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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

7
Nov
2018

Lo comprometido del testimonio

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apostolesconredes

Dicen los evangelios que el Señor, acompañaba, con la fuerza de su Espíritu, a los discípulos enviados a anunciar el Evangelio: “yo estoy con vosotros todos los días” (Mt 28,19); “el Señor colaboraba con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que la acompañaban” (Mc 16,20). Sólo así es posible la misión: porque el Señor nos acompaña. No sólo nos acompaña, es él quien actúa y habla a través de nuestras pobres palabras, pero no lo hace sin nosotros. La misión siempre está empujada por el Espíritu. Pero el empuje está condicionado por nuestras posibilidades, capacidades, preparación, interés y esfuerzo. De modo que nosotros podemos frustrar, dificultar, impedir, o mal presentar la Buena Nueva.

Hablar de Jesucristo en nuestros ambientes requiere ser consciente de que a muchos de nuestros oyentes no les va a interesar el anuncio, quizás porque no lo comprenden, quizás porque los prejuicios sociales y personales, o los pecados eclesiales, les mueven a rechazarlo sin ni siquiera querer oírlo. Anunciar a Jesucristo requiere paciencia, dedicación, preparación y compromiso. Por otra parte, si bien el Evangelio tiene implicaciones en todos los ámbitos de la vida, su testigo no anuncia un programa político, ni defiende intereses económicos. Importa tenerlo claro, porque pudiera ocurrir que, los oyentes, creyendo rechazar el evangelio, lo que en realidad rechazasen fuera una determina política, o una desvirtuada presentación del Evangelio. Esta reflexión se aplica igualmente al problema de la necesaria inculturación del Evangelio: pudiera ocurrir que los oyentes, en vez de rechazar el Evangelio, rechazasen una determinada cultura con la que el misionero traduce el Evangelio.

El misionero es un portavoz, un testigo, un mediador. No se anuncia a sí mismo. Es un “criado”. Caemos así en la cuenta de lo comprometido que es el testimonio, porque si los oyentes rechazan al amo o el mensaje del amo, los inmediatamente rechazados son los enviados, los misioneros. Jesús cuenta una parábola que se aplica plenamente a lo que estoy indicando: un rey preparaba la boda de su Hijo. Mandó a los criados a avisar a los invitados. Y los invitados, rechazando la invitación real, mataron a los criados (cf. Mt 22,6; 21,35). La fe exige un testimonio que puede conducir al martirio (insisto: que puede conducir, no que necesariamente conduce). Si no estamos dispuestos a asumir este riesgo, es que no hemos comprendido del todo lo que significa ser cristiano.

Evidentemente, esos criados no actúan por dinero. Porque por dinero no se arriesga uno a perder la vida. Actúan convencidos, seducidos: “Señor, ¿a quién iremos?, sólo tú tienes palabas de vida eterna” (Jn 6,67). Cuando se ha hecho la experiencia de determinados amores, uno ya no comprende como puede ser su vida sin ellos. La primera condición de la misión es el encuentro con el Señor. Encuentro que te ha seducido. Que es permanente. Por tanto, exige ser siempre renovado. La Buena Nueva, antes de ser buena y nueva para los demás, empieza por ser buena y nueva para el testigo. En el fondo, el misionero anuncia al Señor contando su propia historia de salvación y de encuentro. Si no puede contar su propio encuentro, entonces transmite una doctrina, no invita a un encuentro personal.

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