Sep
Política, fe y fanatismo
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Este pasado domingo, en la última página de “El País”, se publicaba una columna titulada “Razón y fe”. Estoy convencido de que la mayoría de los filósofos y teólogos difícilmente podrán aceptar los conceptos de razón y fe que subyacen en este artículo. Aunque quizás muchos puedan estar de acuerdo con la reflexión final del autor, dirigida claramente a algunos políticos de nuestra tierra española “poseídos por pasiones pueblerinas, incapaces de someter sus problemas políticos a la razón, estúpidos dispuestos a aniquilarse una vez más por un ideal imaginario de unidad o independencia de una patria hipotética, sin saber que esa montaña que la fe es capaz de mover, les puede caer encima”.
Pero para realizar esta crítica a políticos de uno y otro bando, no hace falta partir del dicho evangélico de que “la fe mueve montañas”, y deducir de él estas afirmaciones: la fe “es fácil de obtener, no necesita ser probada, no admite fisuras”; “a causa de la fe se mata y se muere”; la fe es “una reacción psicofisiológica ante lo real o lo imaginario, que nos convierte en visionarios y en fanáticos. De esa ciega pasión nacen las xenofobias, el odio o el miedo al otro, las banderas, las patrias y las fronteras”.
Me temo que el articulista ha confundido fe con fanatismo. Cierto, la fe puede desvirtuarse; y en demasiadas ocasiones se la ha confundido con el fanatismo y la intolerancia. Mientras el fanatismo desprecia la inteligencia, la buena fe es crítica, muestra su credibilidad, porque tiene buenas razones para creer. No cree sin motivos. Está sometida a controles, el control de la razón, de la historia, de la antropología y de la psicología. Por tener, la fe hasta tiene algo equiparable a la duda; por eso, la buena fe se plantea preguntas y está dispuesta a aceptar las críticas razonadas, porque busca siempre la verdad.
Si entramos en los terrenos de la fe cristiana, hay que decir que el amor, el perdón y la misericordia son sus criterios necesarios. Es imposible, si se entiende bien, que de la fe cristiana puedan nacer “xenofobias, odio, miedo al otro, banderas, patrias y fronteras”. Pues el cristiano no tiene más patria que la celestial (¡a ver si nos enteramos!). Cuando la fe cristiana ha prescindido del amor se ha convertido en intransigencia. Y cuando ha prescindido de la razón se ha convertido en fanatismo.
Juzgar a las religiones por sus desviaciones o sus distorsiones no es un buen criterio de juicio. Quizás es un motivo de crítica, pero no a la religión, sino a sus distorsionadores. A veces, esta crítica la hacen los de fuera (confundiendo a la religión con lo que dicen de ella algunos de sus peores representantes), cuando los primeros interesados en hacerla deberíamos ser los de dentro.