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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

27
Dic
2015

Verdadero Dios y verdadero hombre

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La fe cristológica, de la que da testimonio el Nuevo Testamento, presenta una tensión entre el origen divino de Jesús y su origen humano. El cuarto evangelio presenta las cosas desde arriba, desde el lado de Dios: “el Verbo se hizo carne” (Jn 1,14). Por su parte, los evangelios de Mateo y de Lucas describen la realización concreta de este acontecimiento en la trama de la historia. Tanto Mateo como Lucas hacen notar la intervención directa del Padre y del Espíritu Santo en el nacimiento de Jesús. Pero también notan que María acoge libremente el misterio. Aunque tiene muchos protagonistas, la encarnación tiene un doble causa: la voluntad de Dios de entrar en la historia humana, haciéndose hombre; y la acogida libre de la criatura humana representada por María.

La reflexión posterior al Nuevo Testamento busca expresar el misterio de modo que pueda entenderse en una cultura distinta, marcada por la filosofía griega. Así, en el siglo V, el Concilio de Éfeso declarará que María es verdaderamente Madre de Dios en Jesús. Y el Concilio de Calcedonia definirá dogmáticamente que Jesús es verdadero Dios y verdadero hombre. En Jesús lo divino y lo humano deben mantenerse con igual fuerza, pero sin confundirse. En Jesús lo divino no anula lo humano, sino que lo refuerza. Y lo humano es posibilidad y no impedimento para lo divino.

 

El Concilio de Calcedonia, como bien nota el teólogo italiano Piero Coda, pone de manifiesto una conquista fundamental del pensamiento cristiano: la categoría de persona. La persona (el “¿quién es?”) se distingue de la naturaleza (el “¿qué es?”). Jesús es una persona divina en una doble naturaleza (humana y divina). La persona divina (esta es la identidad de Jesús, quién es), es verdaderamente hombre (qué es); la persona vive en una naturaleza humana, con todos los condicionantes, con todas las limitaciones de lo humano. Jesús es hijo de Dios por naturaleza, pero es también Dios encarnado, y en tanto que encarnado, perfectamente humano.

 

La liturgia expresa así la consecuencia directa del misterio de la encarnación: al revestirse el Hijo de nuestra frágil condición, nos hace a nosotros eternos. Dios se hace hombre (decían los primitivos escritores cristianos) para que el hombre puede llegar a ser hijo de Dios. Si Dios participa de la naturaleza humana, no es menos cierto que el hombre está llamado a ser partícipe de la naturaleza divina (2 Pe 1,4). Con una diferencia: Jesús es Hijo de Dios por naturaleza; nosotros, los humanos, somos hijos de Dios por gracia. La encarnación manifiesta que la naturaleza humana es capaz de Dios. Por eso Dios puede hacerse hombre y el hombre ser partícipe de la naturaleza divina.

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