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Blog Nihil Obstat

Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

26
Nov
2015

Después de cada noche viene un amanecer

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Adviento, tiempo de esperanza. Es doble la esperanza de la que habla el adviento: la del retorno glorioso de Jesús al final de los tiempos, y la que suscitó el Mesías nacido de María hace dos mil años. La esperanza del retorno glorioso de Jesús nos asegura que el final de los finales no será una vuelta al caos primigenio, sino la llegada del definitivo cosmos, una tierra nueva en donde todo estará en su lugar, cosa que ahora no siempre sucede. Ahora hay demasiada violencia, demasiada mentira, muchas armas que se venden y mucho dinero que se consigue a base de crear las condiciones más favorables para la guerra y el terror. Llegará un día en que Dios pondrá orden en todas las cosas, cuando Dios sea “todo en todos”, la realidad que todo lo determine. Porque cuando Dios determina la realidad, todo funciona necesariamente bien.

La que se suscitó con la llegada del Mesías fue una esperanza humilde, porque pocos se enteraron. Y los que se enteraron tampoco vieron grandes cambios; el caos seguía imperando en el mundo, aunque en sus vidas se suscitó una nueva ilusión y nuevas ganas de vivir. Vale la pena vivir, aunque la vida sea difícil. Y vale la pena trabajar a favor del bien y oponer resistencia al mal, no solo porque sin este esfuerzo las cosas todavía serían peores, sino sobre todo porque en este esfuerzo se hace presente el Espíritu Santo. Unos lo saben y otros no lo saben, pero lo importante es la presencia.

En estos momentos los países europeos están preocupados por la seguridad. Pagaremos un precio: habrá menos libertad y menos fraternidad; más controles y más desconfianza. Pero lo que en realidad necesitamos son grandes dosis de esperanza. Esperanza, que este año debería ir acompañada de la misericordia, siguiendo las orientaciones que nos ofrece el Obispo de Roma. Si logramos llenarnos de esperanza y contagiarla, el cielo se maravillará, y los ángeles cantarán de nuevo un himno de paz para las personas de buena voluntad. Pues “la fe que Dios prefiere es la esperanza” (Charles Péguy).

A Dios no le sorprende que haya personas de fe, pues en todas las criaturas, en el sol y las estrellas, en los peces del mar y en los pájaros que vuelan, en la calma de los vientos y en la mirada de los niños, es posible atisbar una huella de su presencia. Tampoco le sorprende la caridad, porque a la vista de tanta desgracia siempre hay algún corazón que se altera y se convierte en un samaritano misericordioso.

Pero la esperanza, esto sí que le sorprende: ver como estas pobres criaturas suyas que somos los humanos, a la vista de cómo va todo, creamos que mañana las cosas pueden ir mejor. Esto sí que es sorprendente: que el presente no augure nada bueno y, sin embargo, luchar por un mañana mejor. Hace falta una gracia increíble para convencerse de que después de cada noche viene un amanecer.

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