Mientras viajaba, quería siempre disertar o hablar de Dios, o enseñar, leer u orar
Testigos de canonización
Blog de: Martín Gelabert Ballester, OP

Lo difícil de oír a Dios

jueves, 29 de noviembre de 2007 | Hay 0 comentarios

Para la Sagrada Escritura Dios no es una evidencia. El Dios del que habla la Biblia es un Dios oculto, al que nadie ha visto jamás, pues “habita en una luz inaccesible, que no ha visto ni puede ver ningún ser humano” (1 Tm 6,16). Para cubrir la distancia que le separa de nosotros, cuando Dios quiere darse a conocer lo hace a través de mediaciones. Para los cristianos, el mediador por excelencia es el hombre Jesús. Pero todas las mediaciones, por ser humanas, son susceptibles de diversas interpretaciones. En el pobre es posible ver sólo al pobre. También es posible ver la presencia de Dios en él. En el hombre Jesús es posible ver sólo a un hombre, incluso a un impostor. Si no hubiera sido así, nunca le hubieran crucificado.

Quién no cree en Dios no actúa de mala fe. Ocurre que en las mediaciones sólo ve realidades mundanas. El creyente ve esas mismas realidades, pero interpreta que en ellas se manifiesta algo oculto, invisible. Por ser invisible y oculto, el no creyente puede acusar al creyente de hacerse ilusiones. La fe siempre es oscura. Nunca es fácil creer. Los creyentes hacemos profesión de oscuridad. Esta oscuridad de la fe es la que nos permite comprender la postura atea. La posibilidad del ateísmo es condición de la seriedad de la fe. Si el ateísmo no fuera posible, la fe tampoco lo sería. Si el ateísmo no fuera posible, la fe desaparecería al convertirse en una evidencia que se impondría por si misma, con lo que también desaparecería la libertad del ser humano al creer.

De ahí que los creyentes tenemos mucho interés en escuchar la “interpretación atea” de la realidad. Porque nos interesa afinar y no ver visiones. Hay mucho visionario entre los que se consideran creyentes. De ahí al fanatismo no hay más que un paso. La incapacidad de comprender al ateo es un peligro para la fe, pues conduce a la intransigencia. No comprender al ateo es no comprender el verdadero sentido del silencio de Dios. Es, en suma, incapacidad de comprender al Dios que en Jesús se revela.



Los dominicos, ¿secta inmunda?

sábado, 24 de noviembre de 2007 | Hay 14 comentarios

Pensaba comentar las últimas noticias eclesiales y centrarme en tres temas: las felicitaciones y elogios de Monseñor Dorado y el Cardenal Amigo a la FERE, con la que la Iglesia tiene una “deuda impagable”; la exégesis del portavoz de la Conferencia Episcopal al discurso del Presidente, como si no supiéramos leer y como si el discurso de Blázquez necesitase exégesis; y finalmente una noticia que posiblemente les ha pasado desapercibida: la intervención de la Hermana María Rosa de la Cierva en el IX Congreso sobre Católicos y Vida Pública, en la que invita sin recato a la objeción de conciencia contra Educación para la Ciudadanía, haciendo llamadas a la solidaridad y a la unidad. Esta hermana no se ha enterado de que en la Iglesia la unidad es en la fe; por lo demás tampoco parece ella estar muy unida ni a la FERE ni a las posiciones más calladas y discretas de algunos obispos. Así que menos llamadas a la unidad y más respeto al legítimo pluralismo eclesial.

Pensaba hablar de todo eso y me encuentro con una entrevista a Fernando Vallejo sobre su libro La puta babilonia, en el suplemento “Babelia” de El País. Y en la entrevista una perla sobre los dominicos en la que, recordando la Inquisición, nos califica de “inmunda secta, vergüenza de España, hijos de malas madres”, aparte de acusarnos de criminales y torturadores. No voy a hacer ninguna defensa corporativa, porque no es necesario. La historia hay que leerla en su contexto. Cierto, las grandes instituciones, como los dominicos, debemos asumir nuestro pasado. Y en todos los pasados hay cosas menos buenas, cosas de las que avergonzarse, cosas de las que pedir perdón. No creo que en eso los dominicos vayamos a la zaga de nadie. Porque nuestro lema es la verdad, y no tenemos miedo a reconocer nuestros errores. Pero también en nuestra historia hay momentos más brillantes. Bueno es reconocerlo para ser justos con la institución. Y sobre todo lo que a mi me importa es nuestro presente. Y no creo que hoy la Orden esté en línea con esa caricatura que describe Vallejo. Más bien está en línea bien opuesta, como reconocen amigos y no tan amigos. Y cuando uno tiene las cosas claras puede vivir perfectamente en paz con su pasado y lanzarse hacia delante, porque el pasado también enseña a no repetirlo. Lo digo con temor, pero convencido: ya quisieran muchos tener la capacidad de autocrítica que tenemos los dominicos, la capacidad de comprensión de lo ajeno, el amor a la verdad, el pluralismo interno y la democracia constitucional que es un signo de nuestra identidad.



Equilibrio y sosiego

martes, 20 de noviembre de 2007 | Hay 13 comentarios

La noticia eclesial de hoy es el discurso de Mons. Ricardo Blázquez a la Conferencia Episcopal Española. La prensa ha destacado dos datos importantes de su parlamento: la necesidad de pedir perdón “ante actuaciones concretas” ocurridas “durante un periodo agitado y doloroso de nuestra historia”; y el recuerdo del Cardenal Tarancón que “buscó siempre la concordia, respetando la pluralidad y fomentando el diálogo”. En el discurso hay otro tema de sumo interés: la acogida a los inmigrantes en un país como el nuestro que ha pasado en pocos años “de ser país de emigración a ser uno de los países de Europa con más elevado número de inmigrantes”.

Si tuviera que destacar algo del discurso de D. Ricardo sería su ecuanimidad, su capacidad de comprensión, su altura de miras, su equilibrio. Vale la pena leerlo completo para situar en su contexto algunas expresiones significativas: guerra fratricida; cada grupo humano tiene derecho a rememorar su historia; no es acertado volver al pasado para reabrir heridas; afirmación de la propia identidad de manera no agresiva; reconocer las propias limitaciones y pecados, cambio de actitud y propósito de enmienda; la beatificación de los mártires no supone desconocimiento ni minusvaloración del comportamiento moral de otras personas; los mártires, situados ante una alternativa no deseada ni provocada por ellos; las migraciones son uno de los signos de nuestro tiempo; un inmigrante no es sólo mano de obra, es ante todo persona; Tarancón, hombre a quién pusieron en un puesto difícil en un momento difícil.

Blázquez huye de posturas extremistas y busca puntos de encuentro. Su discurso sosegado y sin estridencias, acogedor y comprensivo, ofrece una imagen creíble, dialogante y evangélica de la Iglesia. Otros verán connotaciones políticas o electorales a este discurso. A mi, en cambio, me ha parecido un modo de practicar eso que recomiendan algunos autores del Nuevo Testamento: insiste a tiempo y a destiempo, sí, pero no de cualquier modo, sino con toda comprensión y pedagogía, sin perder nunca el control, soportando lo adverso (2 Tim 4,2-5), con buenos modos y respeto (1 Pe 3,16).



Salvados en esperanza

viernes, 16 de noviembre de 2007 | Hay 6 comentarios

Doy por buena la noticia que acabo de leer: antes de Navidad saldrá la segunda encíclica de Benedicto XVI sobre la esperanza: “Nuestra salvación es en esperanza” (Rm 8,24). Después de la caridad, la esperanza. ¿La tercera encíclica será sobre la fe? A mi, que he escrito algunas cosas sobre esta triada teologal, me satisface esta línea de reflexión.

En estos últimos años se ha reflexionado mucho y bien sobre cómo evangelizar en una sociedad secularizada, cómo evangelizar en tiempos de increencia. ¿No estamos también ante una crisis de esperanza? Con este diagnóstico nos situaríamos más cerca de la experiencia de muchos de nuestros contemporáneos, en Latinoamérica, Africa, Palestina, en tantas situaciones sin salida del tercer y cuarto mundo. Hay una ausencia de perspectivas de futuro. Al lado de un mundo en expansión, hay un mundo abandonado, en situaciones de inhumanidad, sin posibilidades de futuro, rozando la misma muerte. Pero también en nuestro mundo rico, en el primer mundo, estamos ante una crisis de esperanza. Los que tenemos de todo nos hemos acostumbrado a vivir al día, a vivir a tope, a disfrutar del momento presente. Y lo que pretendemos no es un futuro mejor o distinto, sino conservar lo que tenemos. Somos conservadores. Y el conservador no tiene futuro. Sólo pretende conservar lo que hay. ¿Qué podemos esperar los unos y los otros? ¿Más de lo mismo para los pobres y más de lo mismo para los ricos?

La primera carta de Pedro (3,15) nos exhorta a estar siempre dispuestos a dar razones de nuestra esperanza. Esperanza con nuestras obras y esperanza con nuestras palabras, a veces tan cargadas de pesimismo, que con frecuencia repiten que no hay nada que hacer. Ya el Concilio Vaticano II recalcó que la esperanza cristiana, lejos de ser una evasión del presente, era un motivo más para comprometernos a transformar el mundo. Sin grandilocuencias: la esperanza nos mueve a hacer el bien hasta donde alcancen nuestras posibilidades. Y seguro que son más de las que imaginamos. Bienvenida, pues, si la información es correcta, esta nueva encíclica del Papa.



Un dominico en la Congregación para la Educación Católica

miércoles, 14 de noviembre de 2007 | Hay 0 comentarios

Hace años, a propósito de una elección de Prior en uno de nuestros conventos, me dijo un fraile sabio: de rebus fratrum, judica post factum. Dicho en castellano: no hay que vender la piel del oso antes de cazarlo. Dicho aún mejor: hay cosas en las que no conviene adelantarse, so pena de equivocarse. Porque, además de errar, se puede hacer daño a las personas. Digo todo eso porque hace unos veinte días se vendió como inminente el nombramiento de un conocido eclesiástico español como nuevo Secretario de la Congregación para la Educación Católica. Y posteriormente, los que habían adelantado tal noticia se dedicaron a explicar las supuestas razones por las que no se produjo. A este personaje de la Iglesia española, con el que mantengo buena relación, sospecho que no le debe gustar demasiado que se le atribuyan episcopados o que se le sitúe en la curia romana. En todo caso, también aquí se aplica el dicho sobre el juzgar las cosas de los frailes una vez ocurridas. En este mundo de la red de redes hay quienes se dedican, cada día, a adelantar nombramientos episcopales que no suelen producirse.

Todo esto viene a cuento de que, el pasado sábado, un dominico fue nombrado Secretario de la Congregación para la Educación Católica. Como veo que en nuestra página nadie se hace eco de tan importante noticia para las dos Facultades de Teología que tenemos los dominicos en España (la de San Vicente Ferrer en Valencia y la de San Esteban en Salamanca), pues ahí va mi satisfacción por el nombramiento del Mons. Jean-Louis Bruguès, O.P. Tuve la oportunidad de recibirlo en Valencia cuando yo tenía responsabilidades de gobierno en la Facultad. Vino como delegado del Maestro de la Orden para visitar los Centros de estudio dominicanos en España. Para los amantes de los detalles: habla español y alguno de sus abuelos es catalán. Es de esperar que este nombramiento sea todo un acierto y tenga repercusiones positivas para los Estudios de Teología en España.



No son rumanos, son gitanos

lunes, 12 de noviembre de 2007 | Hay 1 comentarios

Cuando salen noticias relacionadas con los inmigrantes rumanos (como por ejemplo el caso del que se prendió fuego en Castellón hace ya unas semanas; o la reciente noticia de que Romano Prodi pretende expulsar de Italia a ciudadanos rumanos), algunos nacionales de Rumania se apresuran a aclarar que estos casos problemáticos están protagonizados por gitanos: “no son rumanos, son gitanos”, esa es la frase que he leído y que no me ha gustado nada. Como no tenemos bastante con tratar de extranjeros, de alejados, de extraños, a los que no son de nuestro país, ahora resulta que también se discrimina a gentes del propio país, a los que se considera extraños: son de “otra manera” o son de otra raza. En antropología ya ha quedado suficientemente claro que no hay más que una raza, la humana. Y en teología también ha quedado igualmente claro que todos somos hermanos, hijos del mismo Padre.

En el post anterior, uno de los participantes cita a José Vidal Talens: “Desde Jesús, podemos decir que entre Dios y el hombre se habría abolido toda ley de extranjería”. Esto me ha recordado una anécdota que me contaron en Chile. A los pocos días de triunfar la asonada de Pinochet, el Cardenal de Santiago reunió a su clero, junto a las religiosas y religiosos de la diócesis. Entre ellos había chilenos y bastantes españoles. Pues bien, me contaba una testigo presencial que el Cardenal quiso dejar muy claro que “en la Iglesia no hay extranjeros”. No sé si en todas partes -y no pienso sólo en España- se puede decir lo mismo.

“No son rumanos, son gitanos”. Siempre hay alguien con el que compararse y quedar en buen lugar. Como el fariseo de la parábola de san Lucas: te doy gracias porque no soy “como ese”, como ese pobre desgraciado de publicano. Compararse con otro al que se considera inferior es cerrar los ojos a la realidad. Ser, como diría Jesús, uno de esos ciegos que tienen pecado porque dicen que ven.



Un Dios digno del hombre

sábado, 10 de noviembre de 2007 | Hay 9 comentarios

Hay modos de presentar la fe que destruyen la esperanza. Hay verdades que por su modo de presentarse parecen temibles y se hacen odiosas. Así ocurre cuando se acentúa el temor a la condenación y la dificultad de la salvación. O cuando se hace hincapié en lo que Dios exige del ser humano y no en lo que Dios prepara para el hombre. Con demasiada frecuencia oímos hablar de la urgente necesidad de un hombre digno de Dios, una familia digna de Dios o una sociedad digna de Dios. El problema para esas voces es el ser humano y no Dios. Y, sin duda, tienen su parte de razón. Pero el problema es más amplio, más complejo, y quizás su raíz se sitúa en el Dios que reciben estas personas, familias o sociedades. ¿Y si probásemos a hablar de un Dios digno del hombre? En estos tiempos tan faltos de esperanza, ¿no sería bueno anunciar que Dios no está ahí para juzgar o condenar, sino para salvar? Es un Dios que se complace perdonando. Se trata de comenzar por el Dios que ama al ser humano y no por el hombre obediente a Dios.

¿Cuántas veces no hemos presentado el cristianismo como si fuera un deber? ¿No sale con frecuencia de nuestra boca un “tú debes”, al predicar el Evangelio? Y, sin embargo, el evangelio no es una ley, no puede predicarse como un “tú debes”, sino como un “tú puedes”: tu puedes vivir de otra manera. El Evangelio no impone nuevas cargas, abre nuevas posibilidades de vida. Porque no es ley, sino gracia. No se trata de negar que la vida cristiana tiene sus exigencias ni de ocultar las debilidades de todo creyente. Pero sí se trata de dejar claro que más importante que el pecado es el “creo en el perdón de los pecados”.



La entrega de cada día

domingo, 04 de noviembre de 2007 | Hay 4 comentarios

¿Sabían ustedes de la existencia del ácido fénico? Se trata de un compuesto químico capaz de provocar llagas que, según el historiador Sergio Luzzatto utilizó, al menos en una ocasión, el famoso padre Pío de Pietrelcina. Eso de los estigmas a mi no me impresiona demasiado. Se conocen casos de devotos musulmanes en cuyos cuerpos han aparecido señales de las heridas sufridas en el campo de batalla por el profeta Mahoma. El estigma en cuanto tal no significa nada. Los acontecimientos extraordinarios, en el terreno religioso, siempre son ambiguos. Incluidos los milagros. Ya el evangelista Mateo pone en boca de Jesús unas duras palabras, declarando agentes de iniquidad a “muchos que hicieron milagros en su nombre” (Mt 7,22-23).

Lo que resulta valioso no es lo espectacular. Me parece que todavía hay cristianos que de forma un poco precipitada ven la presencia de Dios en lo llamativo, lo extraño o lo que se sale de lo normal. Lo que vale es la entrega y el dolor de cada día, o sea, la constancia, el trabajo callado, oculto, silencioso, que no sale en los papeles pero que Dios, que ve en lo escondido, recompensará. Ser héroe por un día, y más cuando no queda más remedio, no debe ser fácil, pero importa más el testimonio diario. Dar espectáculo religioso es humanamente gratificante. Lo difícil y meritorio es mantener la fe y ser coherente cada día. Con alegría y buen humor. Los que viven de lo espectacular a veces tienen dificultades para crear buen ambiente comunitario y comprender pacientemente a los hermanos. La verdadera santidad no está ni en proclamar los ardientes deseos de que le maten a uno (el martirio es un don, no una búsqueda humana), ni en el espectáculo, ni en los milagros, ni en los aplausos masivos, a veces perfectamente orquestados y preparados, ni mucho menos en el boato y las pompas, sino en el amor que no hace ruido y del que sólo se enteran quienes tienen que enterarse. No hace falta que tu mano izquierda sepa lo que hace la derecha.



Los muchos modos de matar

viernes, 02 de noviembre de 2007 | Hay 1 comentarios

Me preocupan los vivos. Recientemente han aparecido una serie de noticias relacionadas con esos vivos que parecen más frágiles, como son los niños. Ahí van algunas que deberían llamar la atención: una ONG europea acusada de robo de niños en Chad; le ley de adopción internacional que prepara nuestro Congreso impedirá adoptar menores en países inestables y declarará ilegal el maltrato físico y psicológico a menores; un juzgado de Lleida condena a siete menores de entre 14 y 15 años por insultar y pegar a un compañero de 14; niñas de diez y once años embarazadas. Dejo para el final la que más me duele: ante la grave crisis de efectivos y la creciente deserción en sus filas, uno de los ejércitos más grandes de Asia, el birmano, obliga a los niños, algunos de 10 años, a alistarse como voluntarios. ¿Entienden algo: voluntarios forzosos? Pues sí, son reclutados en plena calle con amenazas y malos tratos, y son “voluntarios” para esconder con esa burda mentira la canallada jurídica que supone este reclutamiento.

Ese reclutamiento nos debería hacer pensar en las muchas maneras que hay de matar a alguien. Se puede matar a uno porque se le clava un cuchillo. Pero también porque no se le atiende debidamente en su enfermedad, porque se le mete en una mala vivienda, porque se le quita el trabajo o se le obliga a realizar trabajos penosos, porque lo llevan a la guerra o porque lo reclutan con diez años de edad. Excepto la última, que está prohibida en algunos y permitida en otros, las otras no están prohibidas en los Estados. Hay muchas maneras de matar. Pero hay todavía más: el mandamiento “no matarás” no solo tiene un carácter negativo, tiene también un sentido positivo igual de absoluto: cuidar la vida del hermano, hacerse cargo del forastero, o levantar la voz en contra de una barbarie tal como es la de reclutar a menores para enseñarles a matar en nombre del Estado. A mi los Estados me gustan poco. Pero las razones de Estado me hacen temblar.



Verdad de la buena

jueves, 01 de noviembre de 2007 | Hay 2 comentarios

En un libro escrito para “uso de quienes deben acercarse por primera vez al estudio de la filosofía en el bachillerato”, afirma Fernando Savater que la vida no tiene sentido porque acaba con la muerte. Para añadir después que la muerte ya ha sido derrotada una vez. ¿Cómo? Naciendo. El día que nacimos vencimos a la muerte. ¿No hay una cierta incoherencia entre ambas afirmaciones, la de que la muerte ha sido vencida y la del sin sentido de la vida? Si la muerte ya ha sido vencida una vez, gracias al “milagro” de la vida (el calificativo es de Savater), me pregunto si el mismo poder, sea cual sea, que ha logrado tal victoria, no puede actuar otra vez logrando algo así como la resurrección de los muertos. Lo que una vez ha ocurrido, ¿por qué no puede ocurrir otra? ¿Qué resulta más creíble o para qué se necesita más poder: para pasar del no ser al ser o para mantener el ser en el ser? “Tan gratuito es existir como seguir existiendo siempre”, escribió Miguel de Unamuno. El que la segunda gratuidad “esté por ver” no significa más que eso: que ya veremos. Quizás por eso Unamuno añadió: es “torpeza grande condenar el anhelo por creer probado, sin probarlo, que no sea conseguidero”. El argumento de que el poder que ha hecho posible la vida puede hacer también posible la resurrección ya lo empleaban los Padres de la Iglesia y antes el segundo libro de los Macabeos. El poder que hace surgir el ser del no ser es el mejor argumento para afirmar el poder de Dios de resucitar muertos. Si Dios puede suscitar vida de la nada, por el mismo poder puede devolver la vida a los muertos.

Desde fuera de la fe lo prudente es decir: la muerte es un “no saber”. No sabemos a donde vamos. No entro en si la prudencia es criterio de ciencia o filosofía, aunque bien sé que para ellas la verdad no es, por principio, interesante. Pero sí afirmo que según la fe cristiana hay una verdad que es “verdad de la buena”, pues esta fe se prolonga en esperanza.