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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

16
Dic
2010

Para provocar nuestro amor

4 comentarios

El ser humano no puede ser obligado a amar a Dios porque la libertad es constitutiva de su naturaleza. Y, sin embargo, en este amor está su perfección, allí encuentra el hombre su felicidad más plena, su máximo bien. Incluso para los que no creen en Dios, triunfar o fracasar en el amor es triunfar o fracasar en la vida. Pues bien, “para provocar nuestro amor a Dios nada pudo ser más eficaz que el que la Palabra de Dios asumiera nuestra naturaleza”, escribe Tomás de Aquino en su Tratado sobre las razones de la fe. Porque así se manifiesta del mejor modo lo mucho que Dios ama a los hombres. Y “no hay nada que provoque más a amar que el que uno se sepa amado”. Añade Sto. Tomás que es relativamente fácil amar y conocer a otro ser humano. Lo que no está a nuestro alcance es “considerar la sublimidad divina y ser llevado hasta ella con el debido impulso del amor”. Precisamente para que el ser humano conociera hasta qué punto le ama Dios, Dios quiso hacerse hombre para que “incluso los niños pudieran pensar en él y amarlo como semejante a ellos”.

 

Además, al hacerse Dios hombre se nos proporciona una gran esperanza, la de que es posible participar de la felicidad perfecta que únicamente tiene Dios, el eternamente feliz por naturaleza. O sea, se le proporciona al hombre la esperanza de llegar a ser Dios. Si al hombre, débil por naturaleza, se le promete una bienaventuranza que supera su capacidad, difícilmente la podría esperar “si además no se le mostrara la dignidad de la criatura humana”. Al hacerse hombre, Dios manifiesta y refuerza la dignidad de lo humano. Nos da así la esperanza de que también nosotros podemos llegar a unirnos con él, y ser felices con su felicidad. La dignidad humana es tan alta que sólo Dios es digno del hombre. Poner el corazón fuera de Dios no está a la altura de la grandeza del ser humano, dado que el hombre “es tan próximo a Dios, que Dios mismo quiso hacerse hombre”.

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1
Juanjo
16 de Diciembre de 2010 a las 16:25

Hay poco que añadir. Quizá nada. Solo callar, y meditar. Y extasiarme con el Amor de Dios. Con quien se ha hecho como yo y siempre me comprende. Eso, en todo caso,es lo que debo profundizar. Que me comprende cuando yo no soy capaz de hacerlo.
Quienes ya hemos reflexinado y entendido si no es una contradicción el "mandamiento" de amar a Dios, solo queda alegrarnos, exultar y participar de su felicidad. Y hacerla llegar a los demás.
Lo que me hace seguir a Cristo no es el cumplimiento de sus normas (¡faltaría plus) si no que es mi agracedicimento a sentirme perdonado y querído siempre y de forma incondicional.
(Esta es mi silenciosa reflexión)

2
Isabel
16 de Diciembre de 2010 a las 18:11

Estas ideas,plasmadas en el post de hoy día 16,estimulan y alegran el alma ante una realidad que a veces tenemos olvidada, superada por las preocupaciones diarias.Cansados de tanto materialismo como se apodera de nuestro ánimo cegándonos para el disfrute que Dios nos ha regalado con tanta generosidad y amor.Nos ponemos ante la verdad de las Verdades y dignifica nuestra naturaleza humana,como nos dices.
Gracias tambien por ayudarnos con tus palabras,y a ser felices con la felicidad misma de Dios.

3
josemaría esteve i pallarés,op
16 de Diciembre de 2010 a las 18:17

Dos mil años preparando el Adviento,nontañas de libros que intentan ayudarnos en la vida espiritual,consejeros que nunca faltan para orientarte en el camino y año tras año,menos transeuntes en el camino de Belén y más y mas que no quieren ni oir hablar de Dios. El Vaticano II que se pretende olvidar,dijo que los cristianos alguna responsabilidad tendremos. Fue JESÚS el Mesías que vino a cambiar el mundo o hemos de esperar a otro?

4
Bernardo
16 de Diciembre de 2010 a las 19:35

Ciertamente es este el gran misterio del mundo: ser la expresión del Amor de Dios y sin embargo no imponerse a cualquiera como modo de respetar la libertad humana. Si fuese patente entonces no habría posibilidad de elegir. Dios se nos da y lo hace para elevar al hombre a la categoría de Dios. La Theopoiesis de los Santos Padres griegos, la divinización por el Amor de Dios en su Hijo. Todo eso debería hacernos avanzar en la metanioa que convierta definitivamente al mundo en el Reino.