iglesia no puede reducirse, limitarse a algunos de sus miembros. ¡Otra triste confusión!

Cuando digo Dios, lo digo todo y sé que no digo nada porque mi vida refleja muy poco de lo que es Dios. Y, sin embargo…, sin embargo, algo de Dios se refleja en mi. Me gustaría que mi vida fuese eso que dice Eckhart: “Dios se convierte en Dios cuando las criaturas dicen Dios”. Decir Dios: ¡que maravilla, que responsabilidad, que difícil! ¡Que gran esperanza!

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20
Feb
2020
Para ser hijos, amar al enemigo
10 comentarios

escalera

En la Eucaristía de este próximo domingo nos encontramos con uno de los textos más conocidos del Evangelio: la invitación de Jesús a amar a los enemigos. Lo hemos oído muchas veces y quizás no nos hemos detenido a pensar lo que significa. Y cuando lo pensamos, lo consideramos imposible. Porque parece que amar al enemigo va contra la más natural de las tendencias humanas. No nos nace y, si lo intentamos, nos parece imposible. Nuestros sentimientos van por otro lado. Los sentimientos no podemos controlarlos. Por tanto, se diría que es imposible amar al enemigo.

Ocurre que el amor no es cuestión de sentimientos, aunque en el amor puede haber sentimiento. El amor es, sobre todo, cuestión de actitudes. De hecho, Jesús no dice: te tiene que gustar tu enemigo; tampoco dice: tienes que manifestar afecto a tu enemigo o tener confianza con él. El verbo que el evangelista pone en boca de Jesús (agapao) no expresa sentimientos, sino actitudes. Lo que Jesús dice es: tienes que desearle bien a tu enemigo. Desearle bien puede ser desear que se convierta, desear que deje de hacer el mal. De ahí que el mandamiento del amor al enemigo va unido a otro precepto: orad por los que os persiguen. La oración nunca puede expresar malos deseos, la oración siempre busca el bien.

¿Y cuál es el motivo del amor al enemigo? ¿Será que, al aumentar la dificultad, aumenta el mérito? El cristianismo no es cuestión de méritos, sino de gracia. ¿Será entonces que el odio corrompe y hace daño al que odia? No es una mala razón, pero no es la que Jesús ofrece: “amad a vuestros enemigos, para ser hijos del Padre celestial”. La clave del amor al enemigo es el Padre celestial. ¿En que se parece el hijo al padre? ¿En el rostro, en la estatura? No. El hijo se parece al padre cuando tiene los mismos sentimientos, el mismo carácter, el mismo modo de ser, las mismas actitudes que el Padre. Y el Padre celestial hace salir su sol sobre buenos y malos, manda la lluvia sobre justos e injustos; o sea, cuida de todos, ama a todos sin excepción, porque todos son hijos suyos. Los hijos de este padre están llamados a aspirar a esa filiación, a imitarle, a tener sus mismos sentimientos. Por eso su amor no admite límites ni discriminaciones.

Una última cosa: el amor al enemigo no es el ideal del amor. El ideal del amor es la reciprocidad. Si el enemigo me amara, habría dejado de ser enemigo. Es enemigo porque no me ama. Pero yo sí debo amarle, o sea, tener hacia él sentimientos de benevolencia. La plenitud del amor cristiano es el amor entre los amigos, el amor recíproco. El amor al enemigo es el caso extremo de la universalidad del amor, pero no es el ideal del amor. Tampoco es lo “característico” del amor cristiano. Lo repito: lo característico del amor cristiano es la reciprocidad: amaos los unos a los otros.

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17
Feb
2020
Encarnación en la Amazonia
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floresamazonia

Según el Vaticano II, la ley de toda la evangelización es “la adaptación de la predicación de la palabra revelada”. El Papa Francisco lo ha dicho de forma más expresiva: “lo que la Iglesia ofrece debe encarnarse de modo original en cada lugar del mundo, de manera que la Esposa de Cristo adquiera multiformes rostros que manifiesten mejor la inagotable riqueza de la gracia. La predicación debe encarnarse, la espiritualidad debe encarnarse, las estructuras de la Iglesia deben encarnarse”. Encarnarse es entrar en la realidad a la que uno quiere llegar, nunca para anularla, quizás para corregirla, siempre para alentarla y elevarla. Así como Jesús, al encarnarse, llevó lo humano a su más alta meta, de modo que bien podemos calificarlo de “hombre perfecto”, también la inculturación debe llevar a la cultura a su plenitud más lograda.

A esta luz, se entiende la necesidad de que el evangelio se encarne en la cultura de los pueblos amazónicos, distinta, en muchos aspectos, de la occidental. El Papa, tras alertar del peligro que tienen los evangelizadores de imponer las formas culturales en las que ellos han crecido, y cortar así “las alas al Espíritu Santo”, ofrece reflexiones de sumo interés: “Es posible recoger de alguna manera un símbolo indígena sin calificarlo necesariamente de idolatría. Un mito cargado de sentido espiritual puede ser aprovechado, y no siempre considerado un error pagano... Un misionero de alma trata de descubrir qué inquietudes legítimas buscan un cauce en manifestaciones religiosas a veces imperfectas, parciales o equivocadas, e intenta responder desde una espiritualidad inculturada”. Recordará el lector que, durante la celebración del Sínodo amazónico, los pueblos originarios presentaron al Papa, durante una liturgia de alabanza, signos propios de su cultura e incluso de la religión de sus ancestros, con gran escándalo de algunos.

Estos principios tienen aplicación en dos dimensiones importantes de la vida cristiana, la liturgia y la aspiración a la santidad. El Papa hace una llamada a “recoger en la liturgia muchos elementos propios de la experiencia de los indígenas en su íntimo contacto con la naturaleza y estimular expresiones autóctonas en cantos, danzas, ritos, gestos y símbolos. Ya el Concilio Vaticano II había pedido este esfuerzo de inculturación de la liturgia en los pueblos indígenas, pero han pasado más de cincuenta años y hemos avanzado poco en esta línea”. Y expresa su deseo de que nazcan “testimonios de santidad con rostro amazónico, que no sean copias de modelos de otros lugares, santidad hecha de encuentro y de entrega, de contemplación y de servicio, de soledad receptiva y de vida común, de alegre sobriedad y de lucha por la justicia. A esta santidad la alcanza cada uno por su camino, y eso vale también para los pueblos, donde la gracia se encarna y brilla con rasgos distintivos. Imaginemos una santidad con rasgos amazónicos, llamada a interpelar a la Iglesia universal”.

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13
Feb
2020
Amazonia como texto, no como pretexto
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amazonia

Ha salido la esperada exhortación postsinodal sobre la Amazonia. A mi no me ha sorprendido que, el que supuestamente iba ser tema estrella del documento, a saber, la posibilidad de ordenar varones casados, no haya aparecido. Para muchos (lo que estaban a favor y los que estaban en contra) este era casi el único tema de interés. Si así hubiera sido, la Amazonia se hubiera convertido en un pretexto para dilucidar otro problema, propio de toda la Iglesia, como es la supuesta o real escasez de sacerdotes. Digo supuesta o real, porque sospecho que el problema del clero también es un problema de distribución.

En lo que respecta a la Amazonía el documento papal invita los Obispos latinoamericanos a suscitar vocaciones misioneras, a promover equipos misioneros itinerantes, y también a aumentar el número de diáconos permanentes, sin olvidar el papel de los distintos ministerios y el gran papel catequético, pero también de liderazgo, que pueden tener las mujeres en las iglesias y comunidades locales.

Vuelvo a la cuestión de la Amazonia, que es el tema de la exhortación del Papa. Tema con entidad propia. El Papa parte de un principio fundamental: la Iglesia tiene múltiples rostros y debe encarnarse de forma original en cada lugar del mundo. Luego recuerda que los problemas ecológicos son también problemas sociales; quienes más sufren las consecuencias de los desastres ambientales son los pobres. En la Amazonia, la explotación de su territorio y la destrucción de su medio ambiente, ha conducido a muchas personas a emigrar a las ciudades. Allí vuelven a ser explotadas, y se encuentran con todo tipo de miseria y hasta de esclavitud.

El documento del Papa recuerda que la belleza de la naturaleza es un reflejo de Dios. Y eso hasta el punto de que el Resucitado penetra todas las cosas. «Todas las criaturas del universo material encuentran su verdadero sentido en el Verbo encarnado, porque el Hijo de Dios ha incorporado en su persona parte del universo material, donde ha introducido un germen de transformación definitiva. Él está gloriosa y misteriosamente presente en el río, en los árboles, en los peces, en el viento, como el Señor que reina en la creación sin perder sus heridas transfiguradas, y en la Eucaristía asume los elementos del mundo dando a cada uno el sentido del don pascual”.

Hay muchas más cosas en esta preciosa exhortación apostólica. Me he limitado a ofrecer una pequeña muestra, que sirva como invitación de una lectura seria y detenida del texto.

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11
Feb
2020
Escuchar el silencio de Dios
5 comentarios

variasflores

Se sea o no consciente de ello, el silencio de Dios es una de las experiencias más evidentes del hombre moderno: a Dios no se le escucha, parece que está callado. Esta experiencia propia del increyente, afecta también a los creyentes. Muchos creyentes se preguntan cómo es posible que Dios no diga nada ante los gravísimos males que asolan nuestro mundo. El mundo funciona como si Dios no existiera. Dios consiente que le nieguen los ateos, porque si no lo consintiera seguro que hacia resonar su voz. Cuando decimos estas cosas quizás no caemos en la cuenta de que la voz de Dios resuena en la voz de los creyentes, aunque para percibir esa voz sean necesarias ciertas disposiciones. Hay sonidos que, para poder ser escuchados, requieren la complicidad del oyente. Más aún, se diría que hoy, el ruido y el furor de este mundo hacen todavía más difícil percibir los rumores de Dios.

Hay una razón creyente que explicaría el silencio de Dios. Su silencio no es una prueba de desinterés. Al contrario, es una prueba de su gran atención ante lo que tenemos que decirle. Nuestra vida, toda entera, eso es lo que tenemos que decirle. Y él escucha con mucha atención, sin interrumpirnos, dejándonos hablar hasta el final. El silencio de Dios no es un silencio vacío, sino un silencio hablante, el silencio del amor que espera nuestra respuesta. En este sentido, escuchar el silencio de Dios pudiera ser una seria llamada de atención: ¿tengo algo que decirle? Si es así, entonces su silencio es prueba de la atención que me presta. Y si no tengo nada que decirle, es lógico que se calle, porque las palabras sólo se dirigen a los amigos.

Como lo propio de Dios sólo es amar, y el amor siempre deja libre, parece que no dice nada a quienes no se interesan por él. No dice nada, pero él sí que se interesa por todos y cada uno, también por aquellos a quienes él no interesa.

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