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Dic2015Jesús, luz del mundo
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Dic
A lo largo de la historia de la Iglesia se ha cantado a Jesús como luz gozosa y esplendorosa. El es el sol que nace de lo alto, el sol de la vida, el sol de la gracia, el sol de la alegría, el sol de las almas, el sol de la justicia, la estrella de Jacob, la estrella de la mañana, la luz que brilla en las tinieblas. Todas estas imágenes pretenden destacar el significado especialísimo de esta “verdadera luz”, que consiste en que Cristo ha vencido a los poderes del mal, ha inaugurado el reino de Dios en la humanidad y ha prometido a todos la participación en esa victoria.
El cuarto evangelio comienza situando toda la misión de Jesús desde la perspectiva de que él es “la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo” (Jn 1,9). Jesús, según este evangelista, dice de sí mismo: “Yo soy la luz mundo” (Jn 8,12; 9,5). De esta afirmación fundamental se deducen dos consecuencias. Una, el que se deja iluminar por esta luz que es Jesús no anda en tinieblas (Jn 8,12; 12,46); por eso camina seguro: para el creyente hay una luz que guía sus pasos, una antorcha en su camino: “lámpara es tu Palabra para mis pasos, luz en mi sendero” (Sal 119,105). El cristiano es un “iluminado” (Heb 10,32). Es significativo que en los orígenes cristianos al bautismo se lo califique como el momento de la “iluminación”. Es significativo también en este sentido que todas las espectaculares conversiones se narren en clave de iluminación. Basta pensar en la conversión de Pablo camino de Damasco (Hech 9,3). O incluso en la narración que hace san Agustín de su propia conversión. La conversión no es un asunto de voluntarismo; es un asunto de luz, de iluminación. La iluminación es la primera gracia de la conversión.
La segunda consecuencia (de la afirmación de Jesús “luz del mundo”) es si cabe más significativa, pues los que se dejan iluminar por la luz son hijos de la luz (Jn 12,36) y, del mismo modo que el hijo se parece al Padre y hasta tiene su mismo rostro, los hijos de la luz se convierten ellos mismos en luz: “vosotros sois la luz del mundo” (Mt 5,14). El cristiano no es solo un iluminado, sino que él mismo irradia luz. Por eso los cristianos practican “las obras de la luz” (Jn 3,20), o sea, “las buenas obras”, las obras del amor (Mt 5,16), que deben alcanzar todos los órdenes de la vida, tanto la economía y la política, como la familia y la comunidad. Se trata de iluminar las tinieblas de la falta de verdad (1 Jn 1,6) y de amor, pues “quién aborrece a su hermano está en las tinieblas y quién ama a su hermano permanece en la luz” (1 Jn 2,9-10). Y de esta forma crear espacios para la esperanza, brillando como antorchas en el mundo, en medio de una generación que necesita y busca razones para vivir (Flp 2,15-16).
Cuando el Vaticano II califica a Jesús de “hombre perfecto” está dando un paso adelante en relación a lo que decía el Concilio de Calcedonia. Cristo no es solo perfectamente humano, verdadero hombre; es también la perfección de lo humano, el hombre que Dios, desde siempre, ha querido y buscado. En la humanidad de Jesús, Dios se ve reflejado. Pero precisamente por esto, la humanidad de Jesús es la humanidad más lograda, más acabada, mejor realizada, la que se corresponde totalmente con el proyecto de Dios. Por eso, Cristo, Hombre perfecto, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación. Mirándole a él, sabemos a qué atenernos para realizar la imagen de Dios con la que todos hemos sido creados.
Un ocho de diciembre de hace 50 años se clausuraba el Concilio Vaticano II. El próximo día 8, fiesta de la Inmaculada, el Papa abrirá la puerta santa de la Basílica vaticana y comenzará así el año dedicado a la misericordia. Es todo un acierto que coincida el inicio de este año jubilar con la fiesta de la Virgen Inmaculada, porque ella proclamó que la misericordia de Dios se extiende de generación en generación. No es extraño que la Iglesia la proclame madre de misericordia y le pida que mire a cada uno de sus hijos con ojos misericordiosos.
En este mundo hay mucha necesidad de diálogo y de entendimiento entre personas y pueblos. Hay grupos y personas que no se hablan. Peor aún, esta falta de diálogo es fuente de malentendidos y de odios. María es un buen icono del diálogo. Allí donde aparece María, aparece el diálogo. Con el ángel en la Anunciación, María entabla un diálogo y expone las dificultades que ella encuentra. Es necesario escuchar las dificultades que tiene el otro para que pueda aceptar mis propuestas. En su visita a Isabel, también aparece el diálogo. Esta vez es Isabel la que pregunta a María: ¿cómo es posible que la madre de mi Señor venga a mi?. En el viaje a Jerusalén, con el niño adolescente, perdido y luego encontrado en el templo, de nuevo es María la que pregunta, porque no entiende, y quiere clarificarse: ¿cómo nos has tratado así a tu padre y a mi?
Adviento, tiempo de esperanza. Es doble la esperanza de la que habla el adviento: la del retorno glorioso de Jesús al final de los tiempos, y la que suscitó el Mesías nacido de María hace dos mil años. La esperanza del retorno glorioso de Jesús nos asegura que el final de los finales no será una vuelta al caos primigenio, sino la llegada del definitivo cosmos, una tierra nueva en donde todo estará en su lugar, cosa que ahora no siempre sucede. Ahora hay demasiada violencia, demasiada mentira, muchas armas que se venden y mucho dinero que se consigue a base de crear las condiciones más favorables para la guerra y el terror. Llegará un día en que Dios pondrá orden en todas las cosas, cuando Dios sea “todo en todos”, la realidad que todo lo determine. Porque cuando Dios determina la realidad, todo funciona necesariamente bien.
Si hace unos años se realzaban las dimensiones doctrinales de la fe, hoy tanto la teología como el Magisterio insisten en las dimensiones personales de la fe. La fe es, ante todo, un encuentro del creyente con el Dios vivo que se nos da a conocer en Jesucristo. Por la fe nos encontramos con el Dios fiel que establece una relación de amor con el ser humano. Por eso, como muy bien dijo el Papa Francisco, la fe nos saca de nosotros mismos, de nuestra autorreferencialidad: “el conocimiento de la fe no invita a mirar a una verdad puramente interior. La verdad que la fe nos desvela está centrada en el encuentro con Cristo, en la contemplación de su vida, en la percepción de su presencia”.
En el Concilio Vaticano II hay un texto valiente a propósito de las religiones no cristianas, que pudiera servir, aunque con matices distintos, para la buena relación entre las distintas teologías y modos de vida dentro de la propia Iglesia. Dice el Concilio: “La Iglesia católica nada rechaza de lo que en estas religiones hay de verdadero y santo. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas, que, aunque discrepan en muchos puntos de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres”. Aquí se afirma que hay doctrinas y modos de vivir que discrepan en muchos puntos de las doctrinas y modos de obrar de la Iglesia católica, pero que, a pesar de la discrepancia, cada uno de estos modos puede reflejar destellos de la única Verdad, que es Dios. Si la única Verdad puede expresarse y vivirse de muchos modos, algunos discrepantes, tiene que ser porque esos modos nunca agotan la insondable riqueza de la Verdad. Los modos católicos tampoco agotan esa insondable riqueza, pues si la agotasen no podría haber otros discrepantes que también la reflejasen. A lo sumo, los otros modos serían confluyentes o la reflejarían en grado menor, no desde la discrepancia.
“El Islam no trata de imponer; invita a conocer. Ninguna religión puede fundamentarse en el odio o en la violencia, porque Dios es un Dios de paz y de amor”. Son frases literales pronunciadas, hace pocos días, por una mujer musulmana, en un acto público. Soy testigo de ello. Me parece oportuno recordar esta declaración ante los asesinatos cometidos ayer en París por un puñado de terroristas. Algunos testigos dicen que los asesinos dispararon al grito de “Alá es grande”. Si el Islam es una religión de paz y alguien utiliza el nombre de Alá para matar, la única conclusión lógica es que este terrorista profana el sagrado nombre de Alá. Y por tanto, sus propios correligionarios deberían ser los primeros en aclararlo y en condenarlo con todas sus fuerzas.
El Concilio Vaticano II ha sido el acontecimiento que ha marcado la historia de la Iglesia de los últimos 50 años. Muchos de nosotros hemos vivido nuestro cristianismo en este clima post-conciliar. Es posible que alguno piense que el Concilio ya es historia. Pero yo tengo la impresión de que es un acontecimiento que sigue hoy marcando decisivamente a la Iglesia y que sigue suscitando polémica y división de opiniones. De hecho, los mismos que hoy critican al Papa Francisco son los que entonces criticaron y ahora critican al Concilio, y lanzan consignas de repliegue y de vuelta al pasado. Es curioso que, entonces y ahora, los críticos con los tímidos aires nuevos que, de vez en cuando, aparecen en la Iglesia, siempre apelen al Magisterio del pasado para negar valor al Magisterio vivo y presente. Siempre se sirven de los muertos para descalificar a los vivos. Quizás porque los muertos ya no pueden defenderse.