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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

15
Ene
2026

Por una pastoral renovada

8 comentarios
estolapastoral

La fe se expresa en términos y fórmulas condicionados por la cultura. Puede servir de ejemplo el término “persona” aplicado al Dios trinitario. Pues este concepto hoy no tiene el sentido que tenía en el contexto en el que se formuló el credo niceno constantinopolitano. Si por persona entendemos un ser dotado de razón, consciente de sí mismo y poseedor de una identidad propia, que expresa la singularidad de cada individuo de la especie humana, y lo aplicamos a las tres personas divinas, nuestros oyentes terminaran entendiendo de forma triteista al Dios cristiano. Los cristianos confesamos un solo y único Dios, no tres dioses.

Los destinatarios del mensaje entienden las explicaciones y formulaciones de la fe en función de su mentalidad y de su cultura. Si no nos expresamos de forma inteligible, los oyentes no acogerán el mensaje cristiano adecuadamente. Y solo seremos inteligibles si nos adaptamos a la cultura, necesidades y demandas de sentido de los oyentes.

Jesús era un excelente modelo de adaptación: sus parábolas contienen una maravillosa pedagogía. En ellas se explica lo que es el Reino de Dios de forma adaptada a los campesinos que le escuchaban. El relato de los discípulos que van camino de Emaús es otro estupendo ejemplo de un Jesús que sabe enlazar con las necesidades e inquietudes de sus oyentes. ¿De qué discutíais por el camino?, les pregunta Jesús. O sea, ¿cuáles son vuestras preocupaciones? Si el evangelio no responde a las grandes preguntas de las personas, el evangelio deja de interesar. Pero para responder a estas preguntas, es necesario primero escuchar a la gente.

Como bien dice el Papa Francisco, “un predicador es un contemplativo de la Palabra y también un contemplativo del pueblo”. Por eso, el predicador “necesita poner un oído en el pueblo, para descubrir lo que los fieles necesitan escuchar”. Una buena predicación, una buena catequesis requiere, además de la escucha de la Palabra de Dios, la escucha de las personas a las que se dirige la predicación. Pues solo escuchado su palabra encontraremos las palabras adecuadas para ser entendidos. El predicador debe conocer a los destinatarios de la predicación. Para conocerlos hay que escucharlos. Por eso, antes de hablar, el predicador, el buen pastoralista, pregunta. Así se pone en sintonía con el destinatario de la predicación.

La fe se confiesa, sin duda, con el lenguaje de la Biblia y con el lenguaje de la Iglesia. Pero también se confiesa con el lenguaje del mundo. Es importante que la gente entienda lo que decimos, porque si no, el evangelio no llega a sus destinatarios. El Papa Francisco, en Evangelii Gaudium (n. 41) notó que “a veces, escuchando un lenguaje complemente ortodoxo lo que los fieles reciben, debido al lenguaje que ellos utilizan y comprenden, es algo que no responde al verdadero Evangelio de Jesucristo”.

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JVMC
15 de enero de 2026 a las 22:06

El concepto de persona me sirve.

Nieves dominguez
16 de enero de 2026 a las 11:38

El evangelio es el de Jesucristo. No puede cambiar en función de quien lo escuche, habría, entonces, diversos y diferentes evangelios.
Estoy cansada de escuchar en homilías de buenos predicadores que el evangelio de Jesucristo es hoy tan actual como hace dos mil años.
Me gustaría que se publicase este comentario, aunque tengo entendido que si se disiente del mensaje del autor no se hace público

Juanjo
16 de enero de 2026 a las 18:23

Cierto, el lenguaje es importante, como es importante conocer el auditorio que se tiene delante y al que se dirige cada pastor o catequista. Pero mucho más importante es tener una buena formación teológica, una adecuada preparación y un apasionamiento por lo que se dice. A veces, el tono con el que se predica o catequiza parece expresar una obligación rutinaria cuando no, un castigo que debe pasarse de la mejor manera posible.

Hormias
16 de enero de 2026 a las 18:55

A mí me parecen grandes predicadores los sacerdotes de mi pequeña ciudad

juan garcia
17 de enero de 2026 a las 17:31

Además de explicar el evangelio con un lenguaje intelegible el ofociante de la eucaristía debe tener en cuenta, pienso yo, cómo y cuánto tiempo ussar en cada fase de redencción litúrgica de lo que tiene entre manos. Actualmente, en la misa de las siete de la mañana un nuevo sacerdote empieza la eucaristía con una larga introducción que no viene al caso, y a la hora do predicar no tiene fin, y se dedica a relatar historias de su pasado, presente y futuro, sin preocuparse de la gente que tiene que ir a trabajar. Disculpa, fray Martín, por el negativo caracter de mi comentario

Lauren Sevillano arroyo
17 de enero de 2026 a las 19:26

Para los sacerdotes que estamos en las parroquias con la gente, sus comentarios nos ayudan mucho.
Detrás de su reflexión está el misterio de la encarnación. Dios no se hace doctrina, se hace carne y pone su vida entre nosotros. Si Jesucristo es la Palabra del Padre Dios y hoy la mayoría de los cristianos no la entiende, como va a mantener un diálogo con El?
El pueblo de Dios tiene derecho a escuchar su Palabra, no la nuestra, que siempre esconde intereses personales. Y la Palabra debe hacerse Luz para la vida.
Para ello, como bien dice, contemplación y pedagogía.

Mercedes
17 de enero de 2026 a las 22:05

Cualquier homilía que aplique los cuatro sentidos de la Escritura , será inteligible y como Palabra De Dios , viva y eficaz .

Valero
18 de enero de 2026 a las 10:18

El contexto cultural y el lenguaje evolucionan con los tiempos sin embargo hay algo que no cambia, la necesidad que todos tenemos de amar y ser amados. No hace mucho tuve ocasión de escuchar una magnífica homilía del padre Martín sobre el amor en el contexto de una celebración del sacramento del matrimonio y el novio, que no es una persona muy de iglesia me comentó que le había gustado mucho la homilía y es que cuando se anuncia el AMOR con mayúsculas con claridad y valentía, todo el mundo comprende de qué se nos está hablando y se siente interpelado y llamado a la vocación de amor cuya semilla ha puesto Dios en el corazón de cada ser humano.

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