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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
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15
Jul
2017
No había sitio para ellos
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arbolessecos

La historia es de sobra conocida: Cuando el matrimonio formado por José y su esposa María, con un embarazo avanzado, llegaron a Belén, porque era el lugar dónde debían empadronarse, ya que esa ciudad era la originaria del cabeza de familia, se encontraron con una desagradable sorpresa: “no tenían sitio en el albergue” (Lc 2,7). Con mucha probabilidad, esta palabra traducida por “albergue” designa una sala de la casa de la familia de José, la sala que aquellas familias campesinas tenían para alojar a sus huéspedes. Seguramente la familia de José, al ver el embarazo de María, se planteó muchas preguntas: ¿cómo era posible que estuviera a punto de dar a luz, si el matrimonio llevaba poco tiempo conviviendo? Si esa fue la pregunta, entonces hay que concluir que, en nombre de la “decencia”, la familia de José les rechazó. El matrimonio y el niño no eran bien venidos, por eso no había sitio para ellos.

Historias como esta se han repetido desde que el hombre es hombre. Y, a veces, con consecuencias más dramáticas. Una vez nacido Jesús, al rey Herodes le sobraban los niños, no había sitio para ellos en su reino. Por eso “hizo matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo” (Mt 2,16). Unas veces es la propia familia la que nos rechaza y otras veces es la autoridad política. Todos los rechazos son contrarios a la voluntad de Dios, pues según el proyecto creacional, todos formamos parte de la misma familia de los hijos de Dios: “somos miembros unos de otros” (Ef 4,25).

Así se comprende que uno de los objetivos de la predicación y de la vida de Jesús fuera la búsqueda de la unidad y del entendimiento entre las personas. El evangelio de Juan lo dice con estas palabras: Jesús murió “para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 11,52). Y la carta a los Efesios (2,14-16) califica a Cristo de “nuestra paz” porque de “los dos pueblos hizo uno”, derribando la enemistad y el odio. Se trata de los pueblos de entonces, judíos y paganos. Hoy habría que decir que la paz de Cristo quiere unir a todos los pueblos de la tierra. Porque con él han desaparecido todas las divisiones: “ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal 3,28). Y Col 3,11 añade: “ni circunciso e incircunciso; ni bárbaro ni escita”. En Cristo Jesús han desaparecido las diferencias culturales, sociales, sexuales, religiosas y nacionales (continuará).

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11
Jul
2017
Hijos de genocidas
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hijosgenocidas

Distintos periódicos españoles han publicado una noticia que hay que calificar de esperanzadora: algunos hijos de los represores de la dictadura argentina se unen para rechazar los crímenes de sus padres y exigir que cumplan sus condenas. Alguno reniega incluso de su apellido “por estar manchado de sangre”. La noticia manifiesta, entre otras cosas, que el bien y el mal no son hereditarios. Sin duda, el ambiente familiar influye en la educación, pero no es determinante. A medida que nos hacemos adultos, juzgamos con más independencia de criterio. Y, en muchos casos, juzgamos de forma diferente a como lo hicieron nuestros padres. Esta independencia de criterio puede tener su lado bueno, cuando somos capaces de condenar el mal que ellos hicieron. Jesús de Nazaret reprochaba a “los escribas y fariseos” que fueran imitadores de las malas acciones de sus padres (cf. Mt 23,31-32; Lc 11,47-51). A veces lo bueno es no seguir las enseñanzas de los padres.

La persona humana es compleja. Estamos llenos de contradicciones: en muchas ocasiones el odio coexiste con el amor. Es posible ser un brutal torturador y al mismo tiempo un amoroso padre de familia. Aunque también se da el caso del torturador que se comporta violentamente con sus hijos. Los humanos somos seres muy extraños: estamos hechos a imagen de un Dios bueno, que es Amor, pero al mismo tiempo somos frágiles y llevamos esta imagen en vasijas de barro. Somos capaces de lo mejor y de lo peor. Pero precisamente porque la imagen buena nunca se borra del todo, también somos capaces de arrepentimiento, de reconocer nuestras culpas. Si este reconocimiento de culpas lo hacemos público tendemos puentes con aquellos a los que hemos dañado.

Los hijos que reniegan del mal hecho por sus padres manifiestan no sólo que el bien también existe, sino que el bien se infiltra por lugares inesperados. Yo no digo de que del mal pueda salir el bien, porque del mal solo sale mal. Pero sí digo que hay una bondad constitutiva en todo ser humano que, a veces, se manifiesta de forma sorprendente e inesperada. Gracias a Dios, el bien aparece donde menos se le espera.

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8
Jul
2017
Convertir la catedral en un economato
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catedralbarcelona

Hay propuestas que no tienen ningún futuro ni ninguna repercusión real. Un ejemplo es la demanda de un partido político de expropiar la catedral de Barcelona, para convertirla en economato. Me imagino que, en este caso, el uso del término expropiación es inapropiado. Porque expropiar es una cosa muy seria, que tiene repercusiones económicas. Se trata de quitar legalmente una propiedad a una persona o institución por motivos de interés público, dándole a cambio una indemnización.

¿Cuántos cientos de millones de euros puede valer la catedral de Barcelona? Supongo que esos señores políticos que buscan su expropiación ni lo han pensado ni les importa, porque, en el caso hipotético de sacar adelante su propuesta, estoy convencido de que no entregarían a cambio del templo ni un solo euro. Si esto fuera así, o sea, si pensasen hacerse con el templo sin desembolsar nada, entonces se trataría de apropiarse de una propiedad ajena contra la voluntad de su dueño. Eso tiene un nombre. Además es muy feo, y quienes lo hacen, o lo quieren hacer, o proponen que se haga son sujetos peligrosos.

En cuanto la propuesta ha sido debatida no ha contado con ningún defensor, a parte del proponente. Más allá de la estrambótica propuesta, importa conocer si esos señores políticos tienen alguna propuesta positiva que redunde en bien de los ciudadanos. Un político está para gestionar los bienes públicos, buscando que la mayoría y, a ser posible, la totalidad de los ciudadanos se beneficie de una gestión decente y clara. Un buen alcalde, un buen presidente (dígase lo mismo de un buen superior religioso) tiene que serlo de todos los ciudadanos y no sólo de sus votantes.

Desgraciadamente, hay sectores sociales que están descontentos con la política que se hace, y esos sectores son los que votan a grupos que tienen ideas tan poco serias como la comentada. El mejor modo de contrarrestar algunas políticas es preguntarse cómo responder a las demandas sociales que reclaman los votantes de partidos que hacen este tipo de propuestas, que no tienen nada de sociales y sí mucho de demagógicas. Preguntarse y actuar en consecuencia.

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4
Jul
2017
Las únicas pasiones decentes
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flor

A pesar de los dicho en mi último post sobre el tráfico de seres humanos y las tragedias que este tráfico produce en el mar Mediterráneo, estoy convencido de que el bien supera con creces al mal. Decir lo contrario sería, además de un dato sociológicamente falso, negar la bondad de la obra de Dios. Incluso lo que hace posible el mal, a saber, la libertad, es uno de los mayores signos de la buena obra divina. Lo que ocurre es que hoy tenemos mucha información. Y por eso, estamos más enterados que en otras épocas de lo que ocurre a nuestro alrededor.

El estar más enterados no significa que haya más mal. Significa que estamos más sensibilizados. Y con la sensibilización aparece la gran pregunta: ¿qué podemos hacer? Al menos nos queda, en los países donde hay libertad de expresión, el derecho al pataleo, la posibilidad de manifestar el desacuerdo. Y si podemos ayudar, de un modo u otro, entonces nos queda la responsabilidad de hacerlo.

Lo he dicho y lo repito: hay ONGs que se preocupan explícitamente de las tragedias en el mar. También la policía y el ejército colaboran en tareas de auxilio y salvamento. Ellos nos honran. Pero no parece que el problema preocupe demasiado a nuestros políticos. Sin duda, tienen otras cosas de las que ocuparse. Esperemos que estas otras cosas redunden en bien de la gente. Porque lo ocurrido el pasado mes de mayo con un Centro de acogida de menores, que una congregación de monjas tenía en Segorbe, no dice mucho a favor de la señora política que mandó vaciarlo, a base de informaciones inexactas y no comprobadas.

Mientras unas mujeres, las monjas, se dedicaban a hacer el bien, la señora política pensaba en su prestigio personal, en contentar a sus votantes y en buscar el aplauso fácil del anticlericalismo más rancio. Los niños salieron llorando del Centro de Segorbe. Y en el colmo de la ironía, algunos de esos niños fueron albergados en otros centros de la misma Congregación que atendía el de Segorbe. En el colmo de la ironía y de la inconsecuencia, porque si malo era el de Segorbe, lo lógico sería suponer que igual de malos debían ser los otros centros de esta Congregación.

Las ideologías apasionan, sin duda. Pero lo que debe apasionarnos es la verdad. Con la verdad por delante se va a todas partes. Y se hace bien a la gente. Con las ideologías no. El dinero que se embolsan los comerciantes de carne también apasiona. Pero cuando algo apasiona a costa de la vida de las personas, es una pasión perversa. Las únicas pasiones decentes son aquellas que redundan en bien de las personas.

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29
Jun
2017
Mar en calma, tragedia segura
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marencalma

Durante estos meses de verano el mar Mediterráneo está tranquilo. La tranquilidad de las aguas favorece el descanso de los turistas. Desgraciadamente, la calma del mar favorece también el tráfico de seres humanos. Lo último que sabemos de estos procedimientos muestra hasta dónde es capaz de llegar la maldad y el egoísmo humanos a la hora de comerciar con la carne humana. Esta carne que, según dicen algunos, Dios la ama, la admira y eso hasta el punto de que quiso asumirla. El ser completamente espiritual (porque si fuera carnal o material sería por necesidad limitado), amaba tanto la carne humana que, en el colmo de lo que humanamente hay que calificar de locura, quiso hacerse hombre.

Dejemos el discurso religioso y vayamos a la tragedia humana, que es más religiosa que el discurso. Sí, la tragedia humana, o sea, la tragedia de la imagen de Dios. No olvidemos que cualquier atentado contra su imagen es un atentado contra Dios mismo. Eso dijo, en varios de sus escritos, Juan Pablo II. Cuando uno se pregunta cómo se puede atentar contra Dios, la respuesta es: cuando se atenta contra su imagen, en la que Dios, de forma misteriosa, pero real, de forma sacramental, se hace presente. Sí, sí, presente de forma sacramental. Para los buenos entendedores.

Vuelvo a dejar el discurso religioso para regresar a la tragedia de los veranos en el mar Mediterráneo. La última muestra de la maldad humana es el modo de proceder de los traficantes de carne humana: cuando llegan a aguas internacionales, retiran el motor de la barcaza y la dejan a la deriva. Así el motor lo aprovechan para otras embarcaciones, ahorrando un dinero importante, porque para los capitalistas malvados, crueles y sin conciencia, como son los traficantes, cada dólar es importante. Las personas no lo son. Los dólares sí.

Más aún, los botes a la deriva, en el mejor de los casos, suelen ser vistos por militares españoles o italianos, o por barcos de ONGs. Entonces, en este caso favorable, la pobre gente del bote, abandona su precaria embarcación y sube a los barcos seguros. Los botes quedan sin gente en alta mar. Momento que también aprovechan los traficantes de carne para hacerse con el bote, y volver a reutilizarlo. Es un negocio redondo. El negocio del infierno, pero negocio.

No hemos acabado con el negocio infernal. En algún caso, cuando los botes de la muerte son avistados por los barcos militares, resulta que llevan algún muerto a bordo. En un caso, al menos, uno de los muertos lo fue porque el traficante de la muerte, el maldito traficante, le quitó la gorra con la que se protegía del sol. El asunto es tan sucio, que uno ya no tiene palabras para calificarlo.

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25
Jun
2017
¿Cuál es tu oficio?
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breviario

El Oficio divino, también conocido como Liturgia de las Horas, es la oración oficial de la Iglesia. El Breviario es el libro del Oficio divino. Rezar el breviario equivale a rezar el Oficio. Hoy esta oración ha dejado de ser algo propio de los clérigos y de las monjas. Son muchas las comunidades, grupos y personas cristianas que rezan el Oficio completo o alguna de sus partes.

Un día, predicando unos Ejercicios espirituales a un grupo de hermanas, que tenían buenos Colegios y se enorgullecían de ello con toda razón, pregunté dialécticamente: ¿cuál es vuestro oficio? Hubo el silencio habitual cuando se suelen hacer este tipo de preguntas. Pero noté también que había una cierta expectación. Cogí un breviario, lo levanté y dije: el Oficio divino. Mi sorpresa vino cuando después de la charla, una de las oyentes se acercó para decirme, con toda seriedad, que no había comprendido nada de su carisma.

Todo se puede mal interpretar. Es posible que la hermana mal interpretase que yo no había sabido valorar su carisma de religiosas enseñantes. No cabe duda de que se trata de un carisma muy necesario en la Iglesia, que redunda en beneficio de toda la sociedad. Un carisma que es también una obra de misericordia: enseñar al que no sabe. Pero dicho esto, no es menos cierto que los religiosos no podemos confundir nuestro “ser religioso” con el carisma que portamos y, mucho menos, con el trabajo que hacemos. El carisma es un modo de vivir un aspecto del evangelio. Pero lo que sostiene nuestra vida, nuestro carisma, nuestro trabajo, es la relación con Dios, el encuentro con el Señor. Y la oración es una de las principales mediaciones de este encuentro y de esta relación.

El primer oficio de todo cristiano, su primera tarea, su labor fundamental es mantener viva su relación con Dios. De ahí que se pueda decir, con toda verdad, que el oficio del cristiano es el divino. “La obra de Dios, dijo Jesús, es que creáis en quién él ha enviado” (Jn 6,29). Esa es nuestra obra, nuestro trabajo. Todo lo demás, siendo importante, deriva de ahí. Un buen cristiano (sea cual sea su ministerio y su estado) debe tener eso claro. Por eso, la pregunta de “¿cuál es tu oficio?”, hecha a un cristiano, puede ser una buena provocación para recordar lo fundamental de su vida.

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21
Jun
2017
¿Por qué nos buscan?
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caminojardin

Son muchos los motivos por los que buscamos a otras personas: porque las necesitamos, porque queremos aprovecharnos de ellas, porque queremos expresarles nuestro agradecimiento o porque queremos ayudarles. El evangelio cuenta que un día los padres del niño Jesús le perdieron. Como le amaban, fueron a buscarle. Le encontraron en el templo de Jerusalén rodeado de doctores de la ley. Allí Jesús reprochó a sus padres que le habían buscado sin saber que su primera obligación era estar en las cosas del Padre del cielo y, porque no sabían esto, le buscaban mal.

En otra ocasión, Jesús reprocha a los judíos que le busquen no por los signos divinos que realiza, sino porque les ha dado de comer (Jn 6,26). Buscan en Jesús el pan que no sacia y, por eso, cada día hay que tomarlo de nuevo. Pero Jesús quiere que descubran otro pan, el que baja del cielo y da la vida al mundo (Jn 6,33). El reproche de Jesús no está en que buscan pan material, necesario para esta vida, sino en que se quedan en eso, y no buscan el otro pan que llena de vida y de esperanza.

Me pregunto qué busca la gente en las instituciones que gestionamos las Congregaciones religiosas y, en general, en las instituciones eclesiales (colegios, hospitales, residencias para ancianos y niños, pisos para expresos o enfermos de sida, comedores sociales). ¿Buscan calidad o buen servicio? No está mal. También Jesús dio de comer a quienes tenían hambre. Pero si se quedan en la calidad de nuestra enseñanza, en el buen servicio de nuestros dispensarios, en la generosidad de nuestros comedores, si sólo se quedan ahí, se quedarán con hambre y no se habrá logrado el objetivo que todo testigo de Jesucristo debe buscar, a saber, que la gente se encuentre personalmente con el Señor.

¿Por qué nos buscan? Cada uno sabrá el motivo por el que acude a nuestras instituciones. Por nuestra parte, debemos atender a todos, sin preguntar por los motivos que les llevan a nuestras puertas. El amor es gratuito. Con la caridad no se hace proselitismo. Pero los cristianos que estamos al frente de tales instituciones tenemos que preguntarnos: ¿por qué las mantenemos, por qué hacemos lo que hacemos? Si es sólo para que elogien nuestro buen hacer, nos equivocamos. Las mantenemos porque en el amor que damos encontramos a Cristo sufriendo en el pobre o en el enfermo.

Las mantenemos no para que nos aplaudan (y no digamos para ganar dinero), sino por motivos evangélicos. Y, si podemos, si es oportuno, sin molestar y respetando la libertad, tenemos que anunciar a Jesucristo. Tenemos que provocar una pregunta: ¿por qué hacen eso, por qué actúan de esta manera? ¿Cuál es el espíritu que les mueve? Si logramos suscitar esta pregunta, habremos preparado el terreno para ofrecer la buena respuesta, la única que verdaderamente importa.

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18
Jun
2017
La Tradición progresa
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viasdetren

La tradición progresa y crece en la Iglesia, precisamente porque tradición no es repetición. Si fuera repetición no habría ningún progreso ni crecimiento, ni habría necesidad de Magisterio. El Magisterio es uno de los factores de crecimiento de la tradición. Más aún, es el intérprete auténtico de la tradición. El Magisterio vivo, naturalmente. El Magisterio actual es el criterio para interpretar el Magisterio del pasado, y no a la inversa. Porque el actual tiene en cuenta las nuevas situaciones y circunstancias, las nuevas necesidades y problemas, las nuevas sensibilidades y un mejor conocimiento de la exégesis, de la historia, de la antropología y psicología humanas. Por eso, puede afinar mejor determinadas lecturas y aplicaciones del depósito de la fe que en otro tiempo no tuvieron en cuenta esos conocimientos.

Un ejemplo. Algunos repiten que la exhortación Amoris Laetitia debe interpretarse a la luz de la Familiaris Consortio. En realidad, ambos documentos son complementarios. Pero los que afirman que el criterio es la Familiaris Consortio lo que pretenden, en realidad, es descalificar a la Amoris Laetitia. No se puede descalificar un documento del Magisterio actual en nombre del magisterio del pasado. Si eso fuera posible también habría que descalificar la Sollicitudo rei socialis de Juan Pablo II en nombre de la Rerum novarum de León XIII. En efecto, la Rerum Novarum afirma sin vacilar que la propiedad privada es un derecho intangible. “El principio de la propiedad privada es inviolable”, dice esta encíclica, puesto que “el derecho de poseer bienes en privado no ha sido dado por la ley, sino por la naturaleza”. Juan Pablo II se sitúa en otro registro, no porque niegue el derecho a la propiedad privada, sino porque niega que ella tenga la primacía y, por tanto, sea el criterio último e inviolable, ya que sobre ella “grava una hipoteca social”.

Por cierto, los que criticaron a Francisco por haber escrito que “el principio de la subordinación de la propiedad privada al destino universal de los bienes y, por tanto, el derecho universal a su uso es una ‘regla de oro’ del comportamiento social y el ‘primer principio de todo el ordenamiento ético social’. La tradición cristiana nunca reconoció como absoluto o intocable el derecho a la propiedad privada y subrayó la función social de cualquier forma de propiedad privada”; los que criticaron este texto, digo, no sé si eran conscientes de que su crítica alcanzaba directamente a Juan Pablo II.

La fidelidad no es repetitiva, sino creativa. La repetición suele ser, en la mayoría de los casos, la mayor de las infidelidades. Pues el Evangelio es una realidad hecha continuamente presente gracias al Espíritu Santo. Por tanto, debe ser dicha siempre de nuevo y traducida históricamente en correspondencia con las cambiantes situaciones históricas. Por eso, la historia del dogma (y con más razón la historia de la doctrina) se caracteriza tanto por la continuidad como por la discontinuidad.

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14
Jun
2017
Tradición no es arqueología
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apostoles

Hay quienes apelan a “la Tradición” para dejar clara su fidelidad católica que, a veces, contraponen a las supuestas desviaciones de algunos responsables eclesiales. Esta apelación a la tradición les sirve también para justificar desacuerdos con las decisiones y posturas del Papa de turno, en nuestro caso de Francisco. Un ejemplo claro es la defensa de la llamada “Misa tradicional”. La referencia de tal Misa es el Misal que promulgó el papa dominico Pío V, a instancias del Concilio de Trento. Algunos defensores del uso de este misal insinúan, o indican claramente, que el Misal promulgado por Pablo VI, y reformado por Juan Pablo II, a instancias del Concilio Vaticano II, sería poco menos que herético.

Uno se pregunta si en tiempos de san Pío V no surgirían defensores de los misales “pretridentinos” con argumentos similares a los que utilizan los críticos del actual Misal. Es un ejemplo, entre otros, de que lo que se llama “tradición” o “tradicional” surgió en un momento determinado para sustituir a una tradición o uso anterior. De tradición en tradición hemos llegado hasta hoy. Porque tradición no es arqueología, no es una vuelta al pasado. Tradición es trasmisión. Y la trasmisión e incluso la conservación requiere actualizaciones. Una casa se conserva durante largos años a base de reparaciones. Sin esas reparaciones la casa se hunde a los pocos años de construida.

La Iglesia no vive del pasado. Vive de Cristo. De un Cristo que es hoy presencia viva. Y que es capaz de responder a los problemas y necesidades de hoy. “Os conviene que yo me vaya, dijo Jesús a sus discípulos, porque si no me voy no vendrá a vosotros el Paráclito”. Con la ausencia de Cristo se produce una ganancia, la ganancia del Espíritu Santo que actualiza, interpreta, orienta en “lo que va viniendo” en cada presente de la historia. Y “lo que va viniendo” es distinto del pasado muerto, que ya no existe. No hay vuelta al pasado. Incluso los que pretenden volver al pasado, no vuelven al pasado, sino a unos gestos descontextualizados. De modo que están fuera del presente y, a su pesar, fuera del pasado. El pasado era otra cosa distinta de lo que ellos dicen y hacen.

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10
Jun
2017
La comunicación era Dios
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piano

Decir que Dios es Palabra, o decir que es Padre, o cualquier otro calificativo que queramos usar, es un atrevimiento. Y, en todo caso, es un modo imperfecto de referirse a Dios. Porque Dios siempre es “más” de lo que decimos y “otra cosa” muy distinta. Pero cuando la revelación califica a Dios, nos está orientando en la buena dirección, aunque lo que decimos siempre es tendencial y, por tanto, insuficiente.

El cuarto evangelio comienza así: “En el principio existía la Palabra y la Palabra era Dios”. El término original griego es “logos”, que puede traducirse de muchas maneras: palabra, verbo, razón, estructura, propósito, sentido. El término “logos” ayuda a entender mejor al Dios cristiano. La palabra es inmaterial: Dios no es una realidad física; por tanto, no es representable ni detectable físicamente. Es espiritual. Por otra parte, la Palabra aparece en el principio, antes de cualquier otra realidad: no es la materia la que determina al espíritu; es el espíritu, es la palabra la que hace posible la materia: “la realidad nace de la Palabra como creatura Verbi” (dice Benedicto XVI). El mundo y el ser humano es resultado de una palabra que llama. Solo “lo personal” puede pronunciar una palabra. En el principio de todo hay un ser personal.

Porque hace posible la realidad, la palabra es signo de comunicación. Una comunicación que establece un diálogo de amor. La palabra solo es posible donde alguien la recibe; la palabra rompe la soledad. Ahora bien, si Dios es palabra no es sólo porque puede comunicarse con los seres no divinos. Es Palabra porque la comunicación, el diálogo, es constitutivo de la divinidad. Dios es único, pero no solitario. Por eso es palabra. Antonio Praena tiene un poema en el que se puede leer: “La comunicación estaba en Dios / y ya era Dios en el principio / la comunicación”.

Decir que Dios es palabra nos orienta a lo que la teología calificará de misterio trinitario: Dios, en sí mismo, es relación, encuentro de amor, diálogo permanente, comunicación sin fisuras; Dios es un misterio de relaciones interpersonales, es como una familia, en la que el amado y el amante aman conjuntamente a un tercero, que es el co-amado, y este co-amado ama a la vez al amante y al amado.

El autor del cuarto evangelio comienza diciendo que Dios es Palabra para terminar diciendo, en su primera carta, que Dios es Amor. Es amor porque es palabra, pues la palabra hace posible el amor. Y es palabra porque es amor, pues donde hay amor hay palabras verdaderas. Amor, Palabra, Comunicación, Familia, Comunidad. La teología y el magisterio hablarán de Trinidad.

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