Tomás de Aquino iluminó su Orden y todo el cuerpo místico de la santa Iglesia, ahuyentando las tinieblas de las herejías
Sta. Catalina de Siena "El Diálogo" c. 158
Blog de: Martín Gelabert Ballester, OP

El ayuno que Dios quiere

viernes, 27 de febrero de 2009 | Hay 1 comentarios

En todas las religiones el ayuno es una práctica recomendada a los adeptos. De Jesús también se dice que ayunaba (Mt 4,2). De todas formas su ayuno debía ser bastante discreto, ya que los fariseos le critican porque sus discípulos no ayunan. Jesús acepta la crítica, pero ofrece una razón de esta falta de ayuno, presentándose como el novio de una boda a la que están invitados los discípulos. Mientras el novio está presente no hay ayuno, aunque llegará un día en que el novio les será arrebatado y entonces ayunarán (Mt 9,15). En estas palabras hay un anuncio bastante claro de la muerte de Jesús. Pero no conviene olvidar que hoy Jesús está resucitado y, por tanto, que el novio está presente entre las discípulas y discípulos todos los días hasta el fin del mundo. Una presencia velada, sin duda, y este velo, a la espera de que se rompa para el dulce encuentro, es el que podría justificar el ayuno. Eso sí, sin hacer mucho problema con los alimentos: Jesús declara que todos son puros (Mc 7,19).

El ayuno no es cuestión de cantidad, sino de actitud. Se puede ayunar por razones estéticas: quiero adelgazar. Pero es posible ayunar como signo de que el verdadero alimento es la voluntad del Padre, o de que el verdadero pan es el que viene del cielo para que el que lo coma no muera. También es posible ayunar en solidaridad con el hambriento. En este caso no se trata de quedarse uno y otro con hambre. Se trata de que ninguno pase hambre. Se trata de compartir. En estas dos actitudes estaría, a mi modo de ver, todo el sentido del ayuno cristiano, cuaresmal o no cuaresmal. Dos actitudes inseparables y que remiten la una a la otra: la mirada a Jesucristo, verdadero alimento del cristiano; y la mirada al hermano necesitado de pan, con el que hay que repartir urgentemente el pan que yo tengo, para que así pueda realizarse esto que decimos en la oración que Jesús nos enseñó: que el pan es “nuestro”. Nuestro, no mío. Estos son los ayunos que Dios quiere.



Polvo enamorado

martes, 24 de febrero de 2009 | Hay 3 comentarios

En la imposición de la ceniza, es posible utilizar dos fórmulas. La más moderna: “convertíos y creed en el evangelio”; y la más tradicional: “recuerda que eres polvo y en polvo te convertirás”. A propósito de esta admonición ha escrito Pedro Laín Entralgo: “Siempre he considerado inadmisible la fórmula con que el Miércoles de Ceniza la imponen sobre la frente del creyente que la recibe: Polvo eres, y en polvo te has de convertir. No: ni ese creyente es polvo ni en polvo se convertirá cuando muera, porque nada menos que el mismo Dios quiso que fuese criatura hecha a su imagen y semejanza y, a través de Cristo, le prometió vida perdurable”

Estoy de acuerdo con Laín. Un hermoso verso de Quevedo pudiera ser una buena réplica a la fórmula litúrgica: “Polvo seré, más polvo enamorado”. Aunque estrictamente hablando quien se siente enamorado no puede ser polvo, sino sujeto activo del acto de amar. Este polvo, del que según el Génesis ha sido hecho el ser humano, este polvo de estrellas del que según la ciencia procedemos, es para el creyente un polvo modelado por el mejor artesano, tan bien modelado que tiene una capacidad receptiva. El barro que Dios trabaja tiene una nariz, puede respirar. La respiración es signo de vida. Dios insufla su aliento en la nariz y aparece un ser viviente, que tiene su propia autonomía, es sujeto de sus propias decisiones. Precisamente por eso puede ser polvo enamorado.

La imposición de la ceniza es un recordatorio de la condición frágil y mortal del ser humano. Pero no basta ese recordatorio para decir lo que “es” el ser humano. “Dios tomó polvo del suelo”, dice el Génesis. Tomó del suelo: separó, desprendió. Porque este polvo está destinado a no ser de este suelo, esta destinado a ser de Dios. Está destinado al amor y a la vida. Es polvo enamorado porque previamente ha sido polvo modelado, transformado, llenado de espíritu y amado.



La foto pesa

lunes, 23 de febrero de 2009 | Hay 1 comentarios

El mundo de la moda no me interesa. Pero me han llamado la atención las declaraciones de una modelo española a propósito de un incidente ocurrido el pasado viernes en Nueva York. Durante un desfile de alta costura en el que espero que a mi no se me encuentre nunca (precisamente por eso no pongo el enlace del video, pero es fácil de encontrar en internet), digo que en el desfile las modelos llevaban zapatos de un diseñador español, con unos tacones tan altos que hicieron tropezar a más de una. Al final, todas optaron por desfilar descalzas con los zapatos en la mano. Este acontecimiento frívolo que, evidentemente, no va a cambiar el mundo, ha provocado unas declaraciones de una modelo española a un conocido programa de radio. Según ha dicho, no se trata con los zapatos de altos tacones de resaltar mejor la ropa del diseñador; al contrario, en vivo y en directo posiblemente quedaría mejor resaltada con zapatos normales. Pero hay un detalle: “la foto pesa” ha dicho la española. Con tacones, el vestido luce más en la foto. Por tanto, la foto es más importante que el caminar elegante, la calidad del vestido o la atención del público asistente. Para rematarlo la modelo ha declarado: “la estética y el impacto importan más que la razón”. En suma, el mundo de la moda, que ya de por sí se sustenta en la apariencia, en realidad es apariencia sobre apariencia, apariencia al cuadrado. Un perfecto paradigma de la era del vacío.

Parece oportuno recordar que “la concupiscencia de los ojos”, o sea, la seducción de las apariencias, “no viene del Padre, sino del mundo” (1Jn 2,16).



Lo contrario de la fe es la cobardía

sábado, 21 de febrero de 2009 | Hay 1 comentarios

Más que a la incredulidad, la Escritura suele contraponer la fe a otras actitudes. Para el Antiguo Testamento lo más opuesto a la fe es la idolatría, porque más grave que no creer en Dios es creer en los ídolos, en el dinero, el poder, el prestigio, el sexo. Eso es lo que verdaderamente hace daño. Rom 14,23 contrapone la fe al pecado: lo contrario de la fe es la ruptura con Dios. Para Jesús lo contrario de la fe es la cobardía. Una de las recriminaciones más serias que hace a sus apóstoles es la de ser cobardes, la de tener miedo. Por eso les llama “hombres de poca fe”. En línea similar, la carta a los hebreos (10,39) dice que los cristianos “no somos cobardes para perdición, sino hombres de fe para salvación del alma”.

Esta contraposición entre fe y cobardía se comprende si pensamos que toda fe exige una cierta dosis de valentía. Y más la confianza en Dios, el Misterio por excelencia. La fe tiene algo de riesgo, exige dar un paso adelante sin tener evidencia de lo que hay delante. Y el riesgo es para los valientes. Lo cobardes no se arriesgan. Hace falta ser muy valiente para seguir a Jesús, porque este seguimiento comporta el desprendimiento de aquellas seguridades que ofrece el mundo, como el dinero y el prestigio. Y, además, el seguimiento de Cristo puede terminar en la cruz, en el menosprecio del mundo. De esas mujeres y esos varones valientes que no temieron las burlas del mundo, dice la carta a los hebreos (11,38): “el mundo no se los merecía”. En efecto, eran personas de otro mundo, del mundo futuro.

Tomar en serio a Jesús, amar a los enemigos, poner la otra mejilla, perdonar setenta veces siete, bendecir a los que nos maldicen, compartir lo que tenemos con los pobres y poner toda nuestra esperanza en Dios, es propio de personas muy valientes, “no de cobardes para perdición, sino de hombres de fe para salvación del alma” (Heb 10,39).



Nuevos pasajeros de pateras

miércoles, 18 de febrero de 2009 | Hay 1 comentarios

Mientras los sindicatos policiales afirman haber recibido la orden de detener cada día un cupo mínimo de inmigrantes ilegales, el Ministro del interior niega la existencia de tal orden. En mi opinión suele mentir el que tiene más poder. Pero eso es una nimiedad comparado con el nuevo tipo de pasajeros que llegan en pateras: menores y mujeres embarazadas. Dado que ahora la repatriación de marroquíes mayores de edad suele ser fácil e inmediata, ha cambiado el tipo de pasajeros, supongo que con la esperanza de lograr más tarde un reagrupamiento familiar. Los casi treinta menores y mujeres embarazadas muertos a 20 metros de las costas canarias el pasado domingo invitan a una reflexión a todos los amantes de la vida de los bien nacidos que llevan una muy mala vida. Un surfista que colaboró en el rescate de los seis supervivientes señaló que no olvidará jamás que cuando trataba de auxiliar a un niño de 14 años que se encontraba agarrado a la popa de la patera, le grito en francés “que se llevara primero a un niño” menor que él.

A pesar de la crisis, esas personas prefieren arriesgar su vida porque una manta y un plato de sopa caliente en un centro de acogida español debe parecer un privilegio de dioses comparado con la vida que llevan en ese continente que se llama África, olvidado y plagado de impresentables sin escrúpulos como el que hay en Guinea. Los europeos no deberíamos olvidar que hubo un tiempo en que pensábamos que el mundo era nuestro y, por eso, nos instalábamos en cualquier lugar. Hoy Europa se ha convertido en un coto cerrado solo para europeos. Y los cristianos podríamos recordar lo que estaba invitado a hacer Israel al entrar en la tierra que Yahvé le dio en herencia: primero, reconocer que la tierra es un don (ofreciendo las primicias a Yahvé); y luego alegrarse por los dones recibidos, pero haciendo partícipe de la alegría al “levita y al forastero que habitan en medio de ti”. (Dt 26,11). La posesión de la tierra sin referencia a Dios y al prójimo la convierte en una tierra de paganos.



Dar culto predicando

domingo, 15 de febrero de 2009 | Hay 2 comentarios

San Pablo, tras los saludos de rigor, comienza su carta a los romanos diciendo que da culto a Dios predicando el Evangelio (1,9). Estas palabras son un gran estímulo para todos los predicadores y catequistas. Su tarea evangelizadora es en primer lugar una alabanza a Dios, un modo de darle gloria y reconocer su grandeza. Por otra parte, la predicación es una encomienda, según leemos en la carta a Tito (1,3). Si Dios te ha encomendado esta tarea, esto significa que ha depositado en ti su confianza. Se ha fiado de ti, cuenta con tu inteligencia, con tu habilidad, te considera capaz de llevar adelante la tarea. ¡Qué honor y qué responsabilidad! La predicación es una gracia, un don. Yo no he buscado esta tarea. Me la han confiado.

Tomás de Aquino (en De caritate, a. 11, ad 6) distingue tres grados en el amor a Dios. El inferior es el que aquellos que fácilmente dejan la oración para ocuparse de otros asuntos; esos manifiestan poco o ningún amor a Dios. Hay otros que se sienten tan a gusto en la oración que no quieren dejarla ni siquiera para ocuparse del prójimo. La cima de la caridad es la de aquellos que, sintiéndose a gusto en la oración, dejan la contemplación a fin de servir a Dios para la salvación de sus prójimos. Esta perfección es propia de los predicadores. En ellos se manifiesta el máximo amor a Dios. Todo esto no dice nada en contra de la oración, pues también el predicador se siente a gusto en la oración. Pero es una buena explicación de lo que dice San Pablo: la predicación del Evangelio es un modo eminente de dar culto a Dios. No es extraño que una de las finalidades que Jesús otorga a la oración sea la de pedir obreros para la mies. No basta con orar. Se necesita algo más: obreros que siembren la Palabra.

Lo dicho vale para todo cristiano, llamado a dar testimonio de su fe, también con su palabra. De ahí lo importante que es la formación doctrinal, el estudio de la verdad revelada, pues a través de este estudio conocemos al Dios que se revela y, conociéndolo, podemos darlo a conocer. Al darlo a conocer le damos culto.



¿Eluana asesinada? ¿En sentido análogo?

miércoles, 11 de febrero de 2009 | Hay 1 comentarios

La muerte y las circunstancias previas al fallecimiento de Eluana Englaro han hecho correr mucha tinta, quizás demasiada. En medio de tanto vocerío una madre y un padre que tienen hijas en situación similar, posiblemente un poco menos grave, han escrito dos emotivas cartas. Ninguno de los dos está de acuerdo con la solución adoptada por el padre de Eluana. Pero hay modos y modos de estar en desacuerdo, el desacuerdo del que condena y el del que comprende. Por supuesto, comprenden mejor los que están en posición parecida. Desde la lejanía es fácil condenar. Desde la cercanía todo cambia. Vale la pena leer estas cartas, sobre todo la de Patricia: “Deberíamos tener más respeto y comprensión hacia ese padre, porque sólo los que tenemos una hija o un ser querido en esas condiciones sabemos lo que se sufre en estos casos. No deberíamos añadir más sufrimiento a ese padre al que han llegado a llamar asesino. POR EL AMOR DE DIOS (en la carta estas palabras están así, en mayúsculas), respetemos su dolor y no le juzguemos”.

Personalmente, creo que la posición de la Iglesia en lo referente a la vida y a la muerte es la más respetuosa con la dignidad humana, pero eso no impide que intentemos comprender la seriedad de otras posiciones. Desde algunas instancias se ha calificado en términos muy duros lo ocurrido con Eluana. Mejor hubiera sido intentar comprender. Porque cuando se comprende, los juicios y las condenas quedan relegados. Y resulta mucho más creíble la posición del desacuerdo. La palabra asesinato debería emplearse con mucho cuidado. Porque si todo es o blanco o negro, si no hay escala de grises, entonces imposibilitamos todo diálogo, todo acercamiento. Si Jesús tenía tal capacidad de perdón es, me parece a mi, porque comprendía, porque no juzgaba desde la lejanía. Cuando se trata de temas tan serios hay palabras que no deberían emplearse, porque la gente que las oye no suele entender de analogías y seguramente (¡eso espero!) el que las emplea lo hace en sentido análogo.



Y Dios vive en nosotros

martes, 10 de febrero de 2009 | Hay 1 comentarios

Ya he notado lo sorprendente que resulta que nosotros vivimos “en” Dios. Igual de sorprendente resulta que Dios vive “en” nosotros. San Pablo y san Juan lo dicen con diferentes fórmulas que pueden resumirse en esta: “Dios mora en nosotros por el Espíritu que nos ha dado” (1Jn 3,24; cf. 1Co 3,16). Pero como el Espíritu es inseparable del Padre y del Hijo, es posible decir que “el Padre y el Hijo hacen morada” en nosotros (Jn 14,23).

La cuestión no es solo como puedo vivir en Dios, sino también como puede Dios vivir en mi. ¿Cómo puedo vivir en otro y cómo puede otro vivir en mi? No se trata de poesía. Se trata de realidad y de experiencia. De lo contrario, negamos el realismo de la revelación cristiana. Así, pues, ¿cómo se acoge a una persona, cómo se la recibe? ¿Cómo puede Dios hacerse presente en lo más profundo de mi ser, con una presencia no alienante, sino personalizante? Dios habita en mí, y eso, lejos de anularme, refuerza mi personalidad, me hace ser más yo.

Uno puede vivir “en” otro por el deseo, el conocimiento y el amor. Conocer, desear o amar es un modo de tener presente al otro en mi memoria y en mi vida, un modo de que esté en mí. Más aún, cuando el amado me dice una palabra de amor se está entregando a sí mismo, y al acoger su palabra, le acojo a él. Con la palabra no sólo comunico información. Me comunico a mi mismo, me expreso en la palabra. Dirigir a otro la palabra no es sólo cubrir la distancia que del otro me separa, sino dar a conocer mi interioridad y poner algo de mi alma en la del otro. La palabra es el medio por el que dos interioridades se manifiestan una a la otra para vivir en reciprocidad. La palabra es signo de amistad. Hablar es una forma de donación de la persona a otra persona. Uno se abre al otro, ofreciéndole la hospitalidad, en lo mejor de sí mismo. Cada uno da y se da en una comunicación de amor. Pues bien, Dios en Cristo nos ha entregado su Palabra. Al acoger las palabras de Jesús, le acogemos a él (cf. Jn 15,7.10), y al recibirle a él, recibimos al Padre (Jn 13,20). Al acoger sus palabras, Jesús mismo se nos hace presente por medio de su Espíritu: “Cristo vive en mi” (Gal 2,20).



Iglesia llena de pecadores

viernes, 06 de febrero de 2009 | Hay 1 comentarios

Con frecuencia aparecen noticias sobre los pecados de eclesiásticos conocidos. Las reacciones dependen de donde se sitúa el lector. De nuevo es noticia escandalosa la figura del P. Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, ya fallecido, apartado de su cargo por el actual Papa, tras considerar las acusaciones de pederastia que pesaban contra él. Ahora sale a la luz que tuvo una amante y una hija, hecho reconocido por el portavoz de los Legionarios. No digo eso para hacer sangre. El que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Yo escondo las manos. Eso no quita que ante este u otros casos parecidos, algunas buenas personas lo primero que hagan sea condenar al mensajero, luego negar los hechos y, finalmente, quedar bastante perdidas cuando se convencen de la credibilidad del hecho.

Por eso, ante posibles escándalos que a veces nos invaden al notar los reales o supuestos pecados de la Iglesia, de su jerarquía o de sus fieles cualificados, importa dejar claro que el motivo de la fe es Dios mismo. Yo no creo ni dejo de creer porque el Papa o el Obispo sean santos o pecadores, actúen a mi gusto o a mi disgusto. La Iglesia es motivo de credibilidad, y esto es importante de cara a su responsabilidad, pero no es motivo último y decisivo de mi fe. Incluso a veces puede ser una pantalla para la fe. Yo no creo en la Iglesia ni a causa de ella, sino en Dios y a causa de Dios, aunque la Iglesia también juega un papel importante en mi fe: creo dentro de ella, creo en Aquel del que da testimonio, pero creo en definitiva porque Dios se ha dado a conocer en Jesucristo y porque el Espíritu me mueve a creer.



El holocausto, tan real como Jesús

miércoles, 04 de febrero de 2009 | Hay 1 comentarios

La Secretaría de Estado de la Santa Sede acaba de publicar una nota pidiendo a Mons. Williamson, obispo lefebriano, que retire sus declaraciones sobre la no existencia del holocausto nazi, ya que son “totalmente inaceptables”; en caso contrario no podrá ser admitido “como obispo de la Iglesia católica”. Esta nota es la prueba de los graves problemas eclesiales, ecuménicos y políticos que las declaraciones de Williamson estaban causando.

 

Ha habido católicos que, pretendiendo defender al Papa con más ingenuidad que inteligencia, se preguntaban por la importancia de esas declaraciones y por la relación entre una opinión histórica y la pertenencia a la comunión católica. Para comprender el malestar que ha suscitado la postura de Williamson ofrezco esta reflexión: cuando basándose en falsos argumentos científicos, históricos o documentales se niega la existencia de Jesús de Nazaret o se sostiene que estuvo casado y tuvo hijos, es comprensible la indignación de los cristianos. Por dos motivos: por el uso fraudulento de la historia y por la falta de respeto a una venerable figura. Lo mismo vale para la negación del holocausto: se trata de un uso fraudulento de la historia y una falta de respeto y sensibilidad ante un acontecimiento dramático que sigue afectando a algunos supervivientes y a muchos de los descendientes de las víctimas de la barbarie.

 

Más aún: este tipo de posturas, que no tienen ninguna justificación histórica, en la práctica totalidad de los casos son debidas a posiciones ideológicas y políticas muy extremas, intolerantes, negativas, y hasta odiosas. Reflejan una actitud incompatible con la dignidad de la persona, los derechos humanos y la misericordia hacia las víctimas. Ese es el asunto que hay detrás de esas declaraciones que ni son opinión histórica ni tienen nada de inocentes. Se comprende, pues, que reintegrar a la comunión católica a personas así, sin ninguna condición, haya suscitado preguntas sobre el sentido de determinados acercamientos.



En Dios vivimos II

miércoles, 04 de febrero de 2009 | Hay 1 comentarios

Decía en una entrega anterior que no hay ningún lugar fuera de Dios. Todo lo que no es Dios existe dentro del ser y del actuar divinos. Ahora bien, si nosotros estamos en Dios, eso significa que, seamos o no conscientes, Dios nunca está lejos de nosotros, porque si estuviera lejos, nosotros dejaríamos de existir. El es el fundamento, la razón de nuestra vida. San Agustín expresaba esta experiencia diciendo que Dios es más íntimo que nuestra intimidad, que está más dentro de nosotros de lo que lo estamos nosotros. Un gran teólogo actual, E. Schillebeeckx, lo expresa de otra manera: nosotros somos porque previamente somos de Dios. Así, la tarea que se nos presenta como creyentes es la de cobrar conciencia de esta presencia envolvente. Cada uno formamos parte del misterio de Dios, no porque seamos un “trozo” de Dios, sino porque no estamos fuera del misterio de todas las cosas. Dios no es un objeto que yo puedo contemplar a la manera de un observador externo, sino una realidad que solo puedo experimentar a la manera de una relación personal. Dios no está en las alturas y nosotros aquí abajo, sino cerca de nosotros. Es el misterio de sostiene nuestro ser. Un misterio que nos rodea y envuelve y, al mismo tiempo, es distinto de nosotros.

Si Dios es el misterio que nos sostiene y envuelve, nunca puede sernos hostil. Por el mero hecho de existir en él y por él, somos amados como una madre ama al hijo de sus entrañas. Dios nos ha dado a luz. Cuida de nosotros más que nosotros mismos. Si llegara a odiarme o rechazarme, se odiaría y rechazaría a sí mismo. Dios me ama como si fuera su propia carne. Algo de eso insinúa Jesús cuando dice que, en cierto modo, todos somos dioses (Jn 10,34) o que somos “uno” con el Padre y el Hijo (Jn 17,21-23). ¿Cómo ser uno con Dios y al mismo tiempo distinto de Dios? ¿Cómo puede Dios ser uno con nosotros y al mismo tiempo distinto de nosotros? La ciencia proporciona una imagen del universo que ayuda a comprender este modelo de relación Dios-mundo, a saber: el mundo es un sistema de sistemas que interactúan y dependen unos de otros. Cada sistema tiene su propio funcionamiento y, sin embargo, forma parte de un todo. Más aún, ese todo, el todo superior, mejora el funcionamiento de los sistemas que lo constituyen y les proporciona posibilidades que por sí mismos nunca tendrían.



Endemoniados

domingo, 01 de febrero de 2009 | Hay 2 comentarios

Hoy, domingo, se publica la última de las muchas entrevistas que ha concedido un conocido exorcista. Lo digo como muestra del interés que suscita el tema. Por otra parte, en el evangelio de hoy se narra la liberación de un endemoniado. Este demonio del Evangelio no me parece comparable a esos que algunos imaginan (ayudados por la seducción de alguna película) cuando oyen hablar de exorcismos. Muchos casos tratados por los exorcistas actuales suelen ser enfermos más o menos peligrosos, aunque es posible que el rito o la oración puedan ayudarles.

Dejo aparte que la existencia del demonio no ha sido definida dogmáticamente por la Iglesia, aunque es cierto que los documentos eclesiales suponen su existencia. Me interesa aclarar otra cosa, a saber, que los endemoniados a los que Jesús trataba no son equiparables a esos casos modernos que tanto interés suscitan. En tiempo de Jesús se consideraban síntomas de posesión diabólica determinadas enfermedades nerviosas y depresivas. En la Palestina de entonces había pobreza, injusticia, gente muy necesitada. La posesión diabólica es expresión de la esclavitud del hombre a los poderes del mal. Por allí donde Jesús pasaba esos poderes retrocedían, la gente recuperaba la esperanza y las ganas de vivir, se levantaba de sus más hondas depresiones. Si esos son los demonios que Jesús expulsa, entonces su acción interesa a todos. También hoy empleamos en un sentido similar la palabra demonio. ¿No calificamos como endemoniadas a situaciones complicadas, trabajos enrevesados o problemas de difícil solución?

La persona religiosa sabe, por propia experiencia, que en el plano espiritual aparecen asuntos enredosos, que requieren mucha atención para no caer en sus redes. Hay pasiones, seducciones, ambiciones, y tantas otras cosas que nos impiden ser fieles al Señor. De esos demonios Jesús quiere librarnos, esos son los obstáculos que impiden que seamos felices, que encontremos la paz y vivamos evangélicamente. De esos demonios tenemos que preocuparnos y no de esos otros que, en caso de ser reales, deben ser tratados clínicamente y son de una categoría distinta a los demonios de los que habla el Nuevo Testamento.