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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

12
Sep
2014

Católica y apostólica

3 comentarios

La Iglesia es católica porque es universal, extendida por todo el mundo, “hasta los confines de la tierra” (Hech 1,8). Y, sin embargo, esta única Iglesia católica se realiza en comunidades particulares. Es interesante notar que un mismo escrito, la primera carta a los Corintios, emplea la palabra Iglesia en un triple sentido: comunidad de culto (1 Cor 11,18), iglesia local (1 Cor 1,2) e iglesia universal (1 Cor 15,9). Se trata de tres formas de realización de la sola y misma Iglesia. La Iglesia universal existe en las distintas comunidades locales y allí se realiza, a su vez, en la asamblea de culto. Lejos de oponerse Iglesia local e Iglesia universal, la primera es la forma concreta de realizarse la única Iglesia en un determinado lugar, como ha dejado bien claro el Concilio Vaticano II: “en las Iglesias particulares se constituye la Iglesia católica, una y única” (Lumen Gentium, 23). Más aún, es posible considerar a la familia cristiana como “Iglesia doméstica” (Lumen Gentium, 11), o sea, como la primera realización de la reunión de creyentes que constituye la Iglesia cuando esos creyentes se reúnen en nombre de Jesús (cf. Mt 18,20).

Finalmente la Iglesia es apostólica porque está edificada sobre el fundamento de los Apóstoles (Ef 2,20), porque guarda y transmite la enseñanza que los apóstoles recibieron de Cristo (Hech 2,42; 2 Tim 1,13-14) y porque está gobernada por el colegio de los obispos (con el que colaboran los presbíteros), sucesores de los apóstoles en su ministerio pastoral. Este colegio está presidido por el obispo de Roma, que ejerce el llamado “ministerio petrino”: ser signo de unidad y confirmar a los hermanos en la fe. Aunque la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas orientales reconocen la importancia del ministerio petrino, no están de acuerdo en las modalidades de su ejercicio y en las atribuciones que debe tener. Esta es una de los principales motivos que separan a la Iglesia católica de otras confesiones cristianas.

Importa aclarar que la apostolicidad no es un privilegio concedido a algunos, sino que (como muy bien reconoce el Catecismo de la Iglesia Católica, nº 863), “toda la Iglesia es apostólica”. “Apostólico” es un atributo aplicable a la Iglesia entera, que vive de acuerdo con el testimonio apostólico tal y como nos lo transmite el Nuevo Testamento. También es importante aclarar que la forma de elección de los encargados del ministerio sacerdotal y episcopal ha conocido diversos modos a lo largo de la historia. Estos ministerios no están ligados a un único modelo de elección de sus servidores. En la primitiva Iglesia era la comunidad cristiana entera la que elegía a sus pastores. Posteriormente, debido al crecimiento de la Iglesia, y hasta prácticamente nuestros días, en muchas diócesis el cabildo (o representación de los presbíteros) tenía una intervención decisiva en la designación del obispo. Tampoco estos ministerios están de por sí reservados a los que viven de una determinada manera. De hecho, en la Iglesia primitiva hubo y hoy hay en las Iglesias orientales “presbíteros casados muy beneméritos” (Presbyterorum Ordinis, 16).

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Juan
13 de septiembre de 2014 a las 03:38

Siendo Jesús y sus discípulos fervientes judíos, que frecuentaban el Templo y las sinagogas locales, igualmente las primeras comunidades cristianas, ¿Quién es el fundador de la Iglesia Católica?, me pregunta un familiar, ¿y cuándo empezó? Si en el judaísmo descansaba la promesa de salvación, ¿qué necesidad teníamos de otra iglesia?. Con tu permiso, fray Martín, te remito la pregunta. Gracias, y perdona.

Martín Gelabert
13 de septiembre de 2014 a las 20:04

Juan: en un post anterior (Pueblo de Dios por ser Cuerpo de Cristo) ya hice algunas indicaciones sobre esta cuestión tan concreta y tan debatida de la fundación de la Iglesia. Añado algo que me parece esencial: la Iglesia entiende que su origen se remonta a la acción histórica de Jesús; pero la Iglesia también es fruto de la acción del Espíritu Santo que, a través de los acontecimientos históricos y de las decisiones de los creyentes, ha ido configurando a la Iglesia, hasta llegar a su forma actual.

José María Valderas
13 de septiembre de 2014 a las 20:05

La nota eclesiológica de catolicidad,va indisolublemente unida a la de unidad. Se trata de la Iglesia de Cristo en Corinto, en Efeso, en Roma, en Antioquía, etcétera. Múltiples localidades y una Iglesia. La de Cristo. Cuando esa doctrina se subvierte aparecen las iglesias nacionales, por lo común separadas de la unidad y de la universalidad.

El conflicto suele crearse cuando porque las iglesias nacionales ponen por encima del altar la nación. Sabido es que ni el Concilio Ecuménico, expresión máxima de la Colegialidad Episcopal, puede decir si este grupo es o no nación. Mucho menos la docena de obispos que puedan conformar una región eclesiástica.

Por no conocer o dejar de lado esa doctrina cristalina, algunas zonas del mundo (no muy distantes) han conocido enfrentamientos, a veces cruentos. Es paladino que si el grupo de obispos confundió a los fieles arrogándose una autoridad en ese terreno que no tenía, no sólo no está exento de culpa en la discordia desencadena, sino que subvirtió el mensaje cristiano.

Es obligación del obispo conocer y defender la peculiaridad de su grey. Conocer implica conocer. Y no es un truismo. En genética se nos enseña que no existe "un pueblo", sino que los genomas portan alelos de acervos génicos muy dispares. No existe el pueblo vasco, por ejemplo, por citar un caso en que se han aducido determinados alelos identificadores. Ni el pueblo padano, ni el pueblo tesalonicense. Si la comunidad es, además, histórica y actualmente, parte de un todo, cualquier movimiento de los obispos primando esa parte por encima del todo es objetivamente perverso. Es inmoral. No lo digo yo. Lo dice el derecho natural y el derecho de gentes. Y así lo recogió la Conferencia Episcopal Italiana y lo sancionó Juan Pablo II cuando afirmó que la secesión padana del resto de Italia, a la que lleva un siglo unida, iba contra el bien común, la paz y el principio de subsidariedad.

Desgraciadamente no hay en nuestro país teólogos que, como los creadores de los sólidos tratados de Iustitia et Iure, pongan con claridad los puntos sobre las íes.

La Iglesia de algunos eclesiásticos no es una. Ante determinadas declaraciones más o menos incendiarias, aunque pretendidamente suaves, pero como hemos visto clamorosamente infundadas, mucha gente sirve de contraejemplo: "a mí que no me cuenten", afirman cuando lalgún cardenal u obispo saltándose toda razón eclesiológica y toda norma ética dicen dirigirse a determinada nación o pueblo.

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