Abr
Peleados por el poder
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A los apóstoles les costó comprender quién era Jesús y la fuerza de su mensaje. Por eso, en ocasiones, Jesús los tacha de “hombres de poca fe”. Poco a poco Jesús les iba instruyendo, con paciencia y pedagogía, y así avanzaban en la fe y en el conocimiento del Maestro. A veces esta incomprensión sobre la enseñanza de Jesús llevó a los apóstoles a discutir entre ellos. Una de las discusiones más frecuentes que tenían era sobre quién de ellos era el más importante. Cuando esto ocurría, Jesús desplegaba toda su pedagogía, y buscaba un niño para abrazarlo y acogerlo. El niño, en aquella sociedad, era una persona no valiosa, incluso despreciable. En la acogida del niño por parte de Jesús queda claro cuáles son sus preferidos y con qué tipo de personas se relaciona: con los marginados y malqueridos de la sociedad. Pues bien, junto con el gesto, Jesús dice a sus discípulos: “si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35). En el contexto en que Jesús lo dice podríamos interpretar: si uno quiere ser el primero en mi Reino, póngase al servicio de los peor considerados social y religiosamente.
Incluso al final de la vida de Jesús, después de estar largo tiempo acompañándole y escuchándole, los discípulos parece que siguen sin enterarse, seguramente porque eso de ser el primero es una tentación que siempre reaparece. Es la tentación del poder, esa delicia entre las delicias. Las ganas de mandar, de imponer siempre mi voluntad a los demás. Pues bien, al final de su vida Jesús quiso despedirse de sus mejores amigos con una cena. En esa cena Jesús hizo algo asombroso, instituyó el sacramento de su cuerpo y de su sangre. En el momento en que cualquiera pensaría que los discípulos estaban asombrados y muy atentos a lo que Jesús estaba haciendo, resulta que no, que estaban en otra cosa, en lo suyo, en sus ansias de poder. Según el evangelio de Lucas (22,24-27), “entre ellos hubo un altercado sobre quien de ellos parecía ser el mayor”. De nuevo Jesús debe recurrir a la mejor pedagogía, pero esta vez, ya que en aquella cena no había ningún niño, Jesús recuerda lo que hacen quienes mandan en este mundo, a saber, oprimir a los ciudadanos y, encima, en el colmo de la ironía, “se hacen llamar bienhechores”. Jesús dice claramente que entre los suyos los criterios de actuación son totalmente distintos. “Entre vosotros, nada de eso”, pues el mayor es el que sirve.
Los discípulos discutían por el poder, o sea, se peleaban, porque el poder conduce necesariamente a la guerra. El poder tiende a ser absoluto, no consiente ser compartido. Por eso, cuando dos buscan el poder, necesariamente se pelean. El poder solo puede ser de uno. Cuando es de dos, ya no es poder. La contrapartida al poder sería la colaboración, el darse la mano, el servirse el uno al otro: “lavaos los pies los unos a los otros”, recomienda Jesús a los suyos. Los unos a los otros. El servicio auténtico es mutuo. El poder siempre va en una sola dirección, de arriba abajo. El amor y el servicio pueden ir también en una sola dirección, cuando uno ama a sus enemigos, a quienes no le aman. Pero el amor pleno va siempre en doble dirección: los unos a los otros. Y cuando es bidireccional todo poder queda anulado. (continuará).