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Martín Gelabert Ballester, OP
Martín Gelabert Ballester, nacido en Manacor (Baleares) el 6 de septiembre de 1948. Religioso de la Orden de Predicadores. Cursó sus estudios de filosofía y teología en Valencia, Barcelona y Friburgo (Suiza), en cuya Universidad se doctoró en teología.
Catedrático de la Facultad de Teología de Valencia, en donde enseña Teología Fundamental y Antropología Teológica. Ha sido Decano de esta Facultad durante dos trienios (1995-1998; 2001-2004).
A finales del 2004 el Superior General de su Orden le confirió el título de Maestro en Sagrada Teología. Y en marzo de 2005 ingresó como académico numerario en la Real Academia de Doctores de España.
Tiene publicados numerosos artículos en distintas revistas teológicas, así como 20 libros, algunos traducidos a otros idiomas. Los tres últimos: La astuta serpiente. Origen y transmisión del pecado, Verbo Divino, Estella, 2008, 160 págs; Seguir a Jesús para encontrar la vida, San Pablo, Madrid, 2009, 133 págs; La revelación, acontecimiento fundamental, contextual y creíble, San Esteban-Edibesa, Salamanca-Madrid, 2009, 282 pp.
jueves, 30 de abril de 2009
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Hay que ir con mucho cuidado cuando se habla en público, porque los medios retienen lo más comprometedor, llamativo y desafortunado. Así ha ocurrido con unas desacertadas declaraciones del Obispo Secretario de la Conferencia Episcopal Mexicana. Ante la pregunta de un periodista sobre si la implicación de un sacerdote en asuntos de pornografía infantil y pederastia, afecta a la imagen del clero, el Obispo respondió: “Al contrario, cuanto más humanos nos vean, más nos va a apreciar”. El Obispo mexicano lamenta luego que lo noticiable sea siempre lo malo y que el bien no sea noticia. Y se explaya en citar las muchas cosas buenas que hace tanta gente de Iglesia, sacrificando incluso sus vidas en bien de los demás. Pero sus primeras palabras anularon todo lo acertado que después dijo.
Lo que el Obispo quiso decir es que los sacerdotes también son humanos y cometen errores. Pero hay que dejar claro que no todas las equivocaciones son humanas. Las hay que tienen mucho de degradantes, que son una vergüenza para la humanidad. Y no pueden excusarse bajo el calificativo de “humanas”, sino que deben ser calificadas como lo que son: pecados graves para un creyente, delitos ante toda ley digna de este nombre, y escándalos mayúsculos cuando son cometidos por aquellos que con su palabra dicen lo contrario de lo que hacen.
Desgraciadamente todavía quedan cristianos que piensan que pecar es “humano”. En realidad, es todo lo contrario: el pecado rebaja al ser humano, impidiéndole lograr su propia plenitud. El pecado deshumaniza, daña a la naturaleza propia o ajena. El Concilio Vaticano II afirma que la perfección de lo humano está en asemejarnos a Cristo . En el seguimiento de Cristo, Hombre perfecto, nos perfeccionamos cada vez más en nuestra propia dignidad de personas. El pecado es inhumano. Lo humano es la santidad.
lunes, 27 de abril de 2009
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Un lector habitual me envía una noticia, “por si sirve”. En la elección de Miss Estados Unidos, la representante de California perdió la corona porque en la ronda de preguntas del juez, al pedirle su opinión sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo, respondió que le parecía fantástico que los estadounidenses pudieran elegir, pero añadió que ella pensaba que el matrimonio debía ser entre un varón y una mujer. Al parecer esa respuesta le costó la corona de belleza. Recientemente, en España, la presidenta del Parlamento vasco, manifestó que ella ni usaba ni pensaba usar preservativos en su matrimonio, y fue criticada por algunos periodistas.
No estoy muy seguro de que podamos hablar de ataques a la libertad de expresión, porque en España y en USA unos y otros podemos criticar a los que no piensan como nosotros. Donde hay posibilidad de crítica mutua y de manifestar públicamente los desacuerdos, hay libertad de expresión. Otra cosa es que a algunos les moleste la crítica. Pero, como cristianos no debería sorprendernos la crítica de los que no piensan como nosotros. El anuncio del Evangelio nunca ha sido un camino de rosas. A Jesús le llevó a la cruz. Y mantener las propias convicciones, sean católicas o no, si esas convicciones son minoritarias, siempre llama la atención. Los católicos no debemos pensar que somos mayoría o que una mayoría silenciosa piensa como nosotros. A lo mejor somos minoría. En este caso, podemos ser levadura que fermenta la masa. Podemos ser, como decía un escritor del siglo II (en el Discurso a Diogneto), y precisamente cuando se nos critica, el alma del mundo.
Siempre he pensado que son las minorías trabajadoras y sacrificadas, y encima muchas veces criticadas, las que sostienen las buenas instituciones y hacen el bien. Ya Jesús lo dijo: El Reino de los cielos sufre violencia, y los violentos lo arrebatan (Mt 11,12). O sea, el Reino se establece con fuerza a despecho de todos los obstáculos. El día que el mundo nos aplauda habrá que empezar a preocuparse por la pureza del testimonio cristiano.
sábado, 25 de abril de 2009
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No tenía ganas de volver a hablar de Fernando Lugo. Pero los hechos son muy serios. Incluso el número de hijos que se le atribuyen ha pasado a segundo plano, porque lo que ahora importa es que el Presidente de Paraguay haya abusado de gente humilde y pobre, en cuyo nombre buscó la poltrona política: “Mi gobierno será socialista y derrotará a la pobreza en todas las casas”. Pero antes, ejerciendo como Obispo en la zona más pobre del país, abusó de jóvenes humildes e ignorantes, haciendo valer su liderazgo religioso. El escándalo ha subido de tono porque, al parecer, la Conferencia Episcopal y la Nunciatura estaban al corriente de las tropelías episcopales. De hecho la Conferencia Episcopal se ha visto obligada a publicar una nota muy matizada, en la que tras las exculpaciones formales, se adivina la cantidad de basura que trata de esconder. Afirman no “haber recibido nunca ninguna denuncia formal” (no se dice si las ha habido no formales), insinúan la posibilidad de que hubiera “denuncia ante la Nunciatura Apostólica” y “rechazan las expresiones de monseñor Rogelio Livieres Plano”, que dio a entender que sí hubo encubrimiento y complicidad. (atención: la Conferencia rechaza las expresiones Mons. Livieres, no lo que las expresiones denuncian). Todo muy penoso. Porque a la gente ya no se le puede engañar a base de artilugios jurídicos o verbales.
Está en juego la Presidencia de la República, puesto al que se aferra Lugo, porque el poder es una delicia tan apetecible que nadie la quiere soltar, aunque ya están los sucesores preparados para ocupar el puesto. A mi me importa la credibilidad de la Iglesia. No se puede estar con los pobres abusando de los pobres o maltratando a las mujeres (tal como se dice que hizo Lugo con alguna de las madres). No se puede ser un buen Pastor desde el ocultamiento y la mentira. Se está perdiendo la decencia. Un futbolista, expulsado recientemente por agredir gravemente a un compañero declaró: “Sin televisión el fútbol era más duro. Ahora hay que tener mucho cuidado con la dureza porque te pillan las cámaras”. Eso digo yo: quizás antes había más pecados en la Iglesia. Pero no había internet, ni prensa libre, y las sotanas daban miedo. Ahora hay que ir con cuidado y, puestos a pecar, no pecar de cualquier modo. ¡Viva la luz y los taquígrafos! Somos hijos de la luz.
jueves, 23 de abril de 2009
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¿Qué entenderán nuestros políticos por amiguitos del alma? Para hacerse una idea nada mejor que una conversación, grabada por la policía por orden judicial, entre el Presidente de la Generalitat valenciana y el responsable de Orange Market en Valencia. Ni entro ni salgo en las responsabilidades políticas que allí se adivinan. Hago como un conocido entrenador de fútbol, que declaraba hace poco: “nunca hablo de los árbitros, pero eso no significa que no me dé cuenta de las cosas”. Leyendo la conversación viene a la mente, por contraste naturalmente, una canción, me parece que de Serrat, que habla de palabras de amor, sencillas y tiernas. En efecto, la conversación entre político y contratista parece, pero no es, una conversación de amor; uno llama al otro “amiguito del alma”, y el otro responde: “te sigo queriendo mucho”; otras expresiones es mejor no reproducirlas. Una conversación en la que además de decirse lo mucho que se aman hablan de los regalitos recibidos por el político.
En boca del político y del contratista, amor y amistad son palabras degradadas porque siempre asoma en ellas, de una u otra forma, el interés, a veces inconfesable. La auténtica amistad es siempre desinteresada y se fundamenta en el bien. Por eso, amar, lo que se dice amar, eso solo lo hace el Dios de Jesucristo. El salmo 15, en la traducción que San Jerónimo hace de la Biblia, suena así: “Oh Dios, tú eres mi Dios, porque no necesitas de mis bienes”. Se trata de un Dios que no quiere pedirme nada, que no necesita nada mío porque me ama desinteresadamente. Un Dios que me quiere porque si, como resultado de la gran bondad de su corazón. Me ama por mi mismo, no por lo que puede sacarme. No me quiere por mis cualidades corporales (belleza) ni espirituales (saber); se fija en lo que me hace irremplazable, único y distinto, en lo que me identifica como ser. En el amor lo importante es lo que el otro es y no lo que tiene, y así podemos decirle: gracias por existir, gracias por ser tú, por ser así, y no por ser fuerte, bello, inteligente valeroso.
jueves, 23 de abril de 2009
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Para facilitar a los usuarios la participación en los blogs, ya no es necesario registrarse para escribir comentarios en ninguno de los blogs de dominicos.org. En adelante, se puede comentar libremente y de manera anónima si se desea. Sin embargo, con el objetivo de evitar abusos, los comentarios no aparecerán inmediatamente en los blogs, debiendo ser autorizados por los administradores previamente.
Esperamos que esta medida fomente el diálogo libre pero sin descalificaciones entre los usuarios y los propios autores.
Oficina Internet Dominicos
miércoles, 22 de abril de 2009
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De vez en cuando recibo correos que me comentan cosas del blog. Agradezco las intervenciones públicas que lo enriquecen y las observaciones privadas que me hacen. Aclaro que cuando utilizo datos de actualidad los aprovecho como pretexto. Lo que me interesa no es la actualidad, sino la reflexión que suscita. No olvidemos que el blog está albergado en una página que quiere ser “predicadora” en todas sus aportaciones.
Dicho lo cual respondo a una pregunta que me han formulado a propósito del post titulado “el hijo del Obispo”, a saber, la distinción entre celibato sacerdotal y voto de castidad. Por cierto, Fernando Lugo tenía voto de castidad, pues era religioso, llegó incluso a ser superior provincial de su Congregación. Pero vamos ya con la distinción: el voto de castidad es una promesa pública, que la Iglesia reconoce y acoge, por la que una mujer o un varón se comprometen delante de Dios no solo a vivir en continencia, sino a hacer de toda su realidad una entrega al Señor. Entrega que no les separa, sino que les abre a un amor sin límites ni discriminaciones, manifestado, a veces, en un servicio concreto a los más necesitados. Este voto, además, en monjas y monjes, religiosas y religiosos, está íntimamente relacionado con el vivir en comunidad, de modo que une a las hermanas y hermanos en un amor más elevado. Y es un signo, ante el mundo, de que la Iglesia tiene como único esposo a Cristo.
El celibato es una ley de la Iglesia para algunos de sus presbíteros, porque en la Iglesia católica oriental hay presbíteros casados muy beneméritos. Una ley que debe vivirse como un don de gracia y un signo del Reino de los cielos. Pero mientras el voto de castidad es consustancial a la vida monástica o religiosa, el celibato no es consustancial al sacerdocio. Por eso nunca será un tema cerrado, como pudiera serlo (al menos por ahora) la cuestión del sacerdocio de la mujer. Digo pudiera serlo y digo por ahora, para que se comprenda bien lo primero: que el celibato es un tema abierto. A mi no me cabe duda de que la mayoría de los presbíteros viven el celibato con elegancia y gran espíritu apostólico. Y que si se aboliera esta ley muchos permanecerían célibes.
domingo, 19 de abril de 2009
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Se llama "efecto capullo" a la creencia por parte de la población de que lo que publican en las páginas de Internet no estará al alcance de todos. Lo que se escribe en la red, sea donde sea, queda a modo de hemeroteca accesible a todos. De modo que, como ya está ocurriendo, si alguien ha enviado una carta al director de un determinado diario y, pasado un tiempo, solicita que se retire dicha carta, el diario no puede hacerlo, aduciendo que no se puede alterar la historia. De ahí la necesidad de saber dónde se escribe, e incluso la prudencia de hacerlo a veces con nick o pseudónimo.
La gente, sobre todo los jóvenes, están colgado sus perfiles completos, incluidas fotos íntimas, en redes sociales como faceboock, twitter y otras. Y más de uno ha perdido su puesto de trabajo por escribir en la red que su trabajo era aburrido, y tener la mala suerte de que su jefe lo leyera. Hay que dejar muy claro que no todo nuevo contacto es amistad. Quizás debiéramos volver a retomar la intimidad en las relaciones amistosas. En la vida real, ante una humeante taza de te o café, una conversación privada, real, no sólo virtual.
Es la disyuntiva entre intimidad y extimidad. Las nuevas generaciones tienen un concepto distinto de lo íntimo, hasta el punto de que lo íntimo ya no pertenece al ámbito de lo privado. Les falta la experiencia de saber que en el exterior siempre hay depredadores dispuestos a destrozar su intimidad, su vida privada. Esa que tan ingenuamente quisieron compartir por el messenger o el faceboock, intentando “hacer amigos”. La amistad necesita confianza, intimidad, privacidad.
No me cabe duda de que muchas parejas se han conocido por internet. Pero también más de uno y una ha encontrado la muerte. Este medio no es ni bueno ni malo. Depende del uso y del sentido común de quien lo utiliza.
viernes, 17 de abril de 2009
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José Ignacio González Faus ha contado en “La Vanguardia” una desconocida e interesante anécdota a propósito del dedo aparentemente amenazante con el que Juan Pablo II se dirigió al sacerdote Ernesto Cardenal, entonces Ministro del Gobierno, en su visita a Nicaragua. Las imágenes dieron la vuelta al mundo: Cardenal se arrodilló ante el Papa y éste parecía reñirle señalándole con el dedo y moviendo la mano de arriba abajo. Según dice “La Vanguardia” la situación no fue buscada ni provocada, fue resultado de un encuentro que, en principio, estaba incluso pactado que no se produciría.
La anécdota que cuenta González Faus me ha recordado otra de un hermano presbítero. También él, en un encuentro con Juan Pablo II, se puso de rodillas ante el Papa. Y también a él el Papa se dirigió con un gesto similar al utilizado con Ernesto Cardenal. Yo no sé lo que le dijo el Papa a Cardenal, pero sí lo que le dijo a este presbítero: “No, no, no, levántese, porque usted es presbítero como yo, y los dos somos hermanos”.
Incluso las cosas que vemos, a veces, no son como parecen. Por eso es tan difícil juzgar. Y por eso me parece totalmente necesario que, si emitimos una valoración, a veces inevitable ante ciertos acontecimientos, lo hagamos con la máxima comprensión y benevolencia posible. Mi madre cuenta que una amiga suya solía repetir: “nunca me he arrepentido de haber callado”. Consejo que me doy a mi mismo: ya que hablas, al menos no te arrepientas de haberlo hecho con ira y, si te tienes que equivocar, que sea a favor y no en contra del otro. Algo parecido a eso que dijo el jesuita Fernando Cardenal, el hermano de Ernesto, cuando se le planteó el dilema entre seguir siendo Ministro de Educación del Gobierno de Nicaragua o jesuita: “si he de equivocarme, prefiero equivocarme con los pobres”.
miércoles, 15 de abril de 2009
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El Presidente Lugo, siendo todavía Obispo, sedujo a una adolescente de 16 años, con la que posteriormente tuvo un hijo. Eso ha provocado que los Obispos paraguayos hayan hecho pública una nota pidiendo perdón y llamando a todos los sacerdotes al cumplimiento de sus compromisos.
Hay algunos matices que hacen penoso el caso: uno, el ex obispo le prometió a su amante que colgaría los hábitos y se casaría con ella. Promesa tantas veces incumplida: por obispos, religiosos y casados. Y todavía hay incautas que se lo creen. Dos, el asunto ha saltado a la luz ante la amenaza de la madre de acudir a los tribunales. A veces los clérigos confiamos en el paraguas de la institución eclesial que busca ocultar nuestros deslices y arreglos que no sean públicos Hay un corporativismo mal entendido que no tiene nada de evangélico. En el caso de Lugo este paraguas ha desaparecido y un niño de dos años tiene derecho a su apellido y a que su padre se haga cargo de él.
Detrás de todo esto late el tema del celibato, que hay que distinguir claramente del voto de castidad de monjas, monjes, religiosas y religiosos. Sin duda la promesa de celibato es asumida libremente, aunque siempre queda la duda de qué ocurriría si la ley eclesiástica cambiara. Mientras tanto, cuando se rompe, el escándalo del clérigo es mayor que el de un casado adúltero porque, en el inconsciente colectivo, la promesa del sacerdote tiene un plus de excelencia. De ahí surge la pertinencia de la pregunta por la necesidad de una deconstrucción de los signos eclesiales que acompañan la ordenación presbiteral por otros que se correspondan (¿igualmente, mejor?) a la realidad del mensaje de Jesús.
Los tiempos cambian a velocidad de vértigo. Los silencios dolosos ya no compensan. Son tiempos de luz y taquígrafos para clérigos, monjas, políticos y casados. Cada cual tiene que ser consciente de que en cualquier momento lo privado puede hacerse publico. ¿Dónde queda toda la labor realizada siendo obispo? Será recordado por su desliz, que incluso puede costarle el puesto presidencial. Siempre será padre. ¿A qué precio? ¿Y los daños morales causados a la madre?
martes, 14 de abril de 2009
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Benedicto XVI es un Papa-teólogo que enamora con sus palabras… a veces. Nos da pinceladas útiles para estos momentos de crisis. Su hermosa homilía del día de Pascua fue un comentario a una afirmación de San Pablo que posiblemente muchos no entendieron: “sois panes ázimos”. Por eso hay que agradecer al Papa esta homilía que nos ilustra sobre el sentido de la afirmación paulina. Un pan ázimo es un pan sin levadura. Los judíos celebran la Pascua con pan ázimo recordando la apresurada salida de Egipto, en la que llevaron consigo solamente panes sin levadura. Pero los ázimos, recuerda el Papa, eran un símbolo de purificación: eliminar lo viejo para dejar espacio a lo nuevo. A la luz de la resurrección de Cristo, donde acontece la verdadera novedad, pues allí aparece la vida que no muere más, el sentido purificatorio de los ázimos adquiere un nuevo sentido: nosotros, sus discípulos podemos y debemos ser “masa nueva”, “ázimos”, liberados de todo residuo del viejo fermento del pecado; ya no más malicia y perversidad en nuestro corazón.
Este año han coincidido las fechas de la Pascua judía y de la Pascua cristiana, fiestas ambas de liberación y de vida. Precisamente porque estamos ante una fiesta de la vida, las palabras con las que Benedicto XVI termina su homilía resultan alentadoras y reconfortantes. Son una invitación a propagar el anuncio de la Pascua con la boca, pero sobre todo con el corazón y con la vida, con un estilo de vida “ázimo”, simple, humilde y fecundo en buenas obras. El Resucitado nos aguarda en Galilea, o sea, en los caminos del mundo, para que seamos portadores de paz, y hagamos de este mundo no un camino de cruces, un via crucis, sino un camino de luces, un via lucis, pues como dice un poeta palestino, Mahmoud Darwish, tenemos bastantes ayeres, necesitamos un mañana (para los puristas el original está en primera persona: I had enough yesterdays / what i need is a tomorrow).
domingo, 12 de abril de 2009
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Una vez martirizado Jesús, y tras un largo Sábado Santo, muchas y muchos de los que lo habían seguido proclamaron valientemente que Jesús estaba vivo, había resucitado de entre los muertos, y se habían encontrado con él, experimentando en sus vidas su presencia y la fuerza de su Espíritu. El anuncio, después de la decepción del Viernes Santo, no fue fácil. Y solo se explica porque Jesús mismo, en contra de las expectativas de los suyos, se dejó ver; impuso su presencia a aquellas mujeres y a aquellos varones antes decepcionados y acobardados. Entonces recobraron la alegría, y también el valor para anunciar algo que resultaba peligroso para sus vidas. Pues anunciar que Jesús había resucitado equivalía a decir no solo que su causa seguía en pie, sino que él mismo estaba vivo para ponerse al frente de la causa. Esto significaba, además, que Dios había dado la razón a Jesús y se la había quitado a sus asesinos; significaba que las autoridades se habían equivocado, que ellas no tenían razón, que no habían podido con Jesús y, por consiguiente, tampoco iban a poder con los suyos. La proclamación de la resurrección no dejó indiferente al poder religioso y político que había condenado a Jesús. Anunciar la resurrección era una provocación.
¿Sigue siendo provocador hoy el anuncio de la resurrección de Cristo o lo hemos convertido en un anuncio inocuo? ¿Resulta peligroso, arriesgado, anunciar esa resurrección? Solo si este anuncio va acompañado de un serio compromiso a favor de la justicia y la vida, y en contra de la muerte y la desgracia, solo entonces este anuncio puede resultar una buena noticia para las víctimas y una seria advertencia para los verdugos. En un anuncio así se manifiesta el poder de vida del Espíritu del Resucitado que mueve a sus portadores a actualizar en nuestro mundo la palabra y la obra de Jesús de Nazaret.
jueves, 09 de abril de 2009
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Pablo escribe que Cristo “no codició el ser igual a Dios, sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo… haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz” (Flp 2,6-8). La cruz es el resultado de la senda del amor escogida por Cristo en las decisiones que fue tomando a lo largo de su vida. Pero es también revelación de Dios y de su amor. La cruz representa a la vez la naturaleza y la voluntad de Dios, y las decisiones plenamente humanas de Cristo. En la cruz se revela un Dios que actúa kenóticamente, sin alardes de poder, un Dios vulnerable en definitiva. De hecho una característica del amor auténtico es su vulnerabilidad. Como ha escrito Paul S. Fiddes:
“Tú eres Dios, y no un monarca gobernando
desde el trono un país dócil y fecundo.
Tú eres el Dios cuyos amorosos brazos,
dolientes y exhaustos, sostienen el mundo”
Dios actúa más por la persuasión que por la coerción. Y, aunque amar es ser vulnerable, en algunos aspectos Dios es invulnerable: su amor es de una integridad absoluta; y, aunque los acontecimientos del mundo pueden ser una amenaza para que se incumplan los designios divinos, el ser de Dios no es amenazado y Dios permanece siempre fiel a su amor.
Por otra parte, la participación de Dios en el sufrimiento de Cristo es, a la vez, el acto por el que se identifica y solidariza con nuestros sufrimientos y nos comunica su poder sanador. La acción de Dios en Cristo nos insta, nos urge para que cooperemos a aliviar el sufrimiento de otras personas. El amor divino busca reciprocidad y mutua potenciación. En esta línea va el texto de 2Co 5,14-17: el amor de Cristo, contemplado en la cruz, nos apremia, nos estimula, nos urge para que no vivamos para nosotros mismos, sino para Él. Al vivir para Él acontece en nosotros una nueva creación que nos hace capaces de gastar sin reservas la vida por los hermanos.
martes, 07 de abril de 2009
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Me ha llamado una antigua alumna, con mucha experiencia pastoral. Necesita desahogarse porque le parece que las predicaciones sobre la pasión del Señor no destacan suficientemente que lo que allí se manifiesta es el gran amor de Dios al ser humano; más aún, que este amor queda oculto tras extrañas comprensiones de una cruz que, más que por los seres humanos, parece provocada por un Padre que necesita de la muerte de su Hijo para sentirse satisfecho y recompensado por tanto mal y tanto pecado.
Por otra parte, he recibido un correo desde Guatemala, país en el que las cosas van de mal en peor a causa de la violencia, el narcotráfico y la pobreza. El comunicante me dice: en un ataque armado al transporte urbano una bala perdida le quitó la vida a un bebe de dos meses. Y añade: como en nuestro pueblo hay una religiosidad popular muy profunda van a salir muchas procesiones, pero sin lograr que el recuerdo de la pasión del Señor sea un clamor a favor de la justicia y la paz. Veremos carrozas en las que se han gastado mucho dinero que manifiestan una espiritualidad desencarnada.
Los dos lamentos manifiestan la necesidad de una buena catequesis que deje claro que no es el Padre el que lleva a la cruz a Jesús, sino los hombres que no soportaron su palabra de vida y su llamada a la conversión. Fueron los hombres los que rechazaron a Jesús, y si en esta cruz hay reconciliación de Dios con el ser humano no es a causa de ningún acto mágico, sino del modo como Jesús muere: perdonando a sus enemigos y ofreciendo una buena razón al Padre para que les perdone (“no saben lo que hacen”). Ahí el amor y la humanidad de Cristo se manifiestan más fuertes que el desamor y la inhumanidad de los hombres. Por otra parte, esta cruz es manifestación de la solidaridad de Dios con los oprimidos y los injustamente tratados. Y es expresión del desacuerdo total y absoluto de Dios por todas las cruces en las que unos seguimos clavando a los otros. Empezando por la cruz en la que clavamos a su Hijo.
sábado, 04 de abril de 2009
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Resumo las ideas principales de una carta de Timothy Radcliffe a los “católicos turbados” por los síntomas de crisis eclesial, publicada en un periódico francés, en la que explica los motivos por los que nunca abandonaría la Iglesia católica. En primer lugar, dice, me quedo porque soy discípulo de Jesús: creer en Jesús no es adoptar una espiritualidad privada o un código moral, sino pertenecer a su comunidad; un cristiano aislado no es cristiano.
Pero, ¿por qué seguir como miembro de esta Iglesia, de la católica? ¿Por qué no vivir el cristianismo en otra comunidad cuyas posiciones oficiales sean menos embarazosas? Jesús, dice Timothy, ha llamado a su comunidad a santos y pecadores, a sabios e ignorantes; no vino para llamar a los justos, sino a los pecadores. En una comunidad de santos yo no tendría cabida.
Yo no podría dejar la Iglesia, sigue diciendo, porque Jesús nos ha llamado a vivir unidos en un solo Cuerpo. No basta ser “espiritual”. Nosotros creemos en la Palabra hecha carne, carne de pecado; y la Iglesia es el signo visible, encarnado, de esta unidad a la que Jesús nos llama. Dejar la Iglesia católica sería renegar de esta llamada de Jesús que reúne a santos y pecadores, vivos y muertos.
En el corazón de la vida cristiana está la vulnerabilidad de la última Cena. Jesús se entrega a un discípulo traidor, a otro que reniega de él, a otros que le abandonan. Pertenecer a la Iglesia es aceptar la vulnerabilidad, los fracasos, los heroísmos, la santidad y el pecado. Así ella es sacramento, signo de unidad para todo el género humano.
Finalmente, el anterior Maestro de la Orden de Predicadores dice que esta crisis puede dar frutos buenos, y cita dos: invitar a un diálogo más abierto dentro de la Iglesia y búsqueda de un gobierno menos centralizado. Su testimonio termina con un elogio a la humildad del Papa, manifestada en su carta a los obispos dando explicaciones sobre su gesto con los obispos integristas.
miércoles, 01 de abril de 2009
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Hace unos días se publicó un reportaje con las últimas cartas que fusilados del bando republicado escribieron a sus familias. Ya sé que se pueden contar historias del “otro bando” iguales o peores. A mi me ha interesado el reportaje como testimonio humano. Leído sin prejuicios políticos, como testimonio humano, emociona. Nada más y nada menos.
El día en que apareció el reportaje estaba leyendo un antiguo discurso del Cardenal Ratzinger, en el que decía: “en la religión existen patologías sumamente peligrosas”. Piénsese, por ejemplo, en el fundamentalismo, las supersticiones y la intransigencia. He relacionado estas palabras de Joseph Ratzinger con una de las cosas que cuenta el reportaje: “en capilla, esperando a ser ejecutados, los condenados todavía tenían que someterse a una última condición: para poder escribir a su familia debían comulgar antes. Sin comunión, no había carta”. Profanaciones similares del nombre de Dios se cuentan de los capellanes castrenses que colaboraron con las dictaduras militares argentina y chilena, reconfortando a los verdugos que tenían escrúpulos y chantajeando a los presos para que delataran a compañeros o colaboraran con los torturadores. No hay nada peor que el uso de la religión con fines perversos y, para colmo, no querer ser consciente de ello.
El nieto de un preso que se negó a comulgar y, por tanto, no pudo escribir su carta, ha dejado en el cementerio de La Almudena de Madrid un carta de respuesta a la no carta de su abuelo que comienza con estas palabras: “Dios murió antes de que yo naciera”. En todo caso, el Dios que movía a los carceleros a obligar a comulgar a los presos no es que muriera antes de que ese nieto naciera. Es que nunca ha existido y es lo mejor que le ha podido ocurrir. Desgraciadamente, esos dioses que no existen, sobre todo esos, han hecho mucho daño. El verdadero, el que existe, es cosa muy distinta.