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Ciencia y sabiduría
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En la persona que estudia puede encontrarse una doble dimensión que, a modo de tendencia, se encuentra diversamente acentuada en el científico, el filósofo o el teólogo. Me refiero a la distinción entre saber y sabiduría. El saber se preocupa de cernir la realidad y de obtener todos los datos constatables sobre ella. El principio de la sabiduría es el asombro; no un asombro que conduce a quedarse pasmado ante las cosas, sino a preguntarse por qué me asombra lo que me asombra. El asombro convertido en pregunta, ese es el principio de la sabiduría. Pero también es sabiduría una manera de situarse ante el mundo, una orientación para conducir la vida. De modo que el saber se refiere a los objetos, incluyéndome a mí mismo como un objeto más de este mundo. La sabiduría es una visión global que me interpela, pero también me concierne, pues hace que vea el mundo de una determinada manera, con unos valores y sentimientos.
Aquí viene bien continuar una idea de Laín Entralgo sobre las preguntas penúltimas y las preguntas últimas. Las preguntas penúltimas (¿qué es la sal?, ¿cómo funciona una máquina?) son propias de la ciencia y la respuesta a las mismas nos otorga un saber cierto, valioso, delimitado, pero tal saber no deja de llevar consigo la posibilidad de seguir preguntando. A las preguntas últimas (¿quién soy yo?, ¿qué puedo hacer con mi vida?) sólo cabe responder desde la sabiduría, pues para nuestra mente no tienen una respuesta idónea y racional. ¿Significa esto que no tienen respuesta? De ningún modo. Significa que no tienen una respuesta que se imponga necesariamente a la inteligencia, pero sí tienen una respuesta razonable. Respuesta que, sin dar lugar a la evidencia, se nos muestra aceptable, convincente e incluso sugestiva, para admitir un aserto cuya demostración racional no es posible. La sabiduría se sitúa en el ámbito de lo último. Y por eso, se trata de un saber que normalmente ofrece más preguntas que respuestas. Cuando las ciencias nos han ofrecido todas las respuestas, siempre quedan preguntas por responder, preguntas que, al final, son las que verdaderamente interesan. De ahí surge una nueva consideración: en los terrenos del saber y de la ciencia, otros pueden estudiar e investigar por mí. Pero las preguntas últimas, aunque otros puedan ayudarme a pensar, nadie puede responderlas por mí. La sabiduría me implica personalmente.
Vivimos en una cultura de lo fácil, de lo intrascendente, de lo obvio. Una cultura que busca respuestas y seguridades, y desconfía de aquellos que plantean cuestiones. Desgraciadamente, de esta búsqueda de seguridades y desconfianza ante las preguntas participan también muchos creyentes. Pero sea uno creyente o no lo sea, podría al menos quedarse con la pregunta de si el verdadero significado de la realidad está en algo que todavía ignoramos. Quizás para alcanzar este significado último no sea suficiente abrir bien los ojos y los oídos. Quizás no sea buen camino comenzar con la seguridad de una evidencia o de un silogismo. ¿Por qué el camino que comienza con un acto de confianza en una palabra que de entrada no ofrece pruebas, sino que pide adhesión, no puede abrirnos al descubrimiento? ¿Habrá algo que el oído no oyó, que el ojo no vio, que tampoco vino a la mente del hombre, pero de alguna manera puede venir a ella, y que quizás tenga un interés supremo para el ser humano? ¿Qué hay de malo, o mejor, que puede haber de bueno, en formularse preguntas así? ¿No es el ser humano, a diferencia de los animales, un ser que pregunta y que pregunta sin limitación alguna? Ahora bien, ¿vale la pena preguntarse, esforzarse, perder literalmente el tiempo por aquello que ignoramos? ¡Claro que sí! Pues la pregunta por lo que ignoramos es lo que hace avanzar el saber en todos los órdenes de la vida. Más aún, una pregunta bien planteada es de alguna manera un anticipo de la respuesta. Heidegger decía que la pregunta es la forma suprema del saber.