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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

11
Feb
2020

Escuchar el silencio de Dios

4 comentarios
variasflores

Se sea o no consciente de ello, el silencio de Dios es una de las experiencias más evidentes del hombre moderno: a Dios no se le escucha, parece que está callado. Esta experiencia propia del increyente, afecta también a los creyentes. Muchos creyentes se preguntan cómo es posible que Dios no diga nada ante los gravísimos males que asolan nuestro mundo. El mundo funciona como si Dios no existiera. Dios consiente que le nieguen los ateos, porque si no lo consintiera seguro que hacia resonar su voz. Cuando decimos estas cosas quizás no caemos en la cuenta de que la voz de Dios resuena en la voz de los creyentes, aunque para percibir esa voz sean necesarias ciertas disposiciones. Hay sonidos que, para poder ser escuchados, requieren la complicidad del oyente. Más aún, se diría que hoy, el ruido y el furor de este mundo hacen todavía más difícil percibir los rumores de Dios.

Hay una razón creyente que explicaría el silencio de Dios. Su silencio no es una prueba de desinterés. Al contrario, es una prueba de su gran atención ante lo que tenemos que decirle. Nuestra vida, toda entera, eso es lo que tenemos que decirle. Y él escucha con mucha atención, sin interrumpirnos, dejándonos hablar hasta el final. El silencio de Dios no es un silencio vacío, sino un silencio hablante, el silencio del amor que espera nuestra respuesta. En este sentido, escuchar el silencio de Dios pudiera ser una seria llamada de atención: ¿tengo algo que decirle? Si es así, entonces su silencio es prueba de la atención que me presta. Y si no tengo nada que decirle, es lógico que se calle, porque las palabras sólo se dirigen a los amigos.

Como lo propio de Dios sólo es amar, y el amor siempre deja libre, parece que no dice nada a quienes no se interesan por él. No dice nada, pero él sí que se interesa por todos y cada uno, también por aquellos a quienes él no interesa.

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1
J. García
11 de Febrero de 2020 a las 16:12

Este es mi hijo amado: escúchenle". Por consejo del Padre, escuchamos y hablamos más con el Hijo que con el Padre y el Espíritu: el Hijo nos habla de una manera especial y lo escuchamos a través de los hermanos y toda la creación en sus diferentes manifestaciones. El fue de carne y hueso en la persona histórica de Jesús, hijo de María y José, el carpintero.Tenemos testigos que compartieron su vida y su doctrina, y podemos escucharlo en sus Escrituras. Diríamos que se nos hace más inmanente y palpable. La transcendencia divina es un obstáculo mental para el hombre moderno: necesitamos de una fe más purificada para hablar y escuchar al Padre: por tal motivo, y cuando rezamos, terminamos diciendo "te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor"

2
Marieta
12 de Febrero de 2020 a las 12:59

No dudo que Dios está a la escucha, que atiende nuestra voz, que ve nuestras lágrimas. Pero nos gustaría que respondiera, la inmediatez. Te pido, me das. Pero esa paciencia/virtud que se nos pide, la tiene Él mucho más con nosotros. Hay veces que podemos percibir que está ahí, tan cerca, que nos contempla. El amor es paciente, es servicial, todo lo cree, todo lo espera... es la propuesta de Pablo, pero ése es también el amor de Dios, su paciencia. Nos llega en la Palabra, se nos dá Él mismo en la Eucaristía, sin altavoces, y nos invita a esperar. Él tiene todo el tiempo, nosotros apremiamos. Silencio vivo, activo, pleno. Él escucha, seguro. Esta ahí.

3
Mayor Thompson
12 de Febrero de 2020 a las 16:00

Dios nos escucha. Hablemos al señor y nos ayudará en el triste camino

4
Antonio López Sernández
17 de Febrero de 2020 a las 09:17

"Aunque nos olvidemos de Dios, Dios no se olvida de nosotros". Lo angustioso de nuestra época es el olvido de Dios, la indiferencia, que es peor que el ateísmo. Tenemos que vivir momentos duros, tristes, el sinsentido..., para empezar a decir como San Pedro "sálvame, Señor, que perezco".
Conocemos ateos de nuestro tiempo y de siglos recientes. Es significativo el "Dios ha muerto" de Nietzsche. Pero "nunca pudo quitar de sus espaldas el cadáver de este Dios muerto". Luchemos especialmente contra el indiferentismo. Los indiferentes ni se plantean el tema de Dios. Los ateos, sí lo consideran, aunque sea para negarlo. Tarde o temprano acabarán planteando el porqué de Dios y por qué millones de personas ponen en Él el centro de sus vidas. Seamos optimistas y mostremos la cara amable del Dios de la Misericordia. Todo creyente tiene que reflejar la importancia de la presencia de Dios en su vida. Tenemos que ganar la eternidad haciendo que este mundo que nos rodea es un preámbulo de la eternidad. Incluso, en medio del dolor, del mal, debemos hacer triunfar el bien. Nuestro sufrimiento debe estar unido a la cruz de Cristo, pero para darle sentido procurando lavar las heridas, buscando el bien y el sentido de la existencia, haciendo todo lo posible por ahuyentar el mal y el dolor. Dios aparece en el silencio, en el amor, en la alegría de vivir.

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