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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

22
Ene
2026

Camino ecuménico: camino de la Iglesia

3 comentarios
encuentropapapatriarca

En esta semana de oración por la unidad de los cristianos resulta oportuno recordar dos importantes documentos católicos que piden y favorecen la unidad: el decreto sobre el ecumenismo del Concilio Vaticano II y le encíclica Ut unum sint de Juan Pablo II.

Cuando comenzó el Concilio estaba previsto decir algo sobre el ecumenismo, sobre todo pedir oraciones por la unidad de los cristianos. Pero el ecumenismo ocupaba un lugar secundario. Poco a poco el tema ecuménico fue ganando terreno y, finalmente, tuvo su propio decreto, su tratamiento propio. Un primer signo de la importancia que iba ganando el tema ecuménico fue que, por primera vez en la historia de los Concilios ecuménicos, se invitó a observadores de otras confesiones cristianas, que participaron con interés y agradecimiento. Se iba creando un ambiente de cercanía y fraternidad.

El propósito del decreto era dejar claro que la unidad es un deseo del Concilio, porque la división contradice la voluntad de Cristo, es un escándalo para el mundo y daña la causa de la predicación del Evangelio. En el número tres del decreto conciliar se recuerda que las divisiones son tan antiguas como la Iglesia. En siglos posteriores surgieron divisiones más amplias y algunas Comunidades se separaron de la plena comunión de la Iglesia católica. Esta constatación va acompañada de una buena dosis de autocrítica: “no sin culpa de los hombres de una y otra parte”. Y de una importante observación: los actuales fieles de estas comunidades “no pueden ser acusados del pecado de separación”. Después del reparto de culpas, se afirma la exoneración de culpas a los actuales cristianos.

Luego viene lo que parece ser el irrenunciable principio católico: los separados (no olvidemos que la separación es mutua, pero el Concilio habla desde su punto de vista) están en “una cierta comunión con la Iglesia católica, aunque no perfecta”. Se reconoce pues que no hay separación total, ni ruptura, sino “una cierta comunión”. Más aún, los separados están “incorporados a Cristo por el bautismo y con todo derecho son cristianos”. Y, aunque viven fuera de la Iglesia católica, poseen “bienes muy valiosos”. Y un reconocimiento verdaderamente importante: las Iglesias y Comunidades no católicas son para sus fieles “medios de salvación”. Vamos, que fuera de la Iglesia católica romana (y pongo lo de “romana” porque existe también la Iglesia católica anglicana) hay mucha salvación. Estamos ante un verdadero cambio de lenguaje y de mentalidad por parte católica.

Elemento básico para que haya ecumenismo, entendimiento y diálogo, es eliminar palabras, juicios y acciones que no respondan a la verdad, como dice el número 4 del decreto. Por eso son importantes los peritos que nos ayudan a entender aquellas fórmulas que han sido causa de división, precisamente porque han sido mal entendidas. En este número 4 encontramos dos advertencias dirigidas a los católicos: una, pudiera ocurrir que por nuestra manera de vivir, “el rostro de la Iglesia resplandezca menos” ante los otros cristianos; y dos, reconocer los bienes de los otros puede contribuir a nuestra propia edificación.

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Juan Philippon Prieto
22 de enero de 2026 a las 23:11

¡Muy acertado artículo!El Catecismo reconoce que los cristianos de otras Iglesias están en una comunión real, aunque imperfecta, fundada en el bautismo y en numerosos bienes espirituales (nn. 818-819). El CdC de las Iglesias Orientales encomienda a los pastores promover la unidad mediante la oración y el diálogo con especial énfasis. El Vaticano II, en Unitatis redintegratio, fija el marco: verdad, caridad y rechazo de toda actitud que dañe la unidad. Las encíclicas, desde Satis cognitum hasta Ut unum sint, subrayan que la unidad visible es voluntad de Cristo. La reciente carta apostólica por el 1700 aniversario de Nicea recuerda que la fe común expresada en el Credo es fundamento sólido del ecumenismo. Así, el ecumenismo aparece como fidelidad a la tradición y tarea imprescindible para el futuro de la Iglesia.
Un saludo, Juan Philippon Prieto.

Juan Carlos Bacha
23 de enero de 2026 a las 14:26

Porqué, tanta incompresión, con nuestros católicos tradicionalistas. Somos iguales, les gusta el latín, idioma tradicional de la iglesia, y no los abrazamos como hermanos, por diferencias muchos menores , que con los cristianos no católicos. Tengo 80 años ,y en mi niñez rezaba como ellos, y ahora son enemigos, o apóstatas???. No entiendo, no soy Lefrebista ,y nada parecido, pero hay enojo con ellos. Y la caridad, la hermandad, de nuestra parte??, si quieren venir que vengan, se incorporen, o sigan, pero no como enemigos.Aceptamos cristianos muy lejanos, y porque a estos no.

Marina
23 de enero de 2026 a las 18:07

La esencia de la Iglesia Ortodoxa es el TRADICIONALISMO ABSOLUTO. Es prácticamente el mismo siglo XI. Y ese es precisamente su orgullo. Los ortodoxos son muy conscientes de lo que le ha estado sucediendo a la Iglesia católica en los últimos años y están horrorizados. Desde fuera, parece como si la Iglesia católica se estuviera preparando para la autodestrucción. Comparado con esto, el filioque y la receta del pan eucarístico parecen tonterías triviales. Quizás Dios ha preservado deliberadamente parte de su Iglesia inalterada en la forma de la ortodoxia.

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