Ene
Serpiente que mata, serpiente que salva
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Hay un extraño texto en el capítulo 21 del libro de los Números donde se dice que el remedio contra las serpientes venenosas que mordían y mataban a muchos israelitas en el desierto, era mirar a otra serpiente venenosa clavada en un estandarte. En su diálogo con Nicodemo, Jesús recuerda este texto y se lo aplica a él mismo clavado en la cruz. El que contempla a Jesús crucificado y cree en él encuentra la salvación.
Los símbolos bien entendidos son sugerentes y orientan más allá de ellos mismos hacia algo que no es nunca del todo expresable con nuestros pobres conceptos, porque nunca llegamos a comprenderlo del todo. La cruz, que es un instrumento de tortura, y la serpiente, que es un peligroso y mortal animal, convertidos en símbolos de salvación, nos hacen caer en la cuenta de que Dios saca bien del mal. Allí donde parece que no hay ninguna esperanza, Dios puede abrir caminos de vida y de futuro.
El contraste entre la serpiente que mata y la serpiente clavada en un estandarte, que salva a los que la miran, es un buen símbolo que orienta a otro contraste que apunta a una realidad salvífica, a saber: el árbol del paraíso que provocó el alejamiento de los seres humanos de Dios, y la cruz, llamada también árbol de salvación, en la que está clavado Jesús, para que todo el que la mira encuentre vida y salvación. Mirar, en este caso, es contemplar al gran amor de Dios que se revela en el modo de estar Jesús en la cruz. Insisto, no tanto en el instrumento de tortura, cuanto en el modo de estar Jesús en él. ¿Y cómo está Jesús? Bendiciendo y perdonando a sus enemigos, a los que le crucifican. Es imposible que haya un amor más grande. Solo un amor así es salvífico y fuente de vida. Porque allí está Dios.
Dios no envió a su Hijo al mundo para que le mataran. Como deja muy claro Jesús en su conversación con Nicodemo, si envió a su Hijo al mundo fue porque amaba mucho a los seres humanos y, por eso, quiso identificarse con nosotros y con nuestro destino, para que así nosotros pudiéramos identificarnos con él y con su destino. Dios envió a su Hijo para que tuviéramos vida abundante. Y como el amor de Dios nunca desaparece, precisamente porque es de Dios y se identifica con Dios mismo, cuando los seres humanos rechazan al Hijo, Dios sigue amándolos.
Como ya he dicho, en el modo de morir de Jesús se expresa el gran amor de Dios, y se manifiesta con un contraste deslumbrante con el odio y el rechazo de los que le crucifican. Un amor así es salvífico. En cada celebración eucarística, el presidente, en nombre de todos los que participan en la celebración, lo deja muy claro: la de Jesús es una sangre derramada por muchos, muchos, muchos, o sea, por todos, todos, todos, para el perdón de los pecados. De todos los pecados. De ahí la necesidad de mirar a esa cruz para encontrar la salvación.