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Transfiguración: escuchar para salir
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Hay un verbo clave en la liturgia del segundo domingo de cuaresma: escuchar. En la primera lectura vemos a Abraham, con quién comienza la historia de la salvación. Abraham es el primer “nuevo Adán”, el primer “hombre nuevo” que se fía y obedece a Dios, rompiendo así una dinámica de desconfianza y desobediencia, que había comenzado con el primer Adán. En primer lugar, Abraham debe escuchar, porque sin escucha es imposible una respuesta adecuada. “Sal de tu tierra, y de la casa de tu padre”, le dice Dios. Y, Abraham, precisa la carta a los hebreos, salió sin saber a donde iba. Un desarraigo así, representa para un hombre de la antigüedad una empresa irrealizable que solo podía conducir a la ruina. Pero en contra de todo (cf. Rm 4,18), Abraham se decide y ahí fundamenta su vida y su futuro. Y lo hace porque se fía de una palabra que le hace una promesa (Gen 12,1-3). La Palabra de Dios era más firme y segura que la tierra misma en la que vivía.
¿Cómo podemos nosotros escuchar lo que Dios nos dice, y no escuchar las voces del mundo que quieren apartarnos de Dios? El Evangelio nos da una respuesta: “Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo”. Dios, en Jesucristo, “al asumir la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres” (Dei Verbum, 13), y habla en lenguaje humano para que podamos escucharle y comprenderle. Por eso, dice Benedicto XVI, “el primer imperativo de nuestra vida humana es escuchar a Cristo… Es fundamental que Dios se haya hecho hombre y hable como hombre: por eso no permanece como un enigma indescifrable, sino que nos habla realmente a través de Jesús”. Al escuchar a Jesús escuchamos a Dios mismo.
En la transfiguración la gloria luminosa de Dios se manifiesta en Cristo, donde habita toda la plenitud de la divinidad, velada por su carne (cf. Col 2,9). La humanidad de Cristo es la puerta del Dios invisible. En el Tabor, el rostro de Dios se revela de forma definitiva en Jesucristo, “imagen de Dios invisible” (Col 1,15), “resplandor de su gloria e impronta de su sustancia” (Heb 1,3). Ahora bien, esta manifestación de la divinidad, revela también su humanidad, ya que muestra la grandeza a la que está llamado el ser humano. También nosotros, gracias a la acción del Espíritu Santo, estamos llamados y destinados a reflejar la gloria del Señor (2 Cor 3,18), a reproducir la imagen del Hijo (Rm 8,29), a ser otro Cristo, en definitiva.
La escucha y contemplación de la Palabra no nos deja extáticos, pasivos y parados, sino que nos pone en movimiento, nos convierte como diría Francisco, en Iglesia en salida. Pedro pretendía quedarse en una tienda en el monte Tabor. Pero no es posible quedarse allí. Por eso Jesús invita a bajar del monte a los tres discípulos que le han acompañado. El encuentro con Dios nos envía a los hermanos. Después de subir a las alturas de la oración, de la escucha y de la contemplación, hay que bajar a las tareas cotidianas, al apostolado, al servicio fraterno. Esta bajada también forma parte de la vocación cristiana.