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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

27
Abr
2016

Los hijos reflejan la primacía del amor de Dios

1 comentarios

La Amoris Laetitia dedica mucha atención a la fecundidad del matrimonio. Los hijos son el resultado más precioso del amor matrimonial. No son algo añadido “desde fuera” al amor de los esposos, sino que brotan del corazón mismo de su amor recíproco. El amor rechaza todo impulso de encerrarse en sí mismo; el amor auténtico siempre es fecundo, porque es creador. El Papa supera la comprensión de los hijos como un fin del matrimonio. Los hijos no son un fin, un objetivo, un resultado, son inherentes al amor.

Cada nueva vida nos permite descubrir la dimensión más gratuita del amor, a saber, la belleza de ser amados antes: los hijos son amados antes de que lleguen. Esto refleja el primado del amor de Dios que siempre toma la iniciativa, que nos ama primero antes de haber hecho algo para merecerlo. Los padres son los mediadores del amor de Dios, hasta el punto de que “a ellos Dios les ha concedido elegir el nombre con el que él llamará a cada uno de sus hijos por toda la eternidad”. La madre, por su parte, “acompaña a Dios para que se produzca el milagro de una nueva vida” y se hace así partícipe del misterio de la creación. Padre y madre muestran a sus hijos el rostro paterno y materno de Dios.

“Cada niño, dice el Papa, está en el corazón de Dios desde siempre, y en el momento en que es concebido se cumple el sueño eterno del Creador”. La mediación amorosa del amor de Dios, por parte de los padres, se cumple igualmente en el caso de la adopción: “los que asumen el desafío de adoptar y acogen a una persona de manera incondicional y gratuita, se convierten en mediaciones de ese amor de Dios que dice: ‘aunque tu madre te olvidase, yo jamás te olvidaría’ (Is 49,15)”. “La adopción y la acogida muestran un aspecto importante del ser padres y del ser hijos, en cuanto ayudan a reconocer que los hijos, tanto naturales como adoptados o acogidos, son otros sujetos en sí mismos y que hace falta recibirlos, amarlos, hacerse cargo de ellos y no sólo traerlos al mundo”. Este amor y este respeto al otro “sujeto de sí mismo” se manifiesta tanto más en el caso de los niños acogidos con alguna minusvalía.

A las precedentes consideraciones teológicas, Francisco añade otras referidas a la educación de los hijos. En primer lugar un aspecto social y jurídico: los padres tiene el derecho y el deber de educarlos, el Estado y la escuela son subsidiarios y, en todo caso, acompañan la función indelegable de los padres. Luego un aspecto práctico, que requiere una buena dosis de psicología: hay que confiar en los hijos, educarlos para la libertad. Cuando uno sabe que los demás confían en él se muestra tal cual es, sin ocultamientos.

Es importante lo que se dice de los hermanos: con ellos se aprende la convivencia, y así “la familia introduce la fraternidad en el mundo”. Más aún: en la familia madura la primera experiencia eclesial de la comunión entre personas, en la que se refleja el misterio de la Santa Trinidad.

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Luciana
29 de abril de 2016 a las 20:25

Los que hemos nacido en hogares católicos,es decir,hemos vivido el amor y la alegría como cosa normal de nuestros padres,se nos hace cuesta arriba pensar en que no sea normal en todos los hogares.Hogares nefastos,sin amor,sin valorar la riqueza de recibir los hijos,es comprensible,el desprecio de Dios,su Amor y tener que aceptar vivir en medio de un hogar nefasto y lleno de sufrimientos.Por esto recibimos con agradecimiento la Exortación del Papa en "Amoris Letitia,vemos es un regalo de Dios para,aliviar estos hogares que,desgraciadamente carecen de amor,que sufren por desconocer el valor que encierran la unión de hijos y padres formando una familia.

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