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Blog de: Martín Gelabert Ballester, OP Normas del Blog
La imagen perversa de la religión martes, 04 de noviembre de 2008 | Hay 1 comentarios

Después de ver la película Camino vuelve a mi mente una antigua preocupación: ¿cómo es posible que algunos vean en la religión una imagen tan perversa y distorsionada? Evidentemente no comparto el mensaje que transmite el cuento favorito de la protagonista, a saber, “Mister Meddle (¡el entrometido!) tiene un problema: no existe”. Pero lo comprendo. Porque Dios no es una evidencia y para verle hacen falta los ojos de la fe. Lo que me preocupa es que, “inspirándose en hechos reales” (¡bastante distorsionados sin duda!) se pueda ofrecer una imagen tan inhumana de la fe en Dios. Porque o Dios es humanizador, fuente de vida y felicidad, o no vale la pena. Un Dios que busca la anulación del ser humano es mejor que no exista. Cosa distinta es que el sufrimiento sea una realidad profundamente humana. El creyente lo vive desde su fe. Es posible, incluso, que ante el sufrimiento el creyente no se resigne y se plantee muchas preguntas. También Jesús, en el momento más dramático de su existencia, experimentó la ausencia de Dios. El no creyente también debe plantearse cómo vivir dignamente en el sufrimiento. Al respecto resulta oportuno lo que decía Paul Tillich: “no hay personas ateas y personas creyentes, sino personas superficiales y personas profundas”.

Ya sé que las ideas que algunos se forman sobre el cristianismo no dependen únicamente de la vida que reflejamos los cristianos. También dependen de los ojos que miran. Pero a los creyentes nos interesa saber qué ven los que nos miran, no para reprocharles lo mal que miran, sino para situarnos en posición de que vean lo que deben ver. Digo bien lo que deben, no lo que quisieran ver. Y lo que deben ver es un Dios que quiere un presente y un futuro lleno de vida para todos y cada uno. Precisamente lo que aparece con Jesús es “la bondad de Dios y su amor a los hombres” (Tit 3,4). Por cierto, y para volver a la película, en ella se encuentra un correlato humano de lo que los creyentes llamamos Dios: la alegría desbordante del baile final de los dos adolescentes. Ese Dios que para el director de la película tiene un problema, aparece donde menos se le espera. Aún sin saberlo.



 
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