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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

27
Ago
2021

¿Honrar con los labios o con el corazón?

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En el evangelio del próximo domingo escucharemos una queja de Jesús, citando al profeta Isaías, a propósito del culto: “este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío”. En principio, no tendría que haber oposición entre honrar con los labios y honrar con el corazón. Cabría aquí recordar otra palabra de Jesús: “de lo que rebosa el corazón habla la boca” (Lc 6,45). En este último dicho hay coherencia entre lo que vive el corazón y lo que la boca manifiesta. Pero pudiera darse el caso, bastante frecuente, de una falta de coherencia entre lo que siente el corazón y lo que se manifiesta al exterior. El rostro, a veces, es el espejo del alma. Pero otras veces el rostro es engañoso, es un rostro mentiroso que oculta los verdaderos sentimientos y las verdaderas intenciones.

Esta incoherencia entre lo que el rostro manifiesta y los sentimientos que anidan en lo profundo del corazón es uno de los peligros del poder: propalar una falsedad para conseguir algo que jamás se conseguiría diciendo la verdad. Cuando esta incoherencia se da entre amigos, estamos ante la mejor prueba de la ruptura de la amistad. Y cuando esta incoherencia entre los labios y el corazón se da en el terreno religioso, estamos ante una pretensión imposible, porque mientras el hombre mira las apariencias, Dios mira el corazón (1 Sam 16,7) y conoce todo (1 Jn 3,20). Puesto que sondea los corazones, puede dar a cada uno lo que de verdad se merece (Ap 2,23). La incoherencia entre los labios y el corazón nos retrata a nosotros, pero no engaña a Dios.

En lo que se refiere a nuestras relaciones con Dios todos necesitamos convertirnos cada día, ser conscientes de nuestra debilidad. Cuando me reconozco pecador no hay incoherencia entre mi vida y mi fe. En materia religiosa la incoherencia se manifiesta cuando, consciente o inconscientemente, trato de engañar a los hombres, aparentando una piedad que no responde a lo que en realidad es mi vida.

Inspirándonos en la carta de Santiago (1,27) podemos decir que “la religión pura e intachable ante Dios Padre”, y también ante los humanos, es tratar con misericordia a los necesitados, no de forma puntual para salir en la foto (ahí está la incoherencia entre los labios y el corazón, ahí está la manifestación de un corazón pervertido y egoísta), sino como consecuencia de un corazón abierto y misericordioso, un corazón lleno de Dios, como ese que describe la carta a los romanos (5,5): “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”.

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