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Desobediencia correcta, obediencia incorrecta
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Los tiempos han cambiado. En realidad, no han cambiado los tiempos, el tiempo pasa. Lo que cambia, al menos en algunos, es la mentalidad, tanto a niveles personales, como sociales y eclesiales. Antiguamente, en la Iglesia y en la sociedad, la obediencia era presentada como una de las mejores virtudes, era lo que se esperaba del buen ciudadano y del buen creyente, hasta el punto que de que los grandes maestros espirituales solían decir: el que obedece nunca se equivoca. Hoy, la obediencia está un tanto desprestigiada, sobre todo cuando por obediencia se entiende una sumisión, sin reservas, a la autoridad. Curiosamente quienes suelen quejarse de falta de obediencia suelen ser siempre los superiores, los que mandan. Ya es más extraño que esos que mandan se planteen si mandan mal.
Al respecto recuerdo que un técnico nuclear judío, Mordejai Vanunu, que pasó 18 años en las cárceles israelitas por desvelar el programa de fabricación de armamentos nucleares, que conocía de primera mano en razón de su trabajo, dijo ante sus jueces: «Una acción como la mía enseña a los demás que el propio razonamiento, el de todo individuo, no es menos importante que el de los jefes. Éstos se sirven de la fuerza y sacrifican a millares de personas en el altar de su megalomanía. No les sigáis a ciegas». Mordejai Vanunu y muchos otros -en los estados laicos y en los estados religiosos, de unas y otras culturas-- han desobedecido a las autoridades políticas y religiosas en nombre de una autoridad más imperiosa y, lo que es más importante, más sana y más humana: la autoridad de la propia conciencia.
Hay una parábola de Jesús en la que unos personajes obedecen y obedecen mal. Su obediencia es incorrecta. En la misma parábola, otro personaje desobedece y su desobediencia es correcta. Se trata de la parábola del samaritano misericordioso. Las costumbres, convertidas en leyes, dejaban claro que entre los judíos y los samaritanos no era posible ningún trato. Costumbre y ley que tenían su desgraciado fundamento en el odio. La parábola quiere poner de manifiesto que la ley, cuando es expresión de odio, es mala, malísima. Y que lo bueno, buenísimo, es desobedecerla. Los dos clérigos de la parábola se alejan del herido, quizás porque su sentido de la obediencia les movía a llegar a tiempo al culto. Mientras que el samaritano, desobedeciendo a la ley, obedece a una instancia superior a la ley, como es su conciencia que le mueve a amar.
El evangelista Lucas cuenta otra historia en la que también aparece un samaritano que desobedece a la ley y, sin embargo, hace lo correcto. Es esa historia de diez leprosos que se acercan a Jesús para ser curados. La ley mandaba que, si quedaban curados, debían presentarse a los sacerdotes para que certificaran que estaban en condiciones de reintegrarse a la sociedad. Una vez curados, nueve leprosos cumplieron la ley y fueron a ver a los sacerdotes. Uno de los leprosos, un samaritano, en vez de cumplir la ley, regreso a dar las gracias a Jesús. El desobediente hizo lo correcto, fue agradecido, sin duda porque tenía un corazón lleno de amor.