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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

30
Ene
2026

De la profesión a la vocación

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jornadavidaconsagrada2026

La Jornada Mundial de la Vida Consagrada fue instituida por Juan Pablo II en 1997 con un doble propósito: ayudar a toda la Iglesia a valorar cada vez más el testimonio de quienes han elegido seguir a Cristo mediante la práctica de los consejos evangélicos; y para que las personas consagradas reaviven los sentimientos que deben inspirar su entrega al Señor. Se trata, pues, de una jornada que interesa a toda la Iglesia. Y para las y los consagrados es una llamada a la responsabilidad para que vivan su vocación con entrega al Señor, alegría personal y espíritu de servicio a la Iglesia.

Todas las jornadas tienen un lema. El de este año, para la vida consagrada, está en continuidad con el lema del congreso vocacional convocado por la Conferencia Episcopal Española hace exactamente un año. El lema del Congreso fue: “¿Para quién soy?”. El de la jornada de la vida consagrada es: “Vida consagrada, ¿para quién eres?”. Hemos pasado de la pregunta por la identidad a la pregunta por la alteridad. Los lemas llaman la atención, pero pueden mal entenderse. Insistir en la identidad puede conducir a la autorreferencialidad, a una mirada obsesiva sobre uno mismo; insistir en la alteridad tiene el peligro de la dispersión, de olvidarse de las propias raíces y de lo que da sentido a la propia vida.

Bien entendida la pregunta del lema de la jornada nos orienta a uno de los aspectos más serios y profundos de la vida consagrada. Para decirlo en forma de contraste, la pregunta “¿para quién soy?” orienta hacia una distinción fundamental, la que hay entre profesión y vocación. Vivimos en un mundo caracterizado por el afán de dominio y de posesión, en una cultura donde prima la racionalidad instrumental que favorece la mentalidad dominadora y el individualismo. Vale lo que sirve. Y sirve el que está preparado, el competente, el buen profesional. Y como buen profesional es muy útil y muy solicitado por lo que hace. Entenderíamos mal la vida consagrada si la redujéramos a lo puramente instrumental: son buenos profesionales, buenos profesores, buenos sanitarios, hacen buena obra social.

No, no es la profesión lo que define a la vida consagrada, sino la vocación, o sea, la llamada. Llamados por Dios, sin duda. Y también llamados para servir a los hermanos. Pero este “para” los hermanos es consecuencia del “por” Dios, y no una búsqueda de uno mismo para ser reconocido como buen profesional. La vida consagrada es para aquellos a los que Dios llama. Cierto, Dios también llama a muchos al matrimonio. Pero a otros los llama a la vida consagrada, a hacer de su vida un signo de que Dios es el único esposo de la Iglesia y, por eso, en la vida eterna, donde Dios será todo en todas las cosas, o sea, la realidad que todo lo determine, no se tomará marido ni mujer.

La vida consagrada es llamada. Es de Dios. Pero también es para Dios. Y ser para Dios es ser para los hermanos, porque no es posible amar a Dios invisible sin amar al hermano visible, imagen de Dios. Por eso, la vida consagrada es sobre todo para los pobres, para aquellos que más necesitan de Dios en todos los sentidos, humano, espiritual, corporal, afectivo. Los que viven de su profesión y para su profesión no sirven a los pobres. Se sirven a sí mismos sirviendo a aquello que puede enriquecerles. Los que viven de su vocación sirven desinteresadamente a quién no puede devolverles más que amor.

Vida consagrada, ¿para quién eres? Para Dios y para las hijas e hijos de Dios. Para todos los hermanos y hermanas. Pero este “para” se entiende desde la gratuidad y el desinterés.

Posterior


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