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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
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4
Jul
2019
La paz siempre vuelve a su procedencia
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rosadepaz

Cuando Jesús envía a sus discípulos de dos en dos, a todos los lugares donde debía ir él (Lc 10,1), les dice: “En la casa en que entréis, decid primero: paz a esta casa. Y si hubiere allí un hijo de paz, vuestra paz reposará sobre él; si no, se volverá a vosotros” (Lc 10,5-6).

Jesús envía a sus discípulos en son de paz. No podía ser de otra manera, dado el contenido del mensaje que debían anunciar. Sería contradictorio anunciar de forma beligerante un mensaje de amor. Porque van en son de paz no llevan dinero (Lc 10,3), así no pueden chantajear a nadie: el mensaje debe ser acogido libremente. Tampoco aceptan dinero: sólo aceptan la comida que les dan (Lc 10,7); así no se aprovechan de nadie. La misión de paz de los discípulos es de una gratuidad total.

La paz se da incondicionalmente. Una paz condicionada es un negocio: yo te doy, y a cambio tú me das algo. Por eso, donde no hay hijos de paz, también hay que desearles y darles la paz. Naturalmente, como no son hijos de paz, no solo la rechazarán, sino que probablemente nos atacarán. También entonces hay que darles y desearles la paz. Puede parecer una operación inútil (ya que no la aceptan) y hasta peligrosa (ya que posiblemente os agredirán), pero es la operación más útil y más necesaria, ya que esta paz rechazada vuelve a vosotros. O sea, el bien nunca se pierde. Más aún, el primer beneficiario del bien que se hace, es uno mismo. El bien siempre vuelve a su punto de partida. Siempre vuelve como rebote del punto de llegada. Si el punto de llegada es bueno, vuelve en forma de agradecimiento. Si el punto de llegada es malo, el bien vuelve a su procedencia en forma de alegría y satisfacción por el bien otorgado, vuelve como reconocimiento de la bondad del dador.

Construir la paz nunca es una pérdida, siempre es una ganancia. A quién más y primero beneficia la paz es al constructor de la paz. Esta es una de las claves del mensaje de Jesús: el que da, nunca pierde, siempre gana. Ganar dando: no un dinero rápido que siempre se pierde, sino una vida en abundancia, que nunca se pierde.

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30
Jun
2019
Lázaro resucita y muchos no creen
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tumba

Hace ya un tiempo publiqué un post titulado: “Lázaro, ¿murió o no murió?”. Sigo pensando lo mismo que entonces dije a propósito de esta pregunta tan directa. Hoy quiero enfocar la cuestión desde otra perspectiva: ocurriera lo que ocurriera, lo cierto es que el narrador se ve obligado a constatar que algunos de los que presenciaron el sorprendente hecho, lejos de creer en Jesús, le denunciaron ante las autoridades. Y éstas decidieron darle muerte.

Con este relato sucede lo mismo que con otros hechos menos llamativos aparentemente, pero igualmente significativos: nadie discute que Jesús realiza curaciones de enfermedades, que entonces eran atribuidas a posesiones diabólicas. Lo que importa, tanto a los que simpatizan con Jesús como a los que no creen en él, no es tanto el hecho cuanto el “poder” con el que realiza el hecho. Sus enemigos no niegan los hechos, pero buscan una explicación que descalifica a Jesús, llegando a lo peor: expulsa los demonios por el poder de Satanás. Dígase lo mismo de la “resurrección” de Lázaro: sólo convenció a los ya convencidos, o a los que le miraban con simpatía. Por eso, lo de menos es la pregunta de si murió o no murió. Lo único que importa es qué postura se toma ante Jesús. Según cuál sea la postura, los hechos y palabras de Jesús se interpretan de una u otra manera.

La pregunta adecuada para comprender el relato de Lázaro, sea cual sea su sustrato histórico, es: ¿qué quiere decirnos el evangelista? Y lo que quiere decirnos no es si Lázaro estaba en coma más o menos profundo, sino que Jesús es el señor de la vida y de la muerte, que Jesús tiene poder de vencer a la muerte. Pero este poder no se manifiesta en lo ocurrido con Lázaro, se manifiesta en la resurrección de Cristo. Lo ocurrido con Lázaro es un signo anticipatorio, que anuncia el dato bueno y definitivo, a saber: que Cristo, al contrario de lo que ocurre con Lázaro, al resucitar, “ya no muere más”, la muerte no tiene dominio sobre él, porque ha entrado en el mundo definitivo de Dios.

Lo ocurrido con Lázaro es signo de una realidad mayor, que siempre se nos escapa. Como todos los signos es un hecho ambiguo, susceptible de ser interpretado de muchos modos. Por eso no se impone. Como no se impone puede no suscitar la fe, sino la incredulidad y el rechazo, como de hecho así ocurre. Para que los signos que Jesús realiza produzcan el efecto deseado se requiere la fe. Fuera de la perspectiva de fe, el signo puede significar cualquier cosa.

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26
Jun
2019
La soledad absoluta, ¿imposible e inmoral?
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soledadabsoluta

A propósito de uno de estos artículos que entrego con regularidad, y en el que afirmaba que “la soledad absoluta, además de imposible, es inmoral”, un amable lector me escribió un tanto sorprendido y hasta un poco molesto, diciéndome que era muy importante que aclarase esta afirmación, dado que, en la Iglesia, hay personas, como por ejemplo los eremitas, que viven una vocación de silencio y soledad. Y, por tanto, esas personas pueden sentirse descalificadas con mi afirmación.

A veces, hay frases que llaman la atención a alguna persona, por la situación vital en la que se encuentra. La sorpresa que provoca la frase puede impedir leerla debidamente contextualizada. La soledad absoluta de la que yo hablaba era la del egoísta que todo lo centra en sí mismo, olvidándose de los demás y considerando que todo lo que no está en función de su “yo”, no tiene la menor importancia. En el artículo que provocó la reacción del lector, afirmaba que las personas estamos hechas para la comunión y que, en la comunión con Dios y los hermanos se encuentra nuestra mejor realización personal. Pero hay muchas maneras de vivir esa comunión con Dios y los hermanos. En la oración y la soledad, un cristiano puede vivir la comunión de los santos. Porque si no la vive, no es un buen cristiano. Por tanto, por mucha vocación cristiana a la soledad que tenga uno, nunca puede dejar de vivir este artículo del Credo, la comunión de los santos, que no se refiere sólo al más allá, sino también al más acá.

Pero hay más. Pues por muy solitaria y aislada que sea la vida de una persona, no puede prescindir del todo de los demás. Por ejemplo, la electricidad que hay en una ermita es posible porque hay personas que se ocupan de que ese servicio funcione. Si el eremita no tiene electricidad, necesitará cirios, que seguramente habrá confeccionado otra persona. Y el pan, o la harina para elaborarlo, que alguna vez el solitario debe buscar, también es posible gracias a que alguien se ocupa de venderla o distribuirla. Siempre dependemos, de un modo u otro, de los demás. En este sentido, la soledad absoluta es imposible. Y si esta soledad encierra a uno en sí mismo, de modo que no es capaz de abrir su puerta cuando alguien llama pidiendo socorro, en nombre de su dedicación a la oración o la contemplación, entonces es una soledad inmoral. Porque el cristiano siempre está abierto al prójimo y no digamos al prójimo necesitado. Estamos hechos para los demás.

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22
Jun
2019
Ciudades con puentes y ciudades con muros
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muro

Desgraciadamente, en este mundo abundan ciudades y lugares con muros de separación. Basta pensar en lo que fue la ciudad de Berlín hasta lo que precisamente se conoce como “la caída” de su muro. Actualmente hay dos muros tristemente famosos: el que separa a Israel de Palestina, y el que está en la frontera de Estados Unidos con México y los países del sur de México, sin olvidar el muro que tenemos en España en las ciudades de Ceuta y Melilla. El Papa, más como una advertencia que como una realidad, ha utilizado una imagen para calificar a los constructores de muros: “los que construyen muros, ya sean de alambres o de ladrillos, terminarán convirtiéndose en prisioneros de los muros que construyen”. Digo que es una advertencia, porque la realidad es que el muro pretende dejar prisioneros, o sea, cerrar el paso a los “otros”, a los indeseables, a los pobres, a los sin pan. Y proteger a sus constructores ricos, egoístas e insensibles.

Hay ciudades con muchos puentes. Un ejemplo puede ser la ciudad de Valencia: son muchos los puentes que unen ambas orillas del cauce del río que separa la ciudad. No cabe duda de que estos puentes son importantes para que la ciudad esté bien comunicada. Pero lo importante no son los puentes materiales, aunque ellos pueden ser un buen signo. Lo importante son los puentes que construimos en nuestro corazón. Y, por supuesto, los muros que levantamos en nuestro corazón. Los puentes y los muros que importan son los psicológicos, los afectivos, los que unen o separan a las personas. Los buenos puentes y las buenas carreteras no son las del asfalto, sino las del amor.

Los puentes y los muros hoy tienen muchos nombres: barcos que ayudan a los náufragos en el mar Mediterráneo, o barcos que no pueden ayudar porque los gobiernos les impiden salir de los puertos en los que están varados, leyes que favorecen la vida buena de los pensionistas o de los que necesitan medicinas, comedores y albergues sociales, caritas parroquiales, pisos para inmigrantes y muchos nombres más. En España y fuera de España. También los puentes y los muros tienen autores con nombres de buenos y de malos políticos, que impiden la entrada de ayudas a su país o que fomentan rencores innecesarios dentro del propio país.

Muros, puentes; encuentros y desencuentros, este es el sino de la humanidad. Una humanidad en la que todos estamos sometidos a múltiples solicitaciones. Y no todas buenas. De ahí la necesidad de alzar la voz para que cada vez haya más puentes y menos muros, para que cada vez haya más ciudades lo más parecidas posibles a la “ciudad de Dios”. Evidentemente, no a la “ciudad de Dios” que dibuja la película brasileña del mismo nombre, ambientada en un barrio donde abundan los robos, las peleas y enfrentamientos diarios con la policía, sino la “ciudad de Dios” de la que hablan san Agustín y la carta a los hebreos.

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18
Jun
2019
Una ciudad cuyo arquitecto sea Dios
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ciudad

Una de las obras de San Agustín se titula “La ciudad de Dios”. En ella, el santo contrapone “dos ciudades”, fundamentadas en “dos amores”. Sobre el “amor propio” se edifica la “ciudad terrena”; y sobre “el amor de Dios” se construye la “ciudad celestial”. Dicho de otro modo: el ser se especifica por el amor. Cada uno es lo que ama, dice también san Agustín. Todas las obras históricas son producto del amor, del amor santo, social; o del amor perverso, privado, egoísta. Nuestros amores y nuestra manera de amar nos determinan y nos identifican. Según donde estén puestos nuestros amores, así obramos, así somos. Si el amor de uno es el dinero, no le importa que sufran los pobres. Si el amor de uno son los pobres, todos sus bienes están al servicio de los pobres.

San Agustín hace una contraposición radical entre la ciudad de Dios y la ciudad terrena. No se trata de dos mundos, el terreno y el celestial. Se trata de dos talantes, dos modos de vivir en este mundo. De modo que la “ciudad de Dios” no es sólo ni principalmente una realidad escatológica, algo que no es de este mundo, sino algo que es posible construir ya en este mundo. Lo malo es que, en este mundo nuestro, a lo sumo, logramos alcanzar aproximaciones a la “ciudad de Dios”. Porque el egoísmo siempre pesa, nunca acabamos de deshacernos de él. En este sentido, la radicalización que hace san Agustín es un recordatorio, una llamada permanente a los cristianos para que despertemos de nuestras inercias egoístas, que nos impiden ver las necesidades ajenas.

Desde otra perspectiva, esta contraposición de dos ciudades que hace san Agustín, se encuentra también en un escrito del Nuevo Testamento, conocido como carta a los hebreos. Haciendo el elogio de las mujeres y los varones de fe, el autor de la carta dice que todos se confesaban “extraños y forasteros sobre la tierra”. O sea, no se sentían del todo a gusto en las ciudades de este mundo. Por eso, añade la carta, iban en busca de otra ciudad, asentada sobre cimientos mejores, cuyo arquitecto y constructor era Dios (Heb 11,10.13-15). Esta búsqueda de una ciudad mejor, en la que lo determinante fuera la concordia y el entendimiento entre sus habitantes, les hacía ser críticos con las ciudades terrenas, marcadas por la competencia y la lucha por el poder. Pero esta búsqueda de una ciudad mejor no les hacía desentenderse de las necesidades de las ciudades de este mundo; por el contrario, era una razón más, un acicate para trabajar y conseguir que en ellas hubiera cada vez mayores cotas de justicia y de amor, en definitiva, mayores niveles de humanidad (continuará).

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15
Jun
2019
La Habana, sorpresas en el cementerio
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cementeriohabana

Cada vez que he tenido ocasión de estar en la hermosa ciudad de La Habana (siempre para impartir cursos de teología para laicos), he pasado por delante de dos de sus cementerios, en el centro de la ciudad, pero nunca había entrado en ellos. Uno es el cementerio chino, adosado al cementerio general. Fue construido a finales del siglo XIX para la colonia china en Cuba. En realidad, parece un cementerio cristiano, puesto que prácticamente hay una cruz en todas las tumbas, lo que posiblemente indica que muchos de los descendientes de los primeros chinos y asiáticos que vinieron a Cuba se convirtieron al catolicismo.

El cementerio general resulta espectacular. Es el mayor de América. Será todo lo municipal que se quiera, pero parece cristiano. En la parte de arriba de la puerta de entrada hay un mosaico con la pasión de Cristo, y encima una escultura representando a las virtudes teologales. La fe tiene la eucaristía en una de sus manos, y la cruz en la otra. La esperanza sostiene un ancla; según la carta a los hebreos (6,19), la esperanza es el ancla firme y segura de nuestra vida. En el centro, la caridad, representada por una mujer que abraza a unos niños desamparados.

En la calle principal de la necrópolis encontramos monumentos (adornados con esculturas de la Virgen, San José, o los ángeles) que perpetúan la memoria de las grandes familias y personalidades habaneras. Alguno con leyenda, como el de “La Milagrosa”: allí está enterrada una mujer que falleció al dar a luz a su primer y único hijo. La leyenda cuenta que cuando exhumaron el cadáver encontraron al niño, que había sido enterrado a sus pies, en brazos de la madre. La calle lleva directamente a una capilla, de forma redondeada. En el tablón de anuncios se encuentra un cártel que pone: “arzobispado de La Habana”, y debajo el horario de Misas diarias. Diarias, sí. Sentado en una silla de la entrada hay un sacerdote, con alba y estola, supongo que para atender a las personas que lo deseen.

Detrás de la capilla, siguiendo por la calle principal me encontré con dos sorpresas: un panteón en el que reposan los restos de algunos arzobispos y obispos de La Habana. Y justo al lado, otro dedicado a las fuerzas armadas revolucionarias. Es uno de los pocos panteones en el que no hay simbología religiosa, aunque (imagino que sin intención alguna) las tumbas están unidas por un arco abierto, y detrás (no formando parte del monumento), hay una cruz que parece estar en el centro mismo del arco. Si uno no se fija bien parece que forma parte del panteón de las fuerzas armadas.

Al salir de la necrópolis llegaban dos coches fúnebres. Se dirigían a la capilla. Unas personas depositaron en ella los dos féretros. Por cierto, detrás de los coches fúnebres había dos taxis y un autobús público que, ante mi sorpresa, conservaba dos escritos que ponían: “Transports municipals de Barcelona”; y “Cuidem el medi ambient”. Imagino que el bus sería un obsequio del ayuntamiento de Barcelona.

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11
Jun
2019
Cuando la oración se convierte en amuleto
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O cuando la fe se convierte en superstición. Un poco de formación evita convertir la oración en lo que no es. Eso viene a propósito de un comentario al artículo más visitado de este blog. Se trata de “la oración del estudiante según Tomás de Aquino”. Pues bien, hace un tiempo alguien dejo este comentario que no dejé pasar: “Me funcionó (esa oración), en serio, no fake. Fui sin estudiar al examen de mates y me salió de puta madre, me las puso un amigo antes del examen, los 5 minutos de antes y me salió todo, de verdad, ya no vuelvo a estudiar en la vida, al fin algo bueno por parte de la religión”.

Un consejo: si quieres aprobar el próximo examen estudia, porque recitar esta oración no te servirá de nada. Otro consejo: lo mejor que puedes hacer es hablar con alguien que te ayude a purificar tu fe. La verdad es que en el mundo religioso hay de todo. Lo triste es que se considere religioso lo que en realidad es superstición. La oración no es magia. A veces se reciben, por internet, mensajes en los que se invita a recitar una fórmula a algún santo o advocación más o menos estrambótica, con la estúpida promesa de que, si se reenvía el mensaje a un número de contactos, se conseguirá lo pedido. He visto cosas parecidas en los bancos de las Iglesias. Incluso en los anuncios por palabras de los periódicos se han puesto este tipo de mensajes: rece diez padrenuestros a san Judas Tadeo y conseguirá dinero. Dejemos de lado que los padrenuestros no van dirigidos a ningún santo.

Todos necesitamos seguridades. Así se comprenden muchas manifestaciones de la religiosidad popular, que merecen respeto. Pero estas cosas a las que acabo de referirme no son religiosidad popular, son una estafa o producto de la ignorancia. De ahí que para vivir mejor la fe es importante la formación religiosa. Cierto, el saber no salva. Pero puede ayudar a vivir con un poco de dignidad, a no hacer el ridículo y a no estar engañado. Un poco de espíritu crítico en cuestiones de religión es más necesario que en otras cuestiones, pues se supone que el tema religioso es decisivo para la vida. Además, estas supersticiones sólo logran que los no creyentes se burlen de los creyentes, confundiendo ellos también (los no creyentes) fe y superstición. No hay nada más contrario a la fe que la credulidad.

Ya el autor del Eclesiástico adver­tía: “el que es fácil en creer de ligero, y en esto peca, a sí mismo se perjudica” (19,4). Crédulo es quien elimina el pensamiento de la fe y acepta lo que se le dice sin juicio crítico. El crédulo confunde deseos y sentimientos con realidad, se muestra incapaz de examinar y así corre el riesgo permanente de vivir en la ilusión y la mentira. La credulidad está muy emparentada con el gusto por los horóscopos, sueños y visiones. Precisamente porque la fe tiene una pretensión realista y busca alcanzar la ver­dad, se muestra crítica consigo misma y acepta el control de la razón. Esto es lo que hace digna a la fe e indigna a la credulidad.

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8
Jun
2019
La mesa, pálido reflejo del Reino de Dios
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Para hacer entender a sus oyentes lo que era el Reino de Dios, Jesús de Nazaret utilizaba comparaciones con realidades cotidianas accesibles a todos. Una de las comparaciones más frecuentes es la del banquete. El reino de Dios se parece a un banquete, a una mesa compartida. Pero, y ahí está lo fundamental, un banquete el que caben todos, sobre todo caben los más necesitados. Por eso Jesús invitaba a uno de sus anfitriones a que cuando diera un banquete no invitase a sus amigos ricos, sino “a los pobres, a los lisiados, a los cojos, a los ciegos”, o sea, que su invitación fuera desinteresada y gratuita, ya que ellos no pueden corresponder. Y Jesús añadía: la recompensa te llegará “en la resurrección de los justos” (Lc 14,12-15).

Sucedió entonces algo sorprendente e inesperado. Uno de los comensales, “habiendo oído esto” (o sea, la recomendación de Jesús a su anfitrión), le dijo: “¡Dichoso el que pueda comer en el reino de Dios!”. Este comensal acertó plenamente: si ya en este mundo es posible que haya banquetes así, mesas en las que quepan todos, lugares en los que nadie pase hambre, espacios en donde se haga verdad eso de que el pan es nuestro, o sea, de todos y, por eso, hay pan para todos, si eso puede ser verdad ya ahora, estamos ante un anticipo de la maravilla que será el reino de Dios.

Un banquete como el que Jesús propone, espontáneamente nos orienta hacia otro banquete, el del reino de Dios. Si en este mundo es posible un banquete de “puertas abiertas”, sin exclusiones, entonces es claro que en esa comida habrá un desbordamiento de alegría. Esta alegría es un pálido reflejo de la alegría que nos espera en el reino de Dios. Por eso, sí, “dichoso el que pueda comer en el reino de Dios”. Por cierto, este banquete del reino se anticipa en la Eucaristía.

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4
Jun
2019
Ascensos en el mundo y descensos de Dios
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Hemos celebrado la fiesta de la Ascensión y nos aprestamos a celebrar Pentecostés. Con estas dos fiestas, íntimamente relacionadas, termina el tiempo pascual.

En el terreno laboral, económico, político, ascender es la aspiración de todo ser humano, subir, ir más arriba, llegar más lejos, tener un cargo más importante, ganar más, mandar más, tener más prestigio. Así funciona el mundo. Y así muchas veces educamos a nuestros hijos: para triunfar, para conseguir el primer puesto.

Hay otro modo de ascender propio de la vida según el Espíritu de Dios. De entrada, Jesús no es el que asciende, sino el que desciende, el que no retiene su categoría de Dios, el que se pone al nivel de los más pequeños, el que se abaja para servir mejor a todos. Jesús no ha venido para ser servido, sino para servir. Sólo desde esta actitud resulta creíble la recomendación que hace a sus seguidores: el que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos. En el mundo se actúa de otra manera, pues el primero exige que los demás se pongan a su servicio. Pero “entre vosotros no sea así”, dice Jesús a los suyos.

Mateo termina su evangelio (28,16-20) contando la despedida de Jesús. En este relato no hay ningún ascenso. Lo que hay es la promesa de una permanente presencia. Más que un ascenso hay un permanecer, un estar todos los días, una continua solidaridad. No hay ausencia de Jesús. Hay un nuevo modo de presencia, la de “aquél que no había dejado al Padre, al bajar a la tierra, ni había abandonado a sus discípulos, al subir al cielo” (san León Magno). Por medio del Espíritu Santo se realiza este nuevo modo de presencia. El Espíritu hace que Cristo, que se ha ido, venga ahora y siempre de un modo nuevo. El Espíritu no es una compensación por la ausencia de Cristo, sino el modo como Cristo se hace presente. Gracias al Espíritu continúa la actividad salvífica de Cristo. Gracias al Espíritu, las palabras de Cristo se hacen nuevas, actuales, presentes. Gracias al Espíritu, Cristo no es un dato del pasado, no es arqueología.

Puesto que el Espíritu hace presente a Cristo, su misión es inseparable de la de Cristo: “recibirá de lo mío y os lo explicará a vosotros” (Jn 16,14). La obra más importante de Cristo y del Espíritu, la obra que revela a Dios, es la vida. El Espíritu da vida (Jn 6,63; 2 Co 3,6). Por tanto, los que son movidos por el Espíritu realizan obras de vida. ¿Acoger el extranjero, atender al enfermo, defender al maltratado, perdonar al que me ofende, son obras que dan vida? Si lo que buscamos son los ascensos, esas obras no son las adecuadas. Pero si nos dejamos guiar por el Espíritu, esas u otras parecidas serán nuestras obras.

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1
Jun
2019
Para que estéis donde yo estoy
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ascension01

Jesús, una vez resucitado, preguntó a Pedro y nos sigue preguntando a cada uno de nosotros: ¿me amas?, ¿me amas más que a todo lo demás?, ¿estás dispuesto a dejarlo todo por mi amor?

El que ante una pregunta así responde: ¿y qué me vas a dar si te amo?, no entiende nada de amores. El amor no se sitúa en el terreno del interés, sino en el de la gratuidad. Te amo porque sí, porque no entiendo cómo mi vida tendría sentido sin ti. Cierto, uno intuye que la gratuidad del amor esconde una sorpresa: el ciento por uno en esta vida y la vida eterna. Pero esta sorpresa viene por añadidura. Porque el amor vale por sí mismo. No es un asunto de interés. Es un asunto de calidad de vida.

Si tú, como Pedro, eres capaz de decir: “Señor, tú sabes que te amo”, entonces escucharás su voz potente y seductora que te dice: “Sígueme” (Jn 21,29). El seguimiento tiene una meta: “Me voy al Padre” (Jn 14,28), “para que donde esté yo, estéis también vosotros” (Jn 14,3). Todos juntos viviendo en el amor: “Yo estoy en mi Padre, vosotros en mi y yo en vosotros” (Jn 14,20).

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