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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

5
Dic
2010

Nacimiento de Dios

5 comentarios

No pienso sólo en el nacimiento de Jesús al decir nacimiento de Dios. Sin duda, el acontecimiento de la Encarnación de Dios en el hombre Jesús de Nazaret es la entrada en el tiempo del Verbo de Dios: el Verbo se hizo carne, como se dice de todo niño que viene al mundo. Pero este nacimiento se desdobla en varios acontecimientos estrechamente relacionados que también pueden calificarse de “nacimiento de Dios”. Según la carta a los Hebreos, la elevación de Cristo a la derecha del Padre fue su introducción en el santuario de Dios, que le dijo: “Tu eres mi Hijo, hoy te he engendrado”. Más aún, esta partida de Jesús es el tiempo de la venida del Espíritu, derramado sobre toda carne, para la siembra de la vida divina, para reunir a los hijos de Dios dispersos y llevarlos a la gloria, constituyendo así “el cuerpo total” de Cristo.

Con la resurrección de Cristo se anuncia la gloria de los hijos de Dios, cuando Dios sea “todo en todos”. Podemos y debemos calificar este acontecimiento final como el definitivo nacimiento de Dios en todos y cada uno de nosotros. Aún podemos añadir un último significado, porque el creyente de hoy recibe la revelación en una cultura distinta de la de los primeros cristianos. Esta nueva cultura, como reconoce el Concilio Vaticano II, bajo algunos aspectos le permite comprender y expresar mejor la revelación, le obliga a pensar a Dios en función de una nueva situación, le inspira un lenguaje nuevo sobre Dios. Es necesario que Dios siga naciendo hoy en nuestra cultura y en nuestras vidas para que la revelación, ocurrida en otro tiempo, sea acogida hoy y manifieste su validez para hoy.

El que desde el comienzo de los tiempos viene al encuentro del mundo, y se hace plenamente presente en Jesús de Nazaret, sigue naciendo cada día en la Iglesia en cuanto “Dios-con-nosotros”. El nacimiento de Dios, lejos de ser un acontecimiento del pasado, es una realidad que debe hacerse presente en cada momento de la historia de las personas y es también una esperanza de plenitud futura, que llena y llenará de sentido la vida.

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Calimandroco
5 de diciembre de 2010 a las 20:00

Muy buen comentario. Ahondando en el tema: nuestro peligro es pensar...ya viene una Navidad más, regalos, familia, campaña comercial navideña, turrones,...¿Qué es lo importante? Lo importante es que Dios puede nacer de nuevo en nuestro corazones. Que mi vida puede ser un nuevo Belén. Que puede ser un proyecto tan grande y bonito que colme las ansias de mi corazón. Si señor, nunca se escribirá lo suficiente para revindicar que el Reino de Dios está cerca: párate, reflexiona y....CREÉ!!!!

Bernardo
6 de diciembre de 2010 a las 14:35

Magnífico comentario, Martín. No ya porque lo que dices sea nuevo, los que leemos de esto sabemos por donde van las cosas, sino porque pones negro sobre blanco lo que en estos días no se suele decir. Tradicionalmente se caen en sensiblerías de niños y cunas y se olvida que la Encarnación es un proceso que, si nos ponemos serios, empieza con la propia Creación y concluirá con la vuelta de todo a Dios. Dios se encarna desde el mismo momento que pone algo otro fuera de sí mismo. Dios se crea creando, diría el Eriúgena, y esa creación es encarnatoria porque el hombre es la forma más plena que tiene la naturaleza de ser Dios. De forma precisa, la Encarnación de Dios tiene varios momentos, como tú nos recuerdas, y no es sólo el nacimiento de Jesús. Si la Encarnación fuese el Nacimiento del Niño, no saldríamos del gnosticismo. Es más, y asumo lo que digo, tal y como celebramos la Navidad nada tiene que ver con el concepto cristiano de Encarnación. Esto no es más que gnosis vulgarizada. El cristianismo entiende la Encarnación como un proceso que tiene un momento importante en el nacimiento de Jesús, pero que se culminará cuando Dios sea todo en todas las cosas. Bautismo, muerte y Resurrección y subida al Padre, son momentos tan esenciales como el Nacimiento.

Gracias, Martín, por darnos ocasión de seguir pensando un cristianismo radical.

Desiderio
6 de diciembre de 2010 a las 22:28

Yo creo que algo de lo más grande de nuestra fe es la tercera persona de la Trinidad, el Espíritu Santo. ¿Qué podríamos hacer sin su presencia, sin su asistencia? ¿Cómo podríamos descubrir a Jesucristo, y más aún, cómo podríamos seguirle, caminar de la mano con Él, si no estuviera su Espíritu con nosotros? ¿Podemos decir que conocemos a Jesucristo, que le seguimos, cuando no nos acompaña su Espíritu? ¿Podríamos seguir haciendo presente a Jesucristo en nuestras vidas si no es por la acción en ellas del propio Espíritu de Dios? Y supongo que es gracias a Él -al Espíritu- y a la comunidad eclesial que podemos acoger el mensaje de Jesucristo en nuestra cultura, en nuestros contextos sociales, porque nos ayuda a vivir continuamente con las ventanas abiertas, con la mente fresca, fuera de cerrazones e integrismos, y también fuera de concesiones gratuitas y falsas tolerancias, sabiendo que estamos en la Verdad.

Verbo de Luz
7 de diciembre de 2010 a las 09:02

Suscribo tu post,magnífico Christmas, Martín. De acuerdo con el dinamismo de la Encarnación,- te he engendrado hoy- que a veces se olvida anclado en los signos belenistas. La historia es dinámica. Con-moverse con el tradicional belén, con la mirada ilusionada de los niños. Con-moverse sobre todo con los cristos desvalidos, que nacen sin amor ni recursos materiales cada día.

Cristo nace de las entrañas de misericordia del Padre-Madre. Nos da a conocer a Aquel a quien nadie ha visto. Acampando entre nosotros. Verbo de Luz

Anónimo
29 de noviembre de 2013 a las 00:32

Qué desastre!

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