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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

26
Sep
2018

El premio de la misericordia

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campoamapolas

El cristiano debe preguntarse cómo traducir hoy, en su diario vivir, la vida y el mensaje de Jesús. Una de las mejo­res traducciones del amor cristiano es la misericordia. Jesús declaró felices a los mi­sericordiosos, pero además añadió que la misericordia que se otorga, redunda en be­neficio propio, pues repercute sobre el donante: “felices los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt 5,7). La misericordia la damos en beneficio ajeno, pero rebota sobre el que la da y le beneficia. Tanto doy, tanto recibo; cuanto más doy, más recibo.

Hay unas bienaventuranzas, comunes a Mateo y Lucas, que se refieren a situaciones de privación: los pobres, los hambrientos, los afligidos, los perseguidos. Y hay otras, propias de Mateo, que se refieren a cualidades activas que regulan las relaciones con el prójimo. Y además se diría que tienen premio. Es el caso de la bienaventuranza sobre los misericordiosos: ellos alcanzarán misericordia. Ahora bien, la recompensa prometida no conlleva un cambio de situación, sino que evoca una relación nueva establecida entre el hombre y Dios: Dios será misericordioso con el que ha sido misericordioso con su prójimo.

La misericordia es amor gratuito que se vuelca sobre la miseria humana. No es un amor débil, sino fuerte. Su alcance es universal, pero se podrían distinguir dos grandes bloques de destinatarios de la misericordia. En primer lugar, los heridos que uno se encuentra al borde del camino. Ahí la misericordia se manifiesta en el cuidado del herido y el alivio de sus dolencias. El samaritano misericordioso (Lc 10,29-37) se­ría, en este caso, el paradigma de la actitud del cristiano con todos los heridos. En segundo lugar, los que me hieren a mi, me atacan o me desean mal. También con ellos el cristiano está llamado a adoptar actitudes misericordiosas.

Con toda persona, el cristiano está llamado a reflejar la actitud de Dios y de Jesús, que ama a los pecadores, a los que no se lo merecen, y da la vida por ellos. Se declara felices a todos aquellos que, a pesar de sus deseos de venganza más o menos solapados, de revanchismo, de hacer valer su razón siempre, de querer domi­nar a los que les rodean, son capaces de perdonar, de acoger con afecto a sus her­manos y a todas las personas.

La misericordia no es pasiva, no es aguante, no es soportar; es dinamismo, es una actitud activa que pone a contribución toda la fuerza de nuestro corazón. La misericordia atrae, para su ejercicio, todo el potencial acumulado por la acogida del Es­píritu Santo, que transforma nuestro corazón y nos hace valientes y decididos para enfrentarnos al mal y superar las situaciones de injusticia. La misericordia recapitula los frutos del Espíritu santo: amor, paz, paciencia, benignidad, bondad, mansedumbre (Gal 5,12).

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