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Martín Gelabert Ballester, OP
Martín Gelabert Ballester, nacido en Manacor (Baleares) el 6 de septiembre de 1948. Religioso de la Orden de Predicadores. Cursó sus estudios de filosofía y teología en Valencia, Barcelona y Friburgo (Suiza), en cuya Universidad se doctoró en teología.
Catedrático de la Facultad de Teología de Valencia, en donde enseña Teología Fundamental y Antropología Teológica. Ha sido Decano de esta Facultad durante dos trienios (1995-1998; 2001-2004).
A finales del 2004 el Superior General de su Orden le confirió el título de Maestro en Sagrada Teología. Y en marzo de 2005 ingresó como académico numerario en la Real Academia de Doctores de España.
Tiene publicados numerosos artículos en distintas revistas teológicas, así como 20 libros, algunos traducidos a otros idiomas. Los tres últimos: La astuta serpiente. Origen y transmisión del pecado, Verbo Divino, Estella, 2008, 160 págs; Seguir a Jesús para encontrar la vida, San Pablo, Madrid, 2009, 133 págs; La revelación, acontecimiento fundamental, contextual y creíble, San Esteban-Edibesa, Salamanca-Madrid, 2009, 282 pp.
viernes, 28 de noviembre de 2008
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Un conocido periodista ha publicado una página, en un semanario católico, con este título en afirmativo: “No todos se salvarán…”, del que me limito a copiar una frase: “los hombres seremos juzgados y no todos desembocaremos en la vida, sino que muchos caeremos en una muerte segunda y definitiva”. ¡Pues sí que sabe cosas este señor! La teología, cuando habla de la parusía, dice que es motivo de gran esperanza, pero advierte que la esperanza no se traduce en un saber. No sabemos si todos se salvarán; es posible que alguno, en su libertad, se empecine en negar a Dios. Eso de negar a Dios parece difícil, porque el que no cree en él, no le niega; y el que cree, no se atreve a hacerlo con toda contundencia. Pero se le puede negar en el prójimo, donde Dios está muy presente. Y ahí sí que conocemos casos que claman al cielo: masacres, asesinatos en masa, terrorismo, genocidios, limpiezas étnicas, etc. Pero no sabemos si se van a condenar muchos, pocos o ninguno. Sólo Dios conoce el fondo de los corazones. La esperanza cristiana más bien apunta a una salvación muy amplia, tal como dice un prefacio dominical: celebramos el domingo “en la espera del domingo sin ocaso en el que la humanidad entera entrará en tu descanso”. La humanidad entera, dado que la sangre de Cristo “derramada por todos los hombres” (por todos: también por sus enemigos) nos permite vivir con esa esperanza.
El periodista habla de la parusía. De la parusía trata gran parte del adviento: no esperamos un acontecimiento pasado (eso no se espera, a lo sumo se recuerda), sino un acontecimiento futuro, la gloriosa venida de nuestro Salvador Jesucristo. El adviento tiene una dimensión de futuro, un futuro que debe cambiar nuestro presente: esperamos la segunda y definitiva venida del Señor, pero mientras tanto estamos invitados a descubrirle ya presente en “cada hombre y en cada acontecimiento” (tercer prefacio del adviento). En todo caso, la parusía no puede presentarse en términos negativos, sino como una muy positiva esperanza que implica una gran responsabilidad con nuestro prójimo.
miércoles, 26 de noviembre de 2008
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No pensaba volver sobre la campaña de los autobuses londinenses, esa que anuncia que como probablemente Dios no existe, deje usted de preocuparse y disfrute de la vida. Pero ayer alguien me hizo notar la cantidad de entradas que ha provocado el reportaje de El País sobre el tema. Más tarde otro buen amigo me envió el enlace que, a su vez, le han enviado a él. Casi entran ganas de exclamar: ¡qué aburridos son algunos ateos que sólo saben hablar de Dios, y qué nerviosos se ponen algunos creyentes cuando los increyentes hablan de Dios! O de copiar uno de los comentarios hechos al reportaje al que antes me referí: “¿Por qué combatir algo en cuya existencia no se cree? Sería mejor emplear el dinero recolectado en decorar los autobuses con denuncias contra el hambre, la guerra, los abusos sexuales y otras injusticias, que contra ese enemigo invisible". Además, estos días aparecen en los medios comentarios más o menos exaltados a la sentencia de un juez que manda suprimir no exactamente las cruces, sino los símbolos religiosos de un centro escolar. ¿Se trata de un asunto religioso, cultural o político?
Me sorprende la pasión con la que, unos y otros, tratan esos asuntos. Quizás piensan que en ellos les va la vida. Aún así, un poquito más de calma, un poco menos de pasión nos haría más creíbles. ¿Alguien pierde los nervios cuando se niega una evidencia matemática? Pues no los perdamos en cuestiones de religión. Busquemos un camino que nos permita encontrarnos con el que discrepa de nuestra posición. Este camino es la defensa de la dignidad humana, la lucha contra lo que la degrada. En mi opinión la gran pregunta que el Creador nos plantea es: ¿Qué pueden crear juntos nuestros dos grupos, sean religiosos, políticos, económicos o artísticos? Esa es la cuestión esencial para compartir la vida con aquellos que nos resultan diferentes: interactuar y preguntarnos que podemos crear juntos. La ley del universo, la ley del Creador, no es la de los dualismos tolerantes, sino la de las mutuas colaboraciones. Por eso, cuando alguien diga que Dios no existe o que le molesta un símbolo religioso, planteémosle esta pregunta: ¿podemos hacer algo juntos, además de enfadarnos y discutir?
lunes, 24 de noviembre de 2008
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Hay situaciones, dentro de la propia comunidad creyente, que necesitan que el Evangelio se meta dentro del corazón mismo de los problemas, porque las personas que viven con ellos no acaban de ver cómo se compagina el Evangelio con sus problemas.
Un caso, que reaparece año tras año, sobre todo en tiempo de primeras comuniones, es el de los celíacos. Resulta oportuno recordar que el pan para la celebración eucarística es uno de los asuntos que han dividido a las Iglesias de oriente y occidente. Los griegos acusaban a los latinos de celebrar con pan ázimo. De nuevo el pan puede ser causa de malestar. Los celíacos, por razones de salud, no pueden ingerir pan con gluten. ¿No valdría aquí eso de que el sábado -la levadura y el gluten- ha sido hecho para el hombre y no el hombre para el sábado? ¿No es esta una polémica menor y bastante artificial, en la que parece que sólo importa cumplir una costumbre convertida en ley?
Otros casos más delicados son la acogida de personas que viven en situación canónica irregular o tienen problemas derivados de sus tendencias sexuales, y la recepción de inmigrantes dentro de la comunidad cristiana. Hablo no tanto de la acogida de inmigrantes por nuestra sociedad, cuanto de la acogida de cristianos inmigrantes dentro de nuestras comunidades. Ellos tienen sus costumbres, sus devociones, sus patronazgos y hasta sus ritos, que conviene saber acoger. Aunque los casos aludidos son muy distintos, vale para todos la pregunta: ¿cómo ponerse en la piel del otro? ¿Cómo ver con el punto de vista del otro?
En el caso de divorciados vueltos a casar o de personas con tendencia homosexual, ¿cómo hacer silencio para escuchar sus motivos, sus argumentos, sus preocupaciones, sus ansiedades? ¿No sería importante dar una respuesta que vaya más allá de lo jurídico, una respuesta que tenga en cuenta a la persona concreta? ¿Cómo presentar con caridad las exigencias de la fe, cómo lograr que el otro se sienta comprendido aunque yo no vea del todo claras sus soluciones? ¿Cómo lograr que se sienta acogido cuando mi conciencia no está del todo de acuerdo? No cualquier desacuerdo. Un desacuerdo de hermano. ¿Cómo vivir como hermanos en desacuerdo? ¿Como encarnar el Evangelio de la vida y de la misericordia en estas situaciones?
sábado, 22 de noviembre de 2008
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En diciembre de 1925 publicó Pío XI su encíclica Quas primas instituyendo la fiesta de Cristo Rey, cuando todavía no se habían apagado las llamas dejadas por la primera guerra mundial y ya se oían tambores de guerra que, como era de esperar, desembocaron en la segunda. Como era de esperar sí, porque ¿qué cabe esperar de este mundo? Y, sin embargo, “contra toda esperanza” (Rm 4,18) hay que afirmar la esperanza cristiana. Con la teología y el lenguaje eclesiástico de la época Pío XI buscaba orientar la mirada de los cristianos hacia el reino de Cristo como esperanza segura de paz. De paz a todos los niveles, personal, familiar, social, nacional e internacional. Más recientemente, Benedicto XVI ha notado los límites y peligros que entraña la construcción del “reino del hombre”, sólo superables “mediante la apertura de la razón a las fuerzas salvadoras de la fe”, por el “reino del amor”, en definitiva. La Iglesia, los cristianos, debemos contagiar esta certeza y esta esperanza al mundo entero, a todos aquellos a los que alcance nuestra voz y nuestra presencia. Y para ello, nada más adecuado que ser sacramentos del Reino, o sea, constructores en nuestras comunidades de lo que luego queremos y debemos extender por el mundo.
En estos tiempos de crisis, con aumento de paro, con los comedores de las instituciones benéficas más llenos que nunca, con guerras que no paran, la fiesta de Cristo Rey nos invita a dirigir nuestra mirada a este Jesús anunciador de un Reino sin paro, sin hambre, sin guerras, sin injusticia. ¿Utopía? Para el cristiano más que una utopía es una tarea. Cada uno a su nivel y según sus posibilidades debe vivir vigilante (cf. Mc 13,33) para que el Rey, a su llegada, no nos sorprenda dormidos (Mc 13,36). Dormidos, o sea, inactivos, pasivos ante la injusticia y la opresión, cerrando los ojos ante la pobreza y la miseria humana.
miércoles, 19 de noviembre de 2008
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Me parece que no se ha prestado suficiente atención al número 14 del Mensaje final del último Sínodo, que se refiere a la relación de la Palabra de Dios con los libros sagrados de las otras religiones y a la presencia de Dios en ellas. El mensaje habla del pueblo judío, con el que “estamos profundamente unidos”. Sus escrituras “iluminan el misterio de Dios” y “nos permiten comprender plenamente la figura de Cristo”. El Señor también extiende “su bendición sobre todos los pueblos de la tierra, deseoso de que todos los hombres se salven”. Por eso “estamos invitados a entrar en diálogo con otras religiones” que tienen sus “libros sagrados”, comenzando por el Islam, “que en su tradición acoge innumerables figuras, símbolos y temas bíblicos”. Pero además “el cristiano encuentra sintonías comunes con las grandes tradiciones religiosas de Oriente”; sus Escrituras enseñan el respeto a la vida, a la contemplación, al silencio, a valores familiares, sociales y espirituales.
El documento se expresa con prudencia. Pero es significativo que toque este tema. Las otras religiones, con sus libros sagrados, no son sólo expresión del deseo humano de encontrarse con la divinidad. Son lugares en los que actúa el Espíritu Santo, como bien reconoció el Magisterio de Juan Pablo II. Al ir al encuentro de las otras religiones no estamos haciendo un acto de cortesía. Vamos al encuentro de la Verdad que los cristianos buscamos conjuntamente con tantas personas a las que Dios ama y en las que Dios se hace presente.
Hay una común sintonía entre las distintas tradiciones religiosas. ¿No podría ser esta sintonía una invitación a reconocer una hermosa sinfonía en el pluralismo religioso de la humanidad? En una sinfonía no todos los instrumentos son iguales, unos parece que suenan mejor a ciertos oídos, pero todos son importantes, todos deben coordinarse, tener en cuenta a los otros, respetar el papel y la función del otro, para no desentonar. Este respeto mutuo es el que permite la vida del otro y crea una agradable melodía.
lunes, 17 de noviembre de 2008
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La presencia del P. Adolfo Nicolás en España sigue produciendo titulares de prensa. El País de ayer titula: “la renovación del catolicismo no llegará de la Jerarquía”. Si leen la entrevista se darán cuenta de que el P. Nicolás no ha dicho exactamente eso, sino: “la renovación del catolicismo no llegará necesariamente de la jerarquía”. Es una cuestión de matiz, pero los matices son importantes. Según el Superior de los jesuitas la Iglesia se ha renovado siempre gracias a grupos carismáticos. Eso es tanto como decir que la Iglesia se renueva gracias a la acción del Espíritu Santo, el Espíritu que actúa donde menos se le espera, también fuera de la Iglesia, y que actúa de forma sorprendente, a veces utilizando la mano zurda. También advierte el P. Nicolás que “toda visión carismática, profética, es susceptible de ser manipulada”. Cierto, de ahí la necesidad de un buen discernimiento de espíritus. Discernimiento que requiere paciencia, dar tiempo para ver con más claridad los frutos del Espíritu. Las prisas son malas consejeras. A veces condenamos las nuevas realidades que van surgiendo sin dejar que se exprese más claramente la obra del Espíritu.
De las declaraciones del P. Nicolás me interesa subrayar obra cosa. Según él “hemos perdido la capacidad de escuchar preguntas nuevas. Seguimos oyendo las palabras, pero hemos perdido la capacidad de oír la música”. Me siento en comunión con el jesuita. Demasiadas veces hemos condenado a los jóvenes y, en general, a la sensibilidad moderna, sin preguntarnos qué hay debajo de sus reacciones desconcertantes. Si sabemos oír la música más allá de las palabras podremos ofrecer respuesta a tantas palabras que no nos gustan, pero que denotan un verdadero problema que necesita ser iluminado por el Evangelio. Eso sí, no olvidemos que el comprender un problema no significa que nuestra respuesta vaya a ser aceptada. Pero sin comprenderlo es seguro que no podrá serlo porque será una respuesta sin sentido.
sábado, 15 de noviembre de 2008
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Leo unas declaraciones del P. Adolfo Nicolás, máximo responsable de la Compañía de Jesús (en La Vanguardia, jueves, 13 de noviembre). Entresaco estas palabras: “Quizás los españoles antiguos somos mucho menos tolerantes de lo que podríamos ser y tenemos unas convicciones más dogmáticas que la Congregación de la Fe en Roma. Nos resulta difícil convivir con personas que piensan distinto”. Aquí la palabra dogmático no se relaciona con declaración autorizada de la verdad, sino con intolerancia.
Ser dogmático es tener una mentalidad cerrada, poco abierta a lo nuevo, desconfiada ante lo desconocido, que siempre considera el pasado mejor que el presente, un pasado idealizado, descontextualizado, y por tanto falseado. Es búsqueda de seguridad, gusto por la autoridad cuando esta autoridad coincide con lo que él piensa y cuando pone orden en los otros, porque cuando le obliga a cambiar a él entonces es la autoridad la que se equivoca. Para el dogmático el criterio de la verdad es él. Dogmático es gusto por las formas, por fórmulas supuestamente intocables, es evitar ir más allá de la fórmula hacia lo que la fórmula significa. Porque si vamos hacia lo que la fórmula significa entonces este más allá nos hace caer en la cuenta de lo relativo de la fórmula. Dogmático es el incapaz de escuchar, de dialogar, de comprender a los otros, el que declara falso lo que no comprende, el incapaz de ponerse en el lugar del otro, por pura pereza intelectual, el reacio a la sorpresa, el que ve enemigos por todas partes, el amante de uniformes y uniformismos artificiales, amante también de condenas rápidas para el que se sale del uniforme.
El dogmático prolifera en ambientes donde hay ignorancia, pobreza de pensamiento y desconocimiento incluso de la doctrina más oficial de la Iglesia. El dogmático selecciona una parte de esta doctrina y además la lee mal. En vez de acudir a los textos mismos, acude a comentarios intencionados o a resúmenes sesgados. A los dogmáticos yo les recomendaría que leyeran directamente los textos del Magisterio o el Catecismo de la Iglesia Católica. Si lo hacen, por favor, déjense sorprender por los matices que se encuentran en estos textos.
miércoles, 12 de noviembre de 2008
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Hay tantas ganas de ser feliz; de salir de la opresión, la pobreza, el hambre; tantas ganas de que se acaben las guerras, que las personas solemos ilusionarnos ante lo que nos parecen intentos mediadamente serios de solución de los males que nos acosan. Eso ha quedado patente ante la euforia mundial que ha despertado la elección del nuevo Presidente de los Estados Unidos. Y, sin embargo, es dudoso que Obama termine con el hambre, las guerras o la pobreza. Porque no tiene ninguna varita mágica. Y a él, como a todos los políticos, le interesa ante todo el poder. Otra cosa es que haya modos distintos de ejercer el poder y que los ciudadanos debemos elegir a los políticos que consideramos más aptos.
Digo esto porque, si bien podemos esperar y desear políticas mejores, los cristianos hemos de tener claro que la felicidad no vendrá de esas políticas. La raíz de la felicidad está en el amor. Las bienaventuranzas de Jesús son modos de vivir en el amor: Felices los pobres movidos por el Espíritu Santo, que es el Amor de Dios derramado en nuestros corazones; felices los que tienen hambre, porque Dios les ama y por eso se ocupa de ellos, y quiere que sean saciados con bienes temporales y espirituales; felices los mansos, los que no son iracundos, los que saben tratar con dulzura a sus semejantes, los abiertos al perdón, los que no se dejan llevar por el afán de venganza que procura la cólera; felices los que construyen la paz.
En quien primero se realizan estas bienaventuranzas es en Jesús. Su vida y su palabra son la prueba de que pueden llevarse a cabo. No son una utopía irrealizable, sino algo perfectamente alcanzable en este mundo si se ponen las condiciones necesarias para ello. Por eso, las bienaventuranzas se convierten en una permanente tarea. Tarea precedida de un don que la hace posible. El don de la vida de Jesús y el don del Espíritu Santo, que nos hace capaces de amar. Nos facilita hacer el bien. Así, para el cristiano, hacer el bien no es una tarea pesada, sino la espontaneidad de una vida nueva.
lunes, 10 de noviembre de 2008
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Vergüenza ajena. Vergüenza de ser cristiano. Eso es lo que produce el lamentable incidente acaecido en la Iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén. La policía israelí ha tenido que sofocar una pelea entre clérigos y peregrinos cristianos en ese venerable lugar donde se produjo la crucifixión, enterramiento y resurrección de Jesús.
El incidente se ha producido el mismo día en que la Iglesia católica celebraba la dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán. Las lecturas de la Eucaristía relativizan las piedras muertas, para resaltar la importancia de las piedras vivas, las comunidades cristianas, afincadas en el sólido fundamento de Cristo (segunda lectura), que son agua viva que fecunda y purifica las aguas salobres representadas por el mar (primera lectura). El evangelio recuerda el mal uso que puede hacerse del templo, convertido en negocio, contra el que Jesús se rebela, al tiempo que recuerda que su cuerpo es el verdadero templo. El incidente ocurrido en Jerusalén es una mala actualización del evangelio del pasado domingo. También Jesús se hubiera sentido indignado ante esta lucha a base de cristazos en nombre de una Cruz que reconcilia a los pueblos dispersos y divididos. La Cruz une, pero nuestras pasiones, pasiones religiosas incluidas, que son las peores, dividen. Pelearse en nombre de Cristo es expulsar a Cristo de este sepulcro, que a causa de la pelea dejó por unas horas de ser santo, para ser una auténtica cueva de paganos. Paganos con vestiduras, ornamentos, hábitos, que no disimulan el fondo del corazón. Cuando uno no tiene otra cosa que lucir, luce el hábito. Y cuando uno no tiene a Cristo en su corazón, se pelea en su nombre.
La Iglesia del Santo Sepulcro es un lugar de división. Lo ocurrido ayer es su manifestación extrema. Esas piedras muertas se las disputan las diferentes confesiones desde hace varios siglos. La realidad eclesial allí afincada es el signo opuesto de todo lo que allí se venera.
viernes, 07 de noviembre de 2008
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Resulta consoladora esta exhortación de San Pablo: “desde el punto a donde hayamos llegado, sigamos en la misma dirección” (Flp 3,16). La dirección conduce a la meta, que es Cristo Jesús. Son palabras consoladoras porque el apóstol no felicita a los que están adelantados ni riñe a los atrasados. El apóstol parece como si comprendiera que cada uno lleva su ritmo, su velocidad, cada uno corre en circunstancias distintas. Unos se cansan más, otros se paran con más frecuencia, alguno hasta retrocede. A todos anima a que, estén donde estén, sigan adelante. Lo importante no es el lugar en el que estás, lo adelantado o lo atrasado que vas; tampoco importa mucho que hayas retrocedido o caído. Lo importante es volver a mirar a la meta, levantarse y seguir adelante desde el punto en el que estés.
Juzgar desde fuera o aplicar la ley es fácil. Ponerse en la piel del otro es más fraterno; entonces comprendes que la vida es más complicada que la ley. Hay mucha gente de buena voluntad, que ama al Señor Jesús, pero que no está del todo en regla con las reglas, hechas con buena intención y explicadas o aplicadas en ocasiones de forma rígida e impersonal. En la vida matrimonial, en la vida religiosa, en la soltería… No hace falta explicitar. Si la vida te ha conducido por donde no pensabas; si las leyes parecen condenarte; si te sientes extraño e incomprendido, a ti se dirigen estas palabras de san Pablo: desde el punto a donde hayas llegado, el que sea, este punto en el que parece que no has conseguido nada, lánzate a lo que está por delante corriendo hacia la meta, al premio al que Dios te llama en Cristo Jesús (ver Flp 3,12-16).
Las palabras de Pablo parecen en consonancia con las de Jesús. Pablo dice: salgas de donde salgas, lo importante es seguir adelante; Jesús, en una de sus parábolas, la de los viñadores que llegan a la viña a distintas horas pero reciben todos el mismo salario, parece que, entre otras cosas, dice: llegues cuando llegues, pronto o tarde, lo importante es llegar.
martes, 04 de noviembre de 2008
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Después de ver la película Camino vuelve a mi mente una antigua preocupación: ¿cómo es posible que algunos vean en la religión una imagen tan perversa y distorsionada? Evidentemente no comparto el mensaje que transmite el cuento favorito de la protagonista, a saber, “Mister Meddle (¡el entrometido!) tiene un problema: no existe”. Pero lo comprendo. Porque Dios no es una evidencia y para verle hacen falta los ojos de la fe. Lo que me preocupa es que, “inspirándose en hechos reales” (¡bastante distorsionados sin duda!) se pueda ofrecer una imagen tan inhumana de la fe en Dios. Porque o Dios es humanizador, fuente de vida y felicidad, o no vale la pena. Un Dios que busca la anulación del ser humano es mejor que no exista. Cosa distinta es que el sufrimiento sea una realidad profundamente humana. El creyente lo vive desde su fe. Es posible, incluso, que ante el sufrimiento el creyente no se resigne y se plantee muchas preguntas. También Jesús, en el momento más dramático de su existencia, experimentó la ausencia de Dios. El no creyente también debe plantearse cómo vivir dignamente en el sufrimiento. Al respecto resulta oportuno lo que decía Paul Tillich: “no hay personas ateas y personas creyentes, sino personas superficiales y personas profundas”.
Ya sé que las ideas que algunos se forman sobre el cristianismo no dependen únicamente de la vida que reflejamos los cristianos. También dependen de los ojos que miran. Pero a los creyentes nos interesa saber qué ven los que nos miran, no para reprocharles lo mal que miran, sino para situarnos en posición de que vean lo que deben ver. Digo bien lo que deben, no lo que quisieran ver. Y lo que deben ver es un Dios que quiere un presente y un futuro lleno de vida para todos y cada uno. Precisamente lo que aparece con Jesús es “la bondad de Dios y su amor a los hombres” (Tit 3,4). Por cierto, y para volver a la película, en ella se encuentra un correlato humano de lo que los creyentes llamamos Dios: la alegría desbordante del baile final de los dos adolescentes. Ese Dios que para el director de la película tiene un problema, aparece donde menos se le espera. Aún sin saberlo.
sábado, 01 de noviembre de 2008
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Las despedidas son tristes. Incluso cuando sabes que aquel del que te despides va a un buen lugar en el que se encontrará con el amado de su alma; se encontrará con Aquel y aquello que, quizás sin saberlo expresar, ha estado buscando afanosamente toda su vida. También para los creyentes, los que saben a donde van los que se despiden, el momento de la despedida final de una persona querida es triste. Pero en los creyentes en Cristo la tristeza y las lágrimas van unidas a la esperanza.
La esperanza no disminuye la tristeza; hace que ésta se viva de otra manera. Porque la esperanza no es la vana espera de un futuro del que nada se sabe y por no saber ni siquiera se sabe si existe. La esperanza cristiana es cierta, segura. En eso la esperanza se diferencia de la espera. La espera no considera las posibilidades de obtener lo que se espera. Así por ejemplo, uno espera que le toque la lotería, pero las posibilidades de que esto ocurra son prácticamente nulas. La esperanza, por el contrario, se apoya sobre un poder que la hace posible. Uno tiene esperanza en ganar unas oposiciones porque ha dedicado muchas horas a estudiar bien el temario. Más segura es la esperanza cristiana, que se apoya en el amor y el poder de Dios.
Un amor que es posible experimentar ya. De ahí esta expresión de San Pablo: la esperanza no falla porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado. Es la experiencia de vivir hoy en comunión con Cristo, de experimentar la fuerza de su Espíritu obrando en nuestra vida, lo que da todo su sentido a la esperanza cristiana.
Y un poder capaz de resucitar muertos, que en la resurrección de Cristo ha encontrado su mejor realización. Este poder es similar al poder de suscitar vida: si Dios es capaz de sacar vida de donde antes no la había, ¿cómo no va a ser capaz de devolver la vida? El mismo poder capaz de suscitar la vida es el que la mantiene y el que puede seguir manteniéndola por toda una eternidad.