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Blog de: Martín Gelabert Ballester, OP Normas del Blog
Formarse para hablar de Dios viernes, 20 de junio de 2008 | Hay 2 comentarios

En estos dos últimos años he tenido ocasión de dirigirme, en diversas ciudades de España, a catequistas y profesores de religión. En todas partes he insistido en algo que me parece fundamental, a saber, que en las tareas pastorales la actitud es un elemento imprescindible. Se puede enseñar informática y pensar que eso es perjudicial; pero no puede enseñarse religión sin estar convencido de la absoluta necesidad de lo que se enseña que, en definitiva, no es otra cosa que la persona misma de Jesucristo. Pero si la actitud es necesaria, no es suficiente. Junto con la actitud, la preparación, la buena formación, la competencia, en suma, es otro requisito para realizar una buena tarea pastoral.

La razón fundamental de la necesidad de una buena formación es la ley de la encarnación: Dios se puso a merced de un acontecimiento humano, asumió el riesgo de lo humano. La ley de la encarnación, aplicada a la tarea pastoral, suena así: cuanto más preparados estamos, mejor actúa Dios; y cuando no estamos preparados obstaculizamos y hasta impedimos la acción divina. Dios nunca actúa directamente, actúa a través nuestro, a través de causas segundas, dicen los teólogos. Si Dios actúa a través de lo humano, cuanto mayor sea la calidad de lo humano, cuanto más preparados estemos, mejor se transparentará la obra divina. La calidad del instrumento, en este caso nuestra preparación, condiciona la transmisión y la recepción. A veces oigo decir a algunos catequistas, más voluntariosos que preparados: “el Espíritu Santo me ayudará y me inspirará lo que tengo que decir”. Olvidan que la acción del Espíritu se da a través del estudio, de nuestro esfuerzo. Y por tanto, cuando no estamos formados, cuando no nos hemos actualizado, cuando no hemos estudiado bien el tema, el Espíritu “inspira” tonterías, ridiculeces o cosas de poco nivel (dicho sea pidiendo perdón al Espíritu por atribuirle lo que sólo debe atribuirse a nuestra desidia o a nuestra pereza).



 
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