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Jesús tentado ayuda a los tentados
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El evangelio del primer domingo de cuaresma nos relata que, al comienzo de su ministerio, después de un ayuno de cuarenta días, Jesús sintió hambre. El diablo aprovechó la situación para tentarle. Entrar en nuestras tentaciones forma parte de la misión de Jesús: ha sido tentado en todo como nosotros, dice la carta a los hebreos (4,15). Jesús vence la tentación y así nos indica el camino para vencerla también nosotros. Por eso, la carta a los hebreos (4,16), tras afirmar que Jesús fue tentado, nos invita a acercarnos al “trono de la gracia” (¡a Jesús mismo!), a fin de alcanzar misericordia y hallar la gracia de un auxilio oportuno.
El tentador es muy astuto. No niega la verdad. Presenta una verdad distorsionada. La seducción satánica consiste no en presentar una falsedad directamente, sino una mentira vestida de verdad, una falsa verdad, una caricatura de la verdad: “si eres Hijo de Dios”, yo te voy a mostrar el buen camino para manifestarlo. Jesús fue tentado con la más perversa de las tentaciones, a saber, sobre cuál era el buen camino para realizar su misión mesiánica.
“Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan” (Mt 4,3). En el fondo, también nosotros pensamos que esta es una buena manera para manifestar la condición de Hijo de Dios, a saber, solucionar el principal problema que probablemente hay hoy en el mundo, la falta de pan para muchos de sus habitantes. Pero Jesús, cuando se encontró con mucha gente en un lugar deshabitado y sin comida, dijo a sus discípulos que ellos dieran de comer a la gente (Mt 14,16). Hay cosas que dependen de la buena o mala voluntad de los seres humanos. Jesús no manifiesta su mesianismo solucionando los problemas que tenemos que solucionar nosotros, sino invitándonos a cumplir la voluntad de Dios y a vivir en el amor. El pan llena el estómago, pero no nos hace necesariamente buenos. El pan, la riqueza, pudiera incluso separarnos de Dios. Jesús nos señala cuales son las prioridades.
“Si eres Hijo de Dios, tírate abajo (desde el alero del templo)” (Mt 4,6). También nosotros pensamos que, con signos espectaculares convencemos de la seriedad y grandeza de nuestra fe. Los grandes milagros, pensamos, son la mejor prueba de la verdad del cristianismo. Pero Dios no es objeto de nuestros experimentos, nuestras pruebas o nuestras mediciones. El mejor milagro es el de la bondad, el de la ayuda mutua. En un mundo donde cuenta mucho la imagen y el espectáculo, Jesús nos orienta hacia otras prioridades, las del perdón, las del amor, las de la acogida del necesitado.
Si eres Hijo de Dios, te daré todos los reinos de la tierra (Mt 4,9), insiste el tentador. También nosotros pensamos que el poder, al menos en manos de personas honradas, podría arreglar todos los males. De nuevo, Jesús nos orienta hacia otras prioridades: el único poder orientado hacia el bien es el poder del amor, un poder débil, porque el amor es vulnerable, no devuelve mal por mal, ni insulto por insulto. Jesús es un rey crucificado. No actúa con la fuerza de las armas. Su poder es el poder del amor.