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Blog de: Martín Gelabert Ballester, OP Normas del Blog
Llorar miércoles, 20 de agosto de 2008 | Hay 0 comentarios

"El campeón olímpico de 110 vallas sufrió una lesión que sumió a China, literalmente, en un mar de lágrimas" (Titular de prensa). Estos días, en las Olimpiadas, se ha llorado mucho, por ganar y por perder. Pero hay otras lágrimas.

Este verano he visto llorar a un hombre. Aparentemente la vida le sonríe, mucha gente le rodea y hasta le admira. Sin embargo, lloraba desconsolado. Me decía: mi vida está vacía. No tengo amigos. No tengo amor. Sólo tengo dinero. No supé qué decir. Murmuré algo así: Tienes a Dios. Da tu dinero, ese "dinero injusto" del que habla el Evangelio (aunque humanamente sea dinero muy legítimo) que sirve para "hacerse con amigos" (Lc 16,9). Da tu dinero y encontrarás a Dios. Date a tí mismo y lo encontrarás. Él te está diciendo algo. Estas lágrimas son un signo de su presencia. De su amor.

Este verano he visto llorar a un joven. Me decía que no tenía trabajo, que la vida no vale la pena. Que si no sirves para nada, la vida no vale nada. Había perdido la esperanza. Tampoco supe qué decir. Murmuré algo así: la vida vale por sí misma. Pero a lo mejor no se trataba de decir nada, sino de escuchar, comprender, acompañar. Con dinero y sin dinero la gente llora. No de la misma manera, pero llora. El llorar no sólo nos distingue de los animales. Nos hace entrar en nuestro interior. Nos hace humanos. ¡Ojalá también nos saque de nosotros para ir al encuentro de los otros y del Otro!

Jesús también lloró. Lloró por su amigo Lázaro. Era un hombre sensible. Se conmovía ante la miseria, pobreza y necesidad de la gente. Padecía con los padecimientos y miserias de los demás. Las lágrimas de Jesús y sus sentimientos entrañablemente maternos son un reflejo de las lágrimas de Dios. Dios también llora a través de nuestras lágrimas. Seguro que durante este verano, ha llorado mucho al ver a tanta gente desesperada que se embarca en frágiles embarcaciones para llegar a un mundo que no les recibirá precisamente con los brazos abiertos. Eso si es que llegan vivos. Que en las lágrimas de esos africanos veamos las lágrimas de Dios que esperan nuestro consuelo.



 
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