20
Ago2015El odio, más fuerte que la muerte
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Ago
“El amor es más fuerte que la muerte”, dice el Cantar de los Cantares. Según el libro bíblico la fuerza del amor es tan grande que es capaz de superar a la fuerza imparable de la muerte. Aunque, a la vista de lo acontecido este mes de agosto, en el que cada día la prensa nos informaba de la asesina violencia de género, se diría que la fuerza del odio es todavía superior a la del amor. Lo más terrible de los tristes odios familiares, ocurridos este mes de agosto, no ha sido que los varones matasen a su pareja, sino que los padres matasen a sus propios hijos antes de matar a su mujer. El que ellos intentasen luego suicidarse es un asunto dudoso. En muchos casos se trata de intentos con efecto retardado, para dar tiempo a los servicios policiales de impedir la muerte del supuesto suicida.
Las convivencia familiar es compleja y difícil. Uno puede comprender (no justificar) que en una pareja se pase del amor al odio. Ya es más difícil comprender que el odio se traduzca no solo en deseo de que el otro muera, sino en voluntad de matarle. Todavía resulta más difícil comprender que un padre quiera matar a sus hijos menores para hacer daño a su odiada pareja. ¿Hacer daño a base de matar a los propios seres queridos? Parto del supuesto de que el amor del padre (y de la madre) hacia sus hijos es natural. A los hijos, sobre todo cuando son pequeños o incluso casi bebes, parece difícil matarles. Para que esto ocurra, uno tiene que haber perdido la cabeza. El odio puede llevar a esos extremos. El odio nos hacer perder lo más propio y característico del ser humano, que es la razón. El odio degrada y animaliza. El odio corrompe la razón y la lleva a sus peores infiernos.
Los tristes acontecimientos de padres que matan a sus hijos, antes de matar a su pareja, nos llevan a pensar que si el amor a los hijos tiene una base natural, no basta la naturaleza para explicar el amor, para hacerlo nacer, crecer y mantenerlo. El amor humano tiene bases biológicas, pero va más allá de lo biológico para entrar en el campo de lo personal y de lo espiritual. El amor no solo es atracción, deseo o pasión. El amor es, sobre todo, deseo de bien, y eso requiere voluntad de bien y esfuerzo para lograrlo. Si el amor se queda en lo natural, corre el riesgo de degradarse. El amor necesita otros fundamentos.
Eso no quita que, en ocasiones, las relaciones se rompan o se enfríen. Pero de ahí a matar, y no digamos, de ahí a matar a personas que nada tienen que ver con la ruptura (aunque sean los hijos) hay un abismo. Una ruptura de relaciones, es triste, pero se puede comprender. Cuando eso ocurre hay que respetar a las personas que se distancian. Pero que una separación nos haga entrar en el abismo de la muerte, es la corrupción de lo humano. Cuando perdemos “lo humano”, aparece el desorden, el caos, la sin razón; en definitiva, el infierno.
Los hay que dicen “estar a muerte” con no sé qué cosas, como si esta muerte les extasiase, subiéndolos a algún cielo. A muerte con un equipo de fútbol, la pandilla o la cofradía. Otros plantean dilemas jugando con la muerte: “patria o muerte”, “revolución o muerte”, “santidad o muerte” (divisa de un beato cuyo nombre ahora no viene a cuento). Los himnos patriótico-militares, que suelen ser cantos a la guerra, apelan a la muerte, como el que dice: “que morir por la patria es vivir”, o el que espolea al “novio de la muerte”. Esas descargas de adrenalina no son manifestaciones de seguridad, sino de odio. Y no conducen a ningún cielo; normalmente terminan con la muerte “del otro”. Jesús, más que de muerte, habla de “perder la vida”. Perderla para ganarla. Y perderla para que el otro viva. No es una pérdida que conduce a la muerte, sino una entrega que paradójicamente crea la máxima riqueza para los demás.
Los temas referentes al “más allá” interesan. Lo he comprobado en muchas ocasiones. El último ejemplo es la publicación en este blog de un post que buscaba resaltar la misericordia de santo Domingo de Guzmán. Basándome en uno de los testigos de su canonización, decía que la compasión de Domingo llegaba hasta el extremo de orar por los condenados en el infierno. En los varios lugares en que apareció mi post se multiplicaron los comentarios. No para hablar de Santo Domingo o de la compasión, sino para hablar del infierno.
Son muchas las circunstancias históricas que explican la obra de Domingo de Guzmán. Lo mismo podría decirse de muchas otras fundadoras y fundadores. Pero las solas circunstancias no lo explican todo. Porque otras y otros se encontraron en situaciones similares y no reaccionaron del mismo modo. A mi entender, fue la compasión divina que impregnaba sus vidas la que movió a los fundadores y fundadoras de instituciones y congregaciones religiosas, una compasión que quería ser una respuesta de misericordia para el mundo.
En ocasiones los predicadores exhortan a sus oyentes a orar por los pecadores. Quizás sería bueno preguntarse qué hay detrás de este tipo de recomendaciones. Porque todos somos pecadores. Pero, normalmente, cuando se pide que oremos por los pecadores se suele pensar en aquellas personas alejadas de la Iglesia que supuestamente viven, piensan y actúan de forma reprobable y muy distinta a cómo lo hacemos nosotros. Cada uno sabrá cuales son sus presupuestos no explicitados. En todo caso, no sería conveniente que nuestra plegaria por los pecadores estuviera cargada de un rechazo hacia ellos. ¿Quizás san Pablo atisbaba este peligro cuando recomendaba a Timoteo que la oración “por todos los seres humanos” fuera “sin ira ni malas intenciones” (1 Tim 2,8)? Pecadores, insisto, somos todos. En este sentido, todos necesitamos orar por nosotros mismos y los unos por los otros. Para que nuestra vida sea una continúa conversión a Dios.
“Por la fe el alma se une a Dios ya que por ella el alma cristiana contrae una especie de matrimonio con el Señor, como se dice en Os 2,22: te desposaré conmigo en la fe”. Con estas palabras comienza Tomás de Aquino su comentario al “Credo”. Comienza, pues, situando la fe en su auténtica y verdadera dimensión. Pues la fe no es principalmente la aceptación de una serie de verdades, sino un encuentro personal entre el creyente y el Dios revelado en Jesucristo.
Hace ya tiempo, un buen amigo escribió unas atinadas reflexiones sobre el hombre lleno de “nada”. Y como todos buscamos lo que se nos parece (lo semejante busca lo semejante) para este hombre lleno de nada tenemos una serie de productos privados de su substancia, de lo que en realidad son: café sin cafeína, cerveza sin alcohol, crema sin nata, chocolate sin grasa, etc. Todo esto apunta a una realidad mucho más profunda: el vacío interior que muchas y muchos sienten, que para el creyente es un vacío de Dios, pero que se traduce de muchos otros modos que pueden resumirse así: falta de sentido. El hombre de hoy es como un ciclista que corre a toda máquina, pero no sabe a dónde va. Y por eso busca ambientes propicios que le hagan olvidar su falta de metas.
Buscando una co-existencia y una vecindad que evite enfrentamientos entre culturas y religiones hay quienes apelan a la tolerancia. Pero, a la larga, la tolerancia es insuficiente. Debemos dar un paso más hacia la libertad religiosa. La tolerancia es el paso mínimo que debería unirnos a todos, pero el paso bueno es la libertad religiosa. La tolerancia parte del supuesto de que las ideas, acciones o personas que son objeto de la misma, son cargadas, a partir de nuestras convicciones de un cierto grado de disvalor, ya que se supone que tales ideas, actos o personas lesionan, en mayor o menor medida, nuestras posiciones y creencias. La tolerancia nos lleva a soportar y aceptar al otro como un mal menor. La libertad religiosa nos invita a convivir con otro, que tiene buenas razones para profesar su religión, como yo tengo las mías. Nos reconocemos mutuamente nuestras razones y nuestros derechos.