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La tarea de Nicea en otro contexto
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En el Concilio de Nicea, para clarificar las relaciones entre el Padre y el Hijo, desde la tradición apostólica, los Padres conciliares no utilizaron términos bíblicos, sino filosóficos. El uso de términos bíblicos comportaba un problema, a saber: que cualquier expresión bíblica podía ser interpretada desde la lógica arriana. Utilizaron, pues, una terminología que era familiar a sus oyentes para que comprendieran la verdad sobre Jesucristo, expuesta por los autores bíblicos. “Nicea introdujo un concepto no bíblico -homoousios- como clave interpretativa de la Biblia. Fue una decisión controvertida, pero a juicio de los Padres de Nicea necesaria, para impedir que la Escritura fuera mal interpretada” (Alberto de Mingo Kaminouchi). A veces la innovación es necesaria para conservar la integridad de la fe.
Pues bien, hoy estamos llamados, en un nuevo contexto cultural y eclesial, a realizar una tarea similar a la que hicieron los Padres de Nicea en su propio contexto. Nos invita y estimula a ello el documento de la Comisión Teológica Internacional dedicado al Concilio de Nicea: “la Iglesia puede inspirarse en los Padres de Nicea para buscar hoy expresiones significativas de la fe en los diferentes lenguajes y contextos… Nicea sigue siendo un paradigma de cualquier encuentro intercultural y de la posibilidad de recibir o forjar nuevas formas auténticas de expresar la fe apostólica”. Como muy bien dice el Papa Francisco, citando a Juan Pablo II, “la renovación de las formas de expresión se hace necesaria para transmitir al hombre de hoy el mensaje evangélico”. Ya el Vaticano II había dicho que la adaptación, o sea “la predicación acomodada de la palabra revelada debe mantenerse como ley de toda evangelización” (Gaudium et Spes, 44).
Hoy, más que nunca, el lenguaje religioso se encuentra ante la tarea de elaborar nuevos “conceptos, categorías, narraciones, parábolas, símbolos, que traduzcan y comuniquen la experiencia cristiana de forma íntegra e inteligible, que puedan relacionar los contenidos de la fe con la experiencia humana actual, con los anhelos y preguntas de la gente, con sus inquietudes y con sus demandas de sentido” (A. Jiménez Ortiz). Hoy se necesita “una nueva interpretación que ponga el mensaje bíblico en relación más explícita con los modos de sentir, de pensar, de vivir y de expresarse, propios de cada cultura local”, ya que “los conceptos no son idénticos y el alcance de los símbolos es diferente”, y son ellos los que “ponen en relación con otras tradiciones de pensamiento y otras maneras de vivir” (Pontificia Comisión Bíblica).
No es menos cierto que una buena pastoral requiere también de actitudes consecuentes en los pastores. La vida del creyente no puede ir por un lado y su fe por otro. De nada serviría una confesión clara y adaptada a los oyentes si la vida del pastor no estuviera en consonancia con ese Dios del que da testimonio. La distancia entre el mensaje y la fragilidad humana de los mensajeros a quienes está confiado el Evangelio daña a la difusión del evangelio. A los pastores no coherentes con la fe que predican, se aplica esta denuncia de la Escritura: “profesan conocer a Dios, mas con sus obras le niegan; son abominables y rebeldes e incapaces de toda obra buena” (Tit 1,16).