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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

29
Oct
2015
Celebrar todos los santos en el año de la luz
4 comentarios

El presente año 2015 ha sido proclamado por la Asamblea General de las Naciones Unidas como “Año Internacional de la Luz y de las Tecnologías basadas en la luz”. España es uno de los 35 países que patrocinan esta resolución. Ofrezco una idea a los profesores de religión y a los agentes de pastoral de los colegios católicos: aprovechar este acontecimiento para hacer notar a los alumnos las distintas perspectivas desde las que es posible considerar la luz. No solo hay perspectivas científico-técnicas. También las hay esotéricas: el número 5 está marcado por un simbolismo energético que representa la fuerza y la unión de los cinco elementos que son aire, agua, tierra, fuego y éter. Otra perspectiva puede ser la artística: la pintura, ¿no es en muchas ocasiones un juego de luces? Otra es la religiosa y, más en concreto, la cristiana. De hecho el Nuevo Testamento dice que “Dios es luz”, que “Cristo es la luz del mundo” y que los cristianos son luz de la tierra.

La fiesta de todos los santos tiene mucho que ver con la luz. Los santos, aquellos que reflejan en sus vidas la santidad de Dios, son luces de esperanza, porque ofrecen buenas orientaciones para nuestra vida. La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso. En este viaje necesitamos luces que nos indiquen la ruta. Estas luces son las personas que han sabido vivir rectamente, personas solidarias y generosas, gente misericordiosa que da luz reflejando la luz de Cristo. Todos hemos conocido gente así, aunque nunca hayan salido en la prensa, y su influencia se haya limitado a las personas que les resultaban más cercanas. Pero no importa. Nunca sabemos hasta dónde llega la bondad que esparcimos. Pensamos que solo alcanza a una persona, y a lo mejor, a través de esta persona, alcanzamos a muchas otras. Ningún acto bueno se pierde. En realidad, todos llegan hasta el cielo. Por eso tienen una dimensión universal.

No se puede invocar a los santos que ya han llegado a la meta sin preguntarnos por nuestra vivencia de la santidad aquí en la tierra. Porque en esta tierra necesitamos luces. San Pablo decía que los cristianos son como antorchas que brillan en medio de esta generación, puesto que muestran una razón para vivir. Mostrar una razón para vivir es dar razones a los otros para que vivan. Este mundo tortuoso necesita luces y razones. Acoger, por ejemplo, a los que han escapado de las guerras y barbaries que tienen actualmente lugar en Siria, Irak o Afganistán, es una manera de hacer que esta gente vea la luz. Hay más ejemplos. Sin duda los lectores de este post agradecerán que se añadan otros en la zona de comentarios.

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25
Oct
2015
Las conclusiones del Sínodo y el color de mi cristal
3 comentarios

Algunos titulares con los que se ha informado de las conclusiones del Sínodo son un buen reflejo de la ideología del informador. El Sínodo no es una batalla entre buenos y malos, los buenos supuestamente los más conservadores y los malos los más abiertos. En el Sínodo ha ocurrido algo parecido a lo que ocurrió durante el Concilio Vaticano II. En el aula conciliar pronto quedaron de manifiesto dos tendencias, que se conocen como la mayoría (en este caso renovadora) y la minoría conciliar. También en el Sínodo han aparecido dos tendencias, cosa bastante normal en todo grupo humano. El mismo Papa en su discurso final del Sínodo constató que lo que a unos Obispos les parece “normal”, a otros les resulta “extraño”; lo que unos consideran “violación de un derecho en una sociedad, puede ser un precepto obvio e intangible en otra”.

Ya decía Tomás de Aquino que la experiencia influye en la vivencia de la esperanza. Podemos añadir: y en la vivencia y comprensión de la fe. Y mucho más en las conclusiones que de la fe se derivan. De ahí que sea difícil, y cuanto más delicada es la materia, mas difícil es ofrecer soluciones concretas válidas para todos. Lo concreto vale para cada uno. Por eso el Papa, en su discurso, añadió que los “verdaderos defensores de la doctrina no son los que defienden la letra, sino el espíritu, no las ideas, sino la persona, no las fórmulas sino la gratuidad del amor de Dios y su perdón”. Cuando las fórmulas y la doctrina se convierten en arma arrojadiza o en elemento excluyente y condenatorio, dejan de ser católicas.

Lo que el Sínodo ha ofrecido al Papa son unas conclusiones muy matizadas. Que dan pié a distintas soluciones. Hay afirmaciones que suenan bastante bien. Por ejemplo, eso de dejar sentado que en los divorciados vueltos a casar, “el Espíritu derrama sus dones y carismas para el bien de todos”. O que las personas que se encuentran en esta situación deben hacer un camino para integrarse más plenamente en la vida de la Iglesia. Del documento puede deducirse que el momento de esta integración deben decidirlo ellos en su “fuero interno”. El fuero interno es la conciencia. Y cada uno puede preguntarse qué significa una integración “plena” en la vida de la Iglesia.

Como ocurrió con el Vaticano II, las conclusiones del Sínodo son un texto de compromiso, pero un compromiso que da pasos adelante y permite avanzar. Así son las cosas en la Iglesia y así son las cosas en materia doctrinal. Hay que actuar con cuidado para que todos puedan sentirse dentro y en comunión con los demás. Benedicto XVI, en un famoso discurso sobre la hermenéutica conciliar, no dijo que había que interpretar el Concilio a la luz de la tradición. El mismo Concilio es tradición. Lo que Benedicto XVI proponía era un equilibrio entre continuidad y alteridad. Estas fueron sus palabras: “Precisamente en este conjunto de continuidad y discontinuidad en diferentes niveles consiste la naturaleza de la verdadera reforma”.

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23
Oct
2015
Una vela al diablo
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Me contaba un Obispo sudamericano lo que le había ocurrido cuando visitó a unas personas humildes y pobres. En una casa bastante oscura había colgado en la pared un cuadro antiguo, con una vela delante. El obispo quedó intrigado porque no reconocía al personaje del cuadro. Y cuando preguntó a aquella buena gente de qué santo se trataba, le dijeron: “es el diablo”. La vela, según la explicaron, estaba allí por precaución, porque conviene poner una vela a Dios y otra al diablo.

La anécdota puede ser reflejo de muchas cosas. Una vez alguien me preguntó si yo creía que había espíritus malignos que pululaban por las casas. Cuando vio mi escepticismo se quedó un poco molesto, porque según él, una persona muy querida conocía a una visionaria que le aseguraba que en su casa había malos espíritus. Hay gente muy crédula, quizás tanto más crédula cuanto más temerosa. La anécdota puede también reflejar la necesidad de protección que muchos buscamos frente a los “poderes” del mal. Para protegernos de esos poderes conviene tenerlos contentos. Si el diablo es el amo del mal, lo mejor es no disgustar al amo y mostrarle respeto y consideración.

Finalmente, la anécdota podría ser el reflejo de algo mucho más serio. Estoy pensando en lo que a muchos cristianos nos ocurre con el dinero. La palabra de Jesús es clara, radical: no podéis servir a dos señores, no podéis servir a Dios y al dinero. No dice “no debéis”, sino “no podéis”. Siempre se sirve a uno u otro Señor y cuando se pretende servir a dos, en realidad se está sirviendo a uno. En cierto modo vivimos en la contradicción: decimos que Dios es nuestra única seguridad, pero luego tenemos un montón se “seguros”. Ninguno de ellos sirve para aquello que dice servir: los seguros de salud los empleamos precisamente cuando estamos enfermos; los seguros de vida tienen efecto cuando estamos muertos. El pretender servir a Dios y al dinero puede ser la traducción post-moderna e ilustrada del poner una vela a Dios y otra al diablo. Pura contradicción.

En última instancia nuestro apego a las riquezas se convierte en un asunto teologal. Teologal en negativo. Se trata de una barrera que se interpone entre nosotros y Dios. El dinero no puede constituir para el humano la garantía suprema y definitiva de su vida, porque eso no puede serlo más que Dios. El ser pobre se convierte así en un modo de ser, un modo de situarse ante la vida y ante Dios.

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20
Oct
2015
La doctrina cambia
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Con ocasión del Sínodo dedicado a la familia se ha repetido, desde distintos ámbitos, que “la doctrina no cambia”. A este respecto conviene hacer alguna precisión, pues la doctrina sí cambia. Lo que se mantiene es la fe. Hay que distinguir entre doctrina de la Iglesia y fe de la Iglesia. Durante mucho tiempo fue doctrina eclesial que quienes morían sin recibir el bautismo no podían conseguir la salvación, incluidos los niños que no habían podido cometer pecado alguno. A este respecto la Comisión Teológica Internacional ha declarado: “la afirmación según la cual los niños que mueren sin Bautismo sufren la privación de la visión beatífica ha sido durante mucho tiempo doctrina común de la Iglesia, que es algo distinto de la fe de la Iglesia”.

Ejemplo significativo de cambio doctrinal lo tenemos en estas dos diferentes y aparentemente contrapuestas afirmaciones de los Concilios de Florencia y del Vaticano II. Florencia sostiene que fuera de la Iglesia no hay salvación, añadiendo explícitamente que los judíos, herejes y cismáticos, y también los paganos, “irán al fuego eterno aparejado para el diablo y sus ángeles, a no ser que antes de su muerte se unieren con la Iglesia”. Sin embargo, Vaticano II deja claro que los que ignoran el Evangelio de Cristo y su Iglesia “pueden conseguir la salvación eterna”. Más aún, que Dios “no niega los auxilios necesarios para la salvación a quienes sin culpa no han llegado todavía a un conocimiento expreso de Dios”.

¿Más ejemplos? A propósito del sacramento de la penitencia, la praxis de los primeros siglos se limitaba a una sola celebración durante toda la vida, pues se consideraba incomprensible que un bautizado se alejase de Cristo; o a lo sumo se permitía una segunda celebración de la penitencia, pero se dejaba para el final de la vida, porque ya una tercera era del todo inconcebible. Tras el Concilio de Trento la Iglesia recomienda la confesión frecuente. En los primeros siglos las segundas nupcias eran desaconsejadas y prácticamente hasta el Concilio Vaticano II se consideraba al matrimonio como un remedio para la concupiscencia y su finalidad era la procreación de los hijos. Hoy ya se dice claramente que el matrimonio encuentra su fin y su sentido en el amor.

Hay tres criterios que se refuerzan mutuamente y no solo explican, sino que promueven la renovación en la doctrina: uno, el mejor conocimiento de las Sagradas Escrituras y de la Tradición y, junto con ese conocimiento, una interpretación más adecuada de las mismas; dos, la escucha atenta de los signos de los tiempos y, junto a esta escucha, un mejor conocimiento de la naturaleza humana; y tres, el mismo Magisterio que, muchas veces gracias a la ayuda de la teología, va ofreciendo pautas de mejora y de adaptación a las nuevas necesidades pastorales.

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16
Oct
2015
La ternura, lo débil y María
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Hay una actitud muy humana, propia de varones y mujeres, pero que la cultura popular ha relacionado con lo femenino: la ternura. La ternura es este sentimiento que nos retrotrae a la infancia. Hasta ahora ha quedado relegada a momentos de intimidad afectiva o como medio de relacionarnos con quienes consideramos más débiles, como pueden ser los niños. Hoy, cuando tantas personas tienen necesidad de cariño y de afecto, volvemos a comprender que la ternura debería estar presente en todas nuestras relaciones.

La relación de la ternura con lo débil se ha manifestado, a lo largo de la historia, en el hecho de que sean los hombres quienes hacen la guerra. Las mujeres hacen de enfermeras y se ocupan de los heridos. Los varones tienen la fuerza, ellas representan la misericordia y la ternura. Ellos cargan con las armas, ellas llevan flores en la mano. Hay quién, en el mundo eclesiástico, ha detectado la convivencia del rigor masculino de la organización un poco árida con la intuición popular de que el cristianismo está impregnado por una dimensión de ternura femenina. El pueblo cristiano ha visto estos sentimientos en María, tal como refleja el final de la antífona Salve Regina donde se la llama “clementísima y dulce Virgen María”.

Se ha dicho que las mujeres son lo débil de lo humano. En este mundo competitivo triunfan los fuertes y los débiles permanecen en los márgenes de la sociedad. Se diría que lo débil no vale y, por eso, no cuenta. Pero lo débil podría tener un aspecto positivo, hoy más necesario que nunca. Según Gianni Vattimo, de la ontología de lo débil se deriva “una ética de la no violencia”, que conduce a “la preferencia por un mundo en el que prevalezcan la solidaridad y el respeto hacia los demás, en vez de la guerra de todos contra todos”. Más allá de esta lectura de la debilidad, lo cierto es que hoy hay un clamor a favor del respeto y la tolerancia y en contra de la violencia. En este contexto el título de María “madre de misericordia” resulta muy significativo. En hebreo el término misericordia (rahamim) denota el amor de madre. María, que (según dice Juan Pablo II) “conoce más a fondo el misterio de la misericordia divina” puede “acercar a los hombres el amor que el Hijo ha venido a revelar”, un amor que encuentra su expresión más concreta en los que más sufren: pobres, oprimidos, prisioneros.

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13
Oct
2015
Una Iglesia mariana
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Lo fundamental en la Iglesia es la santidad, o sea, responder al amor que Cristo nos tiene. Todo lo demás, en la Iglesia, está ordenado a la santidad, a la unión con Cristo. Y en la jerarquía de la santidad, María es figura de la Iglesia. Así se comprende esta comparación, para algunos quizás sorprendente, que Juan Pablo II hizo entre la figura de María y la figura de Pedro: “La Iglesia es a la vez mariana y apostólico-petrina”. No es posible prescindir de ninguno de estos dos aspectos en la Iglesia. Aún así, la primacía la tiene el aspecto “mariano”. Por eso añade el Papa: “Este perfil mariano es igualmente –si no lo es mucho más- fundamental y característico de la Iglesia, que el perfil apostólico y petrino, al que está profundamente unido. La dimensión mariana antecede a la petrina”.

Dicho de otra manera: los ministerios en la Iglesia, por muy importantes que sean, están al servicio de la comunión y de la santidad de la Iglesia. La organización está al servicio de la vida, y no al revés. Esta dimensión “mariana” de la Iglesia nos invita a pensar, sentir y organizar la Iglesia desde el único carisma que es incondicional: el amor. Únicamente es habitable una “casa de Dios” en la que sea el amor la razón y el criterio de toda organización.

La Iglesia necesita espacios y lugares en los que pueda verse explícitamente realizada la dimensión mariana-fraterna de la Iglesia. Pues la Iglesia es una comunión. Y es importante que, en ella, puedan verse realizaciones concretas (aunque sean imperfectas) de la comunión. De ahí la importancia que tienen las comunidades, en sus distintos modos de organizarse y expresarse. Hay comunidades estrictamente laicales. Hay otras de personas que viven la castidad en el celibato y se conocen como comunidades religiosas o de consagrados. En las comunidades de consagradas y consagrados la santidad tiene la primacía sobre el ministerio, como María está antes que Pedro.

La vida consagrada, en la que personas distintas, se unen en nombre de Cristo, formando “un solo cuerpo” unido, no por la carne y la sangre, sino por la fe y el amor, es un modo de realizar hoy la nueva familia que Jesús vino a fundar, familia que anticipa la fraternidad perfecta del Reino de los cielos. Este modo familiar de vivir, que es la vida consagrada, encuentra su primer modelo en el libro de los Hechos de los Apóstoles. Pero no solo ni primeramente en los capítulos dos y cuatro en los que se sintetiza la vida de las primeras comunidades cristianas (Hech 4,23 y 2,42-45), sino antes y principalmente en el capítulo uno, donde los discípulos varones y las discípulas mujeres hacen vida común esperando la llegada del Espíritu. Con ellos y ellas está también esta discípula llamada María, la madre de Jesús (Hech 1,12-14).

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9
Oct
2015
Sínodo de la familia y algo más
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Hay amigos que me preguntan por qué no me pronuncio a propósito de algunos temas eclesiales de actualidad. Unas veces no me pronuncio porque no conozco suficientemente el tema, otras porque no me siento inspirado para escribir sobre esta cuestión, y otras porque no me gustan las polémicas.

En estos días, el tema de actualidad es el Sínodo sobre la familia. Uno se sorprende de la importancia que en los últimos pontificados (desde Juan Pablo II sobre todo) se le ha dado a la familia. Tengo la impresión de que, a lo largo de la historia de la Iglesia, nunca se ha hablado tanto de familia, matrimonio, divorcio, modos de vivir la sexualidad y de formar pareja. No cabe duda de que estos temas preocupan, pero no es menos cierto que las personas maduras, formadas y que actúan según su conciencia, tienen el “problema” resuelto. Sin duda a esas personas, si son cristianas y resuelven su problema según modos no acordes con los actuales cánones y, sobre todo, según modos no bien vistos por algunos (muchos o pocos, no lo sé), les gustaría una palabra más comprensiva y acogedora. Pero ¿qué se puede esperar de aquellos que te miran mal?

En todo caso, a mi me parece que no se defiende la bondad de las cosas ni el propio punto de vista descalificando a los que tienen otras visiones, sino manifestando los argumentos en pro del propio punto de vista y dando testimonio de lo feliz que hace a uno el vivir como vive. Yo conozco muchos matrimonios, algunos muy queridos. La mayoría están contentos con su matrimonio. Pero también sé de algunas parejas o personas a las que la vida nos les ha sonreído. ¿Por culpa de quién? ¡Qué más da! No se trata de buscar culpables cuando las cosas no van bien, sino de encontrar soluciones.

Por eso, bien venido sea el Sínodo si es capaz de decir palabras comprensivas y ofrece soluciones a los que tienen dificultades. Y, por supuesto, bien venido sea si tiene una palabra que decir que se ajuste al espíritu del Evangelio. Cuando las palabras se dirigen a otros, las buenas suelen venir después de escuchar atentamente.

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6
Oct
2015
Teresa, mística con los pies en tierra
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Si mística es encuentro con el misterio de Dios, ¿este encuentro requiere dejar las cosas de este mundo? ¿Para elevarse hacia Dios hay que alejarse de la tierra y abandonar a los seres humanos? Hace tiempo escribí en un post que la mística Catalina de Siena se metió en política: levantando su voz ante políticos y eclesiásticos, instándoles a cambiar sus actitudes; y saliendo a la calle para ocuparse de enfermos contagiosos, a los que nadie quería atender. La santa dominica era una mística, no con los ojos en blanco, olvidadiza de los problemas de su tiempo y de los sufrimientos de los seres humanos, sino una mística con los ojos bien abiertos.

De Teresa de Jesús, de la que celebramos el quinto centenario de su nacimiento, podría decirse lo mismo. Su mística no era evasiva, una huida del mundo para buscar no sé qué ascensos. Precisamente por ser una mujer “despierta” por Dios, era también una mujer despierta a la Iglesia y a la sociedad en la que vive (M. Herraiz). Sus múltiples fundaciones y las adversidades que tuvo que soportar (fue denunciada a la Inquisición) le obligaban a ocuparse de realidades muy mundanas y hasta conflictivas. Pero ahora quiero destacar un aspecto importante de la mística y la espiritualidad teresiana. Pues la suya fue una mística rupturista. Schillebeeckx opina que la mística cristiana tiende a relativizar la cristología, pues la mayoría de los místicos olvidan la realidad histórica de Jesús y no valoran el papel fundamental de su humanidad en la revelación de Dios. Con dos excepciones: Eduvigis y Teresa de Ávila.

Según Schillebeeckx, el Maestro Eckhart es un caso claro de esta relativización. Para el místico renano, la humanidad es un obstáculo para el seguimiento de Cristo, y así interpreta el texto de Jn 16,7: “os conviene que yo me vaya”. Por el contrario, para Teresa de Jesús (como muy bien ha hecho notar Secundino Castro Sánchez), la humanidad de Cristo es el camino necesario para toda auténtica contemplación de Dios. La Encarnación es la raíz de la mística. Para santa Teresa no se trata de la unión del Verbo con el alma, sino de la unión de Nuestro Señor Jesucristo con el ser humano.

Nuestra santa se refiere a Jesús como “compañero nuestro, amigo presente, buen capitán…, (que) es ayuda y da esfuerzo, nunca falta, es amigo verdadero. Y veo yo claro que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad sacratísima, en quien dijo su Majestad se deleita… He visto claro que por esta puerta hemos de entrar, si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos” (Libro de la Vida, XXII, 6). En otras palabras: Jesús es siempre y en toda circunstancia, en el cielo y en la tierra, el único camino y el único mediador entre Dios y los hombres. Por eso, el criterio de la mística es la cristología. Y no hay cristología sin la vida toda entera del hombre Jesús de Nazaret.

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3
Oct
2015
María, madre de misericordia
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Para entender la respuesta de Jesús a la pregunta que (en el evangelio de este domingo) los fariseos le formulan sobre si es lícito a un varón despedir a su mujer, hay que situarse en el contexto religioso, cultural y político de la época: entonces el marido tenía derechos absolutos. La mujer, ninguno. Por eso el marido podía abandonar a su mujer por cualquier motivo. Consecuencia: las mujeres, que entonces no tenían las posibilidades y derechos laborales y sociales de hoy, quedaban expuestas a la pobreza, la miseria y el desprecio total.

Jesús responde a la pregunta de los fariseos en tres tiempos: primero, defendiendo a la mujer frente a la arbitrariedad del marido. Segundo, diciendo algo que rompe con la mentalidad de entonces, a saber: puestos a hablar de divorcio, la mujer tiene los mismos derechos que el marido; si él puede divorciarse, ella también puede hacerlo; puestos a hablar de divorcio, los derechos son de dos y no de uno. Y tercero: tomando a un niño, paradigma de la marginación y de la impotencia, Jesús recalca que lo importante es la defensa del débil.

¿Tiene algo que ver todo esto con la fiesta de la Virgen del Rosario que celebramos el siete de octubre? Mucho. Porque María canta que su Dios es el que mira a los humillados. Dice humillados, no humildes. Dios mira a los injustamente pisoteados y despreciados. Es un Dios que levanta al caído y desprecia al poderoso. No es extraño que María haya sido invocada como consuelo de los afligidos, refugio de los pecadores, madre de desamparados.

Rezando el rosario rezamos “con” María a Jesús. Y, con María, contemplamos los misterios de la vida de aquel que se hizo solidario con y por nosotros, con el afligido y el desamparado. Por nosotros y por nuestra salvación se encarnó de María, la virgen. Toda la vida de Jesús es “por nosotros”. La consecuencia inmediata es que cada uno de los que queremos seguirle estamos llamados a identificarnos con él y a ser “para los otros”.

El Papa Francisco ha convocado un “año de la misericordia”. María, invocada como reina y madre de misericordia, nos orienta hacia Jesús, el misericordioso por excelencia, el rostro humano de Dios “rico en misericordia”. Casados, solteros, divorciados, niños, mayores, enfermos y sanos, todos necesitamos misericordia. Y si somos cristianos, estamos llamados a dar y ofrecer lo más propio y característico del evangelio, que también es muy propio de los humanos: la misericordia.

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1
Oct
2015
¿Guerra sagrada? ¿Y eso qué es?
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Acabo de leer la noticia en Religión Digital: A propósito de los bombardeos que este pasado miércoles Rusia ha lanzado contra el Estado Islámico en Siria, el portavoz de la Iglesia ortodoxa rusa los ha respaldado con estas palabras: “la lucha contra el terrorismo es una lucha sagrada, y hoy nuestro país se ha convertido quizá en la fuerza más activa del mundo que lo combate”.

A este respecto, conviene distinguir dos planos, el político y el religioso. Se puede estar o no de acuerdo con la oportunidad política de bombardear a un grupo terrorista. Personalmente estoy convencido de que uno de los peores males de nuestra época es el terrorismo organizado. ¿Cómo combatir esta lacra? Las atrocidades cometidas por este autodenominado Estado Islámico son inaceptables desde todos los puntos de vista. Más aún, son odiosas. De hecho, muchos musulmanes, a lo largo del mundo, han condenado a este Estado Islámico. Pero si se toma la decisión de bombardear hay que tener mucho cuidado de no hacerlo en amplias zonas en donde además de terroristas puede haber civiles inocentes.

Cosa distinta es calificar estos bombardeos de “guerra sagrada”. ¿Qué quiere decir “sagrada”? ¿En nombre de Dios? El nombre de Dios es el que a veces utilizan los terroristas. Lo utilizan “en vano”. Y no hay nada peor que utilizar el nombre de Dios en vano. En su nombre no se puede justificar ninguna guerra. Cierto, Santo Tomás justificó teóricamente la guerra si se cumplían determinadas condiciones que hacían de ella una “guerra justa”. Pero Santo Tomás no conocía las consecuencias y el alcance de las modernas armas de guerra. Su mundo no era el nuestro. Y, por tanto, lo que dice el santo de Aquino hay que situarlo históricamente.

Por otra parte, el moderno Magisterio de la Iglesia, a partir del Vaticano II, y cada vez con más fuerza, ha ido en la línea de buscar una prohibición absoluta de toda guerra. En cualquier caso, me parece a mi que la tesis de Tomás de Aquino se formularía mejor como defensa ante injustas agresiones. Si el portavoz de la Iglesia ortodoxa hubiera calificado el ataque ruso de defensa ante una agresión injusta me hubiera escandalizado menos que su calificativo de lucha o guerra sagrada.

Una cosa más: la medida posiblemente más efectiva contra el terrorismo es la no venta de armas. Desgraciadamente el comercio de armas sigue boyante, por parte de unos y de otros. Los fusiles que les vendemos sirven para matarnos. Lo malo es que mi frase no es exacta: los fusiles que les venden los políticos y economistas que comercian con la sangre son los que sirven para derramar sangre inocente. Luego vienen los escándalos farisaicos y las preguntas sobre cómo acabar con eso. Con más armas, y así el comercio sigue creciendo. Lamentable.

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