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Sacramento cuaresmal
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La oración colecta del primer domingo de cuaresma se refiere al “sacramento cuaresmal”. Los cuarenta días de cuaresma son calificados de sacramento. Espero que nadie se pregunte si la liturgia se ha inventado un nuevo sacramento, como así ocurrió cuando el Concilio Vaticano II calificó a la Iglesia como sacramento. Sacramento es un término que puede aplicarse, en primer lugar, a Jesús de Nazaret, luego a la Iglesia y finalmente a todas las realidades eclesiales. Porque sacramento indica la presencia del Dios invisible en una realidad visible. La Sagrada Escritura tiene una estructura sacramental, porque en ella Dios habla por medio de hombres y en lenguaje humano, precisamente para que podamos conocerle y entenderle.
Sacramento es una traducción de la palabra misterio, es decir, indica las estructuras esenciales de la historia de la salvación. Y un elemento de estas estructuras es el misterio de los cuarenta días. El número cuarenta aparece con frecuencia en la historia de la salvación. Es el símbolo de un periodo de prueba y purificación. El diluvio duró 40 días, Israel caminó cuarenta años por el desierto, Moisés se quedó cuarenta días en el Sinaí, la Ascensión ocurre cuarenta días después de Pascua, y Jesús, al comienzo de su ministerio, ayuna durante cuarenta días en el desierto. Calificar a la cuaresma como sacramento es un modo de decir que, durante esos cuarenta días, Dios se nos hace presente por medio de las prácticas cuaresmales: oración, penitencia, limosna, escucha de la Palabra, celebración de los sacramentos de la reconciliación y de la eucaristía.
El rito de la imposición de la ceniza al comienzo de la cuaresma orienta hacia dos aspectos importantes de la vida cristiana: por una parte, nos recuerda la precariedad de la vida; y, por otra, la necesidad de conversión, precisamente para encontrar un soporte a esta precariedad. Espontáneamente asociamos la ceniza a los restos de una combustión, restos que no sirven para nada y son un signo de que todo está destinado a desaparecer. Precisamente el máximo enigma de la vida humana es la muerte y su máximo tormento el temor por la desaparición perpetua. Pero una cosa es que la vida sea frágil y se encamine a la muerte, y otra que la muerte sea el final de la vida. Es un enigma, como acabamos de decir. Y si es un enigma no hay respuesta segura y definitiva.
En este sentido la ceniza pudiera orientar hacia la fertilidad: es un fertilizante natural que nutre las plantas y un repelente de plagas. O sea, ayuda a la vida y evita peligros. También la ceniza que se nos impone al comenzar la cuaresma es una llamada a la conversión, a orientar nuestra vida hacia Dios. Pues el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre. Ha sido Cristo resucitado el que ha ganado esta victoria para el hombre, liberándolo de la muerte con su propia muerte. La meta de la cuaresma no es la muerte, sino la Pascua. El rito de la ceniza con el que comienza la cuaresma es signo de nuestra fragilidad, pero los cristianos vivimos esta fragilidad con la esperanza de la vida. Por eso la ceniza es una llamada a convertirnos, a ponernos de cara al que puede dar la vida.