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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

5
Mar
2026

Esperanza segura y pozo de agua viva

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cisterna

En las lecturas del tercer domingo de Cuaresma del ciclo A destaca sobremanera el Evangelio de Jesús con la samaritana. Pero resulta igualmente importante y significativo el texto de san Pablo: “la esperanza no defrauda”. O sea, la esperanza no falla, es cierta, segura. El motivo de esta seguridad está en que su fundamento es el Amor de Dios manifestado en Jesucristo, y en que nosotros poseemos ya las primicias de este amor: más aún, este amor nos ha sido dado con el don del Espíritu derramado en nuestros corazones.

Esto significa que, si la esperanza tiene que ver con el más allá, su fundamento está en el más acá, en la experiencia de un Dios que nos acompaña en nuestra realidad creada y garantiza el cumplimiento de nuestros más profundos deseos. Es la densidad religiosa del presente, o sea, la experiencia de vivir hoy en comunión con Dios, lo que da todo su sentido a la esperanza cristiana. San Pablo ofrece a los creyentes una prueba irrefutable del amor de Dios manifestado en Jesucristo, a saber, el hecho de que Cristo da su vida por los impíos, por los pecadores, por sus enemigos. Cristo nos amó no cuando empezamos a ser justos, no cuando nos propusimos serlo. Nos amó “siendo nosotros todavía pecadores”.

De las muchas cosas que podrían decirse del encuentro de Jesús con la samaritana destaco solamente dos: la primera sobre el agua que necesita el ser humano. El agua es necesaria para la vida. Sin embargo, todos sentimos que nuestra sed es más profunda, que la vida no es solo biología. El agua que puede saciar nuestro corazón es al amor. El problema es que todos nuestros amores humanos son limitados y nunca acaban de llenarnos del todo. Todos, sin saberlo, buscamos beber de esa agua que salta hasta la vida eterna, para así quedar plenamente saciados y no tener nunca más sed. Esa es el agua que Jesucristo ofrece a la samaritana y nos ofrece a nosotros. Bien podemos relacionar esa agua con lo que antes hemos dicho sobre la esperanza.

Otra cosa que quiero destacar: la mujer samaritana ha contado a sus conciudadanos que ella pensaba haber encontrado al Mesías. Lo interesante es que los samaritanos fueron a comprobar personalmente si el testimonio de la mujer tenía alguna posibilidad de ser cierto. Y, tras comprobarlo, creyeron por lo que ellos mismos habían visto y oído. O sea, dejaron de ser creyentes “de segunda mano”, para ser creyentes “de primera mano”. No creen por lo que dice la mujer, creen porque ellos han tenido un encuentro personal y directo con Jesucristo. Esto es importante para nosotros: quizás, en nuestro camino de fe, hemos empezado por confiar en otras personas: nuestros padres, nuestros maestros o nuestros catequistas. Pero lo definitivo, lo importante es que tengamos una experiencia de encuentro personal con el Señor Jesús. Pasar de una fe que se apoya en los otros, a una fe que se apoya en un encuentro vivo y personal con la persona de Jesús que da un horizonte a la vida y una orientación decisiva.

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Esther
6 de marzo de 2026 a las 18:38

Si conocieras el don de Dios! El encuentro personal con Jesús, nos hace conscientes de la hondura del pozo de agua viva, y a la vez comprender como una fe activa tendremos un manantial de esa agua, que siempre está.

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