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Martín Gelabert Ballester, OP
Martín Gelabert Ballester, nacido en Manacor (Baleares) el 6 de septiembre de 1948. Religioso de la Orden de Predicadores. Cursó sus estudios de filosofía y teología en Valencia, Barcelona y Friburgo (Suiza), en cuya Universidad se doctoró en teología.
Catedrático de la Facultad de Teología de Valencia, en donde enseña Teología Fundamental y Antropología Teológica. Ha sido Decano de esta Facultad durante dos trienios (1995-1998; 2001-2004).
A finales del 2004 el Superior General de su Orden le confirió el título de Maestro en Sagrada Teología. Y en marzo de 2005 ingresó como académico numerario en la Real Academia de Doctores de España.
Tiene publicados numerosos artículos en distintas revistas teológicas, así como 20 libros, algunos traducidos a otros idiomas. Los tres últimos: La astuta serpiente. Origen y transmisión del pecado, Verbo Divino, Estella, 2008, 160 págs; Seguir a Jesús para encontrar la vida, San Pablo, Madrid, 2009, 133 págs; La revelación, acontecimiento fundamental, contextual y creíble, San Esteban-Edibesa, Salamanca-Madrid, 2009, 282 pp.
miércoles, 31 de diciembre de 2008
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Acaba el 2008 y empieza el 2009 del peor modo posible: con guerra. La guerra es manifestación extrema de ruptura, tan extrema que cada uno de los contendientes busca la desaparición física del otro. La guerra es culto a la muerte. El otro estorba hasta el punto de desear su desaparición. Hoy tenemos cada vez más claro que toda guerra es injusta y que las diferencias pueden y deben resolverse de otro modo. La paz es, debe ser, un imperativo absoluto. El resultado de la guerra moderna es un cúmulo de víctimas inocentes y de sufrimientos irreparables.
Ante la actual guerra entre Israel y Gaza es urgente, como medida inmediata, intensificar la presión internacional para que cesen los combates. Es urgente ayudar a los heridos y aliviar su sufrimiento. España ha enviado ayuda médica a Gaza. No hay que olvidar que España también fabrica y vende armas. Sí, esas máquinas que matan. Israel es uno de sus buenos clientes. No bastan las ayudas humanitarias y los gestos diplomáticos. Hay que comprometerse más a fondo.
Una cosa más. Las medidas diplomáticas son muy necesarias. Pero a largo plazo yo espero mucho más de iniciativas que buscan la conversión y el acercamiento de los corazones. Pienso en la labor de Daniel Barenboim y su orguesta de músicos palestinos e israelíes. O en los encuentros no muy conocidos, pero muy meritorios, de mujeres israelíes y palestinas. Hay que globalizar los movimientos por la paz y contra la guerra y globalizar la compasión por todas las víctimas.
viernes, 26 de diciembre de 2008
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Esta sociedad está envejeciendo. Se trata de una constatación sociológica. Ahora bien, el que cada vez haya personas con más edad pudiera ser algo muy positivo. Significa que la esperanza de vida, y de una vida con calidad, se prolonga cada vez más gracias a los avances de la medicina. Lo grave del envejecimiento sería que condujera a la desesperanza, al aislamiento, a la soledad; igualmente grave sería que los cuidados no llegasen a todos, o estuvieran condicionados por la situación económica, porque esto sería signo de una sociedad acomodada, en la que muchos seres humanos son con frecuencia olvidados, aislados, despreciados.
Entre las personas mayores, como ocurre en todos los grupos sociales, hay unos que están más integrados, o tienen más nivel económico o cultural. Pero, de un modo u otro, todos tienen una experiencia y unos recuerdos más abundantes que los de los jóvenes. En ocasiones han perdido algo de vitalidad. Se diría que los ancianos, de entrada, deberían tener más insatisfacciones que los jóvenes. En realidad no es así. La satisfacción no depende de la edad, sino de cómo se vive la vida, de los amores que se conservan, de la mirada con la que nos dirigimos a los demás, de la riqueza interior que se tiene y, para el creyente, de su grado de encuentro con Dios. Eso sí, cada etapa de la vida tiene sus propias necesidades. Y es posible que, en relación a la llamada Tercera Edad, sea verdad que la capacidad de hacerse oír no sea precisamente proporcional a las necesidades que uno tiene. De ahí la importancia de descubrir debajo de muchos silencios los gritos que no se hacen oír.
Nuestros mayores merecen gratitud. Seamos o no conscientes, todo lo que tenemos lo hemos recibido. Tener conciencia de ello es signo de lucidez. Ser agradecido es signo de grandeza de espíritu. Los mayores no son el pasado. En todo caso son el presente sobre el que se cimienta el porvenir. Si no cuidamos nuestro presente tampoco tendremos ningún futuro.
miércoles, 24 de diciembre de 2008
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Si a Betlem mil cops naixés, Si mil veces naciera en Belén
sense néixer entre tu i jo, sin nacer entre tú y yo,
no el veuriem pas mai créixer. nunca le veríamos crecer
A las lectoras y lectores de este blog les deseo la alegría que nace de saber que Dios nos ama. ¿Pruebas del amor? El amor no se prueba, se experimenta, se vive y se manifiesta. Un gesto que lo delata: el amante quiere acercarse todo lo posible al amado e incluso ser como el amado.
domingo, 21 de diciembre de 2008
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Eso de la Navidad es un tema tan sobado, tan manido, tan ajado y tan usado, que produce pena, risa y hartazgo. Todo a la vez. Da grima escuchar anuncios sobre "el lugar de la Navidad". Da risa leer artículos periodísticos, como ese que cuenta, entre otras tonterías, la estupidez ocurrida en un restaurante de Madrid en el que aparecieron unos orangutanes con el niño Jesús en brazos. Y da un poco de pena leer textos creyentes, escritos con la mejor intención, pero con poca teología. Para sorpresa mía todavía hay quien sigue presentando a José como un hombre “mayor de edad”. ¡Ya está bien! Ni mayor ni blandengue. Como dice una amiga mía, “un hombre que todas quisiéramos tener como marido. Un hombre hecho y derecho, que ama en profundidad a Dios y a su pareja y, en este Amor, él también pronuncia su Fiat”
Puestos a contar historias no estaría mal recordar una poco conocida sobre la joven pareja. Cuando María y José llegaron a Belén, según el relato de Lucas, un relato no histórico, sino teológico y que por tanto no se puede leer con la ingenuidad del que se imagina que está viendo un video, digo que según este relato la pareja no encontró posada. Posada no es un hotel ni una pensión, sino una habitación que las pobres familias campesinas usaban para hospedar a los huéspedes, si alguna vez los tenían. José y María, no según la historia, sino según la teología de Lucas, debieron llegar a casa de los padres de José. ¿No había ido José a su ciudad? Y la familia de José, ¡la familia de David!, no les recibió, porque seguramente se escandalizaron del embarazo de una mujer que llevaba pocos meses casada. ¡Un embarazo antes del matrimonio! ¡Vaya escándalo para la gente bien pensante, como debía ser la familia de José! ¡La casa de David no les recibió! “Vino a los suyos”, dice el cuarto evangelio, y los suyos no le recibieron.
Ya sé que la teología no salva. Pero aún salva menos la poca teología. Una buena teología ayuda a vivir mejor la fe. Con mala teología y peor exégesis hacemos una espiritualidad pobre y raquítica. Por cierto, y para acabar con este desahogo, la tradición judía inicia hoy la celebración de la Januká, la fiesta de la Luz. Luz en el Antiguo Testamento. Luz en el Nuevo Testamento.
viernes, 19 de diciembre de 2008
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Es muy difícil luchar contra la inercia de una Navidad convertida en fiesta del consumismo. Si antiguamente los cristianos lograron bautizar las fiestas en honor del sol naciente, convirtiéndolas en fiestas cristianas en honor del verdadero Sol que nace de lo alto y se hace hombre en Jesús, hoy ha ocurrido exactamente lo contrario: la sociedad ha paganizado la Navidad cristiana. Hay quién desearía que toda la simbología cristiana fuera sustituida por referencias paganas, o cambiar el vocabulario llamando fiestas de invierno a esa semana con la que acaba el año. A pesar de los intentos en este sentido, la gente sigue llamando navideños a estos días. Da lo mismo. Porque lo que importa es lo que hay en el corazón. En algunos corazones hay muchas ganas de fiesta, de juerga, de comida, de bebida, de regalos y de lotería. En otros hay ganas de descanso, de visitar a los amigos, de pasar unos días agradables en compañía de la familia.
También quedan corazones que quieren vivir el Misterio de un Dios que en Jesús se ha unido, de algún modo, con todo hombre. Cada ser humano, aunque no lo sepa, es morada del Espíritu. El cristiano descubre esta presencia, a pesar de los muchos obstáculos que impiden discernirla. Hay tanto que hacer, y son tan enormes los problemas, que lo normal es que uno prefiera no verlos, porque si mira de frente se agobia pensando que nada puede hacer. Es posible pensar así: el pobre que pide limosna nos crea mala conciencia, pero ese es su único triunfo, porque seguirá siendo pobre; y si vendo todos mis bienes seguirá habiendo pobreza en el mundo. Pensar así paraliza. Pero es posible pensar de otra manera: no alcanzo a solucionarlo todo, pero pongo mi grano de arena para resolver necesidades concretas. Y lo hago con la esperanza de que muchos otros pongan también su grano de arena, para así grano a grano lograr pequeños montones. Quién viva con esta esperanza y tenga un corazón para amar, seguro que encontrará a Dios esta Navidad.
martes, 16 de diciembre de 2008
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Desde la pasada semana puede escucharse por la radio este coloquio:
- ¡Mira qué fantástico teléfono móvil me han traído los Reyes!
- ¿Pero los Reyes no son el seis de enero?
- Es que yo lo he encargado en los Reyes de Miró
No hace falta aclarar que Miró es una casa comercial. Aquí no se trata de Reyes, aquí se trata de negocio. Y en eso de los negocios los hijos de este mundo son muy sagaces. Hace unos diez y seis siglos los cristianos tuvieron la habilidad de bautizar unas fiestas paganas en honor del sol naciente y festejar a Jesús como el verdadero Sol que nace de lo alto. Actualmente el mundo ha tenido la habilidad de paganizar unas fiestas cristianas. Por eso es importante que los cristianos nos hagamos la pregunta que le hacían a Juan el Bautista: ¿qué dices de ti mismo? Dicho de otra manera: ¿qué vas a celebrar estos días? ¿Qué significa para ti eso de la Navidad? Nuestro modo de celebrar y de vivir es manifestativo de la calidad de nuestra vida cristiana, de la pureza de nuestra fe.
Por cierto, el seis de enero los cristianos no celebramos a ningunos Reyes legendarios. Lo que celebramos es la fiesta de la Epifanía del Señor. Epifanía significa manifestación. Para eso vino el Señor Jesús, para manifestarse al mundo y para que el mundo le recibiera, aunque “el mundo no le conoció”. Los cristianos somos hoy la manifestación de Cristo, los que lo hacemos presente ante el mundo. De ahí la necesidad de no equivocarnos de fiesta. Ni el día de la Epifanía ni el día de Navidad.
domingo, 14 de diciembre de 2008
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Mientras las ciudades se llenan de belenes, la liturgia, erre que erre, sigue con su idea. Los que hayan asistido a la Eucaristía de este tercer domingo de adviento habrán escuchado una exhortación a “estar alegres”. No nos confundamos: no se trata de estar alegres porque se acercan unas hermosas fiestas. Si el apóstol Pablo hace una llamada a la alegría es porque el Señor es fiel y cumplirá sus promesas, esas promesas que se realizarán en la Parusía, o sea, en la venida gloriosa del Señor al final de los tiempos. Quien no haya captado todavía este sentido del adviento relea la segunda lectura de la Eucaristía de este domingo. Estos días de adviento no están en función de ninguna otra cosa, ni preparan a recordar ningún acontecimiento pasado. Tienen entidad propia y preparan a una venida futura, la del Señor glorioso que vendrá para juzgar a vivos y muertos. Una venida que los cristianos esperamos con inmensa alegría porque sabemos que el criterio de este juicio será el amor. El amor de Dios hacia nosotros y el amor nuestro hacia el prójimo. De ahí que la Parusía no nos evade de nuestras responsabilidades presentes, de la necesidad de encontrar a Cristo presente en cada persona, sobre todo en las más necesitadas. La espera de la Parusía nos plantea la pregunta por el ahora, por el qué hacemos, cómo vivimos mientras esperamos. Precisamente la colecta de este domingo será destinada a las diversas tareas que realiza Caritas. Posiblemente en estos días estamos más sensibilizados ante las desgracias y la pobreza ajena. No convendría que la colecta de este domingo tercero de adviento sirviera para tranquilizar las conciencias y hacernos olvidar que los pobres siempre están a nuestro lado.
viernes, 12 de diciembre de 2008
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Se puede leer ya el Mensaje del Papa con ocasión de la próxima Jornada Mundial de la Paz, el 1 de enero. La paz es una tarea permanente. Como somos olvidadizos es bueno recordar lo que deberíamos tener siempre presente. El mensaje lleva como título: “Combatir la pobreza, construir la paz”. Un buen título porque la pobreza es causa de conflictos personales, sociales, nacionales e internacionales. Aunque sólo fuera por esto deberíamos egoístamente combatir la pobreza. Pero como nuestro egoísmo suele ser de cortos alcances, preferimos el bienestar inmediato e incontrolado sin pensar en las consecuencias negativas que este bienestar puede tener para nosotros y para los demás: “únicamente la necedad, dice el Papa, puede inducir a construir una casa dorada, pero rodeada del desierto o la degradación”.
Hay una insistencia en el mensaje: la necesaria solidaridad creativa entre personas y pueblos. Traducido en términos cristianos: mirar a los pobres desde la perspectiva de que todos formamos parte de una única familia y compartimos un mismo proyecto divino. La primera comunidad cristiana de Jerusalén es un buen punto de referencia: en ella el objetivo era que “nadie pasase necesidad”, o sea, que no hubiera pobres. Seguro que esta comunidad recordaba una palabra del Maestro que cita Benedicto XVI: “dadles vosotros de comer” (Lc 9,13). Buena cita, porque a veces buscamos “milagros” espectaculares, en plan multiplicación de panes y peces, y olvidamos que esta multiplicación fue posible porque los discípulos se dejaron motivar por la palabra de Jesús: “dadles vosotros de comer”.
El mensaje está para leerlo. Destaco una cosa. La relación entre desarme, desarrollo y pobreza. Los enormes gastos armamentísticos de las naciones ricas se sustraen a proyectos de desarrollo favorables para los pobres. Para reducir los gastos en armamentos se necesita una mejora de las relaciones. De nuevo aparece, aplicada a este aspecto concreto, la solidaridad y la fraternidad. La clave de todo, una vez más, es el amor.
martes, 09 de diciembre de 2008
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La fe es una actitud fundamental, una dimensión antropológica que hace posible la vida, las relaciones, el progreso. El marido o se fía de su mujer, o su matrimonio va a la ruina. El director de un laboratorio, o se fía de sus colaboradores o no hay investigación que avance.
En círculos cristianos, cuando se habla de fe, se piensa en la fe en Dios. Y olvidamos así un aspecto fundamental de la fe religiosa. Pues, ante todo, el que tiene que ser fiel es el que hace una promesa. El Dios de Jesús es un Dios que hace promesas. Por eso es fundamental que sea un Dios fiel. El cristiano lo que tiene que ser es confiado, confiar en la fidelidad de Dios. Lo que más importa es la fe de Dios, siempre fiel a su amor, fiel a su alianza, fiel al ser humano.
Pero hay más: Pues el Dios fiel es un Dios también confiado, un Dios que se fía del ser humano. La experiencia nos indica que Dios no actúa directamente, cosa que a veces nos indigna y nos mueve a pedirle cuentas. En realidad deberíamos pensar que nosotros somos su forma de actuar en el mundo. Pensando así cambia nuestro modo de entender la fe: no se trata de nosotros como creyentes en Dios, sino de vernos como objeto de la fe de un Dios que cree en nosotros, que nos cree suficientemente responsables e imaginativos para solucionar los males y problemas de este mundo. Si Dios se fía de mi, eso es una seria llamada a mi responsabilidad.
Desde esta perspectiva, nuestra fe podría considerarse como un reflejo en nuestra vida de la fidelidad de Dios y como una participación en la fe-fidelidad de Jesús, al que la carta a los Hebreos califica como el modelo más acabado, el que va por delante en el camino de la fe y el que lleva a su término ese camino de fe (Heb 12,2), porque Jesús no sólo fue fiel a Dios, sino que su vida fue un reflejo preciso y precioso de la fidelidad de Dios.
sábado, 06 de diciembre de 2008
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Cuando el adjetivo sustantiva al nombre algo chirría. Este tipo de adjetivaciones aparecen con relativa frecuencia en los discursos eclesiales oficiales y no oficiales. ¿Qué significa teología feminista? A veces tengo la sensación de que importa más lo feminista que la teología e incluso más que lo femenino. Feminismo suena a ideología, a separación; mejor femenino que apunta al encuentro con lo masculino. ¿Y qué pensar de expresiones como justa libertad, sano laicismo? ¿No parecen apuntar lo sano y lo justo a un acaparamiento exclusivo y excluyente de la libertad y el laicismo? Ya puestos ¿por qué no hablar de obediencia adecuada? Ya sé que en este ejemplo los que adjetivan prefieren hablar de obediencia debida, o mejor aún, incondicional.
Otras veces la adjetivación es una redundancia. También algo chirría. En Valencia, durante mucho tiempo, se habló de “valenciano valenciano”. No me gustaría que nadie se enfadara (si es así pido perdón), pero la expresión es una manera de entender la lengua en contra (el detalle está en el “contra”) de otras modalidades de la misma lengua. Otro ejemplo, igual de bueno o de malo: la redundancia “sacerdotes sacerdotes” da la impresión de reducir lo sacerdotal a formas y vestimentas. Una nota de humor la puso nuestro ex presidente del Gobierno cuando dijo que a él le gustaba la “mujer mujer” refiriéndose a su señora esposa. Seguro que también tiene algún modelo de “macho man”.
Más sencillo es no adjetivar ni redundar. Cierto, con la libertad, el laicismo, la teología, la lengua, el sacerdocio o la mujer, y con prácticamente toda la escala de realidades y valores, puede haber abusos. Habrá que corregirlos, si se puede. Pero no me parece bueno adjetivar o redundar por principio porque eso suele implicar siempre la presencia de un “adversario” al que se le echa en cara que no es lo que dice ser. Y claro, el modelo del ser se imagina tenerlo el que adjetiva o redunda.
miércoles, 03 de diciembre de 2008
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Un presupuesto teológico con el que deberíamos operar para que nuestras homilías, catequesis e intervenciones cobrasen un nuevo dinamismo evangélico sería el siguiente: no es verdad que Dios esté en el cielo y los seres humanos en la tierra. Al contrario, Dios está siempre aquí entre nosotros, en la mujer y el varón, en la tierra y en la historia. Siempre presente salvando y perdonando, llamando y suplicando. Y recordándonos nuestra responsabilidad de cara al cuidado de la tierra y al cuidado de las personas. Recordándonos que nosotros somos sus manos, sus pies, su boca, su abrazo, su beso. Cuando nosotros nos cruzamos de brazos es como si Dios se echara a dormir.
Desgraciadamente, la presencia de Dios entre nosotros coexiste con otra presencia deleznable, la del diablo (palabra que viene del griego y significa "el que separa"). Este personaje no sólo está en el infierno. También está en la tierra. Hace unas horas, como en otras ocasiones, ha tomado uno de sus rostros favoritos, el de una banda llamada ETA. Sin duda alguna, la banda está guiada por ese personaje execrable. Con tal guía sólo pueden cometer actos degradantes para ellos, cargados de inhumanidad, como el asesinato de Ignacio, un empresario vasco, padre de cinco hijos, que se paseaba por su pueblo sin escolta, jugaba a las cartas con su gente, y era respetado y querido porque había creado riqueza y puestos de trabajo. Formaba parte del coro de la basílica de Loyola, muchas noches con gran esfuerzo iba a los ensayos, con su voz realzaba la liturgia de la basílica. El que ahora vaya a formar parte de un coro mejor y contribuir a una liturgia mejor no quita un ápice de horror a la barbarie que sobre él se ha cometido.
lunes, 01 de diciembre de 2008
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No sólo hay situaciones dentro de la Iglesia que piden que el Evangelio se sitúe en el corazón mismo del problema. También de cara afuera es necesario preguntarse cómo introducir el Evangelio en algunas realidades no siempre fáciles de manejar. Pienso en el diálogo con el mundo político y económico. En nuestra relación con esos mundos estamos mostrando un modo de comprendernos a nosotros y, por tanto, de presentar nuestro ser cristiano. Presentar nuestro ser cristiano es ya evangelizar. ¿Cómo lograr una presentación del evangelio en nuestro diálogo –amable o crítico- con los poderes políticos y económicos?
La globalización de la economía es hoy el drama de nuestro mundo. La globalización de la solidaridad sería la solución. El Vaticano II dijo: “para establecer un auténtico orden económico universal hay que acabar con las pretensiones de lucro excesivo, las ambiciones nacionalistas, el afán de dominación política, los cálculos de carácter militarista y las maquinaciones para difundir e imponer las ideologías”. Siempre ha habido deseo de acumular y controlar la riqueza por parte de unos pocos. Pero hoy la globalización tiene rasgos nuevos con relación a los imperios del pasado, pues la economía condiciona a todo el planeta. Y cuenta con apoyos políticos e ideológicos.
Con crisis o sin ella el 20 por ciento de la población estamos consumiendo el 80 por ciento de todos los bienes. Y entre este 20 por ciento una pequeñísima minoría controla gran parte del capital. ¿Cómo estar de acuerdo con datos tan escandalosos, con el hambre y miseria que este reparto conlleva? ¿Cómo estar de acuerdo con la política que protege –a veces militarmente- esta situación? ¿O sólo nos interesa el diálogo con el poder político y, eventualmente el criticarlo, cuando están en juego nuestros pequeños intereses económicos eclesiales?
Una última cosa. Es importante escuchar a los expertos, a los entendidos. Únicamente una buena información permite un adecuado juicio moral. Cobrar conciencia de que existen esos problemas y que también en ellos debe encarnarse el Evangelio es de gran importancia.