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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

20
Ene
2020

La calle de la alegría

2 comentarios
callealegría

El contrapunto a la calle de la amargura sería la calle de la alegría, nombre que también encontramos en muchas ciudades españolas. En Valladolid había una calle en la que dejaban de flagelar a los condenados a ser azotados por las calles. Ello producía júbilo y algazara y de ahí vino el nombre de la calle. Esta es una calle de la buena alegría. Hay otras alegrías que quizás no sean tan buenas. Es el caso de la que da nombre a la película: “la calle de la alegría”. Se trata de una calle de una ciudad japonesa, donde estaba la “casa que vende la felicidad”, a saber, un burdel. Posiblemente esa no es una buena alegría. A veces, en vez de alegría, lo que abunda en las personas que trabajan en esos lugares, es la amargura. Y los que acuden allí en busca de una supuesta felicidad, van precisamente porque no son felices, o viven amargados, o se sienten solos. Todos buscamos la felicidad, pero hay caminos que conducen al vacío, aunque prometan felicidad.

Bien podría decirse que todas las calles por las que pasaba Jesús se convertían en calles de la alegría, aunque estuvieran plagadas de personas desilusionadas o amargadas. En tiempos de Jesús había mucha pobreza, la gente se sentía oprimida políticamente (por la presencia del ejercito romano y por los malos gobiernos locales), había también muchas enfermedades, algunas incurables en aquel tiempo, como la lepra. Pues bien, por allí donde Jesús pasaba, anunciado la buena noticia del Reino de Dios, curando las enfermedades y levantando el ánimo de los oprimidos, la gente recuperaba la esperanza, la ilusión, la alegría, las ganas de vivir. Se sentían nacer de nuevo. La presencia de Jesús convertía las calles de la amargura en calles de la alegría.

En esta sociedad nuestra, donde también nos encontramos con personas necesitadas y oprimidas, nuestra tarea como cristianos es hacer presente la alegría de Cristo. Allí donde arrancamos una sonrisa, decimos una palabra de consuelo, damos pan al hambriento o vestido al desnudo, allí dónde suscitamos esperanza, el Espíritu Santo se hace presente. Quizás los destinatarios de nuestra acción benéfica no sepan o incluso no les interese saber quién es el autor de su alegría, pero nosotros, cristianos que la hemos provocado, sí lo sabemos. Y eso es lo que importa: ser consciente de lo que uno hace, aunque el que reciba el bien que yo he suscitado no sepa de mis motivos o razones para hacerlo.

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1
J, García
21 de Enero de 2020 a las 16:06

Es lamentable que a través de la historia humana nos encontremos con tantas violencias, tanto en las calles de las amarguras como en las de la alegría. Desde Caín hasta nuestros días, nos comportamos como si el hombre fuese creado para ser enemigo de si mismo: santa Agna, y tantos otros, en las plazas romanas, y todos los que fueron martirizados en las plazas españolas: la belleza de las plazas españolas, con sus lugares de tertulias, tapas y vinos, fueron testigos de aberraciones sangrientas históricas..

2
Mayor Thompson
26 de Enero de 2020 a las 15:58

El ser humano necesita a la iglesia. Y sus enseñanzas

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