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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
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9
Ago
2021
Las comidas de Jesús
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comidasjesus

Para Jesús las comidas eran algo muy importante, porque apuntaban, señalaban, presagiaban una comida mejor, una comida que quién la gustase ya no pasaría más hambre.

Las comidas de Jesús con los pecadores llamaban la atención. Los fariseos, al ver con quién se sentaba Jesús a la mesa, decían escandalizados: “¿Cómo es que come con los publicanos y pecadores?” (Mc 2,15-16). Jesús comía porque era hombre y tenía necesidad, pero es curioso que también necesitaba dormir y, sin embargo, sólo una vez en los evangelios, se dice que “durmió” (Lc 8,23). ¿No será porque las comidas tenían en Él un sentido más profundo? ¿Saben que significa compañero? El que come pan conmigo. Compañero es una palabra muy cercana a amistad. A Jesús les gustaba comer con otros, porque así se hacía compañero de aquellos con los que comía, entablaba amistad con los otros comensales. Las comidas de Jesús eran signo del amor del Padre hacia los hombres.  El amor del Padre nos hace hermanos. Zaqueo comprendió bien lo que significaba que Jesús comiera en su casa: “Mira, le dijo, la mitad de mis bienes se los doy a los pobres” (Lc 19,8).

Estas comidas de Jesús apuntaban a otra comida, más importante y definitiva. Un día, en el monte, Jesús alimentó a la muchedumbre con unos pocos panes y unos peces (Jn 6). A la vista del prodigio, la gente le quiso proclamar rey. Pero él, que había venido no para ser servido, sino para servir, huyó a la soledad. Al día siguiente, la gente le encontró y Jesús les recriminó: “Me buscáis porque os di de comer hasta saciaros”. Y Jesús les anuncia el hambre de otro pan, uno que no perece y alimenta hasta la vida eterna: vuestros padres, en el desierto, comieron el maná y seguían teniendo hambre, y murieron. Pero hay otro pan, que baja del cielo, y el que lo come ya no tiene hambre. Yo soy el pan que baja del cielo, el que lo come vive para siempre y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.

Muchos se escandalizaron y le abandonaron: ¿cómo puede este darnos a comer su carne? En el cenáculo, de forma inesperada, Jesús realizó lo prometido: Tomad y comed, esto es mi cuerpo.  Verdaderamente, este es el misterio de nuestra fe. Insisto: de nuestra fe. La eucaristía se profana cuando se la quiere someter a prueba. Y no digo más.

También el resucitado se hace presente en torno a una Mesa. Estas comidas del resucitado son claramente eucarísticas. Un resucitado no necesita comer. Sólo comen los terrestres, los carnales. Y el resucitado ya no está en nuestro mundo, tiene otra condición, la condición de los que ya viven la vida que no acaba, la vida de Dios, la vida para siempre. Lo dejo ahí, porque no quiero ahora entrar en la condición de Cristo resucitado, sino solamente notar que el resucitado se hace presente en un contexto eucarístico, el primer día de la semana, cuando los apóstoles estaban reunidos para la fracción del pan.

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4
Ago
2021
Domingo de Guzmán, predicador de la misericordia
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partirelpan

A santo Domingo de Guzmán se le califica de “predicador de la gracia”. Una de las más importantes manifestaciones de la gracia es la misericordia. Cuando la gracia, amor gratuito e incondicional, no es bien acogida, entonces la fuerza del amor se manifiesta en forma de perdón. La misericordia apunta a un amor incondicional que, por ser incondicional, es capaz de vencer todos los obstáculos que el ser humano pueda oponerle. La misericordia es expresión del corazón amante de Dios que perdona los pecados y se hace presente en todos los infiernos.

Pero el anuncio de la misericordia tiene también repercusiones sociales y muestra su verdad en nuestro comportamiento con el prójimo necesitado. Domingo de Guzmán era una persona misericordiosa que creyó en un Dios misericordioso. Esta misericordia se manifestó en una doble dirección: por una parte, en su compasión por los pobres, por los que sufren y por los necesitados, ayudándoles con sus propios bienes. Y por otra, en su oración por los pecadores, hasta el punto de que, según sus biógrafos, también oró por los condenados en el infierno, lo que podría entenderse como una expresión límite que une al orante con un Dios cuya misericordia no excluye a nadie.

También hoy la predicación de la misericordia debe desplegarse en esta doble dirección: en primer lugar, solidaridad efectiva y eficaz con todos los necesitados y los marginados de la sociedad, por medio de un serio compromiso por la justicia. Pero también, anuncio de un Dios con el que siempre es posible “volver a empezar”. La misericordia siempre despierta la esperanza y mueve a la acción de gracias. Esperanza para “el aquí y el ahora”, dando sentido y ofreciendo razones para vivir; y esperanza en una salvación definitiva que solo Dios puede otorgar. La acción de gracias es la prueba de que la misericordia ha sido bien acogida y comprendida.

El anuncio de la misericordia, de ningún modo puede entenderse como una gracia barata. Es más bien una manifestación de la grandeza de la gracia porque nos mueve a compartir nuestros bienes con los necesitados, a socorrer a los indigentes, a comprometer nuestra vida a favor de la justicia, de la paz y del entendimiento entre las personas. Y lejos de ser barata, la misericordia es la mejor manifestación del poder de Dios. En efecto, tiene poder quien consigue lo que quiere. Dios manifiesta, especialmente, su poder con el perdón y la misericordia porque perdonando los pecados y teniendo misericordia de todos logra lo que pretende, que es la salvación de todos y cada uno de los seres humanos.

Quien interprete la misericordia como una gracia barata no solo no ha entendido nada del amor, sino que entra en la peligrosa dinámica de despreciarlo y, por tanto, de rechazarlo.

 

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31
Jul
2021
Domingo de Guzmán: nacer al morir
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Domingoguzman

La Orden de Predicadores celebra durante este año de 2021 un jubileo, o sea, una gran fiesta conmemorativa. El motivo de la fiesta es celebrar el “dies natalis” de Santo Domingo, o sea, literalmente, su cumpleaños. Si de cumpleaños se trata, en el sentido corriente que damos a esa palabra, entonces hay que decir claramente que no se sabe documentalmente la fecha del nacimiento de Domingo de Guzmán. Por conjeturas (sobre todo por la fecha del matrimonio de sus padres) se estima como probable año de nacimiento de Santo Domingo el 1174. Entonces, en esta celebración del “dies natalis”, ¿de qué nacimiento se trata?

Doy un dato que ayudará a comprender el sentido de la celebración: hace 800 años, exactamente el 6 de agosto de 1221, Domingo de Guzmán falleció en Bolonia. Como para los cristianos el día de nuestra muerte es el día de nuestra entrada en el cielo, de nuestro encuentro definitivo con Dios, y una vez realizado este encuentro ya no se muere más porque se participa de la vida divina, la vida del Eterno, entonces bien podemos considerar ese encuentro como el día del nacimiento definitivo. Nacemos a una nueva vida en la que ya no se muere más. Una vida que es nueva por sus características y modalidades, pero que sigue siendo nuestra propia vida, aunque en una situación nueva y definitivamente feliz. Ese es el cumpleaños que celebramos: el nacimiento de Santo Domingo a la vida eterna.

Los cristianos podemos hablar de tres nacimientos que marcan decisivamente nuestra vida: el día en que nuestra madre nos dio a luz y empezó para cada uno una aventura llena de posibilidades; el día de nuestro bautismo, sacramento del nuevo nacimiento por el agua, la palabra y el Espíritu, que nos hace miembros del Cuerpo de Cristo y nos incorpora a la Iglesia; y finalmente, el día de nuestra entrada en la vida eterna. Los tres nacimientos son importantes. Los dos primeros son condición indispensable del tercero que es el verdaderamente decisivo, pues en el nos jugamos literalmente la vida, la vida plena, feliz, eterna.

En este mundo, prácticamente todas las personas celebran cada año el día de su nacimiento a la vida terrena; muy pocos celebran el día de su bautismo; la Iglesia celebra el día del nacimiento a la vida eterna de algunos de sus miembros, aquellos que están beatificados o canonizados Normalmente su fiesta litúrgica, el “día del santo”, coincide precisamente con el día de su entrada en el cielo, el día de su muerte a la tierra. Celebrar el “dies natalis” de Santo Domingo y celebrar cada año, según el calendario litúrgico el “dies natalis” de aquellas y aquellos que Iglesia presenta como modelos de santidad, podría ser una buena ocasión para invitar a los cristianos a recordar el “día de la muerte” no como el día de la partida para siempre, sino como el día en el que nuestros amigos y allegados entraron en posesión de la mansión eterna que, a todos, nos está reservada en el cielo.

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27
Jul
2021
Honrar el propio cuerpo
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martintours

La salud corporal es importante no solo para tener una vida buena, sino una vida espiritual buena. Porque el estado del cuerpo influye en el estado del alma. Y a la inversa: la salud mental ayuda a superar muchas enfermedades corporales. Recuerdo que el Concilio Vaticano II decía: “el ser humano no debe despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, debe tener por bueno y honrar su propio cuerpo, como criatura de Dios que ha de resucitar en el último día”.

A veces, para consolar a una persona que está enferma, se oyen cosas parecidas a esta: “ofrécele tus sufrimientos y tus dolencias al Señor”. Entiendo la buena intención con se dicen esas cosas. Pero quizás sería mejor decir: “cuídate, cúrate, ponte buena, para que puedas ofrecerle al Señor cosas buenas, como tu salud, tu buen humor, tu optimismo”. Hay que cuidar y respetar a los enfermos, hay que procurar que tengan la mejor calidad de vida posible, para mejorar su buen ánimo y para que de este modo puedan ofrecer al Señor lo mejor de sí mismos. A Dios hay que amarle con toda nuestra realidad, de ahí que el orante también ora a Dios con su cuerpo, con los gestos, con la voz, con los olores y sabores. Si cuidamos la calidad de los gestos, la calidad del canto, de las flores, del incienso, cuidemos también la calidad del cuerpo que ofrece todo eso.

La gracia y el amor de Dios tienen repercusiones psíquicas y corporales. Cuando se vive en amistad y gracia de Dios todas las dimensiones de vida humana quedan fortalecidas y se perfecciona el núcleo más íntimo de la persona, de modo que el amor de Dios proporciona estabilidad a la persona, nos hace ver las limitaciones de la vida, incluida la muerte, de otra manera, hace que nuestra vida tenga sentido, ofrece razones para vivir y para esperar. La inversa también es verdad: cuidar el cuerpo, comer razonablemente bien, moderarse en la bebida, eliminar totalmente el tabaco y otras drogas perjudiciales, vestirse adecuadamente, hacer deporte, tener una vida sana, no sólo hace que uno se sienta más satisfecho de sí mismo, sino que, si además es cristiano, todo eso le ayuda a dar gracias a Dios, a alabarle por sus beneficios, a rezar con más paz y alegría.

Evidentemente, no pretendo hacer un canto al cuerpo sano, esbelto, bello. Un cristiano valora todos los cuerpos, el cuerpo enfermo y anciano más que a ningún otro. Pero sí que trato de decir que los cuidados corporales son un modo de colaborar en el proyecto de Dios sobre cada uno de nosotros, un modo de valorar el regalo que Dios nos ha hecho al darnos esta nuestra vida concreta, con sus características únicas. El cuerpo es un regalo de Dios. Cuidar el regalo es valorar al dador del regalo. Despreciar el regalo o descuidarlo es despreciar a aquel que nos ha obsequiado con tan gran signo de su amor.

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23
Jul
2021
¿Palabra de Dios en latín o al alcance de los fieles?
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altarbasilica

El Papa ha publicado un decreto “sobre el uso de la liturgia romana antes de 1970”, o sea, para que nos entendamos, sobre las condiciones en las que puede utilizarse el Misal que promulgó San Pío V después del Concilio de Trento, que estuvo en uso hasta el Vaticano II. El decreto, que no cierra la posibilidad de utilizar ese antiguo rito, pero fija una serie de condiciones para ello, ha sido muy mal recibido por aquellas personas y grupos amantes de la liturgia en latín tal como se celebraba antiguamente.

No voy a entrar en ese asunto que, a mi modo de ver, va mucho más allá de un determinado rito y una determinada lengua para la celebración. Pues de lo que se trata es de la aceptación íntegra del Concilio Vaticano II, no sólo de su constitución sobre la liturgia, sino de sus decretos sobre el ecumenismo y la libertad religiosa, e incluso de las constituciones Gaudium et Spes, Lumen Gentium y Dei Verbum.

Me interesa subrayar una de las condiciones indicadas por Francisco para este tipo de celebraciones: “las lecturas se proclamarán en lengua vernácula, utilizando las traducciones de la Sagrada Escritura para uso litúrgico, aprobadas por las respectivas Conferencias Episcopales”. De lo que se trata, cuando se proclama la Palabra de Dios, es de que sea comprendida para que pueda ser acogida. La liturgia no es magia. Es oración y escucha. Y en la oración no se trata de Dios, sino de nosotros. Dios no necesita de nuestra alabanza. Somos nosotros los que necesitamos alabar a Dios y darle gracias. Dios entiende todas las lenguas.

Sin duda, algunos de los que asisten a estas liturgias según el rito romano antiguo, entienden el latín, pero seguro, seguro, seguro que no lo utilizan como lengua vehicular para comunicarse entre ellos. Y seguro que la mayoría de los que asisten a esas liturgias entienden poco el latín. Por eso, la homilía, cuando la hacen, es en la lengua del pueblo. Para que se entienda. Pues con más razón debe entenderse la Palabra de Dios. Al menos la Palabra de Dios y de paso, si fuera posible, el resto de la liturgia. Ya sé que se pueden utilizar traducciones escritas para seguir la Misa. Pero la liturgia no está para ser leída, está para ser proclamada y escuchada. Y comprendida, claro. A lo mejor, si la comprendieran podrían compararla con los nuevos textos litúrgicos y juzgar por sí mismos de su riqueza.

Y ya puestos añado una cosita. Algunos llaman celebrar “coram Deo” a la celebración de espaldas al pueblo. “Coram Deo”, o sea de cara a Dios. Dios, que yo sepa, está en todas partes, delante, detrás, a la derecha o a la izquierda. Jerusalén y la Meca están situadas en oriente. El altar es uno de los símbolos de la presencia y presidencia de Cristo en la celebración. Da lo mismo ponerse a un lado u otro del altar (de espaldas al pueblo o de cara al pueblo). Se ponga donde se ponga, el sacerdote está siempre de cara a esa piedra, que simboliza a Cristo.

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20
Jul
2021
Acontecimientos extremos
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marpfodundo02

Inundaciones en Alemania y Bélgica, que han dejado centenares de muertos. El coronavirus que sigue causando estragos. Gente descontenta, y con toda razón, en Cuba. Lo grave de todos estos acontecimientos, y de otros que están ocurriendo estos días, es que muchas personas sufren. Unas son víctimas de catástrofes naturales inesperadas: otras son víctimas de contagios, en los que, por una parte, hay quién no toma las debidas precauciones y, por otra, están mal gestionados; y, finalmente, con el tercer ejemplo, quizás el más sangrante, las personas son víctimas de una mala política, en la que sólo importa conservar el poder y, junto con el poder, la riqueza.

Ese el problema del poder, de todo poder, incluido el religioso, que sólo piensa en sí mismo. El poder por el poder es la catástrofe de las catástrofes. El poder sólo se justifica cuando se somete a controles, tiene una mínima capacidad de autocrítica y es capaz de responder sin violencia. Cuanto más absoluto es el poder, cuanto más fuerte se siente, menos controles acepta, miente siempre, dando la culpa de los males ocurridos a factores externos, y deja demasiados heridos. Se comprende entonces la rabia y la impotencia de los oprimidos.

No hace falta decir que la Santa Sede está siempre a favor de la paz, del entendimiento entre las personas, de las soluciones justas e incluso de las soluciones pactadas. Está claro cual es el partido del Papa. También está claro que, en ocasiones, el Papa utiliza el lenguaje que considera que rompe menos puentes, con una mirada amplia, que tiene en cuenta muchos factores. La actuación de Pío XII frente al régimen nazi es hoy mejor comprendida que quizás lo fue en su momento. Es un ejemplo lejano que puede ayudar a comprender los cercanos. Unas palabras duras del Papa seguramente provocarían muchos aplausos, pero es posible que no arreglasen nada y que provocasen represalias. ¿Qué es mejor, tratar de mantener algún puente o romper todos los puentes? Hay preguntas que no tienen fácil respuesta y situaciones que no tiene fácil solución. Por eso siempre es posible criticar la solución adoptada.

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18
Jul
2021
Biblia en una mano y periódico en la otra
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bibliaperiodico

El anuncio del Evangelio debe hacerse en la sociedad que tenemos. A veces se piensa más o menos así: “si esta sociedad funcionase de otra forma, se construyese de otro modo, si tuviéramos otras leyes, otro gobierno, sería posible hacer algo”. Ante pensamientos como estos, el P. Chenu reaccionaba diciendo: “No; hemos sido enviados al mundo tal cual es; éste es el mundo que Cristo ha amado y por el cual murió”. La Iglesia tiene que evangelizar al mundo tal como es y tal como se construye. En una sociedad secularizada como la nuestra ya no podemos pensar ni actuar como si la fe fuera una herencia sociológica. Quizás hubo un tiempo en que lo evidente era la fe. Hoy lo evidente es la “no fe”.

Hoy, precisamente en aquellos países donde en tiempos pasados había abundancia de bautizados, el ambiente se ha vuelto indiferente al anuncio del evangelio y, a veces, hostil. Muchos ciudadanos se confiesan agnósticos o indiferentes y, como consecuencia, las iglesias se han vaciado de fieles para llenarse, en ocasiones, de turistas. Si queremos que este mundo nos escuche es necesario que nos acerquemos a él, que le miremos con simpatía, que le escuchemos, que nos esforcemos en comprenderle. Si nuestra predicación comienza por condenar la cultura secular, está asegurado su fracaso. Hay que empezar por detectar cuanto hay de verdad, de bondad y de belleza en esta cultura, y tener claro que la bondad y la verdad siempre están inspiradas por el Espíritu Santo. En la cultura secular, por decirlo con una expresión patrística, hay muchas semillas del Verbo.

En este sentido Kierkegaard enunció la siguiente tesis: “Para llevar a un hombre a una determinada posición, ante todo, es preciso fatigarse para encontrarle donde está y empezar ahí. Si podéis hacer eso, si podéis encontrar exactamente el lugar donde está el otro y empezar ahí, tal vez podáis tener la suerte de conducirle al lugar donde os halláis vosotros”. Si quiere tener alguna posibilidad de ser escuchada, la Iglesia debe acercarse a los alejados. Desde el rechazo y la beligerancia no tenemos ninguna posibilidad de que nos escuchen. Nos darán la espalda, nos dirán que nos metamos en nuestros asuntos, que no interesamos, que nadie nos ha llamado. Quizás desde la simpatía sean pocos los que nos escuchen. Desde el rechazo no lo hará nadie.

La evangelización es un movimiento de doble sentido, en el que damos y en el que aprendemos. Pero para dar, primero hay que aprender. Y el aprendizaje precisa de la asistencia a dos escuelas: en primer lugar, la escuela de la Palabra de Dios (oración, sacramentos, estudio de la Palabra); en segundo lugar, la escuela de los signos de los tiempos, para aprender el lenguaje del mundo y así poder traducir el lenguaje de la Palabra y de la Iglesia. Como decía Karl Barht, el sermón hay que prepararlo con la Biblia en una mano y el periódico en la otra.

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14
Jul
2021
Anunciamos lo que hemos visto y oído
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anunciamos

Nuestra sociedad necesita, más que nunca, conocer a Jesucristo y seguirle. Ahora bien, solo pueden darlo a conocer los que previamente lo han conocido. Por eso la Iglesia debe ser “evangelizada y evangelizadora”. Estas dos palabras, aplicadas a la Iglesia, resumen su misión permanente: dejarse llenar del Evangelio de Jesús y transmitir ese mismo Evangelio.

“Iglesia evangelizada y evangelizadora” es algo más que un lema, es una llamada a convertirnos y a ser testigos. O, si se prefiere una expresión de Francisco, a ser “discípulos misioneros”. Por este orden, porque no se puede ser misionero sin antes ser discípulo, pero un discípulo que no es misionero es un falso discípulo, porque la fe no puede esconderse, no es algo privado. “Todo cristiano es misionero en la medida en que se ha encontrado con el amor de Dios en Cristo Jesús” (Evangelii Gaudium, 120), como la samaritana que, apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús “por la palabra de la mujer” (Jn 4,39).

Tomás de Aquino dice algo parecido, con una frase lapidaria que el Papa cita gustoso: “comunicar a otros lo que uno ha contemplado”. “Por esto, dice Francisco, antes de preparar concretamente lo que uno va a decir en la predicación, primero tiene que aceptar ser herido por esa Palabra que herirá a los demás” (EG, 150). Ya el Vaticano II, inspirándose en la primera carta de Juan (“lo que hemos visto y oído os lo anunciamos”), comenzó su famosa constitución Dei Verbum, con unas palabras que bien podrían resumir todo el propósito conciliar: “La Palabra de Dios la escucha con devoción y la proclama con valentía el Santo Concilio”. Primero escuchar, para luego proclamar. Dejando claro, como ya hemos dicho, que si no hay proclamación es porque no ha habido una buena escucha.

Dicho todo lo anterior, también hay que dejar claro que el anuncio del Evangelio no puede hacerse de forma genérica o abstracta. Es necesario que los oyentes perciban que este anuncio responde a sus necesidades y demandas de sentido. Para eso, además de escuchar el Evangelio, necesitamos estar muy atentos a los signos de los tiempos y conocer bien la sociedad de hoy. En esta línea, el Vaticano II, después de dejar claro que “los presbíteros tienen como deber primero anunciar a todos el Evangelio de Dios”, añade: “la predicación sacerdotal, que en las circunstancias actuales del mundo resulta no raras veces dificilísima, para que mejor mueva a las almas de los oyentes, no debe exponer la palabra de Dios sólo de modo general y abstracto, sino aplicar a las circunstancias concretas de la vida la verdad perenne del Evangelio” (Presbyterorum Ordinis, 4).

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10
Jul
2021
En otro orden: partir, compartir y repartir
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jesusyapostoles

Es posible realizar otra lectura de los mismos verbos que han inspirado el post anterior. En esta segunda lectura el orden de los verbos cambia ligeramente para convertirse en un gesto que debe ser el hilo conductor de toda la vida, gesto que nos define como cristianos. El orden sería: partir, compartir, repartir. El verbo partir tendría ahora el sentido de salir de un lugar o situación para dirigirse a otro lugar. En primer lugar, los cristianos estamos invitados a partir, o sea, a salir de nuestra conciencia de propiedad, de nuestro egoísmo; a dejar nuestras ambiciones y ganas de poseer. Si salimos, estaremos en disposición de compartir, es decir, ofreceremos lo que tenemos, y recibiremos con alegría lo que otros pueden darnos, colaboraremos, serviremos en común. Y finalmente, repartimos, es decir, dejamos que otros crezcan, aún cuando nosotros disminuyamos, seremos fermento que hace crecer a los demás, daremos gratuitamente sin esperar nada a cambio.

También en esta nueva perspectiva, Jesús se presenta como el modelo más acabado: él es el que sale del Padre para venir a nuestro mundo, el que deja la gloria para entrar en la pobreza. Y una vez que ha entrado en nuestra realidad, haciéndose uno de tantos, comparte todo lo que es y todo lo que puede con nosotros: pasó haciendo el bien, curando a todos los oprimidos, dando salud a los enfermos y alegría a los tristes; y también recibiendo, agradeciendo los gestos de cariño que otros tenían con él, cuando por ejemplo una mujer derramó sobre su cuerpo un frasco de perfume carísimo. Jesús daba y recibía, se entregaba y acogía. Y finalmente, Jesús reparte gratuitamente, sin esperar nada a cambio: perdona a sus enemigos, devuelve bien por mal, responde siempre con una bendición.

Partir, compartir y repartir: tres verbos que resumen lo que fue la vida de Jesús y lo que debe ser la vida del cristiano. En nuestro caso no se realiza eso de que “el que parte y reparte se queda con la mejor parte”. Entendido así, el partir y el repartir no es compartir, sino clara manifestación de egoísmo. No se trata de que el cristiano, cuando parte y reparte, se quede sin nada. Todo lo contrario, pues al partir y repartir también comparte; el reparto que hace el cristiano es fuente inagotable de riqueza. Al dar, recibe. Y recibe tanto más cuanto más da. Cuando entrego mi saber, lejos de quedarme sin él, mi saber aumenta, al ver la reacción de mis alumnos y al sentirme obligado a repensar ante sus preguntas. Cuando reparto alegría, lejos de quedarme triste, multiplico la alegría, pues la alegría de los otros revierte sobre mi, y así nos enriquecemos todos cada vez más. Ese es el secreto del evangelio: el que entrega su vida, no la pierde, no se queda sin ella. El que entrega su vida, la gana.

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5
Jul
2021
Partir, repartir y compartir
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partirpan

Partir, repartir y compartir son tres verbos relacionados con la palabra parte. El término “parte” indica que el todo no está concentrado en un solo lugar, en una sola mano. La palabra “parte” orienta hacia la pluralidad.

Los tres verbos suponen una acción que puede realizar un mismo sujeto, pero con matices distintos. Partir es tomar un todo y hacerlo trozos. Es posible que uno parta para quedarse con todos los trozos. Repartir es tomar los trozos y entregarlos a otros. Se pueden entregar por distintos motivos. Normalmente, cuando alguien reparte algo es para obtener un beneficio: reparto para que me compensen por lo repartido. También se puede repartir gratuitamente: reparto sin pedir nada a cambio. En el primer caso, al repartidor no le importan aquellos a quienes entrega el bien partido, solo le importa que se lo paguen. Pero incluso cuando uno reparte gratuitamente, es posible que no quiera saber nada de las personas a las que ha repartido los trozos; quizás los ha entregado por obligación o porque le sobraban y no tenía donde colocarlos. Compartir supone que la persona que parte y reparte, disfruta conjuntamente con las otras personas del bien repartido.

Si la primera acción, partir, puede resultar un gesto egoísta, el momento del repartir puede ser un gesto indiferente o generoso. Lo que está claro que es el tercer momento, el compartir, es un gesto de fraternidad, de respeto hacia los otros, un gesto de amor y cercanía. Compartir es algo más que estar juntos, pues se puede estar juntos sin estar unidos o con sentimientos opuestos. Compartir es tener una sola alma y un solo corazón y, en consecuencia, vivir en la alegría de tenerlo todo en común, de forma que a nadie le falte lo necesario. Pues donde hay mucho pan, y el pan se lo queda uno solo, solo come uno, y los demás pasan hambre. Cuando el pan se reparte, comen todos. Y cuando se comparte, además de comer todos, se vive en la alegría que produce la mesa compartida.

Este triple gesto Jesús lo realizó en la cena de despedida con sus discípulos antes de padecer, cuando tomo el pan y lo partió. Después lo repartió, lo entregó a sus discípulas y discípulos; y finalmente lo compartió con todos. Juntos comieron del mismo pan y luego bebieron de la misma copa. En este gesto de compartir pan y vino, Jesús estaba significando una realidad mucho más profunda y vital, pues en el pan y el vino era Jesús mismo quién se partía, se repartía y finalmente se entregaba a los suyos compartiendo la propia vida y uniendo su vida con la de los discípulos. Jesús no comparte solo lo que tiene, no comparte pan; Jesús se entrega a sí mismo, dando la vida por los hermanos. Es imposible ir más lejos en el compartir. A sus seguidores, Jesús nos llama a entregar la vida por los hermanos: “En esto hemos conocido lo que es el amor: en que él dio su vida por nosotros. También nosotros debemos dar la vida por los hermanos” (1 Jn 3,16).

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