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Martín Gelabert Ballester, OP

de Martín Gelabert Ballester, OP
Sobre el autor

10
Feb
2018

Con Dios nunca se acaba

3 comentarios
mar

Con Dios nunca se acaba, pues Dios es siempre “más” de lo que podemos decir, pensar o imaginar. Dios siempre se nos escapa. Por eso con él nunca se acaba. Incluso en la vida eterna, el conocimiento de Dios seguirá siendo inabarcable. La vida eterna es un encuentro siempre nuevo, un descubrimiento permanente, una novedad constante, un profundizar cada vez más en el amor del Amado.

Santa Catalina de Sena describía así la búsqueda de Dios: “un mar profundo, donde cuanto más me sumerjo, más encuentro, y cuanto más encuentro, más te busco. Eres insaciable, pues llenándose el alma en tu abismo, no se sacia, porque siempre queda hambre de ti, sed de ti, deseando verte con luz en tu luz”. De forma similar se expresaba san Agustín: “gusté de ti, y ahora siento hambre y sed de ti”. Se diría que el encuentro con Dios, lejos de saciar, provoca mayores deseos. Es lo propio de amor. Siempre se desea más, siempre comenzar de nuevo, siempre aspirando a nuevos encuentros, no porque los anteriores no hayan llenado, sino porque este llenar despierta nuevos anhelos.

El místico dominico alemán Juan Tauler se expresaba así: “El abismo de la Divinidad es tan grande, elevado y profundo que nadie, jamás, podrá siquiera rozar su inabarcable profundidad. Siempre podrá seguir profundizando más y más”. Así se explica que todo encuentro con Dios nos deje insatisfechos. No con la insatisfacción que produce nostalgia, tristeza o desánimo, sino con la insatisfacción del que siempre quiere más, porque en la medida en que nos encontramos con Dios, en esta misma medida nos damos cuenta de lo grande y maravilloso que es y, por tanto, de la infinita distancia que nos separa de él. Al acercarnos a él, y ser así más conscientes de su grandeza, más nos damos cuenta de nuestra pequeñez.

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1
Rocio
10 de Febrero de 2018 a las 21:11

Me ha encantado. Es una maravillosa apertura a la idea del cielo.

2
Juan
11 de Febrero de 2018 a las 14:06

Linda reflexión, Fr. Martín! Pero, la eternidad, ¿no es en el ahora el tiempo de la búsqueda, de las expectativas escatalógicas, de las esperanzas, de nuestro anhelo de Dios? ¿Todavía nos queda una oportunidad en el otro mundo? Ciertamente el amor de Dios para nosotros es infinito, pero nuestro "tiempo" de merecer ¿no termina con la muerte?

3
Antonio López Sernández
17 de Febrero de 2018 a las 12:21

Muy bien, P. Martín.Tanto en el amor sincero como en el conocimiento intelectual cuando nos adentramos más profundamente, el horizonte se agranda y crecen más nuestras ansias de amar y de conocer. Se abre un camino seguro hacia el amor y la sabiduría cada vez más pleno, pero más consciente de que estamos empezando. Es interesante la reflexión de Juan, pero incluso en la vida plena con Dios, es conveniente considerar lo que dice el P. S. Ramírez: la esencia de la felicidad eterna es la aprehensión de la misma esencia divina, inmediata, pero no la comprehensión, siempre abierta y limitada para nuestra mente supernaturalizada, pero sin dejar la limitación humana. De aquí se sigue el amor y fruición de Dios. En esta contemplación y vida la felicidad es plena, pero no totalmente comprehensiva. Queda siempre abierta en pos del infinito, siempre viva, segura y sin peligro de volverse atrás. El objeto buscado está poseído sin velos ni símbolos: es inmediato.

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