Ene
Por una pastoral renovada
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La fe se expresa en términos y fórmulas condicionados por la cultura. Puede servir de ejemplo el término “persona” aplicado al Dios trinitario. Pues este concepto hoy no tiene el sentido que tenía en el contexto en el que se formuló el credo niceno constantinopolitano. Si por persona entendemos un ser dotado de razón, consciente de sí mismo y poseedor de una identidad propia, que expresa la singularidad de cada individuo de la especie humana, y lo aplicamos a las tres personas divinas, nuestros oyentes terminaran entendiendo de forma triteista al Dios cristiano. Los cristianos confesamos un solo y único Dios, no tres dioses.
Los destinatarios del mensaje entienden las explicaciones y formulaciones de la fe en función de su mentalidad y de su cultura. Si no nos expresamos de forma inteligible, los oyentes no acogerán el mensaje cristiano adecuadamente. Y solo seremos inteligibles si nos adaptamos a la cultura, necesidades y demandas de sentido de los oyentes.
Jesús era un excelente modelo de adaptación: sus parábolas contienen una maravillosa pedagogía. En ellas se explica lo que es el Reino de Dios de forma adaptada a los campesinos que le escuchaban. El relato de los discípulos que van camino de Emaús es otro estupendo ejemplo de un Jesús que sabe enlazar con las necesidades e inquietudes de sus oyentes. ¿De qué discutíais por el camino?, les pregunta Jesús. O sea, ¿cuáles son vuestras preocupaciones? Si el evangelio no responde a las grandes preguntas de las personas, el evangelio deja de interesar. Pero para responder a estas preguntas, es necesario primero escuchar a la gente.
Como bien dice el Papa Francisco, “un predicador es un contemplativo de la Palabra y también un contemplativo del pueblo”. Por eso, el predicador “necesita poner un oído en el pueblo, para descubrir lo que los fieles necesitan escuchar”. Una buena predicación, una buena catequesis requiere, además de la escucha de la Palabra de Dios, la escucha de las personas a las que se dirige la predicación. Pues solo escuchado su palabra encontraremos las palabras adecuadas para ser entendidos. El predicador debe conocer a los destinatarios de la predicación. Para conocerlos hay que escucharlos. Por eso, antes de hablar, el predicador, el buen pastoralista, pregunta. Así se pone en sintonía con el destinatario de la predicación.
La fe se confiesa, sin duda, con el lenguaje de la Biblia y con el lenguaje de la Iglesia. Pero también se confiesa con el lenguaje del mundo. Es importante que la gente entienda lo que decimos, porque si no, el evangelio no llega a sus destinatarios. El Papa Francisco, en Evangelii Gaudium (n. 41) notó que “a veces, escuchando un lenguaje complemente ortodoxo lo que los fieles reciben, debido al lenguaje que ellos utilizan y comprenden, es algo que no responde al verdadero Evangelio de Jesucristo”.