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Martín Gelabert Ballester, OP
Martín Gelabert Ballester, nacido en Manacor (Baleares) el 6 de septiembre de 1948. Religioso de la Orden de Predicadores. Cursó sus estudios de filosofía y teología en Valencia, Barcelona y Friburgo (Suiza), en cuya Universidad se doctoró en teología.
Catedrático de la Facultad de Teología de Valencia, en donde enseña Teología Fundamental y Antropología Teológica. Ha sido Decano de esta Facultad durante dos trienios (1995-1998; 2001-2004).
A finales del 2004 el Superior General de su Orden le confirió el título de Maestro en Sagrada Teología. Y en marzo de 2005 ingresó como académico numerario en la Real Academia de Doctores de España.
Tiene publicados numerosos artículos en distintas revistas teológicas, así como 20 libros, algunos traducidos a otros idiomas. Los tres últimos: La astuta serpiente. Origen y transmisión del pecado, Verbo Divino, Estella, 2008, 160 págs; Seguir a Jesús para encontrar la vida, San Pablo, Madrid, 2009, 133 págs; La revelación, acontecimiento fundamental, contextual y creíble, San Esteban-Edibesa, Salamanca-Madrid, 2009, 282 pp.
domingo, 31 de mayo de 2009
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En la Oficina de Prensa de la Santa Sede se encuentran noticias interesantes que pasan desapercibidas. Por ejemplo: los pasados días 16 y 26 de mayo, aparecen dos comunicados casi iguales: El Santo Padre ha aceptado la renuncia al gobierno pastoral de las diócesis de Bossangoa y de la archidiócesis de Bangui (ambas en la República Centroafricana), de sus respectivos obispo y arzobispo, de conformidad con el canon 401, párrafo 2, del Código de Derecho Canónico. ¿Qué dice el canon?: “Se ruega encarecidamente al Obispo diocesano que presente la renuncia de su oficio si por enfermedad u otra causa grave quedase disminuida su capacidad para desempeñarlo”. Es fácil deducir que la renuncia de los obispos ha sido forzada. Se trata, en realidad, de una destitución. ¿Y cuál es la causa grave, puesto que no estaban enfermos? El Vaticano no lo dice. Pero la causa está en que ambos tienen mujer e hijos. Ese es el dato fundamental.
¿Se van dando pasos para resolver situaciones irregulares? ¿O más bien nos encontramos ante una situación imparable, cuyo problema de fondo es el celibato que, en algunas culturas africanas es difícilmente comprensible? Si se quiere ser coherente hasta el final es posible que haya que organizar determinadas diócesis con muy poco clero, la mayoría extranjero, lo que tampoco evitará que se sigan dando casos, aunque quizás llevados con mayor secretismo o prudencia. Y luego está la situación de las mujeres y de los hijos vinculados a celibatarios que no lo son. Si, además, con el tiempo se cambia de pareja, como también ocurre, ¿en qué situación quedan las primeras esposas? ¿La fidelidad es un hecho cultural? De hecho, en determinadas culturas se deja la puerta abierta a la poligamia. Un paso atrás en los derechos de mujeres y niños, sobre todo en sociedades en los que cuentan bien poco. Una última cosa: la carrera eclesiástica, en culturas como la africana (y en otros sitios más cercanos a nuestra cultura hispana) lleva implícita una ascensión social, con el consiguiente ejercicio de poder. No es fácil renunciar al poder.
Ante la emergencia de los problemas hay que buscar soluciones, aunque solo sea para contener el escándalo. Para encontrar soluciones hay que abrir la puerta a los debates.
viernes, 29 de mayo de 2009
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La ministra Trinidad Jiménez, a la que se han unido otros políticos y medios de prensa, ha calificado de irresponsables unas declaraciones que el pasado miércoles realizó el Cardenal Cañizares a TV3. Por lo que me decían algunos amigos, que se habían guiado por los resúmenes de prensa, el Cardenal habría poco menos que minusvalorado los abusos sexuales cometidos en colegios católicos irlandeses con el argumento de que es mucho más grave el aborto que el trauma que supone el abuso sobre un menor. Algo así como si para defenderse de las acusaciones contra la Iglesia la mejor defensa fuera un buen ataque. En una palabra, el Cardenal habría utilizado la mala táctica del “y tú más”.
A mi entender las declaraciones del Cardenal se han sacado de quicio. Para darse cuenta basta con escuchar el vídeo. Cañizares se limita a responder a la preguntas del periodista. Tras preguntarle sobre las iniciativas legislativas del Gobierno español, el periodista le dice: “también en la Iglesia hay cosas que no están bien”, y cita el caso irlandés. Entonces el Cardenal manifiesta que lo ocurrido en los colegios irlandeses es totalmente desechable y condenable. Y añade: tenemos que pedir perdón por ello; la Iglesia está llamada a reformarse. Aprovecha la ocasión para hablar de la necesidad de crear una cultura del perdón y de la misericordia. Luego el periodista le pregunta por las declaraciones del Papa sobre el preservativo. No me parece mala la respuesta de Cañizares. Finalmente le pregunta por la cadena COPE. Y el Cardenal dice que es necesario que esta cadena de radio transmita la doctrina de la Iglesia, fomente la reconciliación social y sea fermento de esperanza. Cuando el periodista le indica si considera que algunos de sus locutores estrella han contribuido a crear división el Cardenal lo acepta y dice que la división produce frutos amargos.
Me parece lamentable que estas declaraciones hayan sido sacadas de contexto. Cada uno tiene su estilo y Cañizares el suyo. Pero no me parece que sea hacer justicia a lo que ha dicho el Cardenal calificarlo, como ha hecho Gabilondo en “La cuatro”, de frivolidad, confusión o salida de pata de banco.
miércoles, 27 de mayo de 2009
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A veces parece que cuando se trata de la inmoralidad del aborto, la manipulación de embriones, las píldoras y métodos anticonceptivos, no se distinguen suficientemente los diversos grados de gravedad, se mete todo en el mismo saco y siempre se pronuncia un “no” sin matices. Al respecto me viene a la mente que Pablo VI, en su encíclica Humanae Vitae, tras rechazar los métodos “no naturales”, consciente de que la debilidad humana no siempre es acorde con el ideal de perfección cristiana, terminó recomendando a los esposos acudir al sacramento de la penitencia. Sería bueno que también hoy se recordase esta posibilidad de acogerse a la misericordia divina, significada en el sacramento. Precisamente en el sacramento no se juzga a tenor de la letra de la ley, sino a tenor de las circunstancias del penitente. Y eso obliga a distinguir los distintos grados de pecado y a considerar las distintas circunstancias personales.
Una profesional sanitaria me hace notar lo importante que es la experiencia a la hora de legislar o de ofrecer orientaciones morales. Esa persona pregunta: ¿su hija ha quedado embarazada con 16 años? ¿Ha tenido relaciones sexuales sin protección y por eso reclama la píldora del día después? ¿Ha estado con pacientes terminales a pie de cama, no quince minutos de visita, sino día tras día? ¿Conoce por experiencia el sufrimiento de la gente, unas veces físico, otras psíquico, otras espiritual o religioso? Porque quien ha pasado por esas situaciones legisla de forma distinta de quien no ha pasado por ellas. Y pone como ejemplo de legislación por haber pasado por una determinada experiencia a la socialista valenciana Clementina Ródenas: al tener a su hijo en silla de ruedas, parapléjico, logró que las aceras de la ciudad no fueran una barrera arquitectónica. Valencia fue de las primeras provincias que pusieron autobuses con plataforma para subir en silla de ruedas y un servicio de transporte especial para gente con problemas de accesibilidad.
lunes, 25 de mayo de 2009
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En nuestra sociedad la palabra amor está desvirtuada y banalizada. Normalmente evoca el campo semántico del erotismo sexual. Su equivalente cristiano, el término caridad, está desprestigiado. Por otra parte, los problemas relacionados con el amor cristiano adquieren dimensiones políticas y planetarias: hambre en el mundo, desarrollo, paz, tercer mundo, diálogo norte-sur, nuevo orden económico internacional, inmigración, globalización. Aparecen nuevos tipos de marginación: ancianos abandonados, presos, enfermos de SIDA. El amor cristiano debe comprometerse políticamente y ser eficaz, con todos los medios técnicos a su alcance. A nivel más personal, aparecen otros problemas: relaciones de pareja, relaciones prematrimoniales, aborto, eutanasia, anticonceptivos; y también drogas, alcohol.
Al evocar estas cuestiones, distintas y al mismo tiempo tan relacionadas, no convendría que el discurso cristiano se quedase solo con una, por ejemplo, con el aborto. Estar a favor de la vida es un gran signo de amor. Pero la vida hay que defenderla en todas sus dimensiones. Quedarse solo con uno de los aspectos que conciernen a su defensa puede resultar ideológico y ofrecer un visión parcial de la moral y fe cristianas. Por otra parte, el discurso cristiano debe acentuar las razones evangélicas y los motivos que se derivan de la fe. Por ejemplo: no podemos cargar las tintas en el hecho de que los profilácticos fallan, porque corremos el riesgo de que nos respondan que eso solo ocurre con los de mala calidad. Tampoco conviene hacer un discurso amenazante. Sin duda es más fácil decir que las relaciones prematrimoniales son pecado que explicar porqué no contribuyen a vivir el amor. Lo segundo es más difícil de explicar, pero a la postre resulta más efectivo. Se trata de argumentar en positivo, explicando de qué modo se fomenta y crece el amor y no de ofrecer amenazas que, a veces, resultan incluso ridículas.
viernes, 22 de mayo de 2009
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La Iglesia se ha convertido en el problema de los que formamos parte de ella y la amamos. Un problema que no todos saben asumir con elegancia. Ante los problemas unos protestan, algunos se quejan, otros cierran los ojos, hay quienes echan la culpa de todo al mensajero. También están los que asumen los problemas con responsabilidad, con espíritu crítico y hasta con una cierta dosis de humor. Hoy no es fácil proclamar: “Creo en la Iglesia santa”. Porque a la vista de los pecados y defectos de muchos cristianos, más aún, de muchos miembros de la Iglesia de los que se espera un plus de excelencia, parece más real confesar que la Iglesia es una gran pecadora. Y quizás entonces tendría más sentido eso de “creer en el perdón de los pecados”. Porque difícilmente se puede creer en el perdón, si antes no se sabe uno culpable.
No hace falta entrar en detalles. Cada día nos sorprende con alguna noticia escandalosa referente a clérigos o monjas. Les supongo al corriente de la última: en Irlanda, entre los años 1930-1980, unos 35.000 niños acogidos en instituciones de la Iglesia fueron sometidos a tratos crueles y abusos sexuales. El asunto se agrava porque la cúpula de la Iglesia irlandesa estaba al corriente. Como no podía ser menos el cardenal Sean Brady ha pedido perdón. No podemos pasarnos la vida ocultando los pecados de la Iglesia y pidiendo perdón cuando salen a la luz. Es necesario ponernos ya a la tarea de remediar los males del presente y dejarnos de secretismos y mentiras sobre el pasado. Y vivir de modo que las sombras del pasado no impidan un presente y un futuro de Luz.
La Iglesia no es solo nuestro problema porque es poco comprendida y poco amada por muchos de sus hijos. O porque es denostada y perseguida por el mundo. Es nuestro problema porque los que estamos dentro y la amamos a veces nos avergonzamos de nuestra madre la Iglesia. No es fácil ser hijo de una prostituta. Bien porque no lo asumes, bien porque la gente siempre te lo echa en cara. Y, sin embargo, es tu madre. Y tiene muchas cosas buenas. Más cosas buenas que malas. Pero las malas hacen más ruido y tapan a las buenas.
miércoles, 20 de mayo de 2009
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Detrás de la reforma de la ley del aborto hay una serie de cuestiones de fondo muy serias: el valor y dignidad de la vida humana, o la dimensión teleológica, la finalidad inherente del embrión. Hay otras menos importantes, pero que no dejan de tener su interés: la ley, al privar a los padres de su derecho de vigilancia y decisión sobre su prole menor de edad, los considera mera prolongación de la hostelería, pues su papel casi se limita a dar comida y habitación a sus hijas de 16 años.
Hay un asunto que concierne al papel de los diputados que va más allá de la simple formalidad para entrar en el terreno de la conciencia, ese sagrario inviolable en el que el ser humano está a solas con Dios y en el que escucha una voz imperativa que le dice lo que es bueno y lo que es malo. Me refiero al hecho de que algún partido como CIU ya ha anunciado que sus diputados tendrán libertad de voto. Otros, como el Partido Socialista, también ha anunciado que sus diputados votarán disciplinadamente lo que diga la dirección. No quiero caricaturizar la disciplina de voto diciendo que el parlamento sobra, pues bastaría con que un representante de cada partido pusiera sobre la mesa el número de votos que le corresponden.
Comprendo que en cuestiones de política general se exija disciplina de voto. Pero hay asuntos que se sitúan a otro nivel, asuntos por los que no debería caer o mantenerse un gobierno, asuntos que se refieren a cuestiones de fe, de conciencia, de concepción de la vida. Si cada diputado votase según su propia conciencia, con total libertad, reflejaría bastante mejor la realidad de los votantes. No descarto que si hubiera libertad de voto algún diputado del Partido Popular votase a favor de la ley. Seguramente también sería reflejo de lo que piensan algunos votantes de ese partido.
El que cada diputado vote, en esta ley, con total libertad, me parece requisito imprescindible para que la disciplina partidista no diluya lo más característico del ser humano: su conciencia, su razón, sus creencias y su responsabilidad.
lunes, 18 de mayo de 2009
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“Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios? Hijos míos, no amemos de palabra ni con la boca, sino con obras y según la verdad. En eso sabremos que somos de la verdad y tendremos nuestra conciencia tranquila ante él” (1Jn 3,7-19).
El amor no es asunto solo de sentimientos. Se manifiesta en la toma de decisiones concretas a favor del prójimo necesitado. La primera y principal decisión que manifiesta el amor del que tiene bienes, y todos tenemos alguno, es el compartirlos con el que no los tiene. Todos podemos y debemos compartir. Paradójicamente el que da, también recibe. Y recibe más de lo que imagina. Recibe el agradecimiento de aquel con el que comparte. Recibe también una gran alegría: las alegrías más intensas de la vida brotan cuando un don provoca la felicidad de los demás, ya que “mayor felicidad hay en dar que en recibir” (Hech 20,35). El dar, lejos de significar una pérdida o un empobrecimiento, es una ganancia y produce la convicción de una mayor riqueza: doy porque tengo. Manifiesto así mi riqueza, mi capacidad y mis posibilidades.
El texto de la carta de Juan concluye diciendo que cuando amamos según la verdad, o sea, compartiendo los bienes que tenemos con el que no tiene, conocemos que somos de la verdad y tranquilizamos nuestra conciencia. Conocemos que somos de la verdad, la Verdad que es Dios. Tenemos, pues, una experiencia de Dios. A Dios, en este mundo, sólo lo encontramos a través de mediaciones. Una mediación privilegiada de este encuentro es el dar, el compartir. Además, así tranquilizamos nuestra conciencia: la conciencia no nos condena, se siente segura y en paz. Nada vale tanto como esta sensación de sentirse bien y en armonía consigo mismo. Esta tranquilidad de conciencia es lo mismo que haber encontrado nuestro verdadero yo, ese yo auténtico, tantas veces escondido debajo del yo inauténtico, el yo egocéntrico, que sólo piensa en sí mismo y así se pierde. El yo que nos abre a los demás es el verdadero, el que se encuentra y se gana a sí mismo.
viernes, 15 de mayo de 2009
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El Papa ha regresado a Roma. Ha conseguido estrechar relaciones entre musulmanes, judíos y cristianos, además de abogar por la paz entre israelíes y palestinos. El video de la oración Salam Shalom, en presencia del Papa, que les invito a contemplar, es un hermoso colofón de la visita y un buen punto de partida. Les hago notar la Paz que transmiten los dirigentes espirituales de las religiones monoteístas y las manos unidas, signo de su deseo de trabajar juntos para bien de sus pueblos. El rostro de satisfacción del Papa emociona. Es él quien toma la iniciativa de continuar la oración con el resto de los participantes, levantados y unidos de las manos. Algunos dicen que este Papa no es mediático, pero yo veo ahí un gesto profético y valiente. Si la visión es certera la imagen podría ser el principio de un tiempo nuevo.
Este mismo mes comenzarán una serie de viajes a Washington del primer ministro israelí, del jefe de Estado egipcio y del presidente palestino. Luego se espera que el Presidente Obama anuncie su plan para el Próximo Oriente. En algunos aspectos coinciden las preocupaciones de la Santa Sede y la nueva administración americana, por ejemplo en la necesidad de que existan dos Estados y en la desaparición del bloqueo sobre Gaza. Yo no sé si el Espíritu que el Papa ha transmitido contribuirá a cambiar el corazón de los políticos que pueden resolver los conflictos. Pero al menos sí que me parece cada vez más urgente que los dirigentes religiosos hagan oír, sin miedos de ningún tipo, su voz clara a favor de la paz, porque esta será la mejor manifestación de que transmiten la voz de Dios.
Ni el Papa ni ningún dirigente religioso puede quedarse en el Tabor o vivir alejado del mundo. Porque los buenos religiosos ven la realidad con “los ojos de Dios”. Si así ocurre, deberían comprenderse muy bien, pues se sitúan en el mismo punto de vista y miran al mundo de manera similar. En la medida en que nuestra vida esté orientada hacia Dios, nos sentiremos más en comunión en la pluralidad de religiones. Por este motivo, el esfuerzo del Papa por acercarse a musulmanes y judíos, me parece una contribución fundamental a la paz en Oriente Próximo y al bienestar de la humanidad.
jueves, 14 de mayo de 2009
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Se esperaba esta palabra. Y Benedicto XVI la dijo. Ha visitado el campo de refugiados de Belén y ha hablado frente al muro, sobre una tarima, situada a algunos metros del lugar previsto inicialmente, que hubo que quitar por no agradar a los israelíes. La foto habla por sí sola. El Papa ha escuchado a los refugiados, ha prestado particular atención a lo que le decían los niños de la escuela del campo, que pedían algo tan sencillo como poder vivir como niños normales.
Frente al muro el Papa ha condenado los muros y lo que ellos representan: separación, enemistad, guerra. “Este muro está como un intruso en vuestros territorios, separando a los vecinos y dividiendo a las familias. Aunque los muros pueden ser construidos fácilmente, sabemos que no duran siempre. Pueden ser abatidos. Es ante todo necesario quitar los muros construidos alrededor de nuestros corazones, las barreras erigidas contra nuestros vecinos… En un mundo en el que las fronteras están cada vez más abiertas es trágico que continúen levantándose muros”, ha dicho el Papa. También se ha referido a “las legítimas aspiraciones a tener un Estado palestino independiente” y a la necesidad de una solución “política” para acabar con el conflicto. Finalmente ha advertido del peligro de “una espiral de violencia, de ataques, de contraataques, de venganzas y de destrucciones continuas".
En este mundo que es de todos quedan muchos muros, demasiadas barreras que impiden que nos acerquemos al prójimo, le conozcamos y le comprendamos. Benedicto XVI se ha manifestado como mensajero de paz y para ello ha tomado partido contra los muros y a favor de los puentes. Con valentía y realismo. Ha hecho lo que debía y ha contribuido a la credibilidad del mensaje cristiano, que no solo anuncia un Reino para el más allá, sino también una salvación para el más acá. Salvación así en la tierra como en el cielo.
miércoles, 13 de mayo de 2009
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El viaje del Papa no quita interés a otras noticias menos ruidosas, que manifiestan la bondad del corazón humano. He leído que el obispo de Alicante ha pedido a sus curas que entreguen su paga extraordinaria para ayudar a los necesitados. Y he escuchado en una emisora de radio que un colaborador de Caritas, no recuerdo bien si de Fuerteventura o Lanzarote, ha ofrecido de forma totalmente gratuita, con la aprobación de sus hijos, dos casas que tenía vacías (supongo que para un día dejárselas a sus hijos), por las que todavía seguía pagando hipoteca, a familias sin hogar. Más aún, se ha comprometido ante una de las familias, una madre separada con tres hijos, a pagar la luz y el agua de la casa; solo pide que la mantenga limpia y cuidada. El panadero del pueblo, a la vista del gesto de este buen señor, se ha comprometido a dejar cada día gratis el pan en el piso de esta madre necesitada.
Estoy convencido de que el bien es más fuerte que el mal, que lo bueno que hay en cada uno supera con creces las cosas malas, que este mundo se mantiene en pié porque hay más gente buena que mala. También sé que estos detalles no arreglan los graves problemas sociales. Pero son ejemplos de que si cada uno hace lo que puede, este mundo tiene arreglo.
Seguramente nunca sabré los nombres de los que hagan caso al Obispo de Alicante. Desconozco también el nombre del ciudadano canario. Pero sus nombres están escritos en el cielo. El Papa, en su discurso en el memorial Yad Vashem, en Jerusalén, ha comenzado citando a Is 56,5: “Yo he de darles en mi casa y en mis muros un monumento y un nombre... les daré un nombre que no será borrado, que nunca será cancelado". Ese texto que el Papa aplicó a las víctimas del holocausto, comentando por su parte: “perdieron la vida, pero no perderán nunca sus nombres… porque nunca se puede quitar el nombre de otro ser humano”, ese texto es aplicable, dicho con un inmenso respeto a todas las víctimas de ayer y de hoy, a todos aquellos que hacen y se dejan guiar por el bien.
lunes, 11 de mayo de 2009
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No es fácil el viaje del Papa. La parte más agradable ha sido la visita a Jordania. Allí denunció el uso político de la religión. Seguramente en Israel es donde más se notarán los condicionantes políticos del viaje. La Santa Sede ha negociado mucho con el gobierno israelí, ha hecho concesiones. Y eso siempre coarta la libertad, hasta el punto de que algunos cristianos hubieran deseado que el viaje no se realizase. Porque el no viaje hubiera sido un signo de las dificultades por las que pasan los cristianos. Y el silencio del no viaje, en lugar de las palabras del viaje, quizás hubiera sido más clamoroso y una mejor denuncia profética contra aquellos que han convertido esa tierra que, según la Biblia, manaba leche y miel, en tierra regada con sangre, producto de la violencia y el sufrimiento.
El ministro de turismo israelí ha asegurado que “el hecho de que el Papa venga a Tierra Santa contiene un mensaje importante, y es que los cristianos pueden venir”. Palabras equívocas. Los cristianos pueden ir a hacer turismo, pero allí cada vez es más difícil que puedan vivir; cada día es menor el número de cristianos residentes en Tierra Santa, debido a la violencia y a obstáculos de todo tipo. Benedicto XVI no busca promocionar el turismo. Su viaje es pastoral, el Papa quiere tender puentes para la paz. El riesgo es que los puentes parezcan ir solo en dirección a los judíos. El miércoles el Papa visitará Belén. Los soldados israelíes pretenden impedir que el Papa hable desde un estrado en el que las cámaras de televisión captarán el muro de hormigón que aísla Belén de Jerusalén, las torretas militares y la puerta metálica de acceso al campo de refugiados.
Este viaje es poliédrico, porque tiene muchas aristas. Las aristas pueden resultar elegantes, pero también ser peligrosas. Los discursos son importantes, pero si no se traducen en hechos y en políticas nuevas, pueden resultar decepcionantes. Desgraciadamente no hay que descartar este riesgo. ¡Qué Dios ayude al Papa y a las víctimas de esta bendita tierra!
domingo, 10 de mayo de 2009
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Benedicto XVI está visitando uno de los lugares del mundo más necesitados de concordia y entendimiento. Lo hace como peregrino de paz. Peregrino porque busca laboriosamente, con todos sus gestos y palabras, alcanzar algo tan extraño y al mismo tiempo tan necesario en Israel y Palestina, como es la paz. Paz en nombre de Dios, ese Dios tantas veces invocado como pretexto de división y enfrentamiento. Falsa invocación, sin duda, porque el Dios de la guerra, el que fomenta odios y divisiones, no existe. Invocar a Dios para justificar enemistades es una de las peores blasfemias.
Los problemas entre judíos y palestinos no son religiosos. Son políticos. La religión no es lo que divide, sino la tierra. De ahí la oportunidad de esta visita del Papa, porque no hay nadie con más autoridad para decir una palabra neutral y creíble sobre la paz. ¿Será escuchado? Digo escuchado, que no es exactamente lo mismo que oído. Los animales oyen. Solo los humanos pueden escuchar. Escuchar requiere prestar atención, poner interés, tener un corazón bien dispuesto: “si hoy escucháis su voz, no endurezcáis el corazón”.
Por nuestro común origen, todos hijas e hijos de un mismo Padre, los seres humanos estamos llamados a entendernos. Invocar a Dios y no buscar la sororidad y fraternidad es profanar su nombre. Pero incluso sin creer en Dios, lo más razonable y lo más favorable es el entendimiento, la concordia, la búsqueda de compromisos que permitan vivir y dejen vivir. La visita de Benedicto XVI a Jordania, Israel y Palestina es una oportunidad para que se oiga y, sobre todo, para que prevalezca la voz de la conciencia y la voz de la razón, que son las más universales mediaciones de la voz de Dios.
jueves, 07 de mayo de 2009
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Me escribe un lector, y me dice que el primer párrafo de mi último post es “novedoso y liberador”. Pero añade que “no le saco partido y me ciño al guión que se espera, a saber, la castidad en la vida religiosa”. Luego me indica que algunos de los comentarios “son testimoniales, hechos por consagrados”. Y me ofrece este consejo: “¿por qué no poner el acento en la castidad marital y en qué se traduce concretamente? Un Maestro en Sagrada Teología hablando y fomentando el buen sexo (calidad y hasta cantidad) en el matrimonio es más original y más sugestivo que un fraile dominico escribiendo sobre el voto de castidad. Además, así llegas al corazón de más personas y no te ciñes al público de oficio”.
Hago caso del consejo. Antes repito lo que ya dije, a saber, el “público de oficio” de la castidad no son monjas y frailes. Es todo cristiano, incluso toda persona decente. Quizás haya que insistir en que el cristianismo no es enemigo de la dicha y de la felicidad en este mundo. Está claramente a favor del placer, palabra a la que hay que devolver sus títulos de nobleza, como expresión del carácter placentero y lúdico del ser humano, creado por Dios para la dicha y no para la desdicha. Cierto, algunos escritores cristianos han difundido la idea de que el placer sexual es consecuencia del pecado y, por ello, afirman que en el paraíso, antes del pecado, no se daban movimientos libidinosos o deleite sexual.
Tomás de Aquino opina todo lo contrario. Califica a estos escritores de “no razonables” porque el sexo es una realidad natural. Eso sí, dice Tomás, como el ser humano no es solo animal, debe vivir la sexualidad razonablemente. Pero eso, en vez de disminuir el placer, lo aumenta, de la misma forma que disfruta más del buen vino la persona sobria que la alcohólica. Cuando el acto sexual se realiza como expresión de amor es más humano, gozoso y placentero. Más aún, según Sto. Tomás el acto conyugal, o sea, la manera cristiana de vivir la sexualidad, es un “acto religioso”. Acto religioso: el acto conyugal es una manera de ¡dar culto a Dios! Eso hacen los esposos cristianos cada vez que lo realizan.
martes, 05 de mayo de 2009
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La castidad no es exclusiva de monjas y religiosos. Es propia de todo cristiano; más aún, de toda persona decente. El diccionario define la castidad como virtud opuesta a la lujuria. La lujuria es un uso desordenado de la sexualidad. La sexualidad, como tal, es buena, bendecida por Dios. Vivida cristianamente en el matrimonio es un sacramento en el que Dios se hace presente. Porque Dios, en contra de lo que algunos imaginan, se hace presente sobre todo en lo más placentero y agradable de la vida. El nuestro es el Dios del juego, de la fiesta, de la vida y de la alegría. Ocurre que la sexualidad, como todas las cosas buenas, puede vivirse y utilizarse mal. También el vino es una buena bebida; pero el mal uso del vino puede conducir a la muerte. Solo si los cristianos dejamos claro que estamos a favor del placer, solo entonces tendremos audiencia cuando critiquemos el uso desordenado del placer.
Si la castidad es propia de todo cristiano, ¿cómo entender el voto de castidad de los religiosos? Los religiosos se comprometen a vivir la castidad en la continencia, de la misma forma que un casado debe vivir la castidad en el matrimonio. Insisto, vivir la castidad en el matrimonio no es abstenerse de tener relaciones sexuales, sino vivir cristianamente la sexualidad. El religioso hace de su modo de vivir la sexualidad un signo, el signo de que la Iglesia tiene como único esposo a Cristo. El casado vive la sexualidad como signo de la entrega de Cristo a su Iglesia.
Vivir la castidad en la continencia llama la atención, porque no es lo más corriente. En este sentido la vida religiosa es un signo llamativo, un recordatorio que algo que interesa a todos y a lo que todo cristiano debe tender: la entrega total a Cristo. Es un signo, y como tal signo, apela a la responsabilidad de quienes se comprometen a vivirlo. Y a vivirlo en la alegría y la apertura a los demás. Pues el voto no nos encierra en nosotros mismos. Si nos abre a Dios, nos abre también a los demás. Eso queda claro en la labor misionera de muchas religiosas y religiosos que manifiestan el amor de Cristo hacia los más marginados, solitarios y abandonados. El voto se convierte así, además de en signo de consagración, en denuncia profética contra una sociedad que margina a los que no considera útiles.
domingo, 03 de mayo de 2009
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Siempre me ha sorprendido esta afirmación que se encuentra en todos los prefacios de las Eucaristías del tiempo pascual: “con esta efusión de gozo pascual, el mundo entero se desborda de alegría”. ¿El mundo entero? Dejémoslo en el mundo que acoge el misterio de la resurrección de Cristo. Pero aún así, podemos preguntar: ¿cómo puede desbordar la alegría cuando, a todos los niveles, sigue habiendo injusticia, sufrimiento, desgracia, muerte? La resurrección de Cristo no ha impedido que, una y otra vez, los seres humanos que creen en Dios clamen a él “desde lo profundo” (según dice el libro de los Salmos). Y entre los que no creen en Dios, se oyen muchos gritos que claman por la salvación.
La Pascua de Cristo es el lugar de nacimiento y la referencia constante de la fe cristiana. Pero esta fe no hace del cristiano un ingenuo ni un triunfalista. Más bien le abre a la esperanza, una esperanza que le ofrece nuevos motivos para tomar partido a favor del bien y luchar con todas las fuerzas contra el mal. Si solo existiera este mundo de injusticia, la superación del mal sería algo trágico, pues únicamente la muerte lo haría desaparecer. Pero si Cristo ha resucitado, a pesar de las muchas preguntas que siguen sin resolverse y de las muchas tareas que siguen pendientes, es posible mirar al sufrimiento con esperanza.
La alegría cristiana, “que nadie nos puede quitar”, según prometió Jesús, tiene su fundamento en un futuro de plenitud que ahora sólo poseemos en esperanza (Jn 16,22). Esta esperanza es la que nos impulsa a proclamar la buena noticia de la resurrección de Cristo. En la medida en que, gracias a nuestro testimonio, esta noticia se vaya extendiendo, será verdad eso de que por el gozo de la Pascua el mundo desborda de alegría.
viernes, 01 de mayo de 2009
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La admisión a trámite de la propuesta de un pequeño grupo parlamentario para que el Parlamento español repruebe las palabras del Papa en África sobre el preservativo y para que el Gobierno proteste por vía diplomática ante la Santa Sede, además de poco original, me parece poco seria. Poco original, porque se han limitado a copiar lo que hizo el parlamento belga. Pero sobre todo poco seria, porque con esta iniciativa no se busca el bien de los enfermos africanos, sino sencillamente molestar.
Una propuesta seria hubiera sido que el Parlamento español apoyase la fabricación de medicamentos genéricos contra el Sida para librarnos del monopolio de su fabricación por las grandes empresas farmacéuticas, de modo que estos medicamentos fueran un poco más asequibles a las precarias economías de los países del tercer mundo. Esa hubiera sido una buena cooperación al desarrollo que, además, hubiera logrado desenmascarar a aquellos diputados que apoyan los intereses del gran capital representado por las multinacionales farmacéuticas. Si estos diputados están de verdad preocupados por la salud que insten al Gobierno a tomar medidas eficaces a favor de los pobres que no pueden pagar determinados medicamentos, o a dedicar recursos para investigar vacunas contra enfermedades que solo se dan en el tercer mundo, como la malaria.
Tengo mis dudas de que una iniciativa así resulte políticamente rentable. Es demasiado fácil, demasiado infantil. No es seria. Se les ve el plumero.